Nos encontramos en la cafetería de la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona. La cafetería es grande, espaciosa y tiene el techo increíblemente alto; las luces cuelgan de unos cables como de ascensor hasta media altura y los focos parecen bombillas gigantes cortadas transversalmente por la mitad. Es verano; es un día cálido, pero en la cafetería no hace ni mucho menos calor.
Mi amiga La Gorda me está mirando mientras bebe lo que creo que es el último sorbo de su botellín de cerveza.
Las paredes son blancas como el papel; la fachada de cara a la terraza interior está compuesta de amplias galerías de cristal, de modo que entra una cantidad bestial de luz natural. Es época de exámanes, la cafetería está desierta; todos los que fueron nuestros compañeros se encuentran ahora mismo en la biblioteca, hincando los codos. Nuestras voces producen eco y se repiten y se pierden en una especie de sumidero abstracto. Llevamos un rato intentando hablar de algo interesante, sin éxito. Es curioso porque el sitio que usábamos para quemar el tiempo ahora nos parece sin duda un buen sitio para estudiar.
Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—¿Te he dicho ya que fue el otro día cuando descubrí que mi estilo de natación se llama estilo de crol?
Cabe informar aquí que en aquel momento ya llevábamos dos cervezas en el estómago. Mi amiga la Gorda bebe demasiado, y yo, sin saber del todo por qué, me siento obligado a seguirle el ritmo.
Ella, sin embargo, describe el caso de forma clínica y prefiere decirse que simplemente presenta una predisposición y una tolerancia hacia el alcohol más alta que la media.
—El otro día descubrí que mi estilo de natación se llama estilo de crol. Yo no lo sabía. Llevo yendo a nadar un tiempo, pero no sabía que mi estilo de natación tiene un nombre técnico. El otro día lo descubrí. ¿Quieres saber la historia que hay detrás de mi descubrimiento?
—Oh, la historia.
—Sí, la historia.
—Tengo que admitir que me pones una burrada cuando te pones modo narrador.
—…
—Me lo tomaré como un sí.
Ella alza el botellín de cerveza. Brindamos al aire.
—Adelante vaquero.
—La cosa está en que cuando realizo ejercicio mi cuerpo empieza a generar una cantidad importante de hormonas, ya sabes.
—Oh, de modo que estoy ante un tipo que realiza ejercicio.
—No hace ni puta gracia. Hago ejercicio. Aparte de leer, escribir y esas cosas, también hago ejercicio.
—jajajajajajjajaja. Va, sigue.
—Pues resulta que el origen de esta historia está en el contundente diagnóstico de mi médico de cabecera, que me obligó a hacer algo con mi espalda si no quería acabar a los cuarenta años moviéndome por la calle con un taca taca. Fue así de drástico. O haces algo con eso deforme, grande, descuidado y blando, David, o te regalo yo mismo el bastón. Eso me dijo el hijo de la gran puta.
—Vaya, si no fuera por uno de los adjetivos pensaría que el médico podría sin duda alguna estar hablando de otra parte de tu cuerpo.
—Ja.ja.
—Por lo que me cuentas te encuentras en un estado de creatividad sin precedentes. Tienes que controlarte o lo pagarás caro… No sirve de nada escribir treinta páginas diarias si luego apenas puedes moverte.
—¿Me quieres dejar o la cuentas tú?
—Yo no te he dicho nada porque sé que eres increíblemente consciente de todas tus limitaciones y de todos tus problemas. Pero lo de tu espalda es jodidamente doloroso. Te resta como diez puntos de atractivo general, que lo sepas.
—Hombre, gracias. Ahora: ¿Me dejas?
—Adelante, adelante.
Brindamos al aire de nuevo.
—El caso es que el diagnóstico por parte del médico de cabecera removió algunas partes de mí y me hizo tomar conciencia de mis graves problemas de espalda. Así que me apunté a la piscina. Y no sólo me apunté, como está de moda hacer hoy en día, sino que voy cada día con espíritu religioso. No falto ningún día.
—Supongo que sabes algo sobre la disciplina y el compromiso que la inmensa mayoría de mortales desconocemos.
—¿Te he dicho ya que eres la gorda más sexual, inteligente y atractiva que he conocido en mi vida?
—Hmmmmm.
Brindamos de nuevo simbólicamente al aire.
—El caso es que llevo yendo relativamente poco a la piscina, pero la verdad es que he descubierto que la natación mola. Es una disciplina bastante técnica, requiere grandes cantidades de atención, y peleas no tanto contra alguien como contra ti mismo. Tú eres tu único rival en la piscina. La gente suele nadar de media unos diez minutos, pero yo no me canso; siempre encuentro algún movimiento que depurar en el siguiente largo. Durante estos días me he sentido tan atraído hacia la natación que me he llegado a preguntar secretamente si tendré algún talento natural, secreto y no descubierto hasta ahora para la natación.
—Todo el mundo se hace esa pregunta cuando prueba algo nuevo.
—¿Desde cuando estás tan lúcida? ¿Es algo que has tomado?
—jajajajajjaja
—De modo que cuando depuro mi técnica de natación y consigo no acabar agotado en los primeros cien metros empiezo a competir secretamente con las personas de mi alrededor. Las personas de mi alrededor, por desgracia, son en gran medida ancianos que van a la piscina para que les mejore la circulación. Ellos no lo saben, pero yo compito contra ellos.
—Uno siempre tiene que medirse de alguna forma.
—Claro. La única disciplina que no admite competición es la literatura, y te puedo asegurar que en aquella piscina no hay literatura que valga. La verdad es que los apalizo. Les doy hasta ventaja. Cuento hasta diez, salgo cuando ellos ya han recorrido tres cuartas partes de la piscina, pero nada, siempre les acabo ganando. No es ni siquiera emocionante. La hidrodinámica que he desarrollado durante estos días es para que la analicen.
—Eres demasiado rápido para ellos.
—Exacto.
—Por cierto: ¿Qué tiene que ver todo esto con que cuando realizas ejercicio sintetizas una cantidad no poco importante de hormonas? ¿Y qué tiene que ver todo esto con lo de que descubriste que tu estilo de natación se llama estilo de crol?
—Tú dejame a mí.
—Por dios. Cómo me pone.
—El caso es que resulta tremendamente aburrido ganar así de fácil a viejos decrépitos y decido medirme con gente más joven. Desplazo mis inflexibles horarios de escritura, lectura y reflexión y acudo a la piscina en un horario en el que pueda encontrarme con gente de mi edad, gente que pueda poner un poco contra las cuerdas.
—Pero nada ¿no? Estábamos hablando de un Don.
—Exacto. Na-da. Tengo un don natural, secreto, y no descubierto hasta entonces para la natación y cada vez lo tengo más desarrollado. El don. Los adolescentes repantigados inflados por los carbohidratos complejos y las sesiones de calistenia me aguantan la primera piscina, pero luego los acabo machacando como un martillo; no aguantan, se rinden y se marchan a la sauna a pensar en las mujeres que se ligarán el sábado en la terraza de la discoteca o en el personaje del LoL que utilizarán esta temporada para subir a diamante.
—Es que tienes unos brazos muy largos. ¿Cómo no habías caído antes?
—Entonces lo que ocurre es que por las noches en vez de releer las novelas de los grandes, Ulises, Hamlet, La broma infinita, etcétera, comienzo a echar un vistazo a vídeos resúmenes de las increíbles hazañas del nadador más grande de toda la maldita historia, el señor Michael Phelps, todos los vídeos acompañados de música motivacional y títulos mayúsculos, literalmente hablando, y empiezo a pensar en que en una vida alternativa podría haber apostado por esto de la natación: ese tipo de sueños húmedos sobre las posibilidades de la existencia humana.
—Hasta a ti te pasa. Por dios. Contigo me siento menos sola en el mundo.
—Pero bueno, no perdamos el hilo principal de la historia. Abstracciones existenciales aparte, después de batir a todos los universitarios adictos a la calistenia lo que hago básicamente en la piscina es quedarme sentado con mi gorro y mis gafas puestas y esperar a que aparezca un rival que me pueda presentar algún tipo de dificultad y haga divertido y estimulante esta actividad de nadar y pelear contra uno mismo y valide mi creencia de que tengo un don natural para la natación.
—Aquí es cuando entra en juego la información clave de la historia. Aquí es cuando te digo que cuando hago mucho esfuerzo genero una cantidad alarmante de testosterona. La misma hormona que me permite bracear más rápido y experimentar la asfixia con un placer masoquista, es la misma que levanta mi miembro viril y bombardea mi cabeza con imágenes guarras. Qué divertida es la biología.
—Oh dios.
—Ya sabes por dónde voy.
—Me lo estoy imaginando.
—Al parecer algún que otro día la incontestable campeona de catalunya de natación se presenta en la piscina municipal para realizar sus entrenamientos rutinarios, entre competición mundial y competición mundial. Esta campeona de Catalunya y participante con tan solo diecinueve de años en dos juegos olímpicos es increíblemente humilde y pasa desapercibida entre las gentes que la vieron llegar al estrellato; pedir un autógrafo a una tipa tan cercana y normal queda como una suerte de broma de mal gusto. Todo el mundo la respeta, pero nadie la admira; ha llegado al cénit del reconocimiento humano. La verdad es que sigue acudiendo a la misma piscina a la que le llevaron sus abuelos para que perdiera el miedo al agua un poco por motivos románticos. Básicamente tiene recuerdos catárticos, y por eso esta campeona de catalunya y participante en los juegos olímpicos de Tokio y Londres sigue acudiendo a la misma piscina de siempre a entrenar. Yo evidentemente desconocía toda esta información y cuando la vi bajar por la escalera con su bañador de la selección catalana pensé que se trataba de una aficionada que necesitaba un extra de motivación para levantarse de buena mañana de la cama.
—Las apariencias engañan.
—Esta campeona cataluña estaba buenísima, por cierto. Tenía ese culo respingón y esa figura femenina estilizada de las mujeres que realizan algún tipo de deporte aeróbico. Llevaba tapones para los oídos, un tirita para oxigenar las fosas nasales, unas gafas como de fibra de carbono, un bañador de piel de tiburón, una cantimplora, un albornoz y dos ayudantes altos y fornidos que no decían ni mú y cuya función nunca estuvo del todo clara. Yo, sin embargo, seguía yendo a nadar con mi bañador verde color radioactivo de motivos hawaianos, el mismo con el que a veces sacaba a pasear al perro. Además estaba la pronunciada curvatura de la espalda producto de las intensas sesiones de escritura de las que ella por supuesto no sabía nada. Y los pelos por todo el cuerpo; al parecer para favorecer la hidrodinámica lo primera decisión que toma un nadador iniciado es depilarse todo el cuerpo, y yo iba con pelos por todas partes como una especie de oso viejo y decadente… Lo que quiero decir con todo esto es que a pesar de todas nuestras diferencias nos reconocimos desde la distancia.
—JAJAJJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJ
—Lo vio en mis ojos, te lo prometo. Ese instinto depredador. El espíritu competitivo. El afán de superación.
—JAJAJAJJAJAJAJJAJAJAJJAJA, por dios, para.
—Lo que yo creía que era una mujer competitiva a la que le gustaba la natación, pero que luego resultó ser la campeona de Catalunya durante tres años seguidos y la única participante española en unos juegos olímpicos desde hace treinta años, reconoció mi situación desde la distancia y aceptó el reto. Se identificó conmigo. Ella había descubierto su don en aquella piscina, después de superar el terror que sentía hacia el agua, y se había visto obligada a batirse con viejos seniles para que saber en qué estado de desarrollo se encontraba su don.
—jajajajajajjaja no puede ser.
—Había llegado el momento.
—…
—Me iba a batir en duelo con la campeona del mundo. Con la Michael Phelps de la natación.
—Por dios.
—Así es. Cómo oyes.
—…
—…
—¿Entonces, tienes un don para la natación o no?
—Aquí es cuando te digo que cuando realizo ejercicio mi cuerpo genera una cantidad importante de testosterona. Supongo que se puede aportar como un atenuante.
—Va. ¿Por cuánto te ganó?
—La pregunta, que lo sepas, me ofende.
—¿Por cuánto?
—Bueno.
—…
—…
—Tío, ¿Tanto dolió?
—Se deslizaba por el agua como una sirena. Esa mujer mientras nadaba no pesaba. Cada brazada suya eran como tres de las mías. Su cuerpo era una onda interactiva de carne y hueso. Cuando me asomaba para coger aire no veía a un simple ser humano, veía una aleta de tiburón sinuosa cortar el agua. Tú no sabes lo difícil que es nadar, la cantidad de partes de tu cuerpo que tienes que sincronizar. Sus movimientos eran como las manecillas de un reloj, precisos, mecánicos, interiorizados. Pura belleza. Lloré.
—Pobre. Un hombre derrotado por una mujer. ¿Esta es la historia?
—No, claro que no. Yo estaba flipando. La admiraba. Era mi nuevo ídolo. Gracias a ella me esforcé como nunca había conseguido hacerlo. Aunque perdiera, porque perdí, y además por bastante, batí mi propia marca personal. Aquella maldita niña sacó lo mejor de mí. Me devolvió en volandas a la realidad. No disponía probablemente de ningún don natural para la natación, pero podía mejorar. Cuando acabamos quise conocerla. Darle un abrazo, yo qué sé, preguntarle algo. Estaba claro que habíamos competido, y quería darle la enhorabuena y decirle que era la mejor nadadora que había visto en mi vida y que a partir de ese momento no me perdería la retransmisión de ninguna de sus competiciones.
—Ahora lo entiendo todo. Eres bueno cabrón. El problema es que estabas cachondo.
—Exacto. Estaba cachondo como una moto y no podía ir a decirle nada porque estaba empalmado submarinamente y no quería parecer el típico perturbado sexual que es capaz de excitarse con una niña embutida en un bañador de una sola pieza. Los bañadores de una sola pieza tienen algo profundamente antisexual. Son los bañadores que utilizan nuestras madres. Aquello era vergonzoso y ridículo.
—Pero sin embargo ella sabía que habíais competido en petit comité y que habías sido humillado, básicamente.
—Lo humillante es no saludar al rival que te ha humillado, aquello era lo verdaderamente humillante.
—Qué putada. Estabas en un brete.
—Y es que encima no había que ser un Freud de la naturaleza humana para intuir que ella sería lo suficientemente consciente de que estaba terriblemente buena y de que una cantidad anormal de supuestos aficionados a la natación se acercarían a ella fingiendo un espontáneo pero intenso interés hacia la natación, cuando en realidad su único objetivo era hacerle guarrerías. Yo no quería parecer ese tipo de sabandijas humanas.
—Pero era literalmente imposible no parecerlo.
—Utilizar el adverbio de modo literalmente aquí es muy preciso. Estaba cachondo perdido y estaba haciendo estragos por esquivar los pensamientos que me colocaban en algún cuarto de baño público cerrando con pestillo.
—jajajajajajjaja
—Estaba excitado y empalmado. En aquel momento no me podía acercar a las paredes. No podía ir si no quería parecer el típico chimpancé sexual que se pone cachondo con mujeres embutidas en bañadores de una sola pieza, por muy buenas que estén. No quería parecer uno de esos hombres tan primitivos.
—jajajajajjaja
—Pero tampoco quería parecer el típico orangután machistoride que no puede concebir ser derrotado por una mujer. Quería acercarme a ella y aceptar la humillación para tratar de trascenderla. La humillación.
—Por el amor de dios. ¿Por qué los personajes de tus historias siempre llegan a un especie de callejón sin salida del que parece imposible salir?
—No es ninguna historia, todo esto es cien por cien real, tío.
—Digamos entonces que esa mujer fue a los juegos olímpicos de Londres cuando aun no había acabado la escuela primaria.
—¿Cómo?
—jajajajajajajajajjajaja va sigue.
—Ignoraré lo que acabas de decir. Porque la historia empeora y adquiere connotaciones terroríficas. Ese mismo día descubrí que esta tricampeona de Catalunya y participante de los juegos olímpicos de cuerpo esbelto creado para el delito forma parte de ese subgrupo de seres humanos tan sanos consigo mismos que no sienten ningún tipo de vergüenza por desnudarse y mostrar sus intimidades ante los demás. De alguna manera esta tricampeona absoluta de la natación nacional goza de una salud mental tan plena que presupone que los demás son tan sanos mentalmente como lo es ella, y piensa un poco ingenuamente que nadie va a pensar/hacer nada extraño cuando se quite su bañador de piel de tiburón.
—Venga va.
—Aquí es cuando entra en juego un dato exmachina que se me había pasado por alto relacionado con la disposición arquitectónica de la piscina municipal en la que entreno cada día. Espero que no te importe. Pero es que las duchas públicas se encuentran siguiendo una línea recta invisible desde el carril que he competido y en el que estoy submarinamente empalmado.
—Por dios. Es imposible no empatizar. Im-po-si-ble. Jjajjajajajajaja
—Allí estaba yo con mi gorro y mis gafas apretujadas contra la cara, cachondo perdido, humillado por la apabullante derrota de esta tricampeona nacional, neurótico por no saber qué hacer, y a punto de ser testigo de un cuerpo que estaba acostumbrado a ver a través de una pantalla.
—No me jodas, David.
—Lo siento. Es imposible de omitir. Lo hice.
—Me cago en todo.
—Fue imposible resistirse. Imposible. Estaba demasiado buena como para ser real. No sabes lo sexy que puede llegar a ser para un hombre ver a una mujer enjabonarse. Encima la mujer que te ha humillado. Tenía algo de redentor. Parecía que estaba siendo un espectador de lujo de uno de esos anuncios de champús para mujeres.
—Joder, tío.
—Me la pelé como un mono. Creo que la dejé al rojo vivo. Cuando me quise dar cuenta me estaba masturbando tan fuerte que me estaba mordiendo los labios y estaba poniendo los ojos en blanco. Se estaba enjabonando con un pie ligeramente inclinado. Estaba preciosa. Tenía el monte de venus rasurado.
—Das asco, tío.
—Dicen que cuando viertes pis en la piscina se activa un reactivo o algo así que deja claro que has sido tú. El reactivo pinta el agua de algún color y se extiende una mancha como de humo líquido del color de la sangre alrededor de tu pis. Pero no dicen nada de esa otra sustancia que puede vertir un hombre en el agua. De esa otra sustancia no dicen nada.
—Me están entrando ganas de vomitar. No sé por qué pero ahora no me parece un consuelo que sea todo mentira.
—Es todo verdad, te lo prometo tío.
—¿Y te sientes orgulloso o qué?
—Estaba duchándose tranquilamente con los ojos cerrados. Era una mujer tan sana que no podía concebir a un ser humano tan salido como para que se masturbara viendo cómo otro ser humano se ducha. Fue una paja submarina, redentora y perfecta. En aquel momento pensé simplemente que fue necesaria, la paja, digo, pero luego añadí a la reflexión los siguientes adjetivos: fue una paja necesaria, submarina y perfecta.
—Creo que voy a pedir otra cerveza.
—Cuando acabó de ducharse se acercó a su mochila desnudita y se puso un bikini de esos del H&M para ir a tomar el sol a la piscina exterior. También llevaba una novela de Murakami; era una de esas mujeres que prefieren cultivarse a glorificar la imagen de sí mismas en las redes sociales. Era de ese tipo de mujeres.
—Oh Murakami. Tu autor favorito.
—Pero se le cayó. Al parecer esta tricampeona nacional de natación es un poco despistada fuera de la piscina y se le cayó la novela de Murakami en la piscina. Ella intentó salvarla pero fue imposible. Esta tricampeona de natación mundial es de esas personas que se agachan formando un ángulo de noventa grados perfecto en vez de flexionar las rodillas hasta poder llegar con los brazos al suelo, pero yo ya estaba desfogado sexualmente hablando; no había problema alguno en el horizonte. No pudo recuperar la novela, se hundió hasta el fondo de la piscina y nadie se dignó a cogerla.
—Cómo sigas te voy a matar, te lo prometo.
—Tranquila ahora la narración llega a su punto de no retorno. Con la conciencia adulta, madura y racional que me caracteriza de vuelta, decido yo también salir a tomar el sol. Salgo a la terraza exterior y disimuladamente extiendo la toalla al lado de la de ella. Nos reconocemos de nuevo cuando vuelve de mojarse los pies. Esta tía allí dentro será una tricampeona olímpica, pero en la piscina exterior sigue siendo una mujer. Sólo se moja hasta los pies: el agua está demasiado fría.
—jajajajjajajajaja
—Me dice: te ha costado, eh.
—Claro que sí campeón. Claro que sí.
—Yo no me atrevo a mirarle a los ojos. Soy un hombre que está intentando asimilar muchas cosas a la vez. La escena está adoptando la forma exacta de una epifanía y por qué no el prólogo una bonita historia de amor.
—…
—Pero le miro finalmente a los ojos y acepto la derrota, la humillación. En ningún momento le miro a otra parte del cuerpo: estoy completamente desfogado gracias a ella. Tengo el líbido de un niño de tres años. La escena tiene tanto significado a un nivel narrativo que trasciendo los imperativos primarios y cortoplacistas de mi ser y abrazo la comunicación de símbolos profundos más allá del lenguaje verbal relacionados con la bondad y la belleza que supone pertenecer a la especie humana. Esta comunicación es recíproca. Es la primera vez que un hombre medianamente atractivo se acerca a ella sin intenciones sexuales. Es la primera vez que yo me acerco a una mujer sin intenciones sexuales. Y todo gracias a ella. Los dos sonreímos, pero en realidad estamos llorando por dentro. Por fin nos sentimos menos solos en el mundo. Por fin sentimos que no estamos utilizando a nadie ni inevitablemente nos estamos dejando utilizar. Nous sommes libres.
—Por dios. Siempre te puede el romanticismo. Miedo me da ese talento cuando tengas que escribir tu primera novela.
—Trasciendo el arquetipo masculino del orangután machistoide que ha sido educado machistoidamente para que nunca pueda concebir ser derrotado por una mujer en una disciplina competitiva y
—¡Camarero!
—y trasciendo a su vez el arquetipo de perturbado sexual que arrastra tantas taras mentales que es incapaz de mantener una conversación con una mujer atractiva porque no se puede concentrar en algo que no sea llevársela a la cama.
—¡Aquí hay alguien abusando del conocimiento que tiene sobre la naturaleza humana para arrancarme unas lágrimas muy rastreras!
—Ahora encarno un nuevo arquetipo de hombre contemporáneo. Ahora soy un hombre reeducado de sus prejuicios y de sus taras mentales gracias al cegador y epifánico descubrimiento de que todos los seres humanos gozamos de la mismas capacidades físicas y cognitivas. Ahora soy un hombre que se ha deshecho de las cadenas de su educación discriminatoria y ha conseguido trascender la humillación que supone no poder aceptar haber sido humillado por un ejemplar del sexo femenino. Ahora soy un hombre que ha entendido que algunas humillaciones pueden servir como lecciones vitales. Ahora soy un hombre que no sólo habla, sino que también escucha y pregunta y asiente ante una mujer increíblemente atractiva sin que le tiemblen las piernas y sin que le entren ganas de hacerle a saber qué cosas allí mismo. Ahora soy un hombre curado, desentendido de la competitividad tóxica y de la hipersexualidad estandarizada en esta sociedad decadente que me convertía en un esclavo torturado de mis pasiones animales mal enfocadas.
—…
—…
—Ten, por el amor de Dios. Cállate un rato.
—…(glups)
—…
—En fin, que así supe que el estilo de natación que practico en la piscina se llama estilo de crol.