ASÍ DEJA DE SUFRIR UN HOMBRE.

Yogures y jambas.

(I)

—Ey mira. Tengo una. He encontrado una fotografía de ella. Así la puedes ver. 

—…

—Mírala. Es una fotografía profesional. Es una modelo. Tiene ese cuerpo estilizado de las modelos incipientes. Tiene diecinueve años. Todos los fotógrafos sueñan de algún modo con ella. Ni siquiera hace ejercicio. Está buena de nacimiento. 

—Es guapa. La verdad es que es guapa. 

—Está buenísima, no me jodas. Acabo de entrar en una nueva liga de ejemplares del sexo femenino. Está todo el día mirándose en el espejo, y sólo quiere que la escuche, y su mayor problema es acabar la carrera universitaria, y pensar en el lugar donde quiere tatuarse el nombre de sus padres. 

—Ajá.

—…

—…

—¿Qué te pasa? ¿Te pasa algo? Noto tensión. ¿Pedimos algo?

—…

—Es como compacta. Su único problema es que es bajita. Mide 1,60m con tacones. 

    —…

    —Hemos quedado dos o tres veces. La gente se quedaba pasmada.

    —Supongo que con tacones.

    —Creo que el tamaño de mi miembro viril y mi habilidad sexual ahora mismo han ascendido a la categoría de: mito.

    —…

    —Espera: ¿Qué?

    —Que digo que ella en los encuentros llevaría tacones. Digo yo. Por la diferencia de altura. 

    —Hm, ya. El caso. Han estado bien. Los encuentros y eso. Una nuevo tipo de ejemplar del sexo femenino que antes era impensable y que sólo podía verlo a través de una pantalla. 

    —Pues no lo dices como si hubiera estado bien. Qué quieres que te diga.

    —…

    —…

—Es que dice que no quiere nada. Dice que no está para relaciones. De ningún tipo. 

—…

—Dice que cada persona le aporta algo diferente.

—…

—Dice que es una persona libre e independiente. 

—Ajá. 

—…

    —…

    —Noto tensión. ¿Quieres que pida algo? 

    —Es que lo que me da más rabia de todo el punto asunto es que te lo dicen como si tú no lo fueras. Libre e Independiente, ¿sabes?

    —Entonces pido algo. 

    —Una Coca Cola Zero, por favor.

    —Hecho. Pagas tú. 

    —…

    —Ahora viene.

    —Perfecto. 

    —¿Era una Coca-Cola Zero, no? 

    —Sí, sí. Gracias.

    —…

    —Lo que te decía: lo peor de estos ejemplares del sexo femenino es que me da la sensación de que te dicen lo de su libertad e independencia en oposición a lo que das a entender tú sobre el concepto y la imagen que tienes de ti mismo y lo que puedes llegar a esperar de una relación humana. Es como que se compadecen de ti, ¿sabes? Colocan una mano sobre tu hombro y te dicen que te entienden y te comprenden y todo el rollo, y te dicen que es perfectamente normal que quieras una relación con ellas, porque eres un ser humano infantil y romanticón y sin duda no has dedicado tantas horas de reflexión e introspección como ellas a cultivar su independencia y su libertad espiritual. Valiente puta mierda de argumento. 

    —…

    —…

    —Muchas gracias. No, no. Es para él. 

    —…

    —¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué miras? 

    —No me has pedido pajita. 

    —Ostras.

    —Joder, tío.

    —Se me ha olvidado por completo.

    —Joder macho ya.

    —Lo siento, lo siento. 

    —Llevamos dos años viéndonos aquí casi cada semana, y justo hoy que estoy tan estresado, ansioso, y con tantos pensamientos intrusivos borboteando en la cabeza se te ha olvidado pedirme la pajita.

    —Lo siento.

    —Sabes a la perfección que no me gusta beber directamente desde los botellines. Sabes que desde que leí sobre esas ratas que se mearon en el almacén de una conocida marca de cerveza y todos los machitos que le decían a la camarera que la copa no era necesaria y acabaron con los dientes picados yo no bebo desde el botellín jamás. Esos hombres ahora están con una pensión millonaria, pero están cada vez más gordos y no pueden dejar de jugar a videojuegos. Yo no los veo bien. 

    —He dicho que lo siento, joder.

    —…

    —Ya voy yo, anda.

    —Hombre, gracias. 

    —…

    —…(tssssssiishh) 

    —…

    —Bien. Agárrate bien en la silla. Porque te voy a decir lo que realmente pienso sobre estos ejemplares del sexo femenino. 

    —trrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

    —Lo que pienso es que ahora mismo y en este mismo contexto social, cultural e histórico la mayoría de ejemplares del sexo femenino son menos conscientes de sí mismas que un puto trozo de bacon. 

    —jajajajajjajajaja

    —Te lo digo en serio. No te rías. No lo digo porque esté cabreado o molesto. Bueno, sí, vale. Estoy cabreado. Pero lo digo completamente en serio. Lo pienso. 

    —…

    —¿Qué? ¿Dices algo o qué? Estamos hablando. Esto es una conversación ¿no? Yo hablo y tú respondes. 

    —Estaba pensando. 

    —¿En qué?

    —En lo del bacon. Me preguntaba si has dicho bacon y no otra cosa porque trabajas en una pizzería. 

    —¿Eh?

    —Que digo que has comparado con lo que me parece a mí que son grandes connotaciones peyorativas la conciencia de las mujeres con la de un trozo de bacon y me ha parecido que quizás como trabajas en una pizzería dispones de más evidencias empíricas contrastables sobre la vida interior de los trozos de bacon para llegar a lo que me parece a mí una conclusión muy contundente y negativa sobre las mujeres. 

    —¿Eh? ¿Pero qué coño dices? ¿Qué coño te pasa hoy?

    —…

    —…

    —Tío, estoy de coña. Estás realmente cabreado, eh. No hay rastro de tu sentido del humor.

    —Mucho. Me ponen de los nervios. Ni siquiera son originales. 

    —…

    —¿Tú no te pides nada?

    —No. 

    —Puedes beber si quieres. 

    —…

    —No no no no no no no no. Pero no de la…

    —jajajajajajja que ya lo sé tonto. Ni rastro de tu sentido del humor. Ni rastro.

    —…

    —…

    —Lo que te decía. Lo que me da más rabia de todo el asunto es que su argumento para tirarte a la basura de los ejemplares del sexo masculino No Deseables, es decir, para evitar cualquier compromiso contigo es en realidad la condición de posibilidad preaxiomática que en circunstancias normales serviría para poder comprometerse contigo. Yo ahí veo una contradicción desproporcionada y muy jodida de resolver. No sé. ¿Tú qué crees?

    —Por dios. Bebe anda. Toda para ti. Condición de posibilidad preaxiomática. Tú lo que necesitas es

    —Es que estoy seguro de que estos ejemplares del sexo femenino se creen que te lo dicen como si fuera una virtud de la cual tu careces. Es decir, que estos ejemplares del sexo femenino sólo se imaginan teniendo algún tipo de compromiso contigo en un contexto tan específico como que tú fueras tan independiente y libre como se dicen a sí mismas que son ellas. ¿Tú esto te lo puedes llegar a creer? ¿A quién se creen que engañan? 

    —Yo creo que lo que intentas decirme es que en realidad estas mujeres no son libres e independientes y se están engañando a sí mismas. Perdóname si he entendido mal. 

    —No exactamente. Yo creo que estos ejemplares del sexo femenino son libres e independientes, porque a efectos prácticos, ¿Quién no lo es? Pero estuvieran hasta los cojones de serlo y tú no hubieras conseguido hacerle olvidar que lo son. Osea, lo que de verdad pienso es que en ningún momento quieren el tipo de relación que podrían tener siendo como se dicen a ellas mismas que son, sino exactamente el tipo de relación que mandaría al contenedor de basura todo ese dispositivo conceptual contemporáneo tan agotador que les han dicho que tienen que asimilar y que ha adquirido la forma exacta de un extintor antisentimientos. Porque lo que necesitan no es una relación adulta entre dos seres humanos Libres e Independientes y que tienen las cosas claras y son plenamente conscientes de sí mismos, de su complejidad emocional, de lo jodidos  que pueden llegar a ser los sentimientos borboteando en la cabeza, sino una relación tan especial, inconsciente, infantil, inmadura y proyectada hasta el infinito y más allá que les haga olvidar toda esa palabrería hueca que se dicen pero en la que no creen y las haga tan dependientes y tan poco libres que sólo puedan pensar en la relación. Que su mundo quede reducido a la relación. Eso es. 

    —Es ambicioso.

    —Lo es. Pero es así.

    —Quieren sentirse impelidas a hacerlo. A quererte. Quieren que sea como la fuerza de la gravedad. De lo contrario no van a hacer nada. 

    —Entonces de lo que estás hablando aquí sin duda es del amor romántico. Insinúas que la mayoría de mujeres nos decimos que somos libres e independientes, que apostamos de cara al público por las relaciones abiertas desprovistas de compromiso y sentimentalidad exacerbada, por el poliamor, por las relaciones humanas movidas únicamente por nuestros intereses propios, volátiles y pasajeros,  por el feminismo enlatado, de sloganes y cuya única finalidad es institucionalizar el victimismo; pero en realidad secretamente seguimos ansiando el mismo tipo de amor romántico del que nos reímos cuando lo vemos en una película comercial. Un amor que nos transforme por dentro y nos regale un sentido claro por el cual movernos en este Laberinto Existencial. Lo que queremos, en definitiva, es un Hombre que nos quite todas las tonterías de la cabeza, así de claro, vamos. 

    —Quieren que sea algo necesario. No quieren tener que elegir. Porque ser Libre e Independiente implica elegir todo el tiempo, y es un engorro. Es demasiada presión para ellas. No pueden. Se sienten abrumadas, y no eligen. ¿Me estoy explicando? 

—…

    —Osea. Osea. Porque elegirme a mí, por ejemplo, elegirme plenamente consciente de que elegirme a mí implica que ella deje de elegir a otros diez candidatos de forma implícita tan o más interesantes que yo, pero seguro que más interesantes que yo a medida que me conoce más y por lo tanto le resulto menos interesante y empieza a convivir con la culpa y con la duda de que a lo mejor se ha equivocado en la elección y ya no puede volver hacia atrás con una máquina del tiempo le peta la puta cabeza.  No puede. Le peta la puta cabeza y se raja. 

    —Te veo realmente cabreado, tío. Será mejor que bebas. 

    —De hecho me parece una jodida falta de respeto que lo único que importe aquí para quedar conmigo para conocerme para no sé…  para follar, y… para quererme, y para pensar en construir algo junto a mí… me parece una falta de respeto muy grande que lo único que importe aquí es que sea interesante. La muy hija de puta me dijo que estaba conociendo a mucha gente interesante, ahora que había conseguido al fin entrar en algunas pasarelas internacionales, donde los controles de peso son más rigurosos y a las anoréxicas se les manda al hospital, no se les pone las prendas más arriesgadas. No te jode.  El mayor atributo que puede tener hoy en día un ser humano es que sea interesante. A mí esto me parece una jodida falta de respeto. Porque me da la sensación de que esta puta niñata de mierda me está convirtiendo en una opción más en su inmensa lista de entretenimientos posibles. ¿Es eso lo que soy? ¿Un entretenimiento? ¿Te tengo que entretener o qué?  ¿Qué soy, un programa de televisión?

    —¿A quién le estás haciendo la pregunta?

    —A nadie. Es una pregunta retórica.

    —Yo te dije algo muy parecido cuando te dije que no quería nada con nadie.   

    —He dicho que a nadie.

    —…

    —Además, me parece un poco bastante fascista esto de acercarte a las personas o no en función de lo interesantes que te resulten. Una persona que se acerca a otras personas en función de lo interesantes que le resultan es una persona que probablemente se vea a sí misma como una persona interesante, lo cual, me parece propio de una persona que es de todo menos una persona que es interesante, ¿no crees? 

    —Eso que has dicho supongo que tiene algún tipo de sentido. 

    —Pues sí.

    —Entonces: ¿Cuál es, según tú, el principio rector que tendría que guiar nuestros encuentros con otros seres humanos, nuestra voluntad por conocerlos y relacionarnos con ellos, señor? 

    —…

    —¿Eh, señor? 

    —No sé: ¿Qué tal que sean buenas personas y ya está?

    —…

    —…

    —jajajajajajajjajajajajajajjaja

    —…

    —jajjajajajajajajajjajajajajajja

    —…

    —Por dios: ¿Dónde estaba tu sentido del humor y que habías hecho con él?

    —Lo digo completamente en serio.

    —jajajajajjajajajaja

    —Completamente en serio ¿vale?

    —…

    —Entonces tú aguantas los monosílabos de una aspirante a modelo de diecinueve años porque simplemente crees que es una buena persona ¿no?

    —…

    —…

    —Mejor voy a por una cerveza. 

                        (II)

    —El caso: ¿Por dónde íbamos? 

    —Ibas por dónde me explicabas que los ejemplares del sexo femenino, en este contexto histórico, social y cultural se enfrentan a una elección increíblemente complicada en lo que se refiere a un posible compañero sentimental. Ibas por ahí. 

    —Exacto. Gracias.

    —Por un lado estas mujeres te explican que son libres e independientes, que no se quieren comprometer con nadie porque están en una etapa de autodescubrimiento, de carpe diem, de centrarse en los estudios, cultivar relaciones sanas y no dependientes, etcétera;  pero por otro su cerebro está encogiéndose con la cantidad de futuros candidatos que se amontonan día tras día en whatsapp, todos dándoles los buenos días, prometiéndoles de forma implícita o explícita que las amarán para siempre y de forma apasionada, incondicional y genuflexa cuando ni siquiera las conocen, no saben qué tipo de personas son, si son buenas o malas o qué, y aun así les prometen amor para siempre,  lo que les lleva a pensar que esos hombres no se conocen a sí mismos, no conocen nada acerca de la naturaleza humana, se están haciendo daño y están huyendo de sí mismos y por lo tanto llegan a la conclusión (es, decir estas mujeres llegan a la conclusión) de que lo mejor que pueden hacer por alguien que no conocen pero que tendrá el mismo tipo de sueño vago e indefinido de verse feliz en un futuro cercano es alejarse de ellos cuanto antes. 

    —Yo creo que has añadido información y una interpretación un poco sesgada de lo que estaba explicando sobre estos ejemplares del sexo femenino. 

    —Esos hombres se están haciendo daño, en serio. 

    —¿Eh? ¿Qué? ¿Qué hombres?

    —Los que te prometen amor eterno sólo por haberles dedicado una sonrisa formal en el metro.  Casi siempre coincides con ellos de casualidad. Es de noche. Suele ser de noche y han salido del trabajo y están agotados y son de esos que guardan una foto de su terapeuta en la cartera. Tienen unos veinticinco años y están solteros, lo que significa que están como desesperados por ser aceptados en sociedad y encontrar algo de propósito en sus vidas. Se les ve repeinados y van al gimnasio, pero en realidad están jodidamente deprimidos. Deprimidos en el sentido de que que si los miro a los ojos durante más de treinta segundos y les pregunto qué les pasa poniéndole una mano sobre el pecho te prometo que se me echan a llorar como bebés y me cuentan toda su vida. ¿Toda su vida, entiendes? Sin saber quién soy. Simplemente porque soy mujer y estoy buena.  Pues bien, estos hombres cruzan la mirada contigo, y pum, ya está, ya los has hechizado y ni siquiera sabes cómo: todo el puto trayecto buscándote con la mirada, peleándose consigo mismos por decirte algo o meterse en un caparazón de tortuga abstracto para siempre. Los puedes ver temblando. Yo creo que se imaginan en una película de Woody Allen en la cual ellos son los protagonistas. Yo creo que se imaginan las cámaras, ¿Sabes?, se imaginan que todas las personas de alrededor están pendientes de que realice una buena interpretación de un guión cinematográfico que sólo existe en su cabeza. Es una mierda. No hay que ser un lince para saber que esos hombres se están haciendo daño. Se creen que van al gimnasio para mejorar su imagen y autoestima, pero en realidad van porque quieren bloquear la posibilidad del rechazo. Quieren estar tan buenos que ninguna mujer los pueda rechazar. Quieren reducir el asunto de la seducción a una cuestión hormonal.  Es una mierda. Al final te dan su número de teléfono, pero salen corriendo como niños pequeños.  

    —Yo sí que te dije algo. 

    —Son diecinueve con treinta y cinco. Eso es lo que me dijiste. 

    —…

    —Técnicamente es lo que me dijiste, chico. Qué quieres.

    —Ya, bueno. 

    —¿Quieres escuchar una historia? 

    —¿Una historia?

    —Sí, una historia.

    —Bueno, vale.

    —…

    —Es una historia sobre por qué ahora prefiero no hacer algunas cosas que sí hacía antes.  

—¿Es de las largas?

—No sé a qué viene esa pregunta.

—…

—…

    —Mejor voy a por otra cerveza. 

*******

Yo antes era una de esas ¿sabes? Una de esas estúpidas niñas malcriadas que hubieran salido del metro con el pecho hinchado hablando a todas sus amigas sobre el tío buenorro que no le había dejado de mirar durante todo el trayecto.  Le habría ayudado, incluso. Me hubiera levantado del asiento y se lo habría dado yo. El número. O mejor, le hubiera ayudado a que él fuera el que me lo diera. Era una basura de persona y te voy a explicar por qué. Yo no utilizaba el metro, utilizaba al autobús para ir y venir de Barcelona cada día. Estudiaba un máster en periodismo, me lo pagaban mis padres. En realidad a mí nunca me ha gustado el periodismo. 

Depende del día me bajaba en la misma parada que ellos, pero luego les sugería que me acompañaran de todas formas a casa. A veces algunos se bajaban en la primera parada del recorrido del autobús, a la altura de la playa, en la estación, pero al final conseguía que me acompañaran hasta la gasolinera que hay cerca de la montaña, a unos siete kilómetros desde la estación, una puta hora caminando. Muchos de ellos llevaban todo el día en Barcelona, trabajando y estudiando,  pero aun así aceptaban y me acompañaban. Yo nunca les decía nada en particular, ninguna petición explícita, constituía una especie de reto el conseguir que fueron ellos los que me propusieran acompañarme, de lo contrario no me valía. Recuerdo que en aquella época llevaba varias chapas y pulseras relacionadas con el feminismo, la igualdad de géneros, la justicia social y el NO ES NO en mi mochila EASTPAK; no era muy difícil conseguir que estos tipos se murieran de ganas por acompañarme a casa.  Estamos hablando de que casi todos iban con frecuencia al gimnasio, pero en el fondo los podías ver pelear en sus cabecitas contra una galopante depresión: no era difícil pensar que se morían de ganas por hacer algo que diera significado a sus vidas. A veces cojeaba un poquito, les decía que estaba sufriendo una lesión de tobillo crónica por mi afición al patinaje artístico y me subían a sus espaldas o me llevaban como un bebé gigante en brazos. Esto sólo es un ejemplo, una de la cantidad de cosas que llegué a decirles.  Era divertido. Me sentía con mucho poder. Era como si me pudiera meter dentro de sus pequeñas cabezas atrofiadas, ingenuas y desprovistas de propósito. Luego cuando llegábamos a la gasolinera les decía que muchas gracias, pero que ya se podían ir por dónde habíamos venido, que aquí ya estaba a salvo porque me vendría a buscar en cualquier momento mi padre en coche, un padre que era muy sobreprotector con su hija y que no le gustaba nada que fuera por la noche con chicos que él (es decir, mi padre) no conocía de nada. Les decía que se marcharan por su seguridad.  ¿Quieres saber a cuántos hombres que no conocía de nada convencí para que me acompañaran durante siete kilómetros a una gasolinera que estaba en la otra punta de la ciudad? 

A muchos ¿vale? Casi perdí la cuenta. El máster duraba dos años. A veces me daba por intentarlo con el mismo. Cogía el mismo autobús y casi siempre a la misma hora. No siempre podía realizar el experimento con un hombre diferente. 

¿Y quieres saber cuántos de ellos me besaron? Antes de que se fueran. Antes que les dijera lo de mi padre. Muchos ¿sabes? Muchos. 

¿Y te gustaría saber cuántos de ellos tenían novia?

Ya te lo digo yo: no te gustaría saberlo. 

A fin de cuentas no me gustaba el máster que estaba estudiando, así que ya estaba pensando en el tipo de revelación epifánica que iba a tener dentro de dos años para cambiar por completo mis intereses universitarios de cara a mis padres y a la opinión pública. Estaba ya barajando algún tipo de bajón psíquico de esos que legitiman viajes impulsivos y catárticos a la India, la dieta vegetariana, la rastas y todo el rollo; y además mis amigas cada vez me producían más asco, en serio, estaban todas amargadas por la meta que habían alcanzado o por la meta que deseaban alcanzar. Además mis padres me iban a mantener hasta los cincuenta mientras siguiera haciéndoles creer que me gustaba estudiar y mientras siguiera diciéndoles la hora a la que iba a llegar a casa cada sábado, así que por ese lado no había ningún problema. Lo único que me divertía por aquel entonces era el pequeño experimento social que realizaba al volver de la universidad. Era mi pequeño hobby. Cada día podía ser diferente. El experimento social era lo único que rompía una rutina que desembocaba  a su vez en más rutina; era lo único que me permitía escapar de mi vida de mierda. 

En realidad no venía a buscarme nadie. Vivía una calle arriba de la misma gasolinera a la que me acompañaban. Técnicamente me estaban acompañando a casa.

Ya sabes que soy una mujer exigente, autodidacta y quisquillosa, pero muy orgullosa.  Pronto no tuve suficiente con que me acompañaran. Cuando conseguí un método para conseguir que me besaran, decidí subir el listón. Supongo que experimenté en mi carnes lo que significa eso de que el poder puede llegar a corromper.  Quería saber hasta dónde podía llegar. Aquí es donde todo se empieza a complicar. Una noche al volver de la Universidad, pasé por un edificio en obras. En el portal había un contenedor de esos metálicos repletos de ladrillos, yeso y restos de esos alambres pesados que hay en el interior de las vigas, y decidí cargar mi bandolera de estudiante de máster con un montón de esas cosas. Esa noche conseguí que un hombre que ni siquiera cogía el autobús y ni siquiera vivía en Mataró me acompañara hasta la gasolinera que hay al lado de la montaña no sólo cargando con mi bandolera repleta de ladrillos, sino también con su mochila de montañero. Iba vestido de montañero sabes. Luego le dije que se fuera, porque si le veía mi padre le iba a matar. Me dijo que me quería, me besó, y se fue. Creo que no era de aquí, venía de viaje desde Bilbao, tenía ese porte inmenso y ese chorro de voz de los norteños, y me dijo que había dejado la carrera de derecho para dar la vuelta al mundo. Estaba en las últimas antes de cortarse las arterias radiales y me acompañó desde Barcelona cargando con un montón de esas cosas. Me contó que había probado el Prozac, la Sertralina, el Litio, la terapia electroconvulsiva, la meditación, y varias permutaciones conjuntivas de todos esos medicamentos y terapias alternativas,  pero las ideas de quitarse de en medio seguían siendo una constante. Yo le dije que era una estudiante alternativa de bellas artes, que me dedicaba a la creación de proyectos arquitectónicos vanguardistas a partir de escombros, y cuando me venía una idea a la cabeza, mi vida cobraba sentido. Era como si de pronto mi mente visualizara una meta y la vida fuera tan fácil como alcanzarla. En la visualización no había nadie; sólo estábamos la meta y yo, les decía. Si te fijas, yo en las conversaciones metía sutilmente términos como sentido, propósito y meta para que estos hombres conectaran todos los elementos narrativos en su cabeza por sí mismos. Yo no les forzaba en ningún momento a hacer nada que no quisieran, simplemente dejaba caer palabras claves y ellos mismos eran los que se empezaban a contar la historia que su cabecita deprimida, atrofiada y desprovista de propósito necesitaba escuchar para que la historia cobrara fuerza e inercia propia. Se la empezaban a contar ellos mismos y toda la tontería se les iba de la cabeza.  Al día siguiente, por muy cruel y arrogante que hubiera estado la noche anterior, estos hombres me estaban hablando de nuevo, me preguntaban si mi padre me había pegado o me había castigado dos meses en el desván sin ver la luz del sol. Era bastante dramática con las historias que me montaba. Era de las cosas que más me sorprendía. Que no había forma de achantarlos. Lo que más me mantenía enganchada al experimento social es que parecía no haber límite en las posibilidades para conseguir que estos hombres se olvidaran  de sí mismos por un día y me acompañaran a una gasolinera que estaba en la otra punta de una ciudad en la que ni siquiera vivían. 

Por desgracia, tampoco fue todo un paseo por el campo. Estamos hablando de que no estaba pasando por el mejor momento de mi vida y hubo algunas pruebas que no salieron como debían. El máster cada vez me daba más asco. En dos meses ya se habían formado diez parejas heterosexuales que tenían pinta de durar toda la vida. En clase, digo.  Se dicen que quieren progresar en su carrera laboral, seguir formándose, pero en el fondo todos sabemos que es una puta mentira, todos sabemos a lo que va la gente y por qué hace la cosas que hace. Supongo que uno de los problemas a los que me enfrenté es que en mi estado de evasión latente y mi depresión larvaria comencé a beber alcohol y a fumar marihuana en cantidades industriales, lo cual tuvo la fatal consecuencia de atraer a los peores sujetos a brindarme la supuesta compañía, ayuda y soporte emocional que necesitaba para acercarme a la gasolinera de la montaña, donde me recogería mi feroz padre y me llevaría a casa y no me haría pasar ninguna noche cerrada en la alacena,  si él decidía que me había portado bien y había llegado lo suficientemente puntual a la gasolinera. Al año o así me vi realizando mi pequeño experimento social con tipos definitivamente acabados, los que consiguen que nos cambiemos de acera cuando nos cruzamos con ellos por la calle a altas hora de la madrugada. Es curioso porque los acabados, los que nosotros denominaríamos inadaptados sociales, los que acaban durmiendo en los bancos y acumulan miles de deudas con compañías de telecomunicaciones y casas de apuestas fueron los únicos que cuestionaron el argumento central de la historia que les contaba. ¿No te parece curioso? Es como si los deprimidos de antaño, los del gimnasio y los que soñaban con ser artistas fueran terriblemente ingenuos, se les pudiera contar cualquier historia que se la creían, mientras que los esquizofrénicos, los psicóticos, los enfermos mentales que acabarían en un psiquiátrico tarde o temprano pusieran un montón de impedimentos para que la rueda de la narrativa comenzara a dar vueltas de una vez dentro de su cabecita enferma. Y eso los condenaba a estar locos. ¿No te parece curioso?  Por ejemplo, recuerdo que un esquizofrénico con tintes suicidas, loco de atar, con los ojos salidos de las cuencas, con una lata de cerveza siempre en la mano, maloliente, raquítico, con esa cara pálida característica de los animales disecados y una habilidad peculiar para el dibujo fue el primero que me dijo, oye, ¿Y por qué tu padre no viene a buscarte a la estación? Había pasado algo más de un año desde que empecé con el experimento social y fue el primero que se lo planteó en voz alta. Los estudiantes de derecho, los proyectos de artistas, los ciclotímicos adictos a los ejercicios de alta intensidad para que no se les pudrieran algunas funciones neurológicas, todos esos, henchidos de su propia inteligencia, con conciencia de su propia identidad, sin embargo,  se la tragaron con patatas. Aquella noche había apostado por traerme las jambas de unas puertas de interior muy bonitas que encontré en el portal de un edificio en construcción. Eran unas jambas como muy grandes, eran alargadas y tenían una rara forma de arco, cierto aspecto barroco. Le dije al esquizofrénico que me dedicaba al diseño de interiores, y que mi padre, el cual estaba muy enfermo a causa de un enfisema pulmonar, me había pedido que reformara su casa como última voluntad, ahora que tras muchos años de esfuerzo, sacrificio y compromiso, había conseguido (es decir, yo había conseguido) ser una importante decoradora de interiores para un renombrado estudio en Barcelona. Mi padre había sido un trabajador incansable en el campo, se había dedicado al cultivo local de la patata, la zanahoria y el tomate desde los once años,  no había tenido la oportunidad para estudiar ni siquiera las letras del alfabeto, y su última voluntad era que su hijita del alma reformara la casa en la que iba echar el último aliento. Las jambas pesaban bastante y la idea de llevarlas hasta la gasolinera, al lado de la montaña, me dolía hasta mí. Las cargó como si fuera una mochila gigante y se le dobló un poco la espalda; el pobre estaba muy delgado debido a sus problemas de alimentación y el consumo de estupefacientes duros. Tenía ese aspecto chupado de los que se han pasado de la raya, han dejado la marihuana y han probado cosas más fuertes, como la heroína y la cocaína. Fue ahí cuando me habló de repente y a gritos su verdadero problema.

—¡Tengo impotencia! —gritó. 

El esquizofrénico me explicó que la única mujer que le había visto el pene se lo había visto tan pequeño, encogido y arrugado que desde ese traumático momento decidió que no quería nunca más exponerse a un ridículo semejante. Dijo que aquella noche  había conseguido poner cachonda a una mujer, que había sufrido mucho durante su adolescencia porque siempre había temido que no podría (es decir, que no podría poner cachonda a una mujer) debido a sus problemas de inseguridad, pero el embrujo endocrino se rompió cuando esta mujer le vio el pene.  Dijo que aquella noche estaba bloqueado, que llevaba mucho tiempo deseando follar, y que la mera idea de hacerlo para él tenía demasiado significado y no podía estar en el momento. Dijo que no podía estar en el momento, no dijo que no podía disfrutarlo, o algo así,  dijo que no podía  estar en el momento; y acto seguido se corrigió y dijo que no, mentira, lo que pasó en realidad es que ni siquiera pudo vivirlo. Esto me lo dijo un esquizofrénico con varios intentos de suicidio a sus espaldas y que ahora sé que está ingresado de forma indefinida en un psiquiátrico, al lado de individuos tan cerrados en sí mismos que se pueden llegar a quedar mirando una pared un día entero, esos individuos a los que se sonríe como si fueran niños pequeños.  ¿Tú te puedes creer? ¿Por qué me lo dijo a gritos? ¿Y por qué de repente? Aún loco, era como si una parte inconsciente de él supiera la razón por la cual estaba subiendo las jambas hacia la gasolinera, aunque fuera a costa de su espalda. En un momento del trayecto, cuando el pobre me estaba pidiendo por favor que nos sentáramos en un parque para descansar un poco, le expliqué que mi padre estaba emocionalmente muy apegado a mí, de hecho yo ya había asimilado que desde la muerte de mi madre en un truculento accidente de tractor agrícola mi padre se había enamorado de la viva imagen en movimiento de su cariñosa, fiel y bondadosa esposa, es decir, de su hija; y le dije que no sería buena idea que nos viera juntos, ahora que se encontraba a las puertas de la muerte y le quedaban dos días contados para que ahuecara el ala, de modo que  sería mejor que una vez llegáramos a la gasolinera se fuera cuanto antes, ya que no podría controlar la reacción de mi primo segundo el granjero cuando le viera, un primo que también estaba enamorado de mí pero que nunca me había puesto la mano encima, en parte por respeto a mi padre, un primo muy agresivo que siempre iba con un mondadientes en la boca y una escopeta de caza colgada a la espalda, incluso cuando por lo que sea abandona la casa familiar y va algún mitin de los partidos políticos de ultraderecha. 

La actitud del esquizofrénico entonces cambió. Ya no mostraba la misma predisposición a completar el trayecto hacia la gasolinera cargando con las jambas. Este tipo estaba tan enfermo que todos los elementos narrativos estaban funcionando en una esfera muy diferente a la de la conciencia. Lo podías ver peleando contra otro tipos de fuerzas, en contraposición a las resistencias a las que se enfrentaban los proyectos de artistas, los adictos a la calistenia, los que habían apostado por las dietas cetogénicas para hacer frente a su depresión unipolar. Le animé a ponernos en marcha de nuevo, antes de que nos enfriáramos y nos quedáramos allí plantados en aquel parque para siempre, pero me dijo que estaba realmente cansado y que no podía seguir. Me explicó que la mujer en realidad se portó bien con él. A la que puso cachonda. Me dijo que se mostró comprensiva, atenta, y empática  y apagó la luz cuando las cosas se pusieron tensas, sexualmente hablando. Ella parecía saber en aquella habitación cómo funcionaban algunos entresijos del miedo que sólo estaba (al parecer) experimentando él. El esquizofrénico me dijo que esta mujer le explicó el procedimiento para masturbarla un poco como si fuera barrio sésamo, lo cual, era un poco ridículo, pero con perspectiva, en realidad le parecía entrañable. Primero un dedo, luego dos dedos, ahora más fuerte. Ahora más rápido. Así.

El pobrecillo me dijo que estuvo una semana sin dormir, de los nervios, y que en algunos momentos del día lo podías ver con varios cigarrillos en la boca. Cuando esta mujer le dijo de quedar para ver una película en su casa y todos sus amigos sanos, no esquizofrénicos y con una seguridad sexual a prueba de bombas se abalanzaron sobre él en el bar donde se emborrachaban y le dieron la enhorabuena por adelantado y por algo que no sabía si sería capaz de hacer.

 En aquel entonces, tenía 23 años, y aún conservaba los amigos, antes de que le dieran de lado porque no dejaba de hablar todo el rato de lo mismo. Aquella noche, sin embargo,  la noche de las jambas, parecía que tenía como treinta. El tío se estaba poniendo muy pesado con su historia y cada vez era más tarde. Estamos hablando de que era el único que me lo estaba poniendo realmente difícil en lo que se refiere a mi experimento social, y era el único que no era capaz de entregarse a la historia que le estaba brindando en bandeja. No sabía qué hacer. El tipo era como si no pudiera dejar de bucear en esos recuerdos, buscando reflexiones, imágenes y voces que por momentos sentía que podía olvidar; tenía esa mirada fija y abstraída de los que se quedan contemplando un fenómeno que sólo se está produciendo en su cabeza. Supongo que en el fondo es lógico: nos contamos todo el rato las mismas historias para que no las podamos olvidar.  Me dijo que por aquel entonces estaba leyendo mucho a Edouard Levé, cuando aún no se había enganchado a la cocaína, allá cuando él estaba lo suficientemente sano como para leer, un escritorzuelo que publicó dos pequeños libros de culto y se suicidó a los cuarenta y cuatro años. Por aquel entonces no podía dejar de leerlo, me dijo, se lo recomendaba a todo el mundo, tienes que leer este libro, les decía a las bibliotecarias que veía un poco alicaídas,  se sentía pletórico, henchido de energía, él estaba leyendo libros de culto, libros que alzaban la vida y el espíritu y condenaban el materialismo y el conformismo en el que se había criado mientras su entorno se estaba marchitando consumiendo series de televisión sin criterio ninguno; este libro, según él, autorreferente, autobiográfico, provocador, a veces obsceno y a veces sublime, formalmente rompedor,  con la larga y tenebrosa sombra que proyecta una obra cuyo autor se ha suicidado, consiguió hacerle entender para qué servía la literatura, o el arte en general, si es que el arte podía servir para algo, porque él nunca había querido ser escritor, sino dibujante. Estaba en el tren dirigiéndose a la Universidad, cuando aún la esquizofrenia le permitía llevar una vida normal, y estaba leyendo por primera vez este libro de Edouard Levé. Una chica que se sentaba en frente no dejaba de mirarle (me dijo que por aquel entonces muchas de sus amigas le decían que era un chico atractivo, aunque él nunca llegó a creérselo).  Llegó a la última página, a la última frase, la mejor frase que podía acabar aquel libro, la única que podía hacerlo, una frase enigmática, profunda, impensable para nosotros, jóvenes universitarios con muchas esperanzas puestas en el futuro, aplastados por un sistema económico que nos convierte en extraños conectados por la tecnología, el deseo mamífero y el interés propio, repletos de miedos y esperanzas; y entonces el esquizofrénico lo supo. Miró a la chica, que era increíblemente guapa, pero tímida, y que le escondía la mirada siempre que él se la buscaba y llegó a su parada y se levantó sin decirle nada, pero con esa última frase de la novela dando vueltas a su cabeza, y supo entonces y para siempre que la única función del arte es prepararnos para la acción: tenía veintitrés años, y era la primera vez que había conseguido mantener la mirada a una mujer. Antes jamás pudo hacerlo. 

Dos meses después se encontraba en aquella habitación desconocida, la primera mujer a la que había visto desnuda se estaba poniendo las bragas, él estaba tumbado sobre el colchón, no podía dejar de mirarla; el primer encuentro sexual había sido un desastre, no había sido capaz, o no del todo, me decía, había sido una experiencia traumática, había conseguido masturbarla, pero ella en algún momento quiso más,  y no pudo saciarla, recuerdo muy bien que utilizó aquella expresión. El encuentro sexual acabó de una forma catastrófica, los gemidos progresivamente cesaron y la forma en que ella se agarraba a su espalda también, dios, decía, esa forma como si yo (es decir, él) fuera el que la estuviera abocando a un precipicio insondable, pero a su vez, también fuera el que la estuviera salvando de ese mismo precipicio al que la estaba abocando;  los peores pronósticos sobre cómo podía ser su primer encuentro sexual se cumplieron, y fue terrible, traumático, humillante, y ridículo…, pero estaba ahí, su cabeza durante toda su vida le había dicho que cualquier mujer lo reduciría a una cosa de la que se podía reír y a la que podía humillar, y se había imaginado que no lo podría soportar, que sería la muerte en vivo para él,  a partir de ese instante en su cabeza se producía el análogo al ruido analógico que emiten las televisiones antiguas; pero había descubierto que su cabeza estaba equivocada, que por lo menos existía una mujer en el mundo que lo había tratado con dignidad y respeto, a él y sus miedos, y le había brindado la oportunidad incluso de darle placer y compartir un pequeño rato de intimidad junto a él.

Estaba sobre la cama con ella vistiéndose de espaldas, me dijo, ella le preguntaba con algo de indiferencia si quería cenar algo; y entonces lo que el esquizofrénico me contó es que se vio a sí mismo en una abstracción espectacular con treinta años, recordando este momento que estaba viviendo en aquella habitación, sentado al escritorio de una especie de estudio, recordando a su vez la última frase de la novela de Edouard Levé en Autorretrato;  en la abstracción lloraba de pura felicidad, miraba a través de un ventanal ese movimiento frenético de los pasos de cebra que puede llegar a sintetizar la naturaleza entera de una ciudad, desprovisto de preocupaciones innecesarias, miedos y en general todas las formas en que se manifiesta el sufrimiento humano, y en un momento determinado, se encontraba en el reflejo del cristal su propia cara, la cara que tendría cuando tuviera treinta años, y se veía en paz consigo mismo, se miraba durante unos segundos, y luego finalmente  cogía el lápiz y comenzaba a dibujar alguna idea que tuviera en la cabeza, como iba a hacer el resto de su vida, hasta el día de su muerte. 

El esquizofrénico parecía atrapado en su propia historia y no había forma humana de hacerlo volver al mundo real. Estábamos a dos kilómetros aproximadamente de la gasolinera a la que los solía llevar, pero el tipo no parecía muy predispuesto a moverse del banco en el que estábamos sentados.  Yo le intenté dar ánimos de esa forma vaga con la que se le da ánimos a la gente que está acabada, pero nada, no había manera. Hasta yo se puede decir que estaba enganchada. Me explicó, por ejemplo, que durante los tres meses en los que estuvo hablando con la mujer antes de que se produjera el encuentro sexual le dejó claro de todas las formas posibles que estaba completamente loco, que tenía graves problemas de autoestima y varios intentos de suicidio a sus espaldas, que se había estado medicando con Sertralina durante dos años y que se conocía toda la literatura médica relacionada con la esquizofrenia, la depresión y la adicción gracias a los libros de Gabor Maté; él me dijo que no era lo que se puede decir un don Juan en lo que se refiere a la seducción de ejemplares del sexo femenino, que siempre se acababan alejando de él, aunque él no supiera por qué; pero es que esta mujer parecía realmente interesado en conocerlo; y cuando se produjo el encuentro sexual, y él se dirigió al baño para limpiarse las manos y se encontró encerrado debido a que él siempre cierra la puerta de los baños para que nadie pueda verle su arrugado y pequeño pene y empezó a golpear la puerta gritando ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ayuda!  Se acordó de que, sí, vale, a esta mujer le había comentado hasta la saciedad que padecía de depresión, esquizofrenia, trastorno de déficit de atención, graves problemas de autoestima, varios casos demostrables de propensión a la adicción al alcohol, al trabajo y a los videojuegos, etcétera; pero no le había dicho por desgracia que también era claustrofóbico, porque si le decía también que era claustrofóbico seguro que la mujer se hartaría de tantos problemas y tantos obstáculos y no querría conocerlo a fondo y él perdería una de las pocas oportunidades de ser desflorado de forma significativa y no solitaria (cuando utilizó esta expresión le pregunté y se refirió a irse de putas); y en aquel cuarto de baño encerrado se arrepentía de habérselo ocultado, entre lágrimas y pidiendo auxilio; el esquizofrénico se lamentaba de no haber sido completamente sincero con la única mujer que se había mostrado predispuesta física y emocionalmente a desflorarlo y no haberle comentado la terrible claustrofobia que sentía en los lugares pequeños y cerrados y sin ventanas desde que su madre, que tampoco es que fuera el paradigma de la comprensión y el amor maternal, lo hubiera obligado a pasar una noche entera en un sótano repleto de polvo cuando él no se comió las lentejas que con tanto amor le preparó, un trauma que tenía enterrado en las profundidades tumultuosas del subconsciente. Y en aquel momento de claustrofobia paralizante se arrepintió de no haber sido completamente sincero con ella, porque se vio pidiendo ayuda como un condenado, golpeando la puerta del baño con el puño cerrado y dejando escapar coletillas inconscientes como: 

—¡No me gustan las lentejas, Mamá! 

Unas frases que, según él, seguro que dejaron volar la imaginación de la única mujer que había intentado desflorarlo gratis, cuando él siempre había sido muy discreto en sus manifestaciones esquizofrénicas, algo que para él era muy importante, un distintivo de identidad y autenticidad.  

 La puerta del baño, sin embargo,  no la abrió esta mujer, que estaba al parecer en el salón, pidiendo algo de comida a domicilio por teléfono, sino su compañera de piso, una joven morena, bajita y con unos pechos exuberantes,  también muy atractiva, que dio por supuesto que el esquizofrénico, depresivo y preadicto a muchas cosas había sufrido un evidente episodio de claustrofobia y se mostró, quizá, demasiado comprensiva con las manifestaciones inconscientes del trauma de las lentejas y demasiado predispuesta a ayudarlo. La mujer con la que se había intentado acostar (sin éxito) le había explicado en varias ocasiones al esquizofrénico que compartía piso con una ninfómana desesperada que se llevaba todo lo que tuviera pene a la cama, una bicharraca que se había pasado por la piedra ya a media ciudad,  y que si no se la presentaba era porque seguro desearía entonces follárselo, con todos los problemas emocionales y de convivencia que se pueden derivar cuando dos compañeras de piso desean a un mismo hombre, porque él (es decir, el esquizofrénico) era realmente atractivo e interesante, aunque él no se lo acabara de creer, y además se le sumaba el hecho de que esta mujer ninfómana tenía una adicción clínica por desflorar a jóvenes inseguros, de alguna manera esta mujer decía que tenía un sexto sentido para detectar rasgos virginales en los hombres con sólo mirarlos a los ojos, y escribía cosas en su diario personal rollo Sylvia Plath como que le encantaba pasear por la ciudad con las manos en la espalda, tranquilamente, silbando y feliz,  detectarlos entre multitud anónima de la ciudad, invitarlos a dar una vuelta, y llevarlos finalmente a su habitación, aunque ellos al principio no quisieran, se mostraran reticentes y miraran hacia los lados como buscando alguna cámara oculta; entonces, cuando esta ninfómana había convencido al esquizofrénico para que pasara a su habitación con el objetivo de relajarse, y le estaba aplicando un paño caliente sobre la frente y haciendo un masaje vietnamita y le estaba explicando que la obra de Linklater no le parecía tan profunda, arriesgada y vanguardista a un nivel artístico y narrativo como la de Gus Van Sant y estaba diciendo que el gusto cinematográfico de su compañera de piso y amiga del alma no estaba tan refinado como el suyo, y el esquizofrénico abrió un ojillo y notó atisbos de comparación celosa, y vio que en la puerta de la habitación en la que se había metido había como ocho candados en batería; entonces el esquizofrénico me explicó que en uno de esos instantes de lucidez en los que no reconocemos la torpeza normal con la que vivimos, decidió (es decir, el esquizofrénico decidió) con sangre fría  gemir de placer, osea, dijo el esquizofrénico, fingió que se corría de placer, y a medida que gemía más y más fuerte, la ninfómana comenzó a intensificar los movimientos del masaje vietnamita y a validar su rol de ninfómana en el sentido de que nunca acaban de ser saciadas; y cuando la otra mujer acabó de pedir comida a un mexicano y escuchó unos gemidos de placer un poco extraños, a la vez que exagerados y amortiguados por las paredes del piso, así como una risa ávida de poder como villana de Disney, y los ubicó en la habitación de su compañera ninfómana, ató mentalmente cabos (porque su compañera de piso, según sabía ella, se encontraba en un de esos períodos ninfomaníacos de hibernación en los cuales estaba leyendo a Schopenhauer y Lucía Etxebarria compulsivamente), recorrió el pasillo mientras en el interior de su cabeza resonaba los violines torturados de una película de thriller y dio una patada karateka en la puerta y supo entonces, cuando entabló contacto visual con el depresivo, claustrófobico, y virginal esquizofrénico tumbado boca abajo sobre el colchón pero con los ojos en lo alto, supo entonces esta mujer que su pobre amante había estado pidiéndole ayuda en un código imposible de descifrar para la ninfómana de su compañera de piso, y le pareció (a ella, a la mujer con la que se había intentado acostar) entrañable, gracioso y señal de que entre ellos dos se había forjado una conexión espiritual a raíz de lo que había ocurrido en su habitación que perduraría para el resto de sus vidas, de una manera u otra. 

No voy a negar que aquella noche me vi por primera vez subdividida en partes emocionales y no tan emocionales. Una parte de mí quería seguir escuchando la historia del esquizofrénico, porque me estaba costando horrores no empatizar con las diferentes manifestaciones narrativas de su locura; y otra, sin embargo, quería seguir con mi experimento social a toda costa, conseguir que el tipo llevara las jambas de las puertas de interior a la gasolinera, me besara o lo que fuera, y luego cogiera el camino de vuelta por su cuenta. También sabía que después de aquel episodio había llegado a un límite fronterizo del experimento, me vi obligada a cambiar algunos elementos importante del mismo,  aunque esto lo supe después, y supongo que te lo debería contar más tarde, cuando la cosa se complicó de verdad. 

También cabe informar aquí que en aquella etapa de autodestrucción drogodependiente y denegación psicológica en lo que se refiere a la elección de mi master Universitario la subdivisión de mí en partes emocionales y no tan emocionales era más metafórica que otra cosa. En retrospectiva a mí en realidad lo único que me importaba era que el esquizofrénico, virginal y depresivo claustrofóbico me acompañara a casa, porque con la tontería era jodidamente tarde y de noche, el tipo se había enrollado como una persiana,  y ya sabes que Mataró es una ciudad muy peligrosa de noche, y más para una mujer como yo; y bueno, ya sabes, si me acompañaba con las jambas cargando en la espalda, pues mucho mejor. Para el experimento social, quiero decir. Estaba fatal en aquella época. Todavía lo recuerdo. 

El esquizofrénico después de contarme esta última experiencia que tuvo con la ninfómana en su habitación, se quedó en blanco y no salió nada con sentido de su boca. . Yo pensé que ya se habría desahogado, que básicamente le hice de psicóloga, y ya está; pero en realidad una vez contó estas experiencias jamás volvió a reaccionar a mis peticiones para volver a la marcha con las jambas. Se quedó en el banco mirando al vacío en una posición defecatoria que insuflaba dignidad, como si estuviera pensando. Aunque yo sabía que no estaba pensando. Fue extraño. Sabía que él en aquel momento era la personificación de lo que fuera contrario a un hombre pensando. Eso lo sabía. 

Fíjate en una cosa. Es lo que te he dicho antes: los locos, los dementes, por paradójico que pueda sonar, son los más escépticos a la hora de creerse e interiorizar cualquier historia, y parte de su enfermedad consiste en que su circuito neuronal para contárselas está completamente frito; de modo que lo único que pueden hacer es dar vueltas y vueltas, una y otra vez, a la misma, a la única que les queda, a la última que han vivido,  hasta que ya no quedan más reflexiones, más imágenes, más sentimientos que sacar de allí y la historia muta a un largo pitido ensordecedor de esos que emiten las máquinas de los hospitales cuando se te para el corazón, y entonces lo único que deseas es salir de tu puñetera cabeza. A mí en aquel banco me dio aquella sensación. De que en realidad lo único que deseaba este tipo era salir de su puñetera cabeza que no le dejaba de contar la misma historia todo el tiempo. Ese pitido, imagínatelo por un momento todo el tiempo en tu cabeza. Recuerdo que intenté ponerme rollo madre:  le di ánimos, le dije que las cosas mejorarían, pero sólo si él quería, y una de las cosas que podía hacer para que las cosas mejoraran, aunque fuera de forma simbólica, era cargar con esas jambas tan pesadas con las que yo no podía hasta la gasolinera de al lado de la montaña. Ya te he dicho que yo en aquella época no estaba muy fina. Él me dijo que estaba cansado. Yo le contesté que quedaba realmente poco para llegar a la gasolinera, que ya habíamos completado gran parte del trayecto, y para enfatizar psicológicamente lo que le estaba diciendo puse una mano sobre uno de sus hombros como si fuera su mejor amiga. Él me dijo entonces que aquello era mentira, que faltaba más de la mitad; y que eso era exactamente lo que le cansaba y lo que le impedía seguir hacia adelante, la abstracción de lo que aún faltaba por llegar, decía que su cerebro se encogía cuando veía lo que faltaba por llegar,  lo cual me pareció aparte de una observación acertada, una reflexión profunda sobre los motivos por los cuales los seres humanos parecemos jodidamente incapaces de comprometernos con metas a largo plazo, con el futuro que queremos, con los sueños que no nos dejan en paz ¿no? ¿No te lo parece a ti también?

En mi estado de de denegación psicológica y mi obsesión por conseguir que los participantes en mi experimento social llevaran lo que yo quisiera a la gasolinera que había al lado de la montaña y de mi casa, sin embargo, me vi obligada en el banco de aquel parque a improvisar una actitud pedagógica que un día puse en práctica con mi sobrina de tres años.  Básicamente me dejé de tonterías, tiré a la basura todo este rollo de la comprensión y de la tolerancia y di un giro autoritario. Estaba desesperada y no iba a permitir que un maldito enfermo mental tirara por la borda un año entero de trabajo e investigación, me daba igual el tema de su virginidad no resuelta. 

Como te he dicho lo que hice fue básicamente adoptar la misma actitud que adopté cuando mi sobrina de tres años un día no se quería comer la tortilla que le había preparado. Le dejé de sonreír como una imbécil, me dolían hasta los músculos circumorales de tanto fingir una sonrisa que no sentía, me levanté del banco y me puse en frente de él. Le dije que se levantara conmigo de una puñetera vez y cargara con las jambas. No se lo propuse. Se lo ordené. Le dije que me importaba tres cojones su historia, que no era para tanto, que la suya no era tan diferente a las del resto. Que todos somos los protagonistas absolutos de las historias que nos contamos. Que aunque se viera en su historia absolutamente central e imprescindible y eterno,  en el mundo real seguía siendo insignificante, accesorio y transitorio; y que lo único que podía hacer al respecto era aceptarlo, como acabamos haciendo el resto de mortales de carne y hueso, y seguir hacia adelante. Lo mejor de todo es que funcionó. El tipo se resistió un poco al principio, pero al final acabó entrando al trapo, como hizo mi sobrina de tres años cuando me puse realmente seria y le ordené que se comiera la puta tortilla que le había preparado antes de irse al colegio. El motivo principal por el cual mi sobrina no quería comerse la tortilla era que no le gustaba. Yo le decía que necesitaba comerse la tortilla para mantenerse fuerte y poder ir al colegio a aprender cosas nuevas y jugar con sus amiguitos, pero ella decía que no se la quería comer porque no le gustaba la tortilla. No había forma: no le gustaba y no había vuelta de hoja. Yo le dije entonces que comiera un poquito, una porción, y con eso estaría bien si no le gustaba, pero fue imposible convencerla de que comerse la tortilla era bueno para ella. Como puedes imaginar la discusión con una niña de tres años adoptó rápidamente la forma exacta de varios cabezazos contra la pared. Yo quería que se la comiera porque era bueno para ella, aunque no le gustara, pero ella no quería comérsela, aunque fuera bueno para ella, porque no le gustaba.  Te prometo que analizar la lógica que utilizan los niños para tomar sus decisiones da para una tesis doctoral sobre por qué fracasan y por qué son infelices los adultos. Por suerte mi hermana se ha ido a vivir lejos de aquí y a esa niña no la he vuelto a ver el pelo, ni ganas tengo. Aunque tengo que decir que después de esa experiencia mi hermana me prometió que nunca más me dejaría cuidar de su niñita, la cual según ella, era especial y muy sensible y le contó todo lo que le había hecho de una forma muy poco objetiva y descontextualizada. Durante lo que restaba de trayecto hasta la gasolinera que había al lado de mi casa, en la Mataró nocturna de las dos de la madrugada, fui por delante del esquizoide, como separados por una correa entre perro y dueño abstracta, y cada vez que me volvía y lo veía relajando el ritmo, me acercaba y le pegaba un buen bofetón; eso lo espabilaba. 

—¡Va! —le decía, a gritos— ¡Más rápidoMe sentía increíblemente poderosa. Cuando llegamos a la gasolinera le ordené que colocara las jambas al lado de contenedor de basura. Le pregunté si conocía la historia de Sísifo, y me reí sola. Te prometo que estaba en la puta mierda. En realidad no sabía qué demonios estaba haciendo con mi vida y lo peor es admitir que quizás yo estaba peor que él. 

Después de unos segundos de silencio, el esquizofrénico me preguntó si podía marcharse, ya que vivía un poco lejos y estaba agotado. Yo sonreí de verdad. Estaba por fin en casa.

Entonces fue cuando me vino a la cabeza toda la experiencia de mi sobrina, la que según mi hermana le había dejado graves secuelas para la posteridad. 

Después de mucho discutir con aquella niña endiablada, lo que decidí fue meterle toda la tortilla en la boca y obligarle a masticar y a tragar hasta que no quedara nada en el plato. Me aseguré de ello. 

Media hora después nos encontrábamos en la puerta del colegio, ella no se separaba de mí, y me preguntó si podía marcharse junto a sus amiguitos, que estaban jugando a la pelotita, antes de entrar en clase. Me lo dijo mirando al suelo. Me lo pidió por favor. Me lo suplicó.  Había aprendido la lección.

Recuerdo que le dije lo mismo que le dije al esquizofrénico cuando me me preguntó si se podía marchar ya. Tenía la misma cara de sumisión. Se lo vi hacer un día a mi hermana al despedirse de su hija. Me pareció entrañable.

—No sin antes darme un beso. 

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Evidentemente después de la traumática experiencia junto al esquizofrénico no estaba lo que se dice preparada para procesar toda la mierda que se me vino encima. Mi experimento social sufrió un parón antes de que subiera al siguiente nivel, que es donde las cosas se pusieron realmente complicadas y empecé a pasar miedo de verdad, aunque aún faltara mucho para llegar al último nivel, donde aprendí la lección que trato de explicarte aquí ahora mismo. 

Estuve como dos semanas metida en la cama, me vi de forma compulsiva todas las series disponibles en Netflix, engordé tres kilos, me masturbaba hasta con los cantos de las mesas, soñaba por las noches con todo lo que acabara en forma de punta,  no dejaba de comer golosinas e hidratos de carbono, tenía ganas de matar a todo el mundo, no podía dejar de leer poemas de Emily Dickinson, una autora que sólo se lee durante períodos depresivos, siempre que me dirigía al salón era para discutir con mis padres, que parecían momias frente al televisor. Era una mierda. Todo lo veía a través de un pátina gris y parecía preparado y diseñado para morir, si no es que estaba ya muerto de antemano. 

Me preguntaba constantemente si yo también me vería así viendo series de Netflix. Como mis padres, quiero decir. Era repugnante, esa flacidez tonta en el rostro; ese deje en la postura; esa mano que no deja de ir por sí sola al cuenco de las palomitas.  Aun así no podía dejar de verlas.

Por suerte noté una leve mejoría en mi estado de ánimo cuando por sorpresa mis compañeras de máster me invitaron a una despedida de soltera. Una de ellas se casaba. Estaba embarazada. Me sentí mejor de esa forma en la que te sientes mejor cuando te enteras de que a alguien le va mucho peor que a ti, pero sabe poner mejor cara. Al día siguiente de la despedida de soltera, fue la primera vez en dos semanas que tuve la suficiente fuerza de voluntad como para no masturbarme de buena mañana ni pensar en la idea del suicidio mientras meaba ni de ver tropecientos episodios seguidos de una serie de Netflix que ya había visto unas cuantas veces y con la cual me había sentido terriblemente identificada. Me sentí orgullosa y me senté a escribir sobre el significado de lo que estaba ocurriendo conmigo. Escribí como treinta páginas intelectualoides a bolígrafo. No llegué a ninguna conclusión, pero la verdad es que me sentí mucho mejor.

A la semana siguiente ya estaba de vuelta a la universidad, y por lo tanto, también al autobús. Estuve varios días sin cazar y sin pensar en la caza, pero sabía que de algún modo volvería a mi pequeño experimento social, tarde o temprano. Aunque en el momento no fuera capaz de entender lo que estaba ocurriendo conmigo a muchos niveles, en realidad, ahora que lo pienso con más calma, de forma inconsciente sólo estaba buscando nuevas perspectivas, aunque los acontecimientos no me dejaran ponerlas en práctica. 

A raíz de una serie de manifestaciones sindicales en favor de los derechos de los conductores de autobús, una noche yo y otras tantas personas nos vimos sin quererlo ni beberlo plantados en Barcelona, sin saber cómo demonios podríamos llegar a Mataró, una cola en la estación que parecía las afueras de un concierto multitudinario. Nos dijeron que nos olvidáramos de coger el autobús, que los conductores se habían plantado en la estación con saco de dormir y un termo de esos de tamaño gigante y no iban a salir de allí hasta que les aumentaran el sueldo y en general les mejoraran las condiciones laborales. Aquella noche me vi tentada a volver a las andadas, hacía mucho frío y quería llegar a casa, aunque no sabía si estaba psicológicamente preparada para volver a la acción. Por suerte no hizo falta, porque en la inmensa cola que se formó en la parada un tipo alto y encorbatado se acercó y comenzó a hablar conmigo; al parecer, los dos teníamos algo en común, los dos estábamos cabreados por lo ocurrido y eso nos hizo tener un tema de conversación.  El tipo me dijo que en realidad tenía que ir a Mataró para ir a ver a su novia al hospital, pero dado el panorama llamaría a sus padres (es decir, a los padres de ella) para decirles que dadas las circunstancias, sería mejor que se acercara otro día. Supongo que no lo vi venir de cerca. Él tenía un apartamento en Barcelona, un ático tipo loft de esos que se supone que tiene la gente que viste con traje y corbata y lleva un maletín de cuero, y me invitó a pasar la noche en su casa, con la condición de que evitáramos la discusión sobre quién tenía que dormir en el sofá, ya que él, si tenía alguna convicción en la vida sobre cómo le gustaría ser, esa era la de ser un caballero. 

En ningún momento sospeché nada de lo que estaba ocurriendo. El tipo estuvo todo el rato hablando sobre su novia. Me explicó durante la caminata a su casa que la pobre había sufrido un terrible accidente de coche en plena autopista mientras conducía a doscientos por hora dirección Barcelona, porque su relación era tan especial y se sentían tan unidos el uno del otro que si pasaban más de un día separados literalmente se morían allí donde estuvieran; y su mujer tenía un trabajo muy exigente que a veces le obligaba a viajar a otras ciudades, y eso para ella tenía importantes consecuencias psicológicas, ya que iba siempre muy estresada porque sabía que a la que se cumplieran diez, doce horas sin ver físicamente a su novio y futuro marido empezaba a sentir una preocupante taquicardia, y le empezaban a caer goterones por la frente, y a este síntoma se le sumaba el hecho de que en el fondo se avergonzaba de sentir una atracción tan fatal e infantil hacia una persona, y tenía que fingir ante la plantilla de trabajo de la que estaba a cargo que era una de esas jefas histéricas y bipolares con las que no se podía contar para nada y parecían que siempre tenían la regla; y aun así, pese a todos estos inconvenientes habían conseguido durar diez años, lo cual ya era de por sí estresante y agotador, y daban ganas de ir al psicólogo a contarlo todo o de tirar la relación entera por la borda, o ambas cosas a la vez, dependiendo el día y la distancia a la que un día pudieran estar el uno del otro. 

No había que ser una iluminada para deducir lo que había pasado. Aun así me lo contó media hora después, mientras me preparaba una ensalada césar,  ya en su casa.  

Al parecer su novia un día tuvo que quedarse hasta las tantas en las oficinas de Mataró, completamente atrapada por finalizar un proyecto muy importante para el futuro de su empresa, y cuando se quiso dar cuenta, se miró en el espejo del baño durante un breve descanso, vio que estaba roja como un tomate, miró el reloj de pulsera y supo que habían pasado trece horas sin ver a su novio y comenzó a sudar como un pollo; entonces corrió hacia el móvil y vio las evidentes cuarenta y siete llamadas perdidas que le había realizado, intentó llamarlo, no contestaba, ella se lo imaginó con una mano en el pecho y la otra sujetando el teléfono móvil experimentando una especie de infarto, y cogió el coche de inmediato, les dijo a su plantilla que ahora volvía, que no la miraran así, que no se fuera nadie, que eran las tres y media de la madrugada, pero que el proyecto tenía que salir fuera como fuera, y que apuntaran todas las horas extras que hicieran, que dejaran de quejarse,  que la empresa que dirigía siempre iba a pagar las horas extra y que el que no quisiera hacerlas ya sabía dónde estaba la maldita puerta. 

No volvió. Preocupada por la salud de su novio, y a su vez experimentando los primeros síntomas de abstinencia (taquicardia, sudores fríos y mareos) cogió la autopista y puso su Mercedez Benz a doscientos por hora. El coche después del accidente quedó reducido a una gran bola de papel metálica. Los investigadores pensaron que se había tratado de un intento de suicidio. Le hicieron un análisis de sangre a lo que quedaba de ella y los índices de cafeína podían hacer saltar a la comba a un elefante. Su empresa gastaba cuarenta y siete mil euros en café. Los investigadores eran de esos de película que ven conspiraciones por todas partes e iban a investigar a fondo las cuentas de la empresa. No se creían la versión que les contaba él (es decir, la versión de la necesidad de estar juntos y etcétera).

Ahora su novia se encontraba postrada en una cama de hospital, me dijo, estaba consciente, pero tenía todas las extremidades rotas. Estaba toda cubierta de yeso y sólo se le veían los ojos, curiosamente lo único que necesitaba para que pudiera verlo a él. Parecía una momia. Era una pena, debieron hacer algo al respecto, su situación antes del accidente era insostenible, él un día tuvo que alquilar un helicóptero…  pero en definitiva, no se puede volver hacia atrás en el tiempo ¿no? Ahora estaba obligado a ir cada noche a verla al hospital, cuando salía del trabajo, porque la necesidad de verla era igual de urgente que siempre. En este punto del relato comenzó a llorar, y dijo que si las cosas fueran de otra manera, todo sería más fácil. Él se prometió después del accidente que no cometería el mismo error que ella, porque si cogía un coche y tenía un accidente no se podrían ver y entonces los dos morirían de la pena de no poder verse.

El tipo me ofreció sábanas y mantas y un pijama de franela para que no pasara frío por la noche. Me enseñó todo el piso, me dijo que podía coger cualquier libro de la estantería del salón, una estantería donde tenía libros de esos conseguir el éxito y no rendirse nunca, me dejó unas zapatillas para que no fuera descalza por casa, me invitó a comer cualquier cosa de la nevera, me dejó el mando de una televisión gigante sobre la mesita de noche por si me aburría o no podía dormir, me tapó él mismo y finalmente, después de un largo recorrido por toda la casa,  me dijo que si necesitaba cualquier cosa él estaría en el salón. Yo le di las gracias por lo que estaba haciendo por mí. Él las rechazó y me dijo que el que tenía que darme las gracias era él, ya que estaba pasando por un momento muy difícil de su vida, y que le estaba ayudando, aunque yo no lo creyera, a hacer algo que nunca se había atrevido a hacer. Me dio un beso en la frente y se fue hacia el sofá del salón, me dijo que si me despertaba y él no estaba, que me podía marchar cuando quisiera, que esa casa era como si fuera mía. 

Como podrás comprender no fue fácil pegar ojo en aquella habitación. Había algo en lo que no podía dejar pensar. Algo que no encajaba. Toda la historia tenía una matiz tétrico. Durante toda la noche tuve una pregunta que no me atreví a hacerle. 

Hacia las tres de la madrugada me puse las zapatillas y me dirigí al salón. Asomé la cabeza por la parte detrás del sofá y me encontré al tipo con los ojos abiertos como platos. Estaba temblando y tenía goterones de sudor por toda la frente. Cuando me contó la historia de necesidad que tenía con su novia pensé que estaba exagerando. No era una exageración. El tipo estaba temblando y sudando, te lo prometo.

La pregunta fue la siguiente. El resto vino solo. 

¿Ibas…? ¿Ibas al hospital a verla, no?

El tipo me miró.

Yo lo miré.

Nos miramos. 

Corrí hacia la habitación, él rompió a llorar como un loco, me siguió por todo el loft,  me pedía por favor que no me fuera en el momento más duro de su vida, me lo suplicó, se arrodilló frente a mí mientras me ponía las botas y enfilaba hacia la puerta.  Yo estaba aturdida por el miedo que sentí de repente en aquel piso dejado de la mano de Dios, le dije que lo sentía mucho pero no quería ser virtualmente la cómplice emocional de un asesinato en toda regla, o de un asesinato conjunto (en el caso de que saliera terriblemente mal), y me fui sin pensármelo demasiado. No me importó mucho que no tuviera forma práctica de volver a Mataró, lo único que quería era salir de aquel piso cuanto antes. Eran las tres de la madrugada, y tuve que coger un bus nocturno. Ni se me pasó por la cabeza lo del experimento. Iba en un pijama de franela con motivos de conejitos contra un fondo rosa chicle, pero con unas botas de cuero que me llegaban hasta las rodillas; no estaba para tonterías. En el autobús la gente a la que acostumbramos a mirar por encima del hombro era la gente que me miraba a mí. 

Ya en Mataró, cuando estaba llegando a mi casa, a la altura del contenedor de basura  donde le dije hacía dos semanas al esquizofrénico que dejara las jambas y se fuera por dónde había venido en un giro autoritario, encontré algo que me llamó poderosamente la atención. En el mismo contenedor había un montón de jambas de puertas de interior, del mismo tipo que le obligué a cargar al enfermo mental. No podía ser casualidad. Cuando me quise dar la vuelta, ahí estaba él, temblando de frío bajo un portal, oculto bajo una sombra tenebrosa,  en un estado psicofísico que me hizo pensar que debía estar inmersa en una película de terror o algo así. Parecía un zombi. Llevaba una lata de cerveza en la mano izquierda y tenía un montón de rozaduras por los brazos, supongo que de cargarlas. Sonrió al verme, se acercó con paso tambaleante y me dijo Hola. 

El esquizofrénico me dijo que iba muy guapa, que me había echado de menos, y que había sido increíblemente dura la espera, pero que la había podido soportar gracias al propósito existencial que le regalé aquella noche. Me dijo que unas vocecitas de su cabeza (muy típico de los esquizoides) le susurraban que yo le había abandonado, que yo le había utilizado para mis metas sin tenerle en ningún momento en cuenta a él, como le había pasado en definitiva toda su vida con todas las mujeres,  y me dijo que unas de las vocecitas le decía que tenía que vengarse e ir por ahí matando a mujeres o algo así, pero que consiguió silenciarlas, o ignorarlas, a estas voces, buscando cada día jambas de puertas de interior por la ciudad y cargándolas hasta el mismo contenedor donde las había llevado el último día que estuvimos juntos. De esa manera, él sabía que una noche u otra aparecería y podría mandar las vocecitas a tomar por culo. Me dijo que desde que aquella noche él tenía esperanzas por primera vez en mucho tiempo de mostrar de nuevo su arrugado, blando y pequeño pene a alguien. Y que ese alguien era yo. Supongo que me pilló en un estado de desorientación anímica sin precedentes. En otro contexto no le hubiera dado importancia, le hubiera mandado a la mierda de alguna forma. Pero aquella noche le dije que aquellas rozaduras tenían muy mala pinta, y le invité a subir a casa. Se duchó, le ofrecí un pijama, le curé las heridas y dormimos juntos. Le temblaban las manos del frío y del alcohol. Antes de apagar la luz, me dijo que me quería. 

No sé muy bien cómo ocurrió, ya te he dicho que en aquella época iba como fumada todo el tiempo,  pero a los dos meses se podía considerar que estábamos juntos. Hacíamos vida de pareja. Mejoró muchísimo su estado de ánimo, dejó la medicación, comenzó a dibujar de forma compulsiva cada mañana, se apuntó a natación y meditación mindfulness, encontró un trabajo, ganó algo de peso,  etcétera; parecía literalmente otra persona. También comenzamos a tener relaciones sexuales bastante satisfactorias. Tener relaciones sexuales con hombres inseguros tiene ciertas ventajas, más que nada porque dejan el ego a un lado y lo dan todo, no se dejan nada en el tintero, porque siempre se piensan que podría ser la última vez. Yo no lo quería, era evidente que no sentía lo mismo que él sentía por mí, él haría todo lo que yo le pidiera sin dudarlo un maldito segundo, pero me permitió seguir hacia adelante. Acabé el máster en periodismo y encontré trabajo de reportera donde estoy ahora, me hizo olvidar mi pequeño experimento social, y además me regalaba un buen orgasmo cada noche. ¿Tú dirías que yo lo estaba utilizando? 

Estamos hablando de que haría cualquier cosa por mí. Cualquier cosa. 

Algunas mujeres te dirán que no les gusta los tipos sin personalidad, te dirán que huyen de los denominados pánfilos como de la peste porque no es lo que buscan en la vida y blablablá, y te intentarán demostrar que es un rasgo distintivo de su personalidad. Es mentira.  Yo durante aquellos meses descubrí el motivo principal por el cual tendemos a huir de este tipo de personas, de los que darían una pierna por nosotros sin saber si nosotros daríamos una pierna por ellos. Lo descubrí con él. Los que están dispuestos a amar a cualquier precio.  Huimos de estas personas porque nos enseñan una versión de nosotros mismos que no queremos conocer, una versión de nosotros que maquina, manipula, chantajea, y se siente increíblemente poderosa haciéndolo, y lo hace sin ningún remordimiento y lo hace a cualquier precio. Por culpa de estas personas conocemos una parte maligna de nosotros que no sólo no tiene suficiente con salirse con la suya, sino que además quiere sentirse bien respecto a ello. Durante aquellos tres meses, no sólo quería que el esquizofrénico hiciera lo que yo quisiera en cualquier momento, además quería que lo deseara. Si una persona tiene dignidad y siente respeto por sí misma, pondrá límites y la sangre no llegará al río, pero si esa persona te quiere, te ama, te necesita y sabes que haría todo por tenerte contenta, y si encima tú no sientes lo mismo por esa persona, y si encima tú sientes esa especie de superioridad emocional que te hace creer que eres la única persona que tiene, entonces estarás todo el tiempo tentada a descubrir una parte de ti que sólo está dispuesta a recibir amor, pero no a darlo…, porque en definitiva: no es necesario. Entonces lo que ocurre es que después de haberte convertido en la peor versión de ti misma, en una persona que es capaz de manipular a otra persona que te quiere sólo para tener razón, que es en definitiva la forma más antigua del poder, la abandonas, pero no lo haces exactamente por él; no lo haces porque seas buena, no lo haces porque prefieras los tipos con personalidad como puedes preferir un postre u otro, lo abandonas porque ese tipo de amor, el amor que tiene que ver con sólo recibir y recibir y recibir hasta que te empachas te ha convertido en una persona terrible.

Estaba volviendo de Barcelona en el mismo autobús de siempre, eran las tantas de la noche, había empezado las prácticas en una redacción y básicamente mi redactor jefe me tenía secuestrada llevando los cafés a los que normalmente llevan los cafés al personal importante de la empresa, me dijo que así aprendería en qué consiste el oficio del periodismo, ya sabes, era ese tipo de Jefes; y le estaba explicando por teléfono al esquizofrénico lo difícil, estresante y agotador que era para mí este trabajo de mierda, le decía que sin duda me había equivocado de carrera y tendría que haber optado por una vida mucho más significativa, como la escritura de ficción, la dirección de cine, o algo así, ya que veía que me vida se había ralentizado, cuando podría ir a toda marcha -todos los días la misma rutina, las mismas caras, los mismos pensamientos, los mismos sentimientos asociados a esos pensamientos-. No podía parar de quejarme. Él me escuchaba. 

Le expliqué que todos mis compañeros me habían preguntado de una manera u otra si tenía novio o estaba comprometida, que todos mis superiores, los que de algún modo tendrían que servirme como ejemplo e inspiración estaban al borde de tirarse desde una azotea, todos divorciados, amargados, con hijos que no les hablaban, con mujeres que les ponían los cuernos, con regueros de saliva al ver a sus compañeras desfilar por la redacción; le expliqué que al parecer había siete variantes de cafés en la máquina expendedora de cafés y que no sólo cada persona quería uno distinto y había que aprénderselo de memoria (es decir, aprenderse de memoria el café que quería), sino que encima la misma persona podía querer diferentes cafés en función del momento del día y el estado de ánimo en que lo pidiera, lo cual aumentaba el estrés y la ansiedad y las ganas de enseñarle el dedo y marcharme de allí para siempre;  y todo esto lo tenía que aprender sobre la marcha, aguantando humillaciones, chistes y rapapolvos, esperando una oportunidad de mierda para demostrar mi supuesta valía como persona en un trabajo que ni siquiera me gustaba. Y a todas estas quejas le metía sutilmente de vez cuando el añadido de la pereza que me daba subir ahora desde la estación hasta la casa de la montaña porque él y su puta afición de mierda al dibujo le habia condenado a un trabajo precario hasta como mínimo los treinta y cinco, y me obligaba a mí a vivir con mis padres. Entonces él me decía que aunque estuviera cansado, más que nada porque se despertaba a las cinco de la madrugada para dibujar de forma compulsiva y estar sano con su esquizofrenia, luego ir a realizar una sesión de ejercicio de alta intensidad para mantener a raya el estrés y la ansiedad, y luego irse a trabajar diez horas a un bar muy concurrido de Mataró, podría bajar a buscarme a la estación para subirme a casa de mis padres. Yo le decía que si no quería que no bajara, que no importaba, de verdad, que ese no era el problema, le decía que yo también sabía que estaba cansado. Pero estaba hecho, vendría a buscarme a la estación. 

Cuando colgué, el autobús estaba en silencio. No estaba vacío, pero tampoco estaba a rebosar. Era un bus nocturno. Sólo se escuchaba el ruido del motor y un programa de radio que tenía puesto el conductor para que no se durmiera sobre la marcha. Algunas personas estaban espatarradas sobre los asientos, durmiendo de esa manera en la que duermes cuando te encuentra el sueño en un autobús, y otras simplemente tenían la mirada clavada en el ventanal. Yo fui una de esas. De repente me encontré en el reflejo del ventanal y creo que pensé por primera vez en mucho tiempo en todo lo que había pasado durante esos meses con el esquizofrénico y conmigo en general. 

No era un experimento social, no era una forma de pasar el rato.  No hubo una abstracción espectacular, como en el sueño del esquizofrénico. Yo me había convertido en aquella persona. Yo era aquella persona.

Cuando el esquizofrénico me llamó de nuevo al teléfono, supongo que para preguntarme dónde demonios estaba, no le contesté. Yo ya estaba en mi casa. Llamé a mi padre para que viniera a recogerme. Aquella noche no pude dejar de llorar.  Nunca más he hablado con él. Me enteré por terceros que acabó en un psiquiátrico, ingresado para siempre, encogido en una especie de posición fetal muy dolorosa y comiendo con una cucharilla de plástico puré de patata por miedo a que se cortara las arterias radiales. Una pena. 

¿Entiendes ahora por qué ahora prefiero no hacer algunas cosas que antes sí me atrevía a hacer? 

(III)

    —Me puedo hacer una idea. 

    —Necesito algo de beber. Tengo la garganta seca. 

    —Pídeme algo a mí también.

    —¿Coca-Cola Zero, cerveza, qué?

    —¿Tú que crees?

    —…

    —…

    —¿Pero entiendes ahora por qué…

    —He dicho que me puedo hacer una idea. 

    —Te veo tenso. Noto tensión en esta mesa. Yo creo que no has entendido la historia. ¿Sabes que estuve como cuatro meses sin salir de la cama? 

    —Ya, bueno. Pero el problema sigue siendo el mismo. Exactamente el mismo. ¿Qué crees que hubiera hecho que hubieras sido algo más consciente de la situación objetiva del esquizofrénico? 

    —No sé, que lo hubiera querido, por ejemplo. No lo quería. Sólo lo estaba utilizando.

    —Ya estamos. Es que es lo de siempre. 

    —Creo que lo había convertido en mi confesionario portátil. 

    —Lo de siempre, joder. 

    —¿Sabes esos reality shows en los que los concursantes tienen una salita donde se pueden desahogar de sus penas? 

    —Puta mierda ya.

    —Una vocecita les pregunta cosas y ellos se desahogan, pero en ningún momento estos concursantes son capaces de salir de esos problemas y le preguntan a la vocecita qué tal le va a ella, con sus problemas y sus cosas. Mi relación con el esquizofrénico era exactamente así. 

    —Más inconscientes que un puto trozo de bacon. Que un trozo de bacon, joder. 

    —No es cuestión de que el amor que sintiera por mí lo estuviera salvando de sus enfermedades y de sus traumas, sino que el tipo de amor que yo sentía por él me estaba matando a mí. Me estaba convirtiendo en una persona insoportable, iracunda y con derecho a quejarse de todo lo que le ocurría. 

    —…

    —¿A qué te refieres? ¿De quién hablas ahora mismo?

    —De nadie. De todas en general, no sé. 

    —Sigo notando tensión en esta mesa. Voy a pedir dos pintas. Creo que necesitas relajarte. ¿Te pasa algo o soy yo?

    —No me pasa nada. Sólo creo que la solución de eliminar por completo la conciencia de la elección a la espera de un príncipe azul que elija por vosotras no es una solución en absoluto. Elaborar una rara ecuación en la que no elección puede llegar a equivaler a libertad me parece vuestro último disparate. Tú dices que lo abandonaste porque no lo querías, yo te pregunto a ti, entonces: ¿A qué estabas esperando para quererlo? En serio: ¿A qué estabas

    —Yo creo que el problema era que ese tipo de amor me hacía sentir en una especie de cárcel. El que el esquizofrénico sentía por mí, quiero decir. No me podía imaginar en ningún contexto en que ese hombre que me escuchaba y hacía todo lo que le pidiera me abandonara por otra, o incluso me abandonara sin más; no podía. Iba a estar conmigo de todas formas y en todas las circunstancias, no importara en la persona que me convirtiera. Al principio puede funcionar, y puede ser divertido y significativo, una persona que te ama y te escucha de forma incondicional, pero el problema viene después, cuando ya te has convertido en esa persona insoportable, iracunda y que sólo puede hablar de sus problemas, porque ha mamado que sus problemas son lo único que existe,  y ya no puedes cambiar, y ahora la que no puede abandonarlo eres tú, porque nadie te aguanta, ni siquiera tú misma, sólo te aguanta él. Es una cárcel ¿Entiendes? Yo sentía que si seguía dos años más con él acabaría en la Cárcel. 

    —Mi pregunta sigue siendo la misma: ¿A qué estabas esperando para quererlo?

    —¿A quién?

    —Al esquizofrénico, claro. 

    —Yo creo que tenemos que definir aquí lo que entendemos cada uno por querer. 

    —Los dos a la vez. En una palabra.

    —Vale.

    —¿Lista? ¿La tienes?

    —…

    —Uno, dos, y 

    —…

    —…

    —…

    —Tramposa. Eres una tramposa. Querías hacer trampas. 

    —Qué te follen, jajjajajajaja. Déjame en paz. 

    —…

    —…

    —¿De verdad crees que la modelo de diecinueve años esta que me dice que es Libre e Independiente siente temor por verse dentro de la Cárcel y no poder salir nunca más de ella?

—No sé, yo hablo sólo por mí.

—Porque lo que yo creo que es que está dispuesta a entrar en al cárcel, pero sólo si un príncipe azul aparece por el horizonte subido en su esplendoroso caballo y le hace sentir tantas cosas que le hace olvidar cómo la celda se va a hacer más más estrecha y asfixiante a medida que lo ame más y más. No sé si me explico. Lo que yo creo que es que necesita invocar al sentimiento. Porque de lo contrario se va a quedar espatarrada en su poltrona leyendo sus libros sobre lo Libre e Independiente que es. Sin embargo, lo que de verdad quiere es que sólo exista ese príncipe azul como posibilidad. Lo que quiere es que el príncipe azul le haga sentir un amor tan profundo e inexplicable que le haga olvidar eso que has dicho sobre  la cárcel. Así no se siente culpable, y así en definitiva va a elegir. Seguro. ¿Me estoy explicando?

    —La verdad es que me estoy preguntando qué pasaría si contestara a tu pregunta. 

    —¿Eh?

    —Que no te estás explicando.

    —¿Es coña?

    —…

    —…

    —¿Tú qué crees? Yo creo que vemos el problema desde sitios muy diferentes. 

    —…

    —…

    —A ver.  Tienes que comer un postre porque sigues hambriento después de comer o porque llevas comiendo postre desde que usabas chupete, y ahora tienes la imperiosa necesidad de abrir la nevera y comerte un buen yogur de fresa; pero la abres y te encuentras una nevera donde se podrían pasear los ratones, pum, ni siquiera te lo esperas, no quedan yogures, y tu cara retrocede asustada, encogida, y arrugada en un plano facial sobredramatizado. No queda ningún yogur, te los has comido todos. Entonces te ves de repente vistiéndote y acercándote al supermercado más cercano a comprarte yogures. En el supermercado se despliegan ante ti una increíble variedad de yogures, de todos los sabores, texturas e índices de azúcares añadidos posibles. Todos se pueden convertir en tu postre, pero sólo puedes elegir uno. Esto del pasillo repleto de yogures en un primer momento puede hacerte creer que complica tremendamente la elección. Tu elección. Pero piénsalo bien. Si no hubiera tantos yogures, nunca experimentarías en toda su dimensión lo que significa tu elección. Tu elección. Elegir. Eliges uno, pierdes la posibilidad de elegir todos los demás. Por ejemplo: elegir el yogur de fresa implica no elegir el yogur de limón. Y a su vez decantarte por el yogur de limón implica que no puedas elegir el de frutos del bosque. No es poca la presión que tienes que soportar sobre tus hombros. Tu necesidad arraigada en un hábito inocuo convirtiendo todos esos yogures en suculentos objetos de deseo. Todos igual de deseables y deseados. Pero no te decides por ninguno. No puedes. En tu cabeza no puedes soportar la idea de que elegir uno implique la posibilidad de perder la posibilidad de probar los otros. Temes elegir un yogur en concreto porque sabes que una vez elegido tu cabeza te torturará con el pensamiento de que quizás con otro estarías experimentando una mayor cuota de placer, o directamente un placer tan grande que silenciaría cualquier pregunta sobre si ha sido buena idea decantarte por ejemplo por el yogur de fresa. En vez de disfrutar de ese yogur que has elegido Tú, y que está buenísimo, lo que haces es pensar en la cantidad de yogures que por culpa del que has elegido no podrás probar jamás. 

    — …

    —¿No es de locos?

    —Yo  creo es que ese ejemplo hace aguas por todos lados. 

    —Joder, ya lo sé. Es simplista y absurdo. Pero a lo que me refiero cuando digo que la mayoría de ejemplares del sexo femenino de hoy en día tienen menos conciencia que los trozos de bacon que coloco en la pizzas cada noche es a este ejemplo mismo de los yogures. Se me ha ocurrido ahora mismo. A este mismo. Lo que me imagino es exactamente esto: que la mujer compacta y de 1,60 metros de altura lleva media hora frente la infinita colección de yogures, y no se decide. No puede decidirse. Y es normal. Hay demasiados. Entonces lo que ocurre es que se acerca un amable empleado del supermercado y le pregunta si le puede ayudar en algo, porque a todas luces parece necesitar ayuda, a lo que ella responde que no Pasa Absolutamente Nada, que lleva media ahora allí plantada como una retrasada mental  con la boca entreabierta porque es Libre e Independiente y está en pleno derecho de quedarse allí mirando los yogures el tiempo que quiera; y a todo esto, se toma la licencia de mostrar una visible afectación ofendida si al empleado se le ocurre plantearle, ejem, la posibilidad de que esté ahí por una razón que a ella se le haya pasado desapercibida o directamente no quiera admitir porque destrozaría el concepto y la imagen que tiene de sí misma. No sé, tío. ¿A ti te parece eso de Mujer Libre e Independiente? Porque a mí me parece propio de un ejemplar del sexo femenino que es libre e Independiente pero está hasta los cojones de serlo. Lo cual no quita que lo sea. Yo no he dicho nunca lo contrario. Pero a lo mejor ella debería ser consciente de sí misma. De por qué está ahí. De por qué no puede elegir. Porque quizás la reacción más empática y humana de este ejemplar del sexo femenino no es cambiar la pierna de apoyo y mascar un chicle abstracto, sino llorar de la pena y de la frustración, al fin y al cabo lleva media hora intentando comprar un puto yogur de mierda, y tiene hambre, pero no puede decidirse por ninguno porque hay demasiados. Y aunque se diga lo que quiera sobre sí misma y llene el problema de variables superficiales, como que en realidad quiere cuidar de su línea, o no debería comprar los más caros, o el que han dicho que es malísimo para la salud, en realidad no puede elegir porque es no es capaz de asumir las consecuencias de su elección. Que está eligiendo, joder. Y que elegir te convierte en responsable de las consecuencias de la decisión. Y por extensión de tu vida. ¿Me explico?

    —Admito que te ha quedado: bonito.

    —Tan simple como eso.

    —Pero yo de ti no haría otra vez la pregunta. 

    —Es un recurso retórico. Insufla humildad al interlocutor. 

    —…

    —…

    —A ver, lo que he entendido. Que no estoy diciendo que el ejemplo sea del todo malo, que conste, pero quizás, y sólo quizás, y sólo si nos ponemos terriblemente quisquillosos, como creo que va a ser el caso, quizás, no sé, y recordando mientras hablabas del tema que la pasión que ejerce un interlocutor para reafirmar su posición sobre un tema es inversamente proporcional a la convicción a la que se aferra a sus argumentos, quizás, hubieras tenido que añadir algunas premisas que considero necesarias para que este ejemplo de los yogures no sea intelectualmente inocuo y falaz, como por ejemplo, no sé, teniendo en cuenta que estamos hablando de relaciones formales y proyectadas en el tiempo de forma indefinida, quizás,  hubieras tenido que añadir una premisa un poco arbitraria en la cual se dejara constancia de que en el momento en que la mujer esta que has puesto de ejemplo de poca altura se decantara por un yogur en particular, en ese momento no estaría decidiendo en exclusiva comprar ese yogur ese mismo día, en ese mismo momento, su decisión es más importante que eso: ahora va a tener que elegirlo de nuevo durante toda su vida, lo cual no nos engañemos, añade complejidad al asunto de la elección. Por no hablar de otros factores que gracias a Dios he podido apuntar en esta servilleta (!) según me pasaban por la cabeza. 

—…

    —Por ejemplo, la posibilidad de que esta mujer como compacta y de 1,60m de altura no se decante por un yogur en particular porque su precio es absurdamente alto y no pueda permitírselo o pueda permitírselo pero no crea que ese yogur valga tanto dinero para lo que podría suponer como postre impulsivo; y también, claro, tenemos el caso contrario, el caso de que esta mujer no se decante por otro yogur porque es insultantemente barato, tan barato que a uno le cuesta imaginar los márgenes de beneficio hinchando la cuenta bancaria del empresario que lo ha puesto allí para que ella lo compre, por no hablar de que si es tan barato algo malo y turbio tiene que tener el yogur, que los ingredientes sean de mala calidad, que la empresa responsable de ese yogur no invierta lo suficiente en controles de calidad, etcétera; aparte de que si el yogur es insultantemente barato significa que se lo puede permitir todo el mundo, y si se lo puede permitir todo el mundo significa a fin de cuentas que es menos deseable que otro que pudiera ser más caro y fuera más exclusivo y por lo tanto más deseable en relación a otros que fueran más baratos y más asequibles para las anodinas masas que de forma inercial todo individuo se quiere alejar; aparte, claro, este punto es importante, mira, lo he subrayado y todo, de que la repentina aparición del empleado del supermercado en el pasillo de yogures me parece a mí que se carga la bondad socrática de tu ejemplo, lo siento pero es así. 

    —Era sólo un ejemplo.

    —No si ya, pero… Lo siento si te molesta, te prometo que de verdad lo último que me he propuesto en la vida es herir las sensibilidades de una persona u ofender a alguien, pero tengo que decirte que todo esto del empleado me ha dado la sensación, mira, mira, te prometo que está apuntado, no es nada personal, no está tan subrayado como el punto del precio del yogur, pero es igual o más  importante, mira, al lado de amable empleado, tal y como lo llamas tú:  pone petito principii, una falacia de primero de Falacias Aristótelicas de toda la vida consistente en incluir la proposición que quieres validar en las mismas premisas. De verdad te digo sin ánimo de ofender que ese amable ahí es una maldita bomba de destrucción masiva para cualquier razonamiento lógico. Hasta un alumno de primero de filosofía es capaz de tirártelo a la basura. Deberías tener cuidado. Porque dejas más claras tus intenciones hacia el interlocutor que quieres convencer que tu convicción sobre el argumento que estás exponiendo. 

    —¿Desde cuándo eres experta en lógica, falacias, y eso?

    —Leo en mis ratos libres. Ya te he dicho que no me gusta el trabajo en el que estoy.

    —…

    —Pero bueno, lo que te decía, que este petito principii de manual básico de falacias me ha sugerido que, y repito, y lo siento por ser tan pesada en lo de no querer herirte, pero me ha dado la sensación de que Tú te has querido presentar en el ejemplo de los yogures como ese amable empleado que ofrece ayuda de forma completamente desinteresada a la mujer compacta y como de 1,60m altura a la hora de escoger un yogur de entre todas las posibilidades que tiene. Me ha dado la impresión de que ese amable cumplía la función de dejarnos claro que el empleado no tenía ningún interés en particular en que la mujer escogiera un yogur u otro. Que estaba allí exclusivamente para ella. Que sólo importaba lo que ella quería y necesitaba. Con todos mis respetos te lo digo, eh, pero no creo que tú estés dispuesto a ayudarla de forma desinteresada. Tú estás interesado en que compre un yogur: el tuyo. De modo que lo que pienso, y te lo repito ya creo por enésima vez, disculpa si te molesta, pero creo sinceramente que si quieres que el ejemplo tenga algún tipo de validez intelectual tendríamos que convertir a ese amable empleado en un comercial Danone que se lleva una suculenta comisión si consigue endosarle un yogur concreto a la mujer como compacta y de 1.60m de altura, que es el yogur por el cual él sale beneficiado, ya sea por una comisión o por ganarse el sueldo que le permite comer cada día algo caliente. 

    —…

    —De hecho. Espera. Estoy pensando. De hecho, si lo piensas bien, que ojo, no estoy poniendo en duda en  ningún momento la bondad socrática detrás del ejemplo que has puesto, pero si lo piensas bien, y con pensar bien no me estoy refiriendo a que tú con el ejemplo que has puesto hayas pensado mal, al menos no de un modo absoluto, sino en todo caso a que has pensado, digámoslo así, y sin intención alguna de ofenderte, te lo prometo, ni a tu persona ni a tu capacidad de abstracción, de un modo superficial o con poca profundidad o simplemente de forma interesada; pero si lo piensas bien, el ejemplo de los yogures funcionaría mucho mejor si presentaras al amable empleado del supermercado como una especie de comercial Danone, de esos que tienen el logotipo de la marca cosido en el bolsillo de la pechera, que viven de endosarle  yogures a la gente que pasa por allí, que su plato de comida literalmente depende de que consiga vender esos yogures concretos que está promocionando en el supermercado. Para que tu ejemplo no desborde por todos lados, yo llevaría al amable empleado hasta ese extremo. 

—…

—Aparte de. ¡Claro! Jo-der. Cómo no he caído antes: Aparte de que con todo el énfasis que le estamos dando a la altura, o mejor dicho, a la no altura de la pobre mujer, estoy pensando en la posibilidad de que por intrincados motivos de Orgullo Femenino, a lo mejor, y sólo a lo mejor, la mujer compacta y de 1,60m altura tiene que renegar de los yogures que están en el último estante de la nevera industrial de yogures, básicamente porque 1) no llega, por mucho que estire sus bracitos no llega al último estante, donde se encuentran por esa primera ley de la naturaleza humana consistente en hacer más deseable lo que no se puede tener, los mejores yogures (los mejores yogures según ella, quiero decir), y 2) se ve incapaz de pedir a alguien ayuda y exponerse de esa forma tan vulnerable ante un desconocido, en este caso compartiendo abiertamente ante ese comercial Danone que vivir en un cuerpo compacto y de 1,60m de altura conlleva una serie de limitaciones humanas insuperables, como por ejemplo que ser compacta y de 1,60m la condena a llevar todo el tiempo unas botas cuya base de polibutireno de unos 12 centímetros son super incómodas  y le confieren una rara y estrambótica apariencia circense y de muy mal gusto, que ser una mujer de tan poca altura le supone una suerte de discapacidad simbólica y no reconocida socialmente y por ende más frustrante y limitante que cualquier otro tipo de discapacidad reconocida en sociedad, esto es, que no puede acceder a los yogures situados en el último estante ni inclinándose de puntillas y estirando las puntas de los dedos y nadie de entrada lo sabe, nadie se puede acercar ni de rebote a la idea de lo que significa convivir en un cuerpo tan compacto y de tan poca altura. Nadie siente empatía de forma automática como cuando ven a una persona con síndrome de Down realizando una operación matemática con los dedos de las manos o un anciano necrótico doliéndose de artrosis de pie en el tren, mientras todos los demás pasajeros están sentados con los ojos en forma de espirales viendo una serie de Netflix en el móvil.   

    —…

    —Aparte de todo esto, que ya te lo he dicho como once veces, pero te lo vuelvo a repetir por si acaso, que todo esto que te he dicho no está dirigido a desmontar tu ejemplo, sino en todo caso a enriquecerlo; aparte de todo esto, me parece que lo que me has querido decir es que lo que te da más rabia de todo el asunto es que la mujer compacta y de 1,60m de altura que no llega a los yogures situados en el último estante de la nevera industrial de yogures es que se ha mostrado cínica contigo porque te ha dicho a ti, el comercial Danone, que no está interesada en ningún yogur cuando es evidente que lo está. Porque lleva media hora frente la nevera industrial de yogures mordiéndose el labio y no cuela, o eso entendido yo, y disculpa una vez más las molestias si te ofende o estoy de algún modo infravalorando tus capacidades perceptivas, que no esté interesada en ningún yogur y te mienta. Lo que te duele es que ella te diga que está ahí porque es Libre e Independiente y no porque es Libre e independiente pero está hasta los cojones de serlo. Eso es lo que te duele, según he podido entender. 

—…

 —…

—¿Ya?

—Se había acabado la servilleta. Sí. 

—Hm.

—¿Has entendido todos los puntos o quieres que te los vuelva a explicar?

—Los he entendido todos. Creo que estamos más cerca del entendimiento que del no entendimiento.

—¿Estás seguro? Mira que no tengo ningún problema en volver a explicártelos.

—Tranquila, los he entendido todos. 

—¿Seguro?

—De todas formas lo que a mí me da más rabia de todo es que estos ejemplares del sexo femenino te lo dicen como si el hecho de que fueran libres e independientes fuera la causa de que estuvieran media hora indecisas frente a la nevera industrial de yogures. ¿A ti te parece la causa, tío?

—Yo creo que no me estás escuchando.

—¿A ti te lo parece?

—¿De verdad tengo que contestar? ¿De qué sirve contestar? ¿Hay alguien ahí hablándome y escuchando lo que le digo o estás utilizándome como coletilla para completar tu monólogo sobre lo injusta que es tu vida?

—Porque a mí me parece que no es la causa. Ni de rebote. No sé cómo lo ves tú, pero a mí no me parece que la mujer compacta y de 1,60m de altura esté allí media hora plantada a causa de que sea Libre e Independiente. Yo sinceramente lo veo más como una consecuencia tangencial de su inconsciencia femenina muy mal gestionada. ¿Me explico?

—Tú sigue con la preguntita de los cojones.

—Es un recurso retórico, ya te lo he dicho.

Consecuencia tangencial. Tú llevas décadas sin follar, macho. 

—Es como… Mira: es más como un… Yo lo veo como un a pesar ¿Me explico?

—Te pido ya en serio que pares con la preguntita retórica. 

—¡A pesar de que soy Libre e Independiente llevo media hora aquí frente a la nevera y no me decanto por ninguno!

—¿Me estás montando una escenita de hombre celoso? 

—¡Lo siento, soy humana! ¡Ayúdame!

—Baja la voz, nos están mirando.

—¡Ayúdame por favor! ¡Hay demasiados!

—Esto en toda regla es una escenita de hombre celoso. Estás borracho. 

—Osea. Ojalá me dijera eso. Ojalá me encontrara hoy en día un ejemplar del sexo femenino que fuera capaz de decirme algo tan honesto, empático y humano como eso. 

—…

—…

—Entonces, según tú y según lo que he entendido lo que te gustaría es que esta mujer compacta y como de 1,60m de altura te pidiera ayuda y se deshiciera de sus corazas abstractas e impuestas por el contexto social, intelectual e ideológico en el que vivimos y se mostrara tal y cómo es. Lo que te gustaría es que esta mujer se desnudara ante ti. Se desnudara consigo misma, con el mundo y contigo. Eso es lo que te gustaría.

—Ex-…. Exacto. 

—Lo que te gustaría es que se comunicara.

—Exacto.

—Comunicación real.

—Exacto. 

—No superflua e inocua en ambos sentidos.

—Exacto.

—Somos animales comunicativos. No somos conceptos, ni historias empaquetadas. No somos máquinas con las piezas rotas. Necesitamos explicarnos nuestras vidas. Lo necesitamos.   

—Exacto. Por Dios, ¿Tan difícil era?

—Lo que te gustaría, entonces, es que cuando se comunicara contigo se apoyara sobre tu hombro y comenzara a llorar. 

—Por fin alguien me entiende. 

—Lo que te gustaría es que se mostrara tal y cómo es.

—…   

—¿Estás llorando?

—…

—Lo que te gustaría es que se desnudara y te mostrara sus miedos más profundos. Que te mirara a los ojos y te dijera entre lágrimas: soy un ser humano.

—Por dios… hagámoslo de una vez…

—Lo que te gustaría es que te diera el poder. Que te diera el poder y se mostrara indefensa y vulnerable ante ti.

—…

—…

—¿Qué? ¿Cómo? ¿El poder? ¿De qué demonios estamos hablando aquí?

—Ey, qué has hecho. 

—¿Yo? ¿Qué? ¿Cuándo? 

—Ahora mismo. ¿Qué has hecho?

—Yo nada. No te escuchaba bien.

—Digamos que te  has acercado un poco modo garrapata. 

—Estás delirando.

—¿Me has intentado besar? 

—¿Qué? Estás completamente loca.

—Estás borracho y me has intentado besar. Siempre te pasa igual. Tu inconsciente está podrido y el alcohol abre esa caja de pandora que está mejor cerrada. He visto esa lengua allí dentro de tu boca moverse como una especie de largatija. 

—Estás majara. Yo no te he intentado besar en ningún momento. 

—Si me has intentado besar, quiero que quede claro aquí que te he hecho la cobra. 

—¿Me hubieras hecho la cobra?

—Me has intentado besar.

—Que no, joder. 

—…

—…

—Bueno, haya paz. Aquí lo que te jode, en definitiva y en resumen, es que esta mujer compacta y de 1,60m  de altura que no se decide por ningún yogur te mienta. 

—…

—…

—¿Me hubieras hecho la cobra?

—Te he hecho la cobra. Ya te he dicho lo que hay un montón de veces.

—…

—…

—Bueno, tienes razón. Lo que más me jode de todo el asunto es que este ejemplar del sexo femenino me mienta. ¿Por qué me miente?

—Por fin una pregunta que puedo contestar.

—¿Realmente me hubieras hecho la cobra?

—Quizás te miente porque vas disfrazado de amable empleado cuando en realidad eres un vil comercial Danone. Y ya sabes lo que pienso yo sobre los comerciales Danone. 

—No has contestado. 

—Que te hecho la cobra. Esa pregunta no tiene sentido.

—Yo parto de la base de que no te he intentado besar. Entonces: ¿Me hubieras hecho la cobra?

—Eso no tiene sentido porque sí que me has intentado besar.   

—¿Qué piensas tú sobre los comerciales Danone?

—Has visto como no habías entendido todos los puntos. Eres un orgulloso.

—Es más: ¿Por qué piensas que el empleado del supermercado es un vil comercial Danone? 

—Es la naturaleza intrínseca de un comercial, no sé.

—Espera.

—…¿Qué?

—Espera, espera, espera, espera, espera, espera. Yo aquí veo una contradicción desproporcionada y muy jodida de resolver. 

—¿Qué, joder?

—¿Dónde está la servilleta? ¡¿Dónde está la servilleta!?

—Estás gritando. Estás borracho, cálmate.

—¿Dónde la has puesto?

—Se la ha llevado el viento.

—…

—…

—Es mentira, he visto cómo te la guardabas en el bolsillo del pantalón. 

—Que no, que no, que yo no me he guardado nada en ningún lado. La servilleta ha volado. ¿Dónde está la contradicción?

—¿Me hubieras hecho la cobra, en serio?   

—Estás borracho.

—…

—…

—¿Sabes lo peor del ejemplo de los yogures? ¿Sabes cuando la cosa adquiere la textura y la banda sonora de una película de terror? Cuando el sueño de este ejemplar del sexo femenino se hace realidad, y el supermercado sólo oferta un yogur y por fin se siente aliviada y elige uno, que es por casualidad el mío. Ahí es cuando empieza la película de terror. Porque: ¿Cómo yo puedo saber que está siendo consciente de la cantidad virtualmente infinita de yogures que existen en el mundo?  ¿Cómo yo puedo estar seguro de que es consciente de la cantidad enorme de yogures que se está perdiendo por haberse decantado por el mío? ¿Cómo puedo saber si lo escoge porque quiere o porque no tiene más remedio? Y lo más terrorífico de todo, la escena en que el espectador descubre que el protagonista de la película de terror va a morir de la peor forma posible y el director  le tortura durante ocho minutos de reloj: ¿Cómo puedo estar seguro de que cuando el supermercado decida cambiar su único yogur ofertado ella no va a venir a decirme lo mismo que me dijo a mí cuando eligió el mío? Que era el único, que sólo existía yo. 

—Esto se puede considerar un ataque intelectual al amor romántico en toda regla. 

—¿Me hubieras hecho la cobra, joder? ¿En serio?

—¿Por qué te duele tanto? Sabes lo que hay. Te la he hecho.

—Ya te he dicho que yo parto de la base de que no te he intentado besar en ningún momento.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué no me has intentado besar en ningún momento? Llevamos dos años quedando aquí cada semana, y siempre lo intentas, de un modo u otro. 

—…

—…

—Ayer te vi con el pizzero de la Piccola. Ale, ya lo he dicho. Te vi tomando algo con él en una terraza, y me dolió un montón. Te pregunté si podías quedar ayer y me dijiste que andabas liada. Pensé que tendrías trabajo o algo así, y cuando te vi me entró la taquicardia y estuve todo el día metido en la cama, pensando en cosas muy feas sobre ti y sobre la humanidad en general.  

—Eso es porque supones que me estoy comiendo tu yogur. Y tuviste miedo de que pudiera estar probando otro que pudiera estar mucho mejor. De ahí la taquicardia. Eras el protagonista de la película de terror. 

—Es el pizzero de la Piccola, joder. 

—…

—¿De qué te ríes? 

—Quizás la mujer de 1,60m es mucho más consciente de lo que tú te crees, quizás no es simplemente como un puto trozo de bacon, y sabe que el escenario ese en que el supermercado sólo oferta un yogur sólo existe en la imaginación de un unicornio. Pero sabe que tiene que elegir. Ella es la primera que sabe que tiene que elegir. Y la única manera de poder elegir es probando los diferentes yogures que hay en el supermercado hasta que encuentre el que más le gusta para poder elegirlo el resto de su vida. 

—¿Entonces? ¿Lo estabas probando? ¿El mío?

—…

—…

—¿Sabes esa ley de la naturaleza humana que dice que sólo valoramos aquello que tenemos cuando ya lo hemos perdido? 

—¿Pero por qué tiene que ser así?

—Es una ley de la naturaleza humana, no podemos hacer nada con ella. Sólo podemos aceptarla.  

—¿Entonces? ¿Cuál es la conclusión de todo esto?

—Que intentes besarme ahora. 

—Vale.

—…

—Por dios. Qué difícil es todo. Por qué tiene que ser así.

—Ya está, ya está. Ya pasó. Vamos a casa. 

—…

—¿Estás llorando?

—…

—¿Por qué lloras?

—Porque ahora es cuando recordamos el principio de esta conversación.

—¿Cómo? 

—…

—…

—¿Por qué todo tiene que ser tan difícil? 

—¿Qué te pasa? Ya está, ya está…

—…

—Ahora en serio. Estás llorando. ¿Por qué lloras?

—…

—…

—Déjame explicarte. Déjame contarte algo sobre la modelo de 1,60m de altura. 

—Bésame. No importa lo que hayas hecho con ella. 

—Déjame explicarte, por favor. 

DÍDAC, HE TENIDO UN SUEÑO.


—Ey, Dídac. 

—…

—Ey, ¿Estás ahí?

—Sí, supongo.

—¿Supones?

—Qué quieres, tío. 

—Es que he tenido un sueño. En este período de duelo, catarsis, y transición emocional hacia la independencia del espíritu, he tenido un sueño de esos cuyo significado resulta imposible de ignorar. Es un sueño de esos con los que te quedas un rato meditando, reflexionando y buscando significados ocultos.

—De modo que un sueño.

—Sí, un sueño de esos arquetípicos que quieren decir algo sobre ti, pero de alguna manera eso que te quieren decir sobre ti es tan profundo que no pueden hacerlo mediante palabras; y la lógica interna del sueño se ve obligada de algún modo a comunicártelo mediante imágenes en movimiento. Son de esos sueños que te colocan en una historia cuyo protagonista eres tú. Ese tipo de sueños.

    —Estoy seguro que me lo vas a querer contar. 

    —Es que si no te lo cuento, exploto.

    —…

    —A ver. Como en todos los sueños, es imposible conocer el principio. No me acuerdo de ningún contexto coherente. Sólo sé que estamos en la playa; escucho las olas que rompen a la altura misma de mis pies; me puedo imaginar los niños correteando por la arena húmeda con cachivaches de plástico en lo alto, el olor de la sal,  etcétera. Veo a un hombre esplendoroso de más o menos mi edad de pie en la orilla, allí donde las olas rompen, volviéndose con una sonrisa expansiva y natural hacia las sombrillas y hacia las toallas, una especie de pálpito le ha hecho volverse. Tiene el cuerpo de alguien que no le da mucha importancia a su físico, pero que sin duda lo cuida y está a gusto consigo mismo. Su cara es la de alguien que ha aceptado que a los treinta años uno siempre tiene la cara que se merece, no importan las circunstancias ni la suerte.  Aún no tiene treinta años. Se parece mucho a mí.

    —¿Se parece mucho a ti?

    —Digamos que a estas alturas del sueño no podía asegurar que esa persona fuera yo. Mi identificación con él no era completa. Me faltaba información contextual.

    —Ajá. Te faltaba información contextual. 

    —¿Prosigo?

    —Prosigue, prosigue.

    —Ahora en el sueño vemos a una mujer dirigiéndose con paso dubitativo al agua. Es una mujer que fue guapa en un pasado remoto, pero que por diversas circunstancias ya no lo es. Digamos que algunas fuentes de ansiedad desconocidas se le manifiestan en la cara. Es una mujer joven físicamente descuidada que se encuentra tan acomplejada de su deterioro físico que a sus 26 años ha decidido abandonar el bikini adolescente y apostar por un bañador de una sola pieza de esos que llevan nuestras madres cuando tuvieron a nuestro hermano pequeño; ese tipo de bañadores, ya sabes. En este momento del sueño es cuando descubro que esta mujer que fue atractiva en algún momento de su vida, pero que por desgracia ya no lo es, es, en efecto, Ángela. 

    —Oh dios: ¿Ángela?

    —Sí, tío.

    —Ahora definitivamente es cuando se está produciendo la cicatrización de las heridas. Ahora sí. Explícame con todo lujo de detalles. ¿Tan mal la viste? En el sueño digo.

    —Estaba horrorosa, tío. Su piel era de ese blanco cadavérico de aquellas personas para las que enfrentarse al sol un día de verano adquiere la forma exacta de una especie de pesadilla. Tenía varices del tamaño de las venas del brazo de un adicto a la calistenia. Estaba tan embadurnada en crema solar protectora que podías hundir los dedos, como si fuera mantequilla. Tenía unas ojeras de no pegar ojo en bastante tiempo. Se acercaba al agua como alguien que sabe perfectamente la excusa que se le va a ocurrir para no tener que mojarse más allá de los pies. Estaba básicamente para que le enterraran. Había venido con el espectacular novio por el cual me dejó de un día para otro sin razón aparente. Él estaba tumbado en la toalla. 

    —¿El espectacular novio?

    —Sí, tío. Aquel ingeniero físico alto, atractivo y atento con el que daba asco pasar un rato. El que no podía tener amigos porque todos los demás tendían a odiarlo. Era demasiado perfecto 

    —Por dios. Alto, atractivo y atento. La triple A. Un hombre con la triple A. ¿Yo lo conozco?

    —No lo sé. No sé si nunca has coincidido con él. Yo creo que no porque si hubieras coincidido con él ahora mismo tendrías claro que odias a una persona sobre la faz de la tierra; lo tendrías claro. Sería un pensamiento automático y se te presentaría como una verdad absoluta. Te dirías: Lo odio. 

    —Joder.

—Era uno de esos hombres tan atractivos que te obligan a cuestionar tu propia sexualidad.

    —Joder.

    —Era uno de esos hombres tan altos que cuando te abraza parece que te está regalando una entrada a escuchar los latidos de su corazón.

    —Por dios. ¿Las rodeaba como una especie de oso o qué?

    —Es peor: Las escuchaba. Era uno de esos hombres tan atentos que te hace preguntarte si tú alguna vez has mostrado tanto interés en algo que no tuviera que ver contigo mismo y te hace preguntarte si eso de que estás solo es en realidad porque te lo mereces. 

    —Me cago en la puta. 

    —Era en definitiva uno de esos hombres que te hace sentir como una persona influenciada, superficial y egoísta, en contraposición a la bondad, el altruismo y la profundidad espiritual que insuflaba este tipo por todos los poros de su cuerpo. Cuando se presentaba en algún evento social todo el mundo se preguntaba quién demonios le había invitado a la fiesta. Digamos que cuando aparecía este tipo en alguna discoteca las posibilidades de llevarte a alguna mujer a la cama se iban al garete; este tipo captaba la atención de todos los ejemplares del sexo femenino a diez kilómetros a la redonda. 

    —Para.

    —Espera: ¿Te he dicho que jugaba al LoL? ¿Que llegó a Master  en trescientas míseras partidas? ¿Y que cuando llegó no se lo dijo a nadie y borró el juego y dijo que jugar no era para tanto y se fue a una aldea de Senegal a dar de comer a niños hambrientos durante cuatro meses? 

    —Qué me dices. ¿De dónde coño ha salido este tío? 

    —Como lo escuchas. Una puta locura, tío. 

    —¿Y cómo sabes que era el novio? ¿Tú lo has visto alguna vez?

    —Muy poca gente lo ha visto. De alguna manera cuando se presenta por ejemplo en alguna discoteca empieza a correr el rumor de que el triple A Debe Estar Por Aquí. Los ejemplares del sexo femenino se muestran muy poco receptivas, sexualmente hablando, y la voz de alarma empieza a correr por todos lados. Los tíos directamente tiran la toalla; ni siquiera lo intentan con ninguna. Saben que si ese ejemplar del sexo femenino ha interactuado o ha visto o le han hablado del triple A. aquella noche será imposible llevársela a la cama. Las noches en que aparece la discoteca suele ingresar un 40% menos en bebidas alcohólicas, espero que entiendas los motivos, de modo que el triple A ya no puede entrar en casi ninguna discoteca. Los porteros tienen su rostro fotografiado rollo presidiario tachado con una cruz en la sala de descanso. Siempre la miran antes de empezar la jornada laboral. Tienen una especie de reunión. Es un ritual. 

    —Pero mi pregunta sigue siendo la misma:   ¿Cómo sabes que el hombre que estabas viendo en el sueño era él?

    —Ejem, la propia lógica interna del sueño dejó claro que el espectacular novio por el cual me dejó sin motivo aparente y de un día para otro, según ella por un flechazo que justificó y legitimó moralmente la abrupta decisión de abandonarme y de echar por tierra todo lo que habíamos construido juntos, era ese hombre tumbado en la toalla de la playa en una actitud que podía denotar cierto hastío y cierta desesperación existencial que se le manifestaba en forma de ansiedad y pensamientos intrusivos de mandarlo todo a freír espárragos. 

    —Por dios. Pero si tú nunca lo habías visto. Para ti sólo era un nombre.

    —Ya. Eso es lo extraño. ¿Tú crees que habérmelo imaginado de una determinada manera puede llegar a significar algo en lo que se refiere a la aceptación y superación del abandono por parte de Ángela?

    —No sé, tío. Depende. Descríbelo de forma específica. ¿Cómo te lo imaginaste?

    —Pff. No sé.  Como alguien misteriosamente triste…, alguien cuya tristeza no se correspondía con las circunstancias objetivas en las que vivía.  Parecía un personaje sacado de Hamlet o algo así. Irradiaba ese tipo de melancolía shakespereana. Tenía la composición anatómica de alguien que ha practicado mucho deporte en el pasado. Estaba fumándose el tercer porro del día. Se lo había liado a regañadientes cuando se acordó de que el único día que tenía libre después de seis jornadas laborales extenuantes trabajando para la empresa multinacional de su padre había quedado con su novia para ir a la playa. Su hermana estaba revisionando lo que para él es la mejor saga de One Piece, la que ha visto cuatro veces y ha comentado infinidad de veces con sus amigos virtuales en un foro, (espero que entiendas los motivos por los cuales este hombre sólo tiene amigos virtuales; la saga es tan buena e intensa y asquerosamente larga que uno se llega olvidar de los problemas de la vida adulta); pues bien, su hermana pequeña millenial, sobreprotegida por sus padres  y desprovista de responsabilidades estaba viendo esta saga de buena mañana y él paró en el salón de casualidad, Ey, enana, qué estás viendo,  y se sentó y empezó a disfrutar con ella de la saga mientras esperaba,  y se olvidó de todos sus problemas y preocupaciones y entonces Ángela le llamó al teléfono diciéndole que ya estaba abajo con el coche preparada para ir a la playa. Digamos que la única manera que encontró este Hamlet de levantarse mientras su hermana engullía su serie favorita (la serie que él mismo le recomendó cuando un día se presentó en su habitación y le dijo que se sentía sola y abandonada y que estaba harta de ser tan guapa y que tenía ideas suicidas) fue diciéndose que por lo menos tendría un buen motivo para liarse el tercer porro del día. 

    —Hm, entiendo. El tercer porro del día. 

    —Ya sabes, el tercer porro del día siempre cuesta un montón de justificar. Aunque seas el hijo psicótico, incomunicado y nihilista de una familia adinerada. 

    —Ya.

—Tienes que decirte que estás cargando con una infinidad de problemas imposible de soportar en circunstancias normales.

    —He dicho que ya. 

    —Tienes que decirte que es una ocasión excepcional y que no tiene por qué repetirse mañana ni de hacer de ello un hábito potencial.

    —…

    —Tienes que planteártelo como un dicotomía entre la vida o algo que se va a parecer mucho a la muerte. 

    —…

    —Dídac tienes que decirte que para fumarte tres porros al día es necesario previamente haberse fumado dos; algo que, efectivamente, no ocurre todos los días.

    —…

    —Tienes que decirte que a partir del día siguiente pondrás tanto empeño en resolver tus problemas que nunca más llegarás ni siquiera a la cifra de dos porros/día. 

    —He dicho que vale, joder.

    —…

    —… 

    —En definitiva: tienes que decirte muchas cosas. 

    —…

    —¿Dídac?

    —¿Qué?

    —¿Sigo? 

    —…

    —No me hagas contestar. Sigue.

    —¿Te he dicho ya que el novio este perfecto pero hamletiano  pertenece a ese subgrupo de seres humanos genéticamente bendecidos con un miembro viril desproporcionado?

    —Ya empezamos. 

    —¿Y te he dicho que tiene una familia aristócrata forrada de dinero, pero no al estilo conservador, ya sabes, una familia exigente con la educación de sus hijos, consciente de que el dinero es un arma de doble filo, sino al estilo contemporáneo y tolerante; una familia forrada de dinero que es incapaz de ponerse en serio con sus hijos y que le han financiado todos sus caprichos y que les permiten cualquier estupidez con tal de no hacerles daño y pinchar la burbuja de confort afectivo y existencial en la que se han espatarrado de forma indefinida? 

    —Bueno me he podido imaginar algo cuando has comentado que el padre tiene una multinacional. No todos los padres del mundo tienen una multinacional, sabes.

    —¿Y te he dicho que este novio hamletiano tiene el cuerpo repleto de tatuajes motivacionales y que en el contexto de hastío y desesperación existencial en el que le vi en el sueño parecían más caricaturas de un bufón que otra cosa?

    —Y todo esto con el tercer porro del día en la mano e imaginándose a su hermana en el salón de su casa viendo su saga de One Piece favorita. Siempre acaban igual tus personajes. 

    —Exacto. La tensión emocional en la que vivía este novio perfecto hamletiano sin amigos y adicto al cannabis se podía mascar. 

    —Me lo puedo imaginar.

    —…

    —…

    —¿El qué?

    —El novio. La tensión. Lo que ocurre a continuación. 

—Equiliquá.

—…

—Entonces: ¿Te he dicho todo esto sobre el novio hamletiano o no?

—Bueno, supongo que sí. ¿No?

—Lo digo porque es importante. Estas características tienen algunas consecuencias sobre la frágil psique de la pobre Ángela embadurnada en crema protectora solar y baja en autoestima y embutida en un bañador de una sola pieza y traumatizada de algún modo por las kafkianas relaciones sexuales que tiene con este novio perfecto por el cual me abandonó de un día para otro y sin razón aparente. Aunque de todo esto la propia lógica del sueño me informó después, claro.

    —Joder con la lógica interna del sueño. 

    —En este momento del sueño regresamos de nuevo a la orilla de la playa y descubro que ese hombre que se parecía mucho a mí, pero que no lo podía identificar conmigo, con mi persona, es, o mejor dicho: soy…, soy yo. El tipo que estaba dedicando una sonrisa expansiva hacia el infinito soy yo. Antes no lo sabía; ahora simplemente lo descubro. Se me revela, y lo sé: soy yo. Estoy rapado. Tengo tanta personalidad que no me hace falta uno de esas aletas de tiburón Lynchianas para hacerles creer a los demás que dispongo de una. La sonrisa digamos que es natural, de alguien de acuerdo con los términos contractuales en los que se le ha presentado la vida. En el sueño soy de esos tipos tan sanos consigo mismos que no necesitan quedarse dormidos viendo alguna serie Netflix o escuchando algún audiolibro; la propia lógica interna del sueño deja claro que encarno ese tipo de serenidad mental que me permite apagar la luz de la lamparita por las noches sin que tenga la idea de que no voy a poder dormir en toda la noche por algún problema irresoluble al que no le voy a poder dejar de dar vueltas hasta que la única solución posible se me presente como cortarme las arterias radiales o saltar por la azotea o algo así. Ojo, en el sueño no aparezco como alguien transformado; las imágenes nunca adquieren la textura y el ritmo y los ángulos y la iluminación de un anuncio publicitario, simplemente aparezco como alguien que ha reflexionado profundamente sobre el significado de la vida;  algunas experiencias traumáticas me han obligado a reorganizar las prioridades de mi vida y ahora tengo claro lo que quiero, una pregunta que en el pasado tenía múltiples árboles de respuesta y al final conducía a un quebradero de cabeza que me impedía, ejem, digámoslo así, apagar la maldita lamparita de mi habitación. En el sueño he metabolizado el dolor que me causó el sorprendente e inesperado abandono de Ángela y ahora soy el tipo de persona que agradece y da la bienvenida a cualquier evento doloroso de la vida porque he llegado perversamente a la conclusión de que por lo menos el sufrimiento me enseñará algo. Mi vida rebosa de tanto significado en aquella orilla que me brillan los ojos y los segundos transcurren como a cámara lenta. Me despierto cada mañana a las cuatro mañana y escribo treinta páginas de literatura Knausgärdiana sin ningún tipo de pretensión literaria; utilizo la literatura como terapia, no como arma; luego medito y pienso en la muerte y me siento misteriosamente la persona más feliz sobre la faz de la tierra. Estoy tan abierto a la experiencia que cierro los ojos y me puedo imaginar concentrándome en lo que quiera. Es como si fuera el protagonista y el director y el cámara de una película de Terrence Malick. Unas estudiantes universitarias extranjeras en este cálido clima de España con unos bonitos senos  llevan mirándome desde sus toallas más de veinte minutos, pero yo soy un tipo tan sano que no se me ocurre hacer lo que a la mayoría de hombres se le presentaría como una poderosa erección. El sufrimiento me ha enseñado tanto sobre la naturaleza humana que ya no necesito utilizar a nadie. No me seduce la idea; simplemente la dejo pasar de largo. Descarto la idea de seducir a esas dos estudiantes de Erasmus increíblemente atractivas que parecen dispuestas a hacer todo lo que les pida si me lo propongo en serio. Poseo ese tipo de control sobre mis pensamientos e impulsos automáticos, submamíferos y básicamente narcisistas. Me siento orgulloso de mí mismo y consigo ver a dos seres humanos que no saben que la mirilla por la cual se asoman al mundo será la mirilla por la cual el mundo las vea a ellas. El sueño dispone de esa especie de elasticidad narrativa que me permite transportar la cámara de un sitio a otro sin ningún tipo de justificación. La falta tan explícita de justificación para los cambios espaciales parece una forma de reafirmar el carácter onírico del sueño, valga la redundancia. 

—…

—En este momento del sueño es cuando Ángela supera a estos dos bellezones y volvemos a ella. Los bellezones de Erasmus se le quedan mirando con una condescendencia y superioridad que mejor no analizaremos y una Ángela desmejorada y traumatizada y muy preocupada por las extrañas dinámicas sexuales que ha desarrollado con su pareja perfecta se dirige al agua con ese aire fatalista estilo Virginia Woolf, aunque sin las piedras y en agua salada. 

—Parece evidente lo que está a punto de ocurrir.

    —Exacto; recuerda que yo estaba en la orilla de la playa contemplando el panorama con una amplia sonrisa en expansión aunque el sol me impedía ver prácticamente nada. 

    —Tú aún no la habías podido ver a ella…, ¿Pero ella a ti sí?

    —Si consiguiera describirte la cara de la pobre Ángela creo que respondería a tu pregunta. Tenía la cara de los cadáveres cuando llevan dos días en paradero desconocido. 

    —Se había echado mucha crema. Estaba muy pálida.

    —Digamos que la propia lógica del sueño dejó claro que la pobre Ángela desmejorada y alicaída tenía muchas cosas en la cabeza; lo de irse al agua sin la compañia de su Hamlet adicto a la marihuana tuvo la forma exacta de un botón nuclear; no hay nada más peligroso en una relación afectiva que compartir la ansiedad. 

    —Ese silencio con forma de motosierra. 

    —Esas terribles ganas de convertir toda la incomodidad en algo más que una sensación física.

    —Pero ser incapaz de ello.

    —Y que ser incapaz de ello aumente la incomodidad y a su vez la necesidad de explicarte lo que está ocurriendo en tu vida. 

    —Por dios, pobre Ángela. ¿Qué le ocurría?

    —Pff. A ver cómo te lo explico. Uno de los hándicaps más jodidos con los que te encuentras cuando tu compañero sentimental dispone de un miembro viril desproporcionado y una técnica de penetración vaginal tan depurada es que te regala cantidades industriales de placer, la pobre Ángela disfruta como una enana, pero lamentablemente todo este placer es unidireccional, no es recíproco. Aunque los encuentros sexuales entre Ángela y su pareja perfecta son extremadamente largos, sofisticados, pero no por ellos menos intensos, y aunque Ángela disfrute de unos orgasmos que son los típicos que deben despertar a los vecinos de alrededor a las tantas de la noche, este Hamlet, en efecto, no llega, no se corre. Nunca. Puede estar como horas penetrándola a un ritmo que le quitaría el hipo a más de uno(a), pero el tipo este no se corre nunca y el encuentro sexual siempre termina cuando es Ángela la que llega. Después de que Ángela se corra y llegue a un orgasmo legendario el tipo este siempre la manda a lavarse y cuando vuelve del baño se lo encuentra haciendo otra cosa sin ningún tipo de transición romanticona consensuada. La sensación primaria de Ángela es que su novio se la folla con espíritu burocrático, como cuando tu madre te pide que subas la ropa al terrado, y tú no quieres, porque subir al terrado es una mierda, pero bueno, no te queda más remedio, es tu deber y subes asqueado y la tiendes, sin más; ya sabes; el acercamiento del tipo este hamletiano hacia al sexo parece tener más con el deber que con el placer, lo cual hace sentir a la pobre Ángela culpable, porque piensa secretamente que quizás hace algo mal, o que quizás debería intentar prolongar más su llegada al orgasmo, aunque eso sea muy difícil porque su novio perfecto es de verdad muy bueno…; pero en definitiva,  lo que realmente desea Ángela es que sea su novio perfecto le comunique cualquier tipo de problema relacionado con el sexo, porque según Ángela, el sexo si no disfrutan los dos no es sexo; y ella disfruta, claro, porque su novio es una bestia indomable cuando le toca hacer su trabajo, pero Ángela siente que podría disfrutar más, si el novio disfrutara tanto como disfruta ella. 

    —Por dios, pobre Ángela. Qué lío.

    —El problema de Ángela es que tiene miedo de que cuando le comunique todas estas impresiones  a su novio quede como una sucia egoísta que sólo piensa en su propio placer. El problema de Ángela es que su novio se piense que ella está interesada en que él se corra únicamente para que ella logre una mayor cuota de placer, y no porque esté interesada en que su novio disfrute tanto de las relaciones sexuales como disfruta ella.Ese es el auténtico problema, lo que está reconcomiendo la conciencia de Ángela.

    —Joder…

    —Aparte del incomodísimo rato que Ángela experimenta después del acto sexual.

    —Después de que vea las estrellas, sexualmente hablando, quieres decir. 

    —Cuando él le da un cachetazo y le quita la mano de la polla y la manda a lavarse sin opción a ningún tipo de  compensación oral por la cantidad de placer que ha experimentado gracias a su miembro viril elefantiásico y su técnica de estimulación clitoriana. 

    —La manda a lavarse, pero no sabe exactamente de qué. Porque no se ha corrido. 

    —Exacto. Ángela vive en aquel baño un momento verdaderamente Kafkiano. 

    —Extrañísimo. Uno de esos momentos en que es mejor ignorar todos los pensamientos que se le pasen a uno por la cabeza.   

    —Del tipo: ¿Entonces, si él no ha disfrutado, significa de algún modo que lo he utilizado? 

    —Por dios, para. Pobre Ángela.

    —Todas esas preguntas mientras se mira al espejo desnuda y mancillada, sexualmente hablando. Con cuchillas de afeitar en los cajones y esas cosas.   

    —Madre del amor hermoso.

    —Pero espera porque lo más terrorífico de todo es cuando Ángela sale del baño. Se arma de valor y decisión y sale dispuesta a abrazarse a su novio perfecto y a hablar de esas cosas que hablan los novios después de un encuentro sexual y se encuentra con una espalda repleta de arañazos (los suyos mientras su novio perfecto le embestía). Su novio se está liando un porro y ha colocado el portátil sobre la cama enchufado a la corriente para hacerse una maratón de una serie de anime y olvidarse de que aún queda mucha tarde por delante.  Está en una posición allí en la cama que tampoco hay que ser aquí un portento conocedor de la naturaleza humana para pensar que no quiere hablar con nadie en tres semanas. Ángela se ve obligada a hacer lo mismo, pero en sentido opuesto y sin portátil y encogida en una posición fetal y el tiempo parece congelarse allí mismo. Lo que queda de día al lado de una persona que has utilizado y que no se quiere comunicar contigo. No quieras meterte en la cabeza de Ángela. No quieras compartir ni queriendo ese silencio. El sueño en un truco narrativo que utilizaría cualquier director salido de Bande a Parte muestra en un plano cenital la distancia que existe entre los dos personajes. El novio viendo un capítulo de su serie favorita, en un extremo de la cama, con unos auriculares con cancelación de ruido activa y fumándose un buen canelo,  y ella en el otro extremo de la cama, tan pequeña como una niña castigada y deprimida, encogida en una posición fetal, desnuda y sexualmente mancillada. El director se regodea en el plano hasta que dan ganas de taparse los ojos. Es una escena demasiado íntima. ¿Por qué no podemos dejar de mirar? El Director parece que quiere de forma desesperada que nos hagamos esa pregunta, y justo cuando ya está comparándose con el masoquismo de Haneke, o con el experimentalismo neorrealista de Gus Van Sant en Elephant, porque ha mantenido el mismo plano como dos incomodisimos minutos largos  de reloj, cambiamos de escena y volvemos a la playa. Allí de nuevo reconocemos todos los elementos que hemos visto antes (la ola, mi pie, las estudiantes alemanas de Erasmus, mi mirada expansiva, el dispositivo de sombrillas que hay instalado alrededor del novio hamletiano para que ninguna mujer le pueda ver y enamorarse fatalmente de él, etcétera) pero el silencio de motosierra es el mismo.

—Qué transición, por el amor de Dios. 

—Sí, la verdad es que es muy buena. Porque aunque estemos en la playa el silencio como de apocalipsis inminente es el mismo. Ahora parece que el sueño quiere mostrarnos el motivo por el cual Ángela se está dirigiendo sola al agua de la playa. Ahora lo descubrimos. 

—Va, por favor.

—Por lo que se ve Ángela para romper con la monotonía torturada de los últimos meses de la relación [una suposición que desde la ignorancia me parece bastante razonable, dado el estado de tensión latente en el que viven estos dos] y el silencio de motosierra que estaba viviendo en la playa y del cual se estaba sintiendo bastante culpable, decide preguntarle a su novio perfecto, hamletiano, y cannábicamente deprimido y adicto a series de anime,  si le apetece bañarse, a lo cual el novio contesta que evidentemente no le apetece (parece muy concentrado en una serie del móvil), y entonces Ángela saca un poco del carácter que le queda y le dice que a ella de verdad le encantaría ir al agua con él, a lo que el novio perfecto contesta sin mirarle en ningún momento a los ojos que en ese caso: ¿Quién vigilaría las cosas? [aquí por cierto, la lógica interna del sueño nos muestra un plano general del enorme dispositivo de sombrillas y toallas que necesitan para que este novio perfecto pueda ir a la playa sin que a su vez sea visto por ninguna mujer y se arme la De Dios, el resultado era una especie de iglú ideado por un artista muy original, o algo así, uno de esos raros proyectos realizados por artistas hijo de otros artistas aplastados por el dinero que se exponen en los museos contemporáneos y se le considera arte]  Una pregunta que canta la traviata que es una excusa barata y completamente improvisada para no asumir la responsabilidad de no querer ir a bañarse con su novia, y una vez la ha formulado él es consciente de que ha sonado a excusa, y para arreglarlo añade un pequeño corolario en el cual dice básicamente que ella puede ir al agua si quiere, que él hará el esfuerzo y contendrá todas su ganas de ir al agua para que ella (es decir, Ángela) pueda disfrutar como ella se merece de lo que ella quiere; entonces una Ángela cada vez más deprimida replica que ella sólo podría disfrutar del agua si él (es decir, su novio Hamletiano, indescifrable y enigmático) decide ir al agua con ella, porque sabe en el fondo que él (es decir, Ángela sabe que él) sólo disfrutaría del agua del todo si la experimentara por sí mismo, la experiencia de ir al agua y eso, a lo que él responde que esa afirmación no es necesariamente cierta, porque él puede disfrutar viendo cómo ella se baña en el agua; y en este punto de la conversación es cuando la pobre Ángela comienza a llorar, no a moco tendido, la verdad, pero sí que a la pobre se le caen unas pocas lágrimas, porque aunque no hayamos prestado mucha atención, la conversación no puede ser más simbólica, piénsalo bien; y entonces Ángela llorando desconsolada le pregunta de verdad de corazón si quiere disfrutar de cómo ella se baña en el agua, y ahora es que no puede contener las lágrimas y se cubre la cara, porque a Ángela le cuesta mucho bañarse en el agua de la playa ya que está muy fría, pero sabe que por él lo haría, aunque ella sepa que eso no es suficiente para que él (es decir, su novio) disfrute tanto como disfruta ella, y no puede dejar de llorar porque la conversación en realidad rebosa de significado, y le vuelve hacer la pregunta entre lágrimas, y el novio no contesta sino que le endosa una calada al porro y se le queda mirando fijamente, y se propaga de nuevo ese silencio como de cementerio hasta que a uno le va a estallar la cabeza; entonces la lógica interna del sueño se apiada de nosotros y se produce un fundido a negro para que por fin podamos respirar, y volvemos a las mirillas, a las Universitarias calientes y a mi sonrisa expansiva desde la orilla de la playa al infinito y a la procesión suicida de Ángela rumbo al agua. Ahora entendemos por qué Ángela se estaba dirigiendo sola al agua de la playa. 

    —Y entonces te ve. La lógica interna del sueño te ha llevado a comprender la complejidad emocional de este momento. 

    —No. Soy yo el que la veo. Estoy sonriendo al infinito y la veo dirigiéndose hacia la orilla, en esa actitud confundida y melancólica, inspirada en Virginia Woolf. No evito el encuentro. He madurado y doy la bienvenida al evento de reencontrarme con la mujer que más daño me ha inflingido en la vida. No lo evito. Es más; lo busco.

—En el sueño lo tienes completamente superado.   

—Exacto. Lo tengo superado y no tengo ningún problema en interesarme genuinamente por ella. Hablamos. En el fondo hemos compartido muchas cosas. No puedo odiarla. Hay un momento en que me pregunta algo mientras yo le animo a bañarse. El final del sueño está muy cerca. Lo noto. 

—Qué simbólico todo.

    —Tú espérate al final.

—Me cago en todo.

—Escucha:  Yo le estoy tirando agua, porque sé lo que le cuesta a ella bañarse, y ella me pregunta: ¿Sigues escribiendo? Me pregunta eso, y yo no le hago mucho caso, estoy completamente sanado y no me doy mucha importancia y no tengo mucha prisa por hablar de mí mismo y ella cada vez está más cerca de lo que conceptualmente se podría considerar encontrarse dentro del agua, y se vuelve hacia la toalla, pero no ve nada porque su novio sigue cubierto por un dispositivo de sombrillas para que ninguna mujer lo pueda ver y se pueda enamorar loca y fatalmente de él, y ella vuelve a hacer la pregunta, Eh, sigues escribiendo, y yo, sanado, no le doy mucha importancia y no le contesto con sinceridad ni tampoco con ironía sino que se me ocurre hacerle otra pregunta.

    —Otra pregunta.

    —Otra pregunta. En vez de contestarle la verdad, que estoy escribiendo como un cabrón y que soy la persona más feliz sobre la faz de la tierra, algo que sé que le puede hacer mucho daño, le pregunto: ¿Y tú, Ángela, sigues enamorada?

    —Por dios. 

    —Sonrío, le tiro agua, y le pregunto: ¿Y tú, Ángela, sigues enamorada?

    —Me cago en la puta.    Nuestro subconsciente es increíblemente sabio. 

    —Ya. Y ella sigue dubitativa, porque el agua está fría, pero yo no dejo de animarla a que se bañe. Le digo que después de un rato te acostumbras al agua fría, pero ella no se decide; le tiembla un poco el pulso. Se toca los pliegues de su barriga. Tiene miedo. Vuelve a mirar al increíble dispositivo de sombrillas, y me vuelve a preguntar: ¿Sigues escribiendo? Casi parece honesta la pregunta. 

    —¿Lo es?

    —La cosa está en que empiezo a planteármelo. En el sueño. Que sea una pregunta honesta.  Lo que me descoloca de todo es que ella sigue mirando al dispositivo de sombrillas, y cada vez como más apresurada. Lo mira y me pregunta. Lo mira y me pregunta. Al final me pongo de los nervios. Y justo cuando me decido y le voy a contestar sinceramente que la verdad que me está yendo bien que estoy escribiendo bastante y que me siento bien conmigo mismo etcétera, etcétera, se produce un ligero movimiento en el iglú confeccionado a base de sombrillas y toallas. Alguien sale del interior. 

    —Oh no. 

    —El tiempo se para.

    —Me cago en la puta de oros ya joder. Justo en el mejor momento.

    —Las estudiantes de Erasmus sienten la curiosidad, pero luego la tentación, y finalmente la imperiosa necesidad, de girar sus cuellos en un ángulo jodidamente antinatural. Ya está: perdidas

    —Ángela lo ha visto mientras yo le estoy explicando todo esto. Su novio ha salido fuera, y ella empieza  a llorar.

    —Quieres decir que empieza a llorar de nuevo. 

    —Sí, claro.

    —Entonces yo le estoy contando la biblia [ya sabes lo que me gusta hablar] pero ella ya no puede escuchar. Su novio la está mirando desde el iglú con el rostro imperturbable de las personas que no se andan con tonterías en la vida. Las dos chicas de Erasmus ya están sólo pensando en él. Ángela es consciente de que esas dos mujercitas son más atractivas que ella. El novio ha salido y se ha puesto de pie en frente del iglú en una pose militar. Ángela sabe por la cara de su novio que la última serie de anime que ha visto no le ha gustado del todo. Yo le estoy contando incluso que he conocido a alguien, y que parece una buena persona, y que parece que saca lo mejor de mí, pero Ángela ya no puede escuchar. Llorando a moco tendido camina a lo Virginia Woolf en el agua como por una escalera submarina hasta que el agua se la traga y el novio finalmente sonríe. 

    —¿Has pensado en ir al psicólogo? 

    —El novio sonríe y Ángela queda de manera indefinida bajo el agua y yo me quedo hablando solo y entonces me despierto en el tren. Me he saltado varias paradas y siento mi cabeza como un traje nuevo que estoy estrenando. Es como si supiera algo sobre el amor que antes desconocía ¿entiendes?

    —Por dios, qué final tan simbólico. 

    —Joder, es que todavía se me ponen los putos pelos de punta. ¿Por qué Ángela decide bañarse justo cuando el novio sale del iglú de toallas y sombrillas?

    —Sabemos más de lo que creemos.

    —¿Por qué la lógica interna del sueño me muestra a las despampanantes chicas alemanas antes de que Ángela decida que es el momento de meterse definitivamente en el agua? 

    —…

    —¿Y por qué la sonrisa del novio justo antes de mostrarme a Ángela bajo el agua, impasible, hinchada, con los ojos abiertos como platos? 

    —Vale, ya. 

    —Sólo le faltaban las piedras, joder. Podría haberse pasado allí años. Años. 

    —¿Y por qué se estaba dando tanta prisa en que contestara la maldita pregunta, eh? ¿Por qué no dejaba de mirar hacia el iglú de toallas, como si estuviera… como si estuviera asustada? 

    —…

    —¿Por qué, eh? ¿Por qué? 

    —…

    —Dídac

    —…

    —Ey, Dídac.

    —…

    —¿De qué tenía miedo, eh? ¿De qué? 

    —Me duele la cabeza. Ve al psicólogo.

    —Ahora sé algo sobre el amor que no sabía antes, macho. 

    —Ve al psicólogo, David. En serio.

MI ESTILO DE NATACIÓN. (Con la inestimable ayuda de mi amiga La Gorda)

Nos encontramos en la cafetería de la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona. La cafetería es grande, espaciosa y tiene el techo increíblemente alto; las luces cuelgan de unos cables como de ascensor hasta media altura  y los focos parecen bombillas gigantes cortadas transversalmente por la mitad. Es verano; es un día cálido, pero en la cafetería no hace ni mucho menos calor. 

Mi amiga La Gorda me está mirando mientras bebe lo que creo que es el último sorbo de su botellín de cerveza. 

Las paredes son blancas como el papel; la fachada de cara a la terraza interior está compuesta de amplias galerías de cristal, de modo que entra una cantidad bestial de luz natural. Es época de exámanes, la cafetería está desierta; todos los que fueron nuestros compañeros se encuentran ahora mismo en la biblioteca, hincando los codos. Nuestras voces producen eco y se repiten y se pierden en una especie de sumidero abstracto. Llevamos un rato intentando hablar de algo interesante, sin éxito. Es curioso porque el sitio que usábamos para quemar el tiempo ahora nos parece sin duda un buen sitio para estudiar. 

Hace mucho tiempo que no nos vemos.   

—¿Te he dicho ya que fue el otro día cuando descubrí que mi estilo de natación se llama estilo de crol

Cabe informar aquí que en aquel momento ya llevábamos dos cervezas en el estómago. Mi amiga la Gorda bebe demasiado, y yo, sin saber del todo por qué, me siento obligado a seguirle el ritmo.

 Ella, sin embargo, describe el caso de forma clínica y prefiere decirse que simplemente presenta una predisposición y una tolerancia hacia el alcohol más alta que la media. 

—El otro día descubrí que mi estilo de natación se llama estilo de crol. Yo no lo sabía. Llevo yendo a nadar un tiempo, pero no sabía que mi estilo de natación tiene un nombre técnico. El otro día lo descubrí. ¿Quieres saber la historia que hay detrás de mi descubrimiento?

—Oh, la historia.

—Sí, la historia.

—Tengo que admitir que me pones una burrada cuando te pones modo narrador.

—…

—Me lo tomaré como un sí.

Ella alza el botellín de cerveza. Brindamos al aire.

—Adelante vaquero.

—La cosa está en que cuando realizo ejercicio mi cuerpo empieza a generar una cantidad importante de hormonas, ya sabes.

—Oh, de modo que estoy ante un tipo que realiza ejercicio.

—No hace ni puta gracia. Hago ejercicio. Aparte de leer, escribir y esas cosas, también hago ejercicio.

—jajajajajajjajaja. Va, sigue.

—Pues resulta que el origen de esta historia está en el contundente diagnóstico de mi médico de cabecera, que me obligó a hacer algo con mi espalda si no quería acabar a los cuarenta años moviéndome por la calle con un taca taca. Fue así de drástico. O haces algo con eso deforme, grande, descuidado y blando, David, o te regalo yo mismo el bastón.  Eso me dijo el hijo de la gran puta. 

—Vaya, si no fuera por uno de los adjetivos pensaría que el médico podría sin duda alguna estar hablando de otra parte de tu cuerpo.

—Ja.ja.

—Por lo que me cuentas te encuentras en un estado de creatividad sin precedentes. Tienes que controlarte o lo pagarás caro… No sirve de nada escribir treinta páginas diarias si luego apenas puedes moverte. 

—¿Me quieres dejar o la cuentas tú?

—Yo no te he dicho nada porque sé que eres increíblemente consciente de todas tus limitaciones y de todos tus problemas. Pero lo de tu espalda es jodidamente doloroso. Te resta como diez puntos de atractivo general, que lo sepas. 

—Hombre, gracias. Ahora: ¿Me dejas?

—Adelante, adelante.

Brindamos al aire de nuevo.

—El caso es que el diagnóstico por parte del médico de cabecera removió algunas partes de mí y me hizo tomar conciencia de mis graves problemas de espalda. Así que me apunté a la piscina. Y no sólo me apunté, como está de moda hacer hoy en día, sino que voy cada día con espíritu religioso. No falto ningún día. 

—Supongo que sabes algo sobre la disciplina y el compromiso que la inmensa mayoría de mortales desconocemos.

—¿Te he dicho ya que eres la gorda más sexual, inteligente y atractiva que he conocido en mi vida?

—Hmmmmm.

    Brindamos de nuevo simbólicamente al aire.

    —El caso es que llevo yendo relativamente poco a la piscina, pero la verdad es que he descubierto que la natación mola. Es una disciplina bastante técnica, requiere grandes cantidades de atención, y peleas no tanto contra alguien como contra ti mismo. Tú eres tu único rival en la piscina. La gente suele nadar de media unos diez minutos, pero yo no me canso; siempre encuentro algún movimiento que depurar en el siguiente largo. Durante estos días me he sentido tan atraído hacia la natación que me he llegado a preguntar secretamente si tendré algún talento natural, secreto y no descubierto hasta ahora para la natación. 

    —Todo el mundo se hace esa pregunta cuando prueba algo nuevo.

    —¿Desde cuando estás tan lúcida? ¿Es algo que has tomado?

    —jajajajajjaja

    —De modo que cuando depuro mi técnica de natación y consigo no acabar agotado en los primeros cien metros empiezo a competir secretamente con las personas de mi alrededor. Las personas de mi alrededor, por desgracia, son en gran medida ancianos que van a la piscina para que les mejore la circulación.  Ellos no lo saben, pero yo compito contra ellos.

    —Uno siempre tiene que medirse de alguna forma.

    —Claro. La única disciplina que no admite competición es la literatura, y te puedo asegurar que en aquella piscina no hay literatura que valga. La verdad es que los apalizo. Les doy hasta ventaja. Cuento hasta diez, salgo cuando ellos ya han recorrido tres cuartas partes de la piscina, pero nada, siempre les acabo ganando. No es ni siquiera emocionante. La hidrodinámica que he desarrollado durante estos días es para que la analicen. 

    —Eres demasiado rápido para ellos.

    —Exacto.

    —Por cierto: ¿Qué tiene que ver todo esto con que cuando realizas ejercicio sintetizas una cantidad no poco importante de hormonas? ¿Y qué tiene que ver todo esto con lo de que descubriste que tu estilo de natación se llama estilo de crol?

    —Tú dejame a mí.

    —Por dios. Cómo me pone.    

    —El caso es que resulta tremendamente aburrido ganar así de fácil a viejos decrépitos y decido medirme con gente más joven. Desplazo mis inflexibles horarios de escritura, lectura y reflexión y acudo a la piscina en un horario en el que pueda encontrarme con gente de mi edad, gente que pueda poner un poco contra las cuerdas.

    —Pero nada ¿no? Estábamos hablando de un Don.

    —Exacto. Na-da. Tengo un don natural, secreto, y no descubierto hasta entonces para la natación y cada vez lo tengo más desarrollado. El don. Los adolescentes repantigados inflados por los carbohidratos complejos y las sesiones de calistenia me aguantan la primera piscina, pero luego los acabo machacando como un martillo; no aguantan, se rinden y se marchan a la sauna a pensar en las mujeres que se ligarán el sábado en la terraza de la discoteca o en el personaje del LoL que utilizarán esta temporada para subir a diamante. 

    —Es que tienes unos brazos muy largos. ¿Cómo no habías caído antes?

    —Entonces lo que ocurre es que por las noches en vez de releer las novelas de los grandes,  Ulises, Hamlet, La broma infinita, etcétera, comienzo a echar un vistazo a vídeos resúmenes de las increíbles hazañas del nadador más grande de toda la maldita historia, el señor Michael Phelps, todos los vídeos acompañados de música motivacional y títulos mayúsculos, literalmente hablando, y empiezo a pensar en que en una vida alternativa podría haber apostado por esto de la natación: ese tipo de sueños húmedos sobre las posibilidades de la existencia humana. 

    —Hasta a ti te pasa. Por dios. Contigo me siento menos sola en el mundo.

    —Pero bueno, no perdamos el hilo principal de la historia. Abstracciones existenciales aparte, después de batir a todos los universitarios adictos a la calistenia lo que hago básicamente en la piscina es quedarme sentado con mi gorro y mis gafas puestas y esperar a que aparezca un rival que me pueda presentar algún tipo de dificultad y haga divertido y estimulante esta actividad de nadar y pelear contra uno mismo y valide mi creencia de que tengo un don natural para la natación.

—Aquí es cuando entra en juego la información clave de la historia. Aquí es cuando te digo que cuando hago mucho esfuerzo genero una cantidad alarmante de testosterona. La misma hormona que me permite bracear más rápido y experimentar la asfixia con un placer masoquista, es la misma que levanta mi miembro viril y bombardea mi cabeza con imágenes guarras. Qué divertida es la biología.    

    —Oh dios.

    —Ya sabes por dónde voy.

    —Me lo estoy imaginando.

    —Al parecer algún que otro día la incontestable campeona de catalunya de natación se presenta en la piscina municipal para realizar sus entrenamientos rutinarios, entre competición mundial y competición mundial. Esta campeona de Catalunya y participante con tan solo diecinueve de años en dos juegos olímpicos es increíblemente humilde y pasa desapercibida entre las gentes que la vieron llegar al estrellato; pedir un autógrafo a una tipa tan cercana y normal queda como una suerte de broma de mal gusto. Todo el mundo la respeta, pero nadie la admira; ha llegado al cénit del reconocimiento humano. La verdad es que sigue acudiendo a la misma piscina a la que le llevaron sus abuelos para que perdiera el miedo al agua un poco por motivos románticos. Básicamente tiene recuerdos catárticos, y por eso esta campeona de catalunya y participante en los juegos olímpicos de Tokio y Londres sigue acudiendo a la misma piscina de siempre a entrenar. Yo evidentemente desconocía toda esta información y cuando la vi bajar por la escalera con su bañador de la selección catalana pensé que se trataba de una aficionada que necesitaba un extra de motivación para levantarse de buena mañana de la cama. 

    —Las apariencias engañan.

    —Esta campeona cataluña estaba buenísima, por cierto. Tenía ese culo respingón y esa figura femenina estilizada de las mujeres que realizan algún tipo de deporte aeróbico. Llevaba tapones para los oídos, un tirita para oxigenar las fosas nasales, unas gafas como de fibra de carbono, un bañador de piel de tiburón, una cantimplora, un albornoz y dos ayudantes altos y fornidos que no decían ni mú y cuya función nunca estuvo del todo clara. Yo, sin embargo, seguía yendo a nadar con mi bañador verde color radioactivo de motivos hawaianos, el mismo con el que a veces sacaba a pasear al perro. Además estaba la pronunciada curvatura de la espalda producto de las intensas sesiones de escritura de las que ella por supuesto no sabía nada. Y los pelos por todo el cuerpo; al parecer para favorecer la hidrodinámica lo primera decisión que toma un nadador iniciado es depilarse todo el cuerpo, y yo iba con pelos por todas partes como una especie de oso viejo y decadente… Lo que quiero decir con todo esto es que a pesar de todas nuestras diferencias nos reconocimos desde la distancia. 

    —JAJAJJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJ

    —Lo vio en mis ojos, te lo prometo. Ese instinto depredador. El espíritu competitivo. El afán de superación.

    —JAJAJAJJAJAJAJJAJAJAJJAJA, por dios, para. 

    —Lo que yo creía que era una mujer competitiva a la que le gustaba la natación, pero que luego resultó ser la campeona de Catalunya durante tres años seguidos y la única participante española en unos juegos olímpicos desde hace treinta años, reconoció mi situación desde la distancia y aceptó el reto. Se identificó conmigo. Ella había descubierto su don en aquella piscina, después de superar el terror que sentía hacia el agua, y se había visto obligada a batirse con viejos seniles para que saber en qué estado de desarrollo se encontraba su don.

    —jajajajajajjaja no puede ser.

    —Había llegado el momento.

    —…

    —Me iba a batir en duelo con la campeona del mundo. Con la Michael Phelps de la natación.

    —Por dios.

    —Así es. Cómo oyes. 

    —…

    —…

    —¿Entonces, tienes un don para la natación o no?

    —Aquí es cuando te digo que cuando realizo ejercicio mi cuerpo genera una cantidad importante de testosterona. Supongo que se puede aportar como un atenuante. 

    —Va. ¿Por cuánto te ganó?

    —La pregunta, que lo sepas, me ofende.

    —¿Por cuánto?

    —Bueno.

    —…

    —…

    —Tío, ¿Tanto dolió?

    —Se deslizaba por el agua como una sirena. Esa mujer mientras nadaba no pesaba. Cada brazada suya eran como tres de las mías. Su cuerpo era una onda interactiva de carne y hueso. Cuando me asomaba para coger aire no veía a un simple ser humano, veía una aleta de tiburón sinuosa cortar el agua. Tú no sabes lo difícil que es nadar, la cantidad de partes de tu cuerpo que tienes que sincronizar. Sus movimientos eran como las manecillas de un reloj, precisos, mecánicos, interiorizados. Pura belleza. Lloré.

—Pobre. Un hombre derrotado por una mujer. ¿Esta es la historia?

—No, claro que no. Yo estaba flipando. La admiraba. Era mi nuevo ídolo. Gracias a ella me esforcé como nunca había conseguido hacerlo.  Aunque perdiera, porque perdí, y además por bastante, batí mi propia marca personal. Aquella maldita niña sacó lo mejor de mí. Me devolvió en volandas a la realidad. No disponía probablemente de ningún don natural para la natación, pero podía mejorar. Cuando acabamos quise conocerla. Darle un abrazo, yo qué sé, preguntarle algo. Estaba claro que habíamos competido, y quería darle la enhorabuena y decirle que era la mejor nadadora que había visto en mi vida y que a partir de ese momento no me perdería la retransmisión de ninguna de sus competiciones.

—Ahora lo entiendo todo. Eres bueno cabrón. El problema es que estabas cachondo.

    —Exacto. Estaba cachondo como una moto y no podía ir a decirle nada porque estaba empalmado submarinamente y no quería parecer el típico perturbado sexual que es capaz de excitarse con una niña embutida en un bañador de una sola pieza. Los bañadores de una sola pieza tienen algo profundamente antisexual. Son los bañadores que utilizan nuestras madres. Aquello era vergonzoso y ridículo.

—Pero sin embargo ella sabía que habíais competido en petit comité y que habías sido humillado, básicamente. 

—Lo humillante es no saludar al rival que te ha humillado, aquello era lo verdaderamente humillante.

—Qué putada. Estabas en un brete.

—Y es que encima no había que ser un Freud de la naturaleza humana para intuir que ella sería lo suficientemente consciente de que estaba terriblemente buena y de que una cantidad anormal de supuestos aficionados a la natación se acercarían a ella fingiendo un espontáneo pero intenso interés hacia la natación, cuando en realidad su único objetivo era hacerle guarrerías. Yo no quería parecer ese tipo de sabandijas humanas.

    —Pero era literalmente imposible no parecerlo.

    —Utilizar el adverbio de modo literalmente aquí es muy preciso. Estaba cachondo perdido y estaba haciendo estragos por esquivar los pensamientos que me colocaban en algún cuarto de baño público cerrando con pestillo. 

    —jajajajajajjaja

    —Estaba excitado y empalmado. En aquel momento no me podía acercar a las paredes. No podía ir si no quería parecer el típico chimpancé sexual que se pone cachondo con mujeres embutidas en bañadores de una sola pieza, por muy buenas que estén. No quería parecer uno de esos hombres tan primitivos.

    —jajajajajjaja

    —Pero tampoco quería parecer el típico orangután machistoride que no puede concebir ser derrotado por una mujer. Quería acercarme a ella y aceptar la humillación para tratar de trascenderla. La humillación.  

    —Por el amor de dios. ¿Por qué los personajes de tus historias siempre llegan a un especie de callejón sin salida del que parece imposible salir?

    —No es ninguna historia, todo esto es cien por cien real, tío.

    —Digamos entonces que esa mujer fue a los juegos olímpicos de Londres cuando aun no había acabado la escuela primaria.

    —¿Cómo?

    —jajajajajajajajajjajaja va sigue.

    —Ignoraré lo que acabas de decir. Porque la historia empeora y adquiere connotaciones terroríficas. Ese mismo día descubrí que esta tricampeona de Catalunya y participante de los juegos olímpicos de cuerpo esbelto creado para el delito forma parte de ese subgrupo de seres humanos tan sanos consigo mismos que no sienten ningún tipo de vergüenza por desnudarse y mostrar sus intimidades ante los demás. De alguna manera esta tricampeona absoluta de la natación nacional goza de una salud mental tan plena que presupone que los demás son tan sanos mentalmente como lo es ella, y piensa un poco ingenuamente que nadie va a pensar/hacer nada extraño cuando se quite su bañador de piel de tiburón. 

    —Venga va. 

    —Aquí es cuando entra en juego un dato exmachina que se me había pasado por alto relacionado con la disposición arquitectónica de la piscina municipal en la que entreno cada día. Espero que no te importe. Pero es que las duchas públicas se encuentran siguiendo una línea recta invisible desde el carril que he competido y en el que estoy submarinamente empalmado. 

    —Por dios. Es imposible no empatizar. Im-po-si-ble. Jjajjajajajajaja

    —Allí estaba yo con mi gorro y mis gafas apretujadas contra la cara, cachondo perdido, humillado por la apabullante derrota de esta tricampeona nacional, neurótico por no saber qué hacer, y a punto de ser testigo de un cuerpo que estaba acostumbrado a ver a través de una pantalla. 

    —No me jodas, David. 

    —Lo siento. Es imposible de omitir. Lo hice.

    —Me cago en todo.

    —Fue imposible resistirse. Imposible. Estaba demasiado buena como para ser real. No sabes lo sexy que puede llegar a ser para un hombre ver a una mujer enjabonarse. Encima la mujer que te ha humillado. Tenía algo de redentor. Parecía que estaba siendo un espectador de lujo de uno de esos anuncios de champús para mujeres.

    —Joder, tío.

    —Me la pelé como un mono. Creo que la dejé al rojo vivo. Cuando me quise dar cuenta me estaba masturbando tan fuerte que me estaba mordiendo los labios y estaba poniendo los ojos en blanco.  Se estaba enjabonando con un pie ligeramente inclinado. Estaba preciosa. Tenía el monte de venus rasurado.

    —Das asco, tío.

    —Dicen que cuando viertes pis en la piscina se activa un reactivo o algo así que deja claro que has sido tú. El reactivo pinta el agua de algún color y se extiende una mancha como de humo líquido del color de la sangre alrededor de tu pis. Pero no dicen nada de esa otra sustancia que puede vertir un hombre en el agua. De esa otra sustancia no dicen nada.

    —Me están entrando ganas de vomitar. No sé por qué pero ahora no me parece un consuelo que sea todo mentira.

    —Es todo verdad, te lo prometo tío.

    —¿Y te sientes orgulloso o qué? 

    —Estaba duchándose tranquilamente con los ojos cerrados. Era una mujer tan sana que no podía concebir a un ser humano tan salido como para que se masturbara viendo cómo otro ser humano se ducha. Fue una paja submarina, redentora y perfecta. En aquel momento pensé simplemente que fue necesaria, la paja, digo, pero luego añadí a la reflexión los siguientes adjetivos: fue una paja necesaria, submarina y perfecta. 

    —Creo que voy a pedir otra cerveza.   

    —Cuando acabó de ducharse se acercó a su mochila desnudita y se puso un bikini de esos del H&M para ir a tomar el sol a la piscina exterior. También llevaba una novela de Murakami; era una de esas mujeres que prefieren cultivarse a glorificar la imagen de sí mismas en las redes sociales. Era de ese tipo de mujeres. 

    —Oh Murakami. Tu autor favorito.

    —Pero se le cayó. Al parecer esta tricampeona nacional de natación es un poco despistada fuera de la piscina y se le cayó la novela de Murakami en la piscina. Ella intentó salvarla pero fue imposible. Esta tricampeona de natación mundial es de esas personas que se agachan formando un ángulo de noventa grados perfecto en vez de flexionar las rodillas hasta poder llegar con los brazos al suelo, pero yo ya estaba desfogado sexualmente hablando; no había problema alguno en el horizonte. No pudo recuperar la novela, se hundió hasta el fondo de la piscina y nadie se dignó a cogerla. 

    —Cómo sigas te voy a matar, te lo prometo.

    —Tranquila ahora la narración llega a su punto de no retorno. Con la conciencia adulta, madura y racional que me caracteriza de vuelta, decido yo también salir a tomar el sol. Salgo a la terraza exterior y disimuladamente extiendo la toalla al lado de la de ella. Nos reconocemos de nuevo cuando vuelve de mojarse los pies. Esta tía allí dentro será una tricampeona olímpica, pero en la piscina exterior sigue siendo una mujer. Sólo se moja hasta los pies: el agua está demasiado fría.

    —jajajajjajajajaja

    —Me dice: te ha costado, eh

—Claro que sí campeón. Claro que sí.

—Yo no me atrevo a mirarle a los ojos. Soy un hombre que está intentando asimilar muchas cosas a la vez. La escena está adoptando la forma exacta de una epifanía y por qué no el prólogo una bonita historia de amor.

—…

—Pero le miro finalmente a los ojos y acepto la derrota, la humillación. En ningún momento le miro a otra parte del cuerpo: estoy completamente desfogado gracias a ella. Tengo el líbido de un niño de tres años. La escena tiene tanto significado a un nivel narrativo que trasciendo los imperativos primarios y cortoplacistas de mi ser y abrazo la comunicación de símbolos profundos más allá del lenguaje verbal relacionados con la bondad y la belleza que supone pertenecer a la especie humana. Esta comunicación es recíproca. Es la primera vez que un hombre medianamente atractivo se acerca a ella sin intenciones sexuales. Es la primera vez que yo me acerco a una mujer sin intenciones sexuales. Y todo gracias a ella.   Los dos sonreímos, pero en realidad estamos llorando por dentro. Por fin nos sentimos menos solos en el mundo. Por fin sentimos que no estamos utilizando a nadie ni inevitablemente nos estamos dejando utilizar.  Nous sommes libres.

—Por dios. Siempre te puede el romanticismo. Miedo me da ese talento cuando tengas que escribir tu primera novela. 

—Trasciendo el arquetipo masculino del orangután machistoide que ha sido educado machistoidamente para que nunca pueda concebir ser derrotado por una mujer en una disciplina competitiva y

—¡Camarero! 

—y trasciendo a su vez el arquetipo de perturbado sexual que arrastra tantas taras mentales que es incapaz de mantener una conversación con una mujer atractiva porque no se puede concentrar en algo que no sea llevársela a la cama.

—¡Aquí hay alguien abusando del conocimiento que tiene sobre la naturaleza humana para arrancarme unas lágrimas muy rastreras! 

—Ahora encarno un nuevo arquetipo de hombre contemporáneo. Ahora soy un hombre reeducado de sus prejuicios y de sus taras mentales gracias al cegador y epifánico descubrimiento de que todos los seres humanos gozamos de la mismas capacidades físicas y cognitivas. Ahora soy un hombre que se ha deshecho de las cadenas de su educación discriminatoria y ha conseguido trascender la humillación que supone no poder aceptar haber sido humillado por un ejemplar del sexo femenino. Ahora soy un hombre que ha entendido que algunas humillaciones pueden servir como lecciones vitales. Ahora soy un hombre que no sólo habla, sino que también escucha y pregunta y asiente ante una mujer increíblemente atractiva sin que le tiemblen las piernas y sin que le entren ganas de hacerle a saber qué cosas allí mismo. Ahora soy un hombre curado, desentendido de la competitividad tóxica y de la hipersexualidad estandarizada en esta sociedad decadente que me convertía en un esclavo torturado de mis pasiones animales mal enfocadas.  

—…

—…

—Ten, por el amor de Dios. Cállate un rato. 

—…(glups)

—…

—En fin, que así supe que el estilo de natación que practico en la piscina se llama estilo de crol. 

Una forma maravillosa de empezar una novela.

HE AQUÍ UNA SERIE DE CARTELES DE PAPEL AUTOADHESIVO ALGO DESGASTADOS POR EL PASO DEL TIEMPO Y CON LA CONTRADICTORIA Y DISIMULADA INTENCIÓN OBSCENAMENTE PUBLICITARIA DE UN ANUNCIO QUE PROVIENE DE LAS INSTITUCIONES PÚBLICAS Y DEMOCRÁTICAS DE TU CIUDAD ESTAMPADOS EN LA VERJA PRINCIPAL DEL CENTRO DE DESINTOXICACIÓN DE ADICCIONES CONTEMPORÁNEAS ROLLO CONCIERTO MULTITUDINARIO DE ALGÚN GRUPO DE MÚSICA INTERPLANETARIAMENTE CONOCIDO Y ACEPTADO DE FORMA GENERAL Y NAIVE POR TODOS LOS ESTRADOS SOCIALES, CIUDAD DE MATARÓ, MUCHOS DÍAS DESPUÉS DE LOS HECHOS OCURRIDOS EL DÍA D. 

 (El cartel en cuestión utiliza las técnicas narrativas más vanguardistas de la actualidad. No utiliza la parábola empática más vista en la narrativa convencional que inundan las estanterías de las librerías, la mayoría de anuncios televisivos que nos sirven para ir al baño, etcétera. No utiliza una historia, ni nada por el estilo. Apela a ti, a tu persona, a tu humanidad. Sin disfraces ni rodeos. No quiere que pienses. Piensa por ti. Lo que dice te lo está diciendo a ti. De ahí su efectividad, parece que estás hablando con alguien al que le importas mucho)

 (El cartel en su momento fue motivo de una gran polémica. Esta gran polémica llegó hasta los platós de televisión nacionales. Allí los tertulianos versados en la materia en cuestión reflexionaron sobre esta polémica con mucha intensidad. La forma más doméstica que se me ocurre ahora mismo para medir el grado exacto de esta intensidad es que algunos vecinos mayores comentaron asombrados que Mataró había salido en la televisión nacional)

 (Se advierte al lector que la reproducción del cartel es explícita y sin ningún tipo de decorum formal y de ningún otro tipo. Se advierte también al lector que la primera noche después de que unos inmigrantes subcontratados por el ayuntamiento pegaran con una especie de mocho húmedo estos carteles en la verja principal del centro de desintoxicación de adicciones contemporáneas los ingresos en el hospital central de Mataró por intenciones, ejem, claramente suicidas, se multiplicaron como poco por setenta)

(Empezando desde arriba. Y hacia abajo. Por si acaso. Fuente de titular: angular, rollo titular de periódico amarillo. Color de la fuente en cuestión: blanco. Color de fondo: negro algo-serio-vas-a-leer-como-sigas-leyendo). 

—Ey, tú. 

—Sí, tú. 

—¿Te consideras un tipo depresivo? 

—Ya sabes.

—DE-PRE-SI-VO.

—¿Eh?

—¿Sí?

—¿Nos conocemos?

—¿Qué tal?

—¿Has notado últimamente algo diferente?

—Ya sabes, algo diferente.

—Como que eres diferente.

—Como que lo SIENTES. 

—¿Eres, en pleno invierno, capaz de ducharte con agua FRÍA?

—¿Has decidido de la noche a la mañana realizar un cambio radical de PEINADO?

—¿No consigues pegar ojo por las noches y aun así te sientes con la energía suficiente como para ganar una maratón nigeriana?

—¿DE REPENTE la idea de volver a fumar te parece apetecible? 

—¿Tu novia te ha dejado abierta y públicamente por otro individuo menos depresivo y más feliz y radiante que tú y tu plan para vengarte es que tú vas a ser igual o más feliz que él y que ella juntos y que te vas a reír de toda la situación por mucho que te duela? 

—¿Te has dicho que te vas a reír de todo lo que te duela?

—¿En serio?

—Está bien.

—Somos amigos.

—Te comprendo. 

—Pero escúchame atentamente. 

—Escúchame. 

—Deja lo que quieras que estés haciendo y sube corriendo al hospital más cercano. 

—Llora. 

—Estás a punto de suicidarte y tú aún no lo sabes. 

JANIRA Y YO, VOLUMEN I

—David.

—…

—Ey, David.

—…

—Joder, David. Nunca estás cuando eres necesario.

—…

—¿David?

—…

—…

—Ey. Qué quieres.

—¿Ey? ¿Qué quiero? ¿Cómo que qué quiero?

—…

—Que te follen. Eso es lo que quiero.

—Estoy escribiendo, señorita Janira. Ahora mismo me encuentro enfrascado en la escritura de un relato rematadamente obtuso, denso, pero no por ello menos divertido y emocional, y te prometo que ahora mismo no quieres hablar conmigo. Qué quieres.

—Nada. Que te follen.  A ti y a tu puto relato.

—Me encuentro ahora mismo en un estado de ansiedad verbal que no desearía compartir con nadie. Todo esto lo estoy haciendo por ti. Qué quieres.

—Que no quiero nada. 

—Perfecto.

—…

—…

—Cuando lo acabes y se lo tengas que leer a tu madre ya me contarás.

—Qué quieres, por el amor de Dios.

—Que te he dicho que no quiero nada. Podemos hablar cuando lo acabes. Tú tranquilo. 

—Ese escenario ahora mismo se me plantea como mínimo ideal. Este último relato la verdad es que presenta una serie de inconsistencias relacionadas con el simbolismo del final que no tengo la menor idea de cómo resolver. Más que acabándolo me imagino cansándome de él y rompiéndolo en mil pedazos. Este último relato es inusualmente largo, y tengo mucha faena por delante, decida hacer una cosa o decida hacer la otra… así que qué demonios quieres. 

—Nada. Es que aquí como mejor amiga al frente se me había ocurrido un plan para que por fin pudieras ligar.

—…

—jajajajjajajajajaj

—Espera. ¿Has dicho ligar?

—He utilizado ese verbo, sí. Aquí presente la que lo ha utilizado. Aunque no lo puedas ver estoy levantando el brazo, bien orgullosa. 

—¿Estás hablando de ligar con ejemplares del sexo femenino? ¿De quedar con ellos, y de ir a tomar algo, y de emborracharlos, y de luego hacerles guarrerías y de dejar que ellos, es decir, los ejemplares del sexo femenino, me las hagan a mí? ¿Estás hablando de todo eso?

—Supongo.

—…

—…

—Soy todo oídos.

—Jjajajjajajajajaja.

—…. 

—Tienes que llevar jerséis de cuello alto. La verdad es que nunca te he dicho nada, pero vistes un poco como un adolescente que se compra la ropa con el dinero que le da su madre el fin de semana. Los jerséis de cuello alto os hacen tremendamente interesantes y misteriosos; eso nos atrae. Particularmente estoy harta de esos hombres que son capaces de recitarme de memoria las cinco formas del imperativo Kantiano en alemán, pero luego visten con camisetas Nike y bambas converse y llevan el mismo flequillo engominado que el resto de adictos a la calistenia o derivados. Y no creo que sólo hable por mí. 

—(…)

—Que sepas que te estoy revelando algo que forma parte del inconsciente femenino.

—(…)

—Estaba aquí en la cama, aburrida, viendo una entrevista de La Resistencia a Gerard Piqué, y lo he visto claro: esto es lo que le falta a David, un jersey de cuello alto.

— (¿Cómo? ¿Este era el maldito consejo?)

—En general era eso, jajajajjajaja.

—(¿No estarás insinuando que todo el atractivo del que es uno de los jugadores de fútbol más jodidamente bellos y mediáticos y multimillonarios del panorama mundial recae de forma exclusiva sobre la prenda de ropa que decidió ponerse para una entrevista de mierda, no?)

—Me ha hecho gracia. Por un momento te he imaginado con ese jersey haciendo una entrevista en La Resistencia, diciendo esas cosas que te gusta decir a ti.  No podía dormir, y me he dicho pues ya tengo algo que hacer. Seguro que David está despierto. 

—(Y a todo esto: ¿A qué tipo de ejemplar del sexo femenino llamaría la atención con esos jerséis de cuello alto? ¿A un tipo de ejemplar del sexo femenino tan superficial y despreciable que es capaz de determinar lo interesante que le parezco y la atención que me presta en función de la ropa que llevo?)

—Tampoco te estoy pidiendo que la veas, eh.

—(Y además: ¿Qué tipo de psique podrida y como con moho tendría que tener yo para que se me pasara por la cabeza, no, es peor, para que deseara que los ejemplares del sexo femenino me vieran más atractivo y como más interesante y misterioso en función de la ropa que llevo, eh? ¿En qué tipo de tarado mental me tendría que convertir yo para que pudiera pensar que eso es deseable, eh? ¿Y en qué tipo de atención estaríamos hablando aquí, eh? ¿En qué tipo de atención, eh?)

—…

—(…)

—Sigues ahí. No te ha gustado la idea ¿no?

—Ya te he dicho que ahora no quieres hablar conmigo. 

—En realidad sólo era una forma muy original de abrirte. No puedo dormir.

—…

—Va, háblame sobre tu relato, anda. 

—La cosa está en que uno de los problemas que tengo con este último relato es que no sé si me he pasado de simbólico y el lector se va a pensar que me estoy riendo de él. 

—A ver.

—La cosa está en que mi personaje principal no sabe o no consigue explicarse los motivos por los cuales ha vuelto fumar. Básicamente estamos hablando de un personaje principal cuya relación consigo mismo es cerebral; de ahí su dolorosa neurosis respecto al tema en cuestión. Digamos que se encuentra en esa edad indeterminada comprendida entre los veinte y treinta años en que volver a fumar constituye una especie de derrota simbólica, y pensar mucho en ello la verdad es que adquiere rápidamente la forma exacta de un dolor de cabeza. En resumidas cuentas, podríamos decir que volver a fumar le trae recuerdos no demasiado esperanzadores/optimistas de su época universitaria. 

—Recuerdos de su época Universitaria, ajá. 

—Sí. Para mi personaje principal su etapa universitaria estuvo plagada de drogas recreativas y de malas influencias, y en la cafetería de la Universidad, donde se pasaba la mayor parte del tiempo, se respiraba un nihilismo ambiental autodestructivo que lo empujaron a desarrollar relaciones no muy sanas con ejemplares del sexo femenino y con algunas sustancias como la marihuana y la cerveza, unos condicionantes que no es que sean los ingredientes perfectos para conseguir la capacidad de atención y el compromiso que un buen estudiante universitario necesita y que han tenido la consecuencia no poco irónica de llevarle al lugar donde está: un trabajo que no le gusta y en el cual necesita fumar para que no le explote la cabeza.  

—Ya empezamos.

—Te prometo que en este no hay centros psiquiátricos ni suicidios ni nada por el estilo. 

—Seguro. 

—Tú déjame a mí.

—Va.

—La cosa está en que en el transcurso inicial del relato la voz interior de mi personaje, que ya te puedo adelantar que no es una voz interior de uno de esos personajes ñoños de Murakami, le sugiere a mi personaje principal y por extensión al lector que quizás ha vuelto a su dependencia cannábica porque su vida carece de sentido y de propósitos/metas y trabaja en un lugar en el que no le valoran como ser humano ni como nada que se le acerque; y lo gracioso, es que todo esto lo está pensando en plena jornada laboral, mientras sirve patatas fritas a cuatro euros la hora, siente unas ganas atroces de matar a todo el mundo, y a su vez, evidentemente, desea en secreto que termine su jornada laboral para salir a fumar y dejar de pensar en todo este gran problema de no saber por qué demonios ha vuelto a fumar.. 

—Te he visto plantear situaciones mejores, la verdad.

—El caso es que las terribles ganas que tiene este pobre personaje principal desprovisto de rumbo existencial de salir a fumar se manifiestan en la narración a través de varios fallos de concentración que por desgracia tienen importantes consecuencias para la salud fisiológica de algunos de sus compañeros, los cuales el narrador omnisciente no relatará con mucho detalle pero dejará claro que el más grave de todos tiene que ver con extremidades rotas y una parcela de suelo fregada indispensable para entrar/salir de la zona de trabajo desprovista de las advertencias correspondientes

—Estoy leyendo, eh.

—Sólo voy a decir que la tienda echó la persiana después del accidente. Las personas que presenciaron en directo el accidente no supieron si llamar a la ambulancia o a la policía forense. Todos se preocuparon y se lanzaron de inmediato para conocer el estado de salud de esa pobre empleada mal pagada que se había resbalado en el suelo después de recoger todas esas bandejas de la terraza que el propio negocio de comida rápida invitaba a los clientes a recoger. Menos uno, mi personaje principal, que sabiendo que él había fregado esa parcela (por motivos que ahora no vienen a cuento) decidió esconderse en el cuarto de baño para empleados, donde por supuesto pensó que la única solución sería fumarse un porro para por fin conseguir dejar de pensar en todo el asunto.  

—Ahora quiero saberlo.

—¿El qué?

—Los motivos por los cuales estaba fregando el suelo.

—Créeme que no quieres saberlos.

—Quiero.

—No.

—He dicho que quiero.

—Tú misma. 

—…

—Uno de los principales motivos por los cuales estaba limpiando el suelo en hora punta es que mi personaje principal no pudo soportar el estrés de servir muchas hamburguesas y patatas fritas a unos clientes que no es que fueran discípulos de Dalai Lama. Se mostraron soeces, arrogantes y estúpidos. Hablaban mucho y se quejaban cuando mi personaje principal en voz de la empresa les informaba de su polémica política respecto a las salsas y el autoservicio del restaurante. Al parecer los clientes no entendían por qué la empresa había decidido cobrar las salsas aparte en vez de introducirlas de algún modo en el precio total de un menú. Hacían este tipo de preguntas. Durante el pedido de los mismos reían muchos entre ellos y hacían muchos chistes, cuando en la cola se habían mostrado apagados, cada uno a lo suyo mirando algo que parecía muy importante en el móvil. Preguntaron por descuentos anunciados en las paradas de los autobuses por los que mi personaje estaba obligado a mentir y a decir que ya estaban caducados. Se mostraron impacientes a la hora de esperar sus pedidos, y se tomaron como una falta de respeto que  mi personaje principal atendiera a más clientes mientras cocina preparaba los suyos. Algunos clientes eran exquisitos con los suplementos, algo que aumentaba la ansiedad de mi personaje principal y su necesidad cannábica porque añadía una complejidad brutal a la hora de colocar los pedidos sobre las bandejas, porque a veces cocina se olvidaba de marcarlos; y lo peor de todo es que corría el rumor de que se olvidaban adrede, de que cuando en el monitor de cocina aparecían cinco hamburguesas iguales pero configuradas con diferentes suplementos se escuchaban las risas hasta en la terraza…

—La verdad es que tus personajes principales están hechos unos sufridores.

—Además mi personaje principal tenía el miedo enfermizo de que algún cliente le pidiera cambiar la forma de pago después de haber guardado el pedido en la caja registradora y haber asignado una forma de pago concreta.  El narrador omnisciente se tira un buen rato explicando en este punto del relato que una vez mi personaje seleccionaba una forma de pago para un pedido en cuestión y lo guardaba de forma automática quedaba registrado y ya no se podía cambiar ni borrar; el pedido pasaba en forma de número a la base de datos de la cola interactiva y en forma de órdenes desglosadas a cocina y ya no podía hacer nada; el pedido estaba fuera del alcance de acción de mi personaje principal. Esto, como podrás comprender, Janira, suponía un marrón de los grandes para mi personaje principal, así como una fuente incesante de inseguridades y de miedos. Mi personaje principal siempre preguntaba varias veces a los clientes si estaban seguros de verdad de que querían pagar con tarjeta; y si tenían malas pintas era capaz de decirles que el datáfono no funcionaba. Digamos que tuvo una muy mala experiencia con un cliente que decía que su reloj inteligente disponía de una tecnología que le permitía pagar el pedido sin necesidad de una tarjeta física de débito/crédito. Según este cliente bastaba con acercar el reloj inteligente al datáfono y el pago quedaría realizado como por arte de magia, pero el hombre estuvo un buen rato colocando la muñeca sobre diferentes partes del datáfono y nada, y mi personaje principal, que aquel día la verdad se había fumado un buen canelo para empezar la jornada laboral relajado y sin ganas de matar a nadie, empezó a encontrar la situación harto graciosa, el hombre derrotado por la máquina, la tecnología haciendo nuestra vida más complicada de lo que ya es, etcétera, etcétera, y el muy retrasado mental empezó a partirse la caja él solo, y el cliente este se encabritó y le empezaron a caer goterones de sudor por la frente, de la humillación y la incomodidad de no poder pagar, y mi personaje en uno de esos trances cannábicos se imaginó que le pedía a modo de fianza el reloj inteligente hasta que  volviera con el dinero en efectivo de su casa, y le pareció una idea tan absurda que empezó a reírse tanto que el cliente se pensó que se estaba mofando de él, de su propia estupidez por haber confiado en un aparato electrónico para llevarse comida al estómago, y se volvió como loco y levantó la mano a mi personaje principal, que no pudo parar de reírse durante todo el tiempo y la situación le parecía cada vez más absurda y kafkiana; y al final la cosa llegó a unos niveles de agresividad y violencia verbal que mi personaje principal tuvo que refugiarse en el interior de la cocina y el encargado tuvo que llamar a los agentes de seguridad del centro comercial para que la sangre no llegara nunca al río, por así decirlo.

—Me estoy partiendo. 

—Esa era la idea.

—Era ironía. Ni me he inmutado. Espero que el relato esté mejor escrito.

—…

—…

—Mejor sigo. 

—Va.

—Quiero que tengas en cuenta que el miedo enfermizo de mi personaje principal a los cambios de la forma de pago tienen diversas fuentes, señorita Janira. Tal y como explica el narrador omnisciente la única forma posible de cambiar la forma de pago una vez el pedido  ha quedado registrado es pidiendo al encargado que se acerque a la máquina registradora, introduzca su usuario maestro y desbloquee un menú secreto cuya única funcionalidad parece ser borrar pedidos registrados. Esto de cara a tu reputación como empleado, como podrás comprender, no es buena idea, señorita Janira; aunque bueno, debido a algunas circunstancias, a veces es la única solución. El problema es que debido a las importantes  pero no muy definidas tareas del encargado durante la jornada laboral cuando este ha introducido su usuario en la caja registradora en cocina ya han preparado, no sé, tres hamburguesas de las cinco del pedido, y cuando los de cocina ven que de pronto el pedido ha sido borrado, no dudan y las tiran a la basura, los de cocina son así, unos tipos raros y con los que prefieres no enemistarte bajo ningún concepto; y esas hamburguesas que han sido tiradas a la basura después en el recuento de stock se suman como pérdidas, y si las pérdidas llegan a unos determinados números porcentuales, en el contrato laboral  de mi personaje principal hay una pequeña cláusula que permite a los empresarios responsables del restaurante franquiciado de comida rápida pagar a toda la plantilla un 30% menos de lo que estipulan sus contratos laborales. Y aunque los parámetros para medir la responsabilidad individual de estas pérdidas son difusos, los encargados pasan semanalmente unos ránkings donde se ve qué turno está haciendo más esfuerzos por cobrar un 30% menos al mes, y aunque los encargados se empeñan en compartir que esto es un trabajo de equipo y aquí o ganamos o perdemos todos,  nadie consigue ver ningún tipo de patrón relacionado con la afluencia de clientes, o con los horas de sueño acumuladas, o yo qué sé, algo que les exhiba de su responsabilidad moral como individuos adultos y responsables de sus propias decisiones. Lo único que reflejan esos ránkings es que el turno donde trabaje mi personaje principal es el que más porcentaje de pérdidas acumula, siempre, casi de forma axiomática, y mi personaje cree que es el único que ha llegado a esta conclusión, y no sabe si mostrarse despreocupado sobre el asunto, compartirlo sin ningún tipo de complejo y como si fuera una feliz casualidad o algún tipo de pensamiento inducido por su inseguridad psicológica cultivada en su etapa Universitaria (cuando se enamoraba de cualquier ejemplar del sexo femenino que le pidiera un cigarro) o callárselo como si fuera un secreto que puede dar motivos a sus compañeros de trabajo para hacerle la vida imposible.

—Aquí está lo obtuso, supongo.

—Aún no he contestado a tu pregunta. 

—Ya.

—Estoy en ello. Yo te he advertido.

—Va, pesado. 

—…

—…

—De modo que mi personaje principal atiende a un grupo particularmente irritante de adolescentes hormonados acompañados de sus muñecas de porcelana en un día muy difícil para él (es decir, para mi personaje principal).  Al parecer acaban de salir del cine, y todos están bastante alterados; no pueden dejar de hablar de la película mientras realizan el pedido a mi personaje principal, algo que agrava la sensación de humillación y su necesidad de salir a fumar. Los hombres parecen empeñados en coger  de alguna forma física a las que son sus mujeres, algo de lo que se percata mi personaje principal y que le hace sentir incómodo. Uno de los hombres tiene un cigarro en el pliegue de la oreja. Todas las mujeres parecen haberse comprado los vestiditos florales  en la misma tienda de ropa. Se ríen demasiado. Ya sabes, ese tipo de grupos. 

—Ya, ese tipo de grupitos.

—Sí, exacto. Normalmente mi personaje principal consigue soportar a este tipo de grupos, pero es que vienen en el peor momento, estaba ya al borde de la taquicardia; necesitaba salir urgentemente a fumar.  

—Ya claro.

—Pero lo consigue. Se arma de valor, se concentra mucho en su respiración y consigue procesar los siete pedidos del grupito. Todas las tarjetas son detectadas por el datáfono. Incluso un móvil con la misma tecnología que tenía el reloj ese. Se pasa una mano abstracta por una frente repleta de perlas de sudor. Mi personaje principal está salvado…

—…

—…

— ¿Está Salvado…? ¿Qué significa eso? ¿Qué significan los puntos suspensivos? ¿Me estás vacilando o ni tú sabes lo que pasa?

—Los puntos suspensivos significan tensión, incertidumbre, anuncian un giro dramático de los acontecimientos. Ese tipo de cosas.

—Ah. Bueno, sigue.

—El caso es que mi personaje cree que Está Salvado… Hasta que una mujer del grupo se quita sutilmente el brazo de su novio enroscado alrededor de su cuello como si fuera una anaconda, da un pasito de princesita hacia adelante, apoya los brazos sobre el mostrador como si no llegara del todo, levanta uno de los pies hacia atrás en ángulo recto, y le pide a mi personaje principal una Salsa Barbacoa Hot Limited Edition. Tengo que admitir aquí que a mi personaje principal esta petición le sugiere ternura, afecto y simpatía (a pesar de su problemática relación con los ejemplares del sexo femenino). El problema es que se ve a obligado a informarle de que, efectivamente, la Salsa Hot Limited Edition tiene un coste adicional de cincuenta céntimos. Mi personaje se lo dice sin maldad, pero su novio se lo toma como una especie de ofensa, e interrumpe la conversación que estaba manteniendo con sus compinches sobre los efectos de los anabolizantes y la cafeína sobre nuestro organismo para decirle que el dinero NUNCA es problema, de modo que ya podía estar poniéndole a su novia lo que ella quisiera, que él pagaba lo que hiciera falta; aquí es cuando mi personaje principal se empieza a imaginar el problemón que se le viene encima, más que nada porque le informa de que, por desgracia, el restaurante franquiciado de comida rápida debido a un comunicado extraordinario prohíbe expresamente cualquier cobro por tarjeta inferior a cinco euros, como ese cartel sobre la máquina de helados indica,  lo que provoca que el novio este, que tiene un brazo grande y surcado de venas, exija la hoja de reclamaciones y les diga a sus amigos que ANULEN de inmediato todos los pedidos y exijan sus respectivos abonos, una amenaza que de concretarse, piensa mi personaje principal, tendría unas graves consecuencias para las pérdidas porcentuales y el salario de toda la plantilla.  Aparte de todo esto, el narrador informa en una especie de paréntesis narrativo que la función de mi personaje principal como dependiente en el restaurante franquiciado de comida rápida no se reduce sólo a atender clientes  y a preparar los pedidos, también es el responsable de algunas tareas menores de cocina, como por ejemplo estar al tanto de la freidora. El procedimiento estándar de la cocción de los fritos en un restaurante franquiciado de comida rápida no es que destaque precisamente por su complejidad; está todo el proceso optimizado para que la función del ser humano sea marginal; en teoría lo podría seguir hasta un mono. Es tan sencillo como colocar las patatas en la freidora, meterlas en aceite caliente (es decir, cuando aparezca una luz verde en la freidora tipo industrial) y activar un temporizador que a los cinco minutos y treinta y siete segundos te avisa de que en veinte segundos deberías sacarlas antes de que se empiecen a dorar más de lo que dictamina los protocolos de calidad de la marca en cuestión. Aquí el narrador en un truco narrativo de toda la vida lo que hace  es explicarte que a mi personaje principal un día se imaginó qué ocurriría, si por ejemplo, por lo que fuera, se le olvidara poner el temporizador de la freidora, algo que simplemente le hizo gracia (aquel día también iba fumado). 

—…

—Supongo que ya sabes lo que pasa.

—Conociendo a tus personajes me puedo llegar a hacer una idea. 

—Fue en el proceso de formación. Hubo una contratación masiva para la campaña de navidad. Mi personaje principal se sentía como cuando iba de excursión con el instituto a algún museo. La formadora explicó cómo funcionaba la freidora, y mi personaje se imaginó que se atrevía a realizar la pregunta, es decir, se imaginó con la valentía suficiente como para levantar la mano y preguntar qué demonios podía ocurrir si alguien, por lo que fuera, se olvidaba de activar el temporizador, y comenzó a reírse solo, delante de todos, sin explicación aparente. Aquel día iba muy fumado.  Estamos hablando de que un estudiante universitario bastante exitoso en su etapa de bachillerato iba a empezar a trabajar en un restaurante franquiciado de comida rápida; está claro que aquel día de formación tenía muchas cosas que asimilar. 

—Qué sutil.

—¿Ironía?

—…

—…

—Sigue anda. Te recuerdo que sólo estabas contestando a mi pregunta.

—Te he dicho que no querías saber por qué demonios mi personaje principal estaba fregando el maldito suelo que provocó la fractura del pilón tibial de una compañera de trabajo que se está empezando a imaginar, en base a las caras pálidas de los enfermeros que la atendieron, la vida desde una silla de ruedas y con una pensión vitalicia por discapacidad física total. 

—Pero es que has hecho que fuera interesante saberlo.

—¿Y acaso no lo es?

—¿Tengo que contestar?

—…

—¿Tengo que contestar, eh?

—…

—…

—El caso es que cuando el novio sobreprotector de esta damisela está exigiendo las hojas de reclamaciones del establecimiento y que se abonen los importes de los pedidos de sus compinches y el suyo propio, un olorcillo a quemado empieza a llamar la curiosidad de todos los comensales del restaurante franquiciado de comida rápida, y se empieza a extender la voz de que oye macho aquí parece ser que algo se está quemando, y todo el mundo empieza a hablar de la cantidad exagerada de humo que sale de repente de la cocina, y alguien se asoma al mostrador y le dice por casualidad a un hombrecillo bajito y regordete como un botijo, que resultó ser el encargado de tardes, que a ver a qué tipo de chimpancés contratas, macho, que aquí huele a quemado, y entonces el encargado, que el narrador no se corta en explicarnos que siente una particular aversión hacia mi personaje principal, olfatea el entorno como un Neandertal en el bosque y detecta que el olor a quemado proviene de la zona de freidoras, y corre loco perdido hacia el lugar en cuestión a salvar cinco quilos de patatas carbonizadas, y acto seguido se dirige al tablón de distribución de tareas, coloca un dedo sobre una celda en un calendario repleto de franjas y comprueba que el responsable de la freidora es, adivina,  mi apreciado pero lamentablemente muy perdido en la vida personaje principal, y entonces, cuando va a ir a cantarle las cuarenta allá donde quiera que se haya metido esa rata asquerosa, se encuentra que mi personaje principal (es decir, el que el encargado piensa que es una rata asquerosa), también le está buscando a él, que le estaba llamando cuando ese guiri le ha dicho algo sin importancia, porque necesita de nuevo el usuario maestro para borrar unos pedidos… 

—Como los pongas de nuevo te bloqueo y no hablamos más.

—¿El qué?

—Los putos puntos suspensivos. 

—…

—…

—Y también, de paso, una hoja de reclamaciones…

—Tu puta madre.

—El caso es que después de siete hamburguesas dobles y siete ensaladas bajas en calorías y siete patatas grandes y siete patatas pequeñas (de otra remesa) y tres litros de soda y seis  botellines de agua naturales y un nestea sin azúcares añadidos y cinco quilos de patatas carbonizadas directas a la basura, y una hoja de reclamaciones por no informar antes del pago correspondiente  de las ofertas y suplementos disponibles (algo de lo que siempre se olvida mi personaje principal), el encargado ve la luz y manda a mi personaje principal a fregar el suelo; allí por lo menos no podrá molestar ni podrá liarla (piensa el encargado). Aquí la narración nos trasladará de nuevo al momento en que la formadora  les explicaba a las nuevas incorporaciones el primer día de formación los procedimientos para fregar el suelo correctamente. Tenía algo de ridículo que alguien pudiera enseñarte a fregar. Todo el mundo se rio; incluso la formadora dejó caer que ella era consciente de que era ridículo, pero que era el protocolo estándar, etcétera, etcétera. Mi personaje principal se mantuvo impasible, la verdad es que no entendía de qué se estaban riendo aquellos estudiantes universitarios que no sabían de qué iba la vida (aquel día también iba fumado).  Al ser humano dibujado en el cartel de ¡CUIDADO! ¡SUELO MOJADO! No le esperaba un futuro esperanzador. Se estaba cayendo hacia atrás en el suelo como cuando en una serie de dibujos animados alguien resbala con la piel de una banana. Ese tipo de caídas tienen que ser dolorosas, pensó él.

—…

—Y así contesto a tu pregunta, más o menos, señorita Janira. 

—¿Era…eso?

—Sí.

—Pues vaya.

—¿Sigo?

—No.

—¿Eh?

—Me está entrando sueño. No sé si voy a poder leerlo.

—Tranquila que ahora se anima la cosa. Recuerda que habíamos dejado a mi personaje principal encerrado en el baño para empleados después de que presenciara en directo como su pobre compañera de trabajo se rompía la tibia y el peroné por no haber colocado la advertencia de ¡CUIDADO ¡SUELO MOJADO! Donde correspondía; otro despiste producto de su necesidad alarmante de fumarse un porrillo 

—¿Ahora se anima la cosa?

—Sí.

—¿En qué sentido?

—¿Como que en qué sentido?

—No sé.

—Yo sólo digo que se anima

—Va que llevo ya dos bostezos.

—La historia se anima básicamente porque mientras mi personaje principal está martirizándose dentro del baño para empleados entra el encargado de su turno sospechosamente apresurado y realiza una llamada. Mi personaje principal detiene los árboles de pensamiento relacionados con el sufrimiento por no poder fumar y pone la oreja en la puerta, sigiloso. El encargado le explica a la persona al otro lado del teléfono que no puede más, y empieza a llorar; le explica entre lágrimas que ahora sí que sí, después de lo que acaba de ocurrir los mandamases no le van a dar otra oportunidad y le van a chutar a la calle, y a mi personaje principal le vienen imágenes de la compañera de trabajo vuelta del revés y espachurrada en el suelo como un calcetín de verano y se siente mal por lo ocurrido, y el encargado sigue explicando entre lágrimas que ahora sí que sí todos lo van a descubrir, el secreto, y es explícito en usar lo que a mi personaje principal le parecerá una palabra espeluznante, una palabra que sólo sale en las novelas de Stephen King y en las pelis comerciales de espías, esto es, un secreto mayúsculo e inconfesable, esto es, que ÉL es el primer y último responsable de la exagerada acumulación de pérdidas de comida y que él es el único que lo sabe, por desgracia hasta el día de hoy; y mi personaje principal empieza a llorar también porque la culpa le reconcome por dentro, y el encargado sigue explicando que no puede más que lleva combatiendo contra la depresión y los pensamiento suicidas toda su vida y aunque el trabajo y la terapia cognitiva y ella (es decir, la persona con la que está hablando por teléfono) le han ayudado un montón no puede más y le dice que quiere acabar con todo porque está hasta los cojones de tanto sufrimiento y de tanto estrés y de tanta ansiedad y de tanto qué pensarán los demás de mí, y mi personaje principal con la oreja apoyada contra la puerta se siente terriblemente identificado con el encargado, y le entran unas ganas entrañables de salir del baño y de darle un abrazo y de decirle que las cosas se superan y que eso en lo que estará pensando con esa botella de aceite a 200 grados no es de ningún modo ninguna solución y que seguro que esa mujer con la que está hablando no será como las arpías que se encontró en su etapa Universitaria (es decir, que mi personaje se encontró en su etapa universitaria) y valdrá la pena seguir luchando para construir una vida junto a ella; y lo que creía mi personaje principal que era el contexto idóneo para una catarsis comunicativa sin precedentes, el momento en que por fin se comunica con alguien y le revela entre lágrimas que él también sufre de depresión y de ansiedad y de estrés pero le asegura que la vida merece la pena, se convierte en un momento verdaderamente kafkiano, promesa, te aseguro que esta escena es lo más complejo a nivel psicológico que he escrito en mi vida, con permiso del final, claro, que te va a quitar el sueño para lo que resta de semana y te va a dejar temblando; atenta, por favor; cuando sale mi personaje principal del baño conmovido por el dolor de este encargado con el honorable objetivo de comunicarse/conectar con él, el encargado lo recibe frente al espejo con un susto de muerte, como si se tratase de un fantasma, y se quita las lágrimas rápidamente y se yergue sobre sí mismo en esa especie de dignidad fingida  de los depresivos en el cénit de su desesperación más íntima, y aguarda en silencio, a la espera de que mi personaje principal revele sus intenciones, y mi personaje principal, que en absoluto se esperaba esa reacción por parte del encargado ciclotímico, se bloquea y se queda en blanco y se queda sin decir nada, y los segundos pasan como a cámara lenta, y los dos toman conciencia de que el halógeno del techo emite un zumbido eléctrico progresivo que llega a poner los pelos de punta y que culmina con un apagón, clink, zzzzzzzzz, clink, espero que pilles la idea, y uno de los grifos del lavamanos empieza a condensar  gotitas cada pocos segundos que impactan contra la porcelana de la pica, y el pomo del baño por un momento se mueve, y la puerta del baño para empleados se abre ligeramente pero al final el empleado que iba a entrar se lo piensa dos veces y la vuelve a cerrar, y a todo esto mi personaje principal y el encargado depresivo no se dejan de mirar ni un sólo segundo, y mi personaje principal es cada vez más consciente de los latidos de su corazón, de su propia mortalidad, del momento presente, del cuarto de baño en el que está,  de que el encargado suscrito desde los catorce años al Prozac no lo ha recibido en el estado de receptividad emocional necesario para el contexto de catarsis que él esperaba crear, y la situación se vuelve cada vez más incómoda, y mi personaje principal se da cuenta de que lleva cuarenta segundos sin pestañear, y pestañea, y se da cuenta de que es tan consciente de la situación que tiene que decidir respirar, e inhala aire por la nariz y lo exhala por la boca, y respira, y se da cuenta de que ser tan consciente de todo no puede ser más incómodo, y pestañea y respira de nuevo, e ignora conscientemente el zumbido eléctrico, y las gotitas del lavamanos, y el ruido amortiguado del exterior, pero por desgracia no puede; y la mirada del encargado, que sólo se puede describir como la mirada de un perro cuando su amo le muestra la comida que no le va a dar, permanece imperturbable, una máscara de terror contenido,  y mi personaje principal respira, pestañea y cuenta el decimotercer latido desde que ha empezado a contar, y de pronto se ve contando latidos, pestañeos, gotitas e intermitencias del halógeno del techo para no perder la cabeza, y el encargado suicida, que a estas alturas parece una escultura grotesca de carne y hueso, pestañea por primera vez desde que mi personaje principal ha salido del baño con el honorable propósito de decirle a su superior que no está solo en el mundo, y mi personaje principal, decide contar también los pestañeos del encargado suicida, y la situación se prolonga varios minutos de reloj que tienen la forma exacta de una eternidad torturada, y mi personaje principal al final no puede contar tantas cosas y a la vez ser consciente de todo su entorno y de sí mismo y también de la realidad del encargado deprimido, de alguna manera es tan consciente de todo que se imagina el cuarto de baño como si estuviera siendo observado por el ojo con pestaña de una subjetividad más grande que él mismo (gracias a las intermitencias del halógeno),  y tiene muchas ganas de ir a fumar y de dejar de pensar tanto en todo lo que está pensando, y le pregunta al fin al encargado con un hilillo de voz si puede ir a tomarse un respiro, y el encargado, que se piensa que mi personaje principal le está haciendo un sutil chantaje para que no divague ese rumor por ahí de que él es el responsable de que este mes absolutamente toda la plantilla cobre un 30% menos, se arrodilla ante él humillado y desprovisto de su dignidad como ser humano y le suplica llorando como un bebé que por favor no diga nada,  que le pide perdón por haberlo tratado mal, que ha proyectado todas sus emociones negativas sobre el nuevo de turno, que hará lo que él desee, (es decir, lo que mi personaje principal desee), y si su deseo, es decir el deseo de mi personaje principal, es salir a la terraza a tomarse un respiro, pues bueno, dice entre lágrimas, él ya no es nadie para impedírselo, una respuesta que a nivel psicológico no puede ser más simbólica, señorita Janira; entonces mi personaje principal se marcha del cuarto de baño y deja al encargado chantajeado con una botella de aceite letal a su merced, y el narrador dejará claro que de ese cuarto de baño no entrará ni saldrá nadie más hasta el día de mañana, un mensaje que te puede dar pistas de lo que probablemente le ocurra a ese pobre desgraciado.

—…

—…

—David.

—¿Qué te he parecido,eh? 

—David.

—En el relato está mucho más detallado, hay páginas y páginas de hiperconciencia de mi personaje principal. Aquí te lo he resumido.  

—David.

—…

—…

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo llevas sin salir de casa?

—Aquí llega el momento crítico del relato, señorita Janira. Necesito que prestes toda tu atención. La voz interior de mi personaje, ayudándose de ciertas teorías relacionadas con el determinismo del yo lo empujará a una reflexión profunda sobre su propia identidad, sobre quién es él de verdad. Esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez.  

—Em, ¿Dónde estamos?

—Señorita Janira, creo que he dejado bastante claro que mi personaje principal fumó cantidades industriales de marihuana en su época Universitaria. Es un personaje principal completamente distraído; no se entera de nada y su mente no hace más que divagar. Yo creo que no estás prestando atención. 

—…

—…

—¿Tú eres tonto?

—Presta atención por favor porque en este punto del relato es cuando se revela el conflicto interno de mi personaje principal Janira. No me hagas mostrarte con un letrero de Neón qué es lo que ocurre al nivel del subtexto en las escenas que vienen a continuación, porque entonces esto pierde toda la gracia. Aquí no vamos a descubrir quién es el asesino al final, Janira. Aquí hay un conflicto interno latente que lleva haciendo su trabajo todo el tiempo y que, si has prestado atención, te hará empatizar con mi personaje principal. 

—El conflicto interno.

—En todas las historias el lector conoce a un personaje principal cuyo conflicto externo lo mueve hacia una meta deseable. Y el conflicto externo ya sabes cuál es; el narrador no ha dejado de restregártelo por toda la cara durante los dos primeros actos. La cosa está en que en esta escena que viene a continuación se revela el conflicto interno de mi personaje y empatizas con él. Si has prestado atención.

—Va, coño.

—Aquí no hay asesino, Janira. Esto no va de saber quién es el maldito asesino al final.

—…

—Te van a dar por culo al final.

—…

—…

—Vale. Atenta, por favor.  Lo que ocurre a continuación es que mi personaje principal divagando sobre estas teorías sobre el yo y sobre qué es lo que determina que uno sea lo que es, se encuentra con lo que necesita de verdad. Pasa por una tienda del imperio de Inditex y se encuentra en el escaparate a una mujer preciosa cambiándole la ropa a un maniquí femenino, y por un momento cruzan la mirada, mi personaje principal y la señorita preciosa, y allí el tiempo se congela, pum, la neurosis, el sufrimiento, las ganas de fumar, y las dudas sobre la identidad de uno mismo, ese tipo de dudas que sólo pueden conducir inevitablemente a una ansiedad física, se pierden por un sumidero cerebral, y mi personaje principal empieza flotar sobre las posibilidades de la existencia humana, y así nos lo indica el narrador, que ahora usando una prosa más florida e inspirada deliberada y un poco sarcásticamente en Auster nos anuncia que mi personaje principal se está imaginando que camina  junto a esta empleada de Inditex que no conoce de nada y que además tiene novio por un campo de girasoles mientras las mariposas revolotean alrededor, ya sabes, señorita Janira, ese tipo de imágenes; pero de repente, esta mujer preciosa, que está hasta los cojones de ser vista por la mayoría de ejemplares del sexo masculino como un mero objeto de deseo desprovisto de vida interior y de sentimientos, y que está influenciada por un grupo radical de feministas de esas de pelos en los sobacos con las que toma cervezas cada domingo en un centro cultural ocupado, y que además trabaja en un lugar que detesta sólo para poder pagarse una carrera universitaria que tampoco le gusta demasiado, se empodera de su feminidad y se apropia de su derecho a ser contemplada y golpea el cristal del escaparate y le grita a mi personaje principal algo tan feo que no será necesario escribirlo aquí; y entonces, por desgracia,  la utopía afectiva de mi personaje principal con esta empleada de Inditex se va al garete, por así decirlo, el embrujo se rompe y mi personaje principal es sutraído literalmente del campo de girasoles, como si fuera tragado por la tierra,  y aterriza de nuevo en el centro comercial, vestido con su uniforme circense y martirizado por su adicción cannábica, huyendo de una mujer que le ha pillado in fraganti masturbándose mentalmente con ella y que le ha dicho cosas de verdad muy feas, cosas que pueden hacer daño cualquiera, y mi personaje principal vuelve a los patrones de pensamiento narcisistas y depresivos que cultivó en su etapa universitaria, y se imagina fatalmente en una habitación muy desordenada que resulta ser la suya comiendo cantidades prohibitivas de comida rápida y consumiendo cantidades demenciales de televisión y se imagina cada vez más solo y más deprimido y con la idea de eso que te he prometido que no iba a salir cada vez más presente en su cabeza, pero ahora con una ligera diferencia: en estas imágenes arquítipicas del narcisista deprimido ahora resuenan estas mismas palabras proferidas por esta mujer feminista de la tercera ola como a través de un megáfono, y las palabras cada vez suenan más solemnes, como menos dañinas, como si fueran proferidas por una madre, por una madre que te quiere por lo que eres, y no por lo que haces ni por lo que piensas, que te quiere de forma incondicional y para siempre;  y mi personaje principal, entonces, se imagina teniendo una cegadora revelación epifánica en medio de la habitación durante el visionado compulsivo de una de esas series de Netflix donde todos los problemas de los personajes principales parecen tangenciales y/o circunstanciales a su periplo heroico y de superación en la cual se imagina cerrando el portátil y mirándose al espejo por primera vez en semanas y tirando los ochenta euros de marihuana que compra mensualmente a la basura, menos un cogollo de emergencia, por si las cosas se tuercen, claro está; y mi personaje principal se imagina acudiendo a una psicóloga (obvio) al mismo día siguiente a la que le explicará no sin dificultades pero con una fuerza de voluntad admirable todos sus problemas de comunicación, de adicción y de problemas amorosos con ejemplares del sexo femenino, y se imagina retomando la carrera Universitaria que abandonó completamente desmotivado por la vida, y se imagina prestando sus elaborados apuntes a compañeras atractivas pero algo despistadas en lo que se refiere a prestar atención en clase sin pensar ni de rebote en ningún tipo de compensación sexual y/o afectiva por ellos, y se imagina feliz y viviendo en el momento presente, y se imagina incluso llamando a Carla y preguntándole de verdad de corazón cómo le va con aquel hombre alto, exitoso, fortachón, una bestia parda en la cama, inteligente, sensible, fiel, altruista etcétera, por el cual le dejó sin motivo ni explicación aparente, de un día para otro, y se imagina reconciliándose consigo mismo llamando a todas las mujeres con las que interactúa ¡guapa!  Sin ningún tipo de miedo de lo que puedan pensar/decir de él, en estos tiempos de paranoia feminista,  y se imagina cada mañana despertándose bien temprano con una sonrisa incrustada en el rostro para ir a correr diez kilómetros al campo y fundirse con la naturaleza y darse cuenta de lo insignificante y transitoria que es su existencia en este planeta, y de lo estúpido que es vivir el poco tiempo del que uno dispone sufriendo; y se imagina, al final del día, inmerso en una sesión de meditación donde presta mucha atención a su muerte, como Shakespeare recomendaba; y después de todos estos avances psicológicos gracias a la terapia cognitiva, mi personaje principal, transformado en cuerpo y espíritu, con la composición anatómica exacta de un croissant recién horneado,  se imagina abandonando los dulces y las comilonas y la masturbación compulsiva, y, repleto de optimismo, se imagina acudiendo a la psicóloga en un día auténticamente seminal abriéndose en canal sobre el diván, psicológicamente hablando, se imagina encontrando por fin las palabras que describen el problema mayúsculo que lo ha martirizado toda su vida; esto es, que siempre tiene la sensación flotante y como omnipresente de que es imposible saber qué quieren los demás de él, donde Janira te invito a sustituir los demás por ejemplares del sexo femenino, mientras que los demás, sin embargo, siempre parecen saber lo que mi personaje principal quiere de ellos; y mi personaje principal se imagina después de esta sesión seminal tomándose un día de descanso en su apretujada rutina de higiene espiritual, como si fuera una especie de recompensa (ese día fue cuando de facto llamó a Carla),  y se imagina a las doce de la noche, el narrador no deja muy claras las razones, la verdad sea dicha, rebuscando por los cajones de su escritorio como un poseso, en busca inconsciente de algo tan obvio que no lo voy a mencionar; y entonces, mi personaje principal se ve de pronto valorando el cogollo de emergencia como un diamante a la luz de la lámpara, y la voz interior narcisista y depresiva de mi personaje principal le dice que va a ser un porro de celebración, que este va a ser el último, y mi personaje principal, que ha mostrado una voluntad de hierro durante estos tres meses proyectados, se ve seducido por la propia tentación que él mismo ha creado, y se imagina con el porro en la boca, algo meditabundo pero buscando con unas manos ciegas el mechero, a un segundo de regresar a los infiernos, y no se sabe muy bien lo que ocurre aquí, Janira, te prometo que esto es también harto complejo a nivel psicológico, con el permiso por supuesto del final, que te prometo que te va a hacer pensar en la posibilidad de que sea el nuevo David Lynch, o algo así; te prometo que cuando se me ocurrió el desenlace de esta escena levité varios centímetros sobre el suelo, por favor presta atención: mi personaje principal, con el porro entre los labios, frunce el ceño y mira a una cámara abstracta y rompe la cuarta pared de la historia que ha construido sobre él de forma automática y sonríe y le empiezan a brillar los ojos y suena en su interior un tema de Hans Zimmer de esos que utiliza Nolan para el final de sus películas, aunque el narrador, en este punto, para no romper con el realismo imperante del relato, dejará claro que en realidad la música proviene del piso de unos vecinos cuyo gusto cinematográfico no está muy refinado, y no propiamente de su interior (es decir, del interior de mi personaje principal),  y cuando la narración ha conseguido que nuestra identificación con mi personaje principal sea absoluta y completa, cuando nosotros somos el personaje principal y deseamos que tire el porro, porque nos sentimos identificados con él y sabemos que esas celebraciones siempre son una trampa para regresar a los infiernos, pum, la narración onírica se va al garete, se produce el análogo literario al fundido a negro: se rompe el embrujo y volvemos de repente al centro comercial y a la cabeza narcisista y neurótica y repleta de traumas de mi personaje principal en el momento presente; el muy lerdo ha llegado a la terraza del centro comercial, se ha palpado el bolsillo del pantalón, y adivina de lo que se da cuenta, se ha olvidado el maldito porro en la taquilla de lugar de trabajo, un giro argumentativo quizá un poco forzado pero supongo que coherente a nivel de personaje y más que necesario para el tramo final del relato, y ahí si ve mi personaje principal, en una terraza sorprendemente abarrotada de mujeres despampanantes;  al parecer en la terraza del centro comercial donde trabaja mi personaje principal realizan conferencias de múltiples ámbitos y hoy, mira tú qué sorpresa, una catedrática de literatura feminista ha organizado un seminario llamado Releyendo a Angela Davis; y mi personaje se siente observado por este ejército de mujeres Libres e Independientes no sólo porque sea hombre, y sea blanco,  sino porque encima va vestido con el uniforme de una empresa que encarna los peores valores del capitalismo, y mi personaje principal no sabe dónde coño meterse, porque a todo esto ve de fondo como el furgón de la ambulancia  conduce a su compañera de trabajo al hospital más cercano para lo que han dicho que será con toda probabilidad una amputación de una extremidad desconectada del sistema nervioso central para siempre, y la búsqueda de los motivos por los cuáles ha regresado a su adicción cannábica se vuelve más física que nunca, digamos que no consigue pensar ninguna frase que tenga un mínimo de sentido, y mi personaje principal  se empieza a morder las uñas, y a rascarse la nuca, y a desear que le trague la tierra, y sus pensamientos se vuelven tan demenciales que esta búsqueda adopta la forma exacta de una tormenta apocalíptica, y así nos lo anuncia el narrador, las nubes se ciernen sobre el centro comercial como a cámara rápida y empieza a caer una lluvia torrencial sobre la terraza, y todas las mujeres apagan sus cigarrillos y corren apuradas como de puntillas hacia el interior del centro comercial cubriéndose sus elaborados peinados con unas bolsas de cartón reciclables de Primark, hasta que se queda la terraza desierta, excepto por mi personaje principal, que se siente de algún modo identificado emocionalmente con ella (es decir, con la tormenta apocalíptica) y se queda plantado en el centro de la misma, y entonces, en otro giro de guión Lynchiano, mi personaje principal se palpa de nuevo el bolsillo del pantalón y frunce el ceño, extrañado, y acto seguido dirige una sonrisa que sólo puedo catalogar de espeluznante hacia todas esas hijas de puta que se estarán riendo de su desesperante situación mental y emocional, en contraposición al palacio de serenidad desde el cual ellas contemplarán sus vidas, y entonces,  el narrador, en un cambio de perspectiva sorprendente abandona a mi personaje principal en el centro de la terraza inundada y traslada la acción de la escena al interior del centro comercial, donde estas mujeres, al parecer, se están preguntando las unas a las otras por qué ese chaval no entra con ellas, y golpean el cristal de las puertas para pedirle por dios que se deje de tonterías, que está cayendo la de Dios, que se va a constipar, que el trabajo precario ese no será para tanto ni tampoco para siempre, que si realiza un poco de ejercicio físico se convertirá en un tipo atractivo y solventará los evidentes vaivenes de autoestima que padece y conseguirá soportar esos impulsos drogodependientes que se están llevando su vida por delante; y ninguna de ellas en el interior del centro comercial entiende la situación, y se extiende un inexplicable sentimiento de tristeza generalizado y femenino imposible de reprimir o describir con palabras, y todas rompen a llorar al unísono mientras miran a través del cristal y ven cómo un pobre hombre en la distancia y empapado se lleva algo tan obvio a la boca que no hay que ser ingeniero aeronáutico para saber de qué se trata, y así acaba el relato señorita Janira, el narrador describe con una prosa más rollo Updike el rostro destrozado de una mujer anónima mirando a través del cristal y se acaba para siempre esta historia,  un final tan complejo a nivel psicológico que, evidentemente, después de haberlo escrito, señorita Janira, me vi en la obligación de fumarme un buen porro para celebrar mis progresos en mi carrera literaria. 

—…

—Algo así.

—…

—…

—David.

—¿Qué te ha parecido, eh? 

—David.

—¿Tú crees que me he pasado de simbólico o qué?

—David.

—Sé que algunas partes del relato son tediosas señorita Janira. Mañana cuando te despiertes te pasaré el borrador de verdad y podrás leerlas con más atención. Recuerda lo que el Mesías dijo sobre prestar atención a cosas que resultan esencialmente aburridas. Yo por el momento me conformo con que me digas si la semilla del supuesto conflicto interno del personaje principal plantada en el primer acto del relato ha dado sus frutos en el segundo y el tercero y te ha hecho empatizar con él. 

—¿Me quieres escuchar?

—…

—…

—¿Qué?

—No fumes.

—Tío. Tú definitivamente eres la asesina de esta historia.

—Te lo digo en serio, no fumes.

—Imposible. La escritura es una disciplina demasiado estresante como para que me pueda permitir el lujo de no fumar.

—Eso suena a excusa. 

—Eso suena a realidad. Todos los buenos escritores fuman. No fumar y escribir conduce inevitablemente a la autoayuda, o lo que es peor, a la fantasía. Shakespeare fumaba, por ejemplo. Encontraron residuos de cannabis en su pipa. 

—Déjate de tonterías. Lo digo por ti. Si fumas, sólo estarás abierto a una sección de la población femenina.

—Ya empezamos.

—Porque hay muchas mujeres que, como yo, no saldríamos con alguien que fuma.

—Pero si con alguien que lleva jerséis de cuello alto.

—David, sólo era una broma. Te lo digo en serio. No fumes.

—…

—…

—Pero es que eso lo dices porque eres una estrecha de miras. Lo de que no saldrías con alguien que fuma.

—Y una mierda. Lo digo con conocimiento de causa. Te recuerdo que he salido y he vivido con un adicto a la marihuana, el cual será mejor no nombrar ni de pasada,  y me daba la sensación de que estaba viviendo con Doris, la de Buscando a Nemo. Al principio fue divertido, porque claro, yo también fumaba, pero luego, con el paso del tiempo, me di cuenta de que de divertido no tenía nada. Porque necesitaba fumar para todo. Hasta yo me di cuenta. Si follábamos y lo hacíamos sin el porrito de turno, no apetecía en absoluto; la marihuana no era necesaria para él, llegó un momento en que era necesaria para mantener a flote la relación.  Era una mierda. Aparte del problema de la memoria, el muy subnormal no se acordaba de nada. Me llamaba en medio de la jornada laboral y me preguntaba si había apagado el fuego de la cocina, si había cerrado la puerta, si había puesto comida al perro, si había apagado la plancha. Era oficinista y tenía que ir cada mañana impecable al puesto de trabajo, y cada mañana se tenía que planchar el traje, y me despertaba cada mañana con una llamada suya en la cual me pedía por favor que comprobara que no hubiera dejado la plancha encendida sobre el sofá. Me pedía fotografías de cómo había dejado todo, para ver si conseguía acordarse de algo. Un día me encontré a un compañero suyo  y me dijo que su oficina estaba plagada de fotografías del lugar en el que había aparcado la moto, y lo peor es que el lugar siempre era el mismo. Eso sí que era estresante, David. Cada día se subía a una moto, entiendes, al final fui yo la que dejé de dormir porque estaba preocupada por él. Vivía acojonada. Un día no me llamaba él, me llamaba el hospital. Y en teoría nuestra relación era madura y adulta y decidí explicárselo, pero el muy subnormal me dijo que cualquier problema relacionado con los nervios y las preocupaciones se podía solucionar con ya sabes qué. Una mierda, en serio. El resumen de todo esto es que no fumes o un gran porcentaje de mujeres te va a rechazar de antemano.  

—Quizás el que las rechaza de antemano soy yo. Por ser unas estrechas de miras.

—Tú no estás para rechazar a nadie, alma de cántaro.

—Yo sólo te digo que es probable que una persona que fuma no quisiera salir con una persona que no está dispuesta a priori a salir con una persona que fuma.

—A ver si eres capaz de decirme esa frase en persona.

—Creo que tiene sentido. Yo sería una de esas personas, sin duda. Las rechazaría antes de que ellas me rechazaran a mí.

—A ver, melón. Eso no tiene mucho sentido porque ellas con su primera decisión ya matan todo tu hipotético proceso decisivo posterior.

—…

—No se llega a producir, David. Nace muerto.

—…

—A ver. Tú no quieres nada conmigo porque fumo, pero yo no quiero nada contigo porque tú no quieres saber nada con gente que fuma. Aquí soy yo el que técnicamente mata cualquier proceso decisivo que se precie aquí. Eres tú la que no decide nada. Yo no te dejo. 

—Pero a ver: ¿Cómo demonios vas a saber tú que no quieres nada con mujeres que no quieren nada con hombres que fuman si yo no te digo antes que yo no quiero nada con hombres que fuman?

—…

—…

—Por dios, ¿Pero tú no tenías sueño?

—Estás haciendo trampas, campeón. Que no quieres nada con mujeres que rechazan de antemano cualquier relación afectiva con un hombre fumador de cannabis me lo dices después de que yo te diga que no quiero tener ninguna relación afectiva con un hombre fumador de cannabis.  Te lo digo antes de que te enciendas el porro, para dejar las cosas claras. Porque lo tengo tan claro que si no lo digo en la primera cita, exploto. 

—Por dios.

—jajajajajajajjajajajaja

—…

—…

—Bueno. De todas formas, señorita Janira, de lo que estábamos hablando aquí era sobre este último relato en el que me encuentro enfrascado. No has contestado a mi pregunta original.

—De hecho es cuando te lo digo que se te empieza a poner la cara roja como un tomate, como ese día de mi cumpleaños en que te quise presentar a la moldava, o cuando te quise presentar a mi compañera de clase, o cuando te quise presentar a mi compañera de patinaje, o cuando te quise presentar a mi prima, o cuando te quise presentar a mis dos compañeras de piso ultraliberales en lo que se refiere a la materia sexual, y no hiciste nada. Es ahí cuando me sueltas toda esa mierda de que en realidad el que decides no tener nada conmigo eres tú. 

—¿Tú crees, señorita Janira, que he plantado bien la semilla del auténtico conflicto interno de mi personaje principal?

—Pero en realidad sólo te estás engañando.

—¿Tú crees que un lector potencial podría empatizar con él?

—Sólo te estás engañando.

—¿Y tú, señorita Janira, a nivel personal, has empatizado con él? ¿Crees que el mensaje general del relato se puede llegar a entender?

—En realidad tú no decides nada.

—¿Me puedes contestar, señorita Janira?

—…

—…

—Absolutamente nada. 

—…

—…

—¿Janira?

—…

—¿Hola?

—…

—Janira

—…

—Ey, Janira. No tiene gracia. 

—…

—Janiraaaaaaaaaaaaaaaaaa

—…

—No has contestado.

—…

—Janira, por dios.

—…

—Janiraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. 

–HOLA

Janira

Janira, por el amor de dios.

Joder Janira


Ey, qué pasa
Me cago en tu puta madre. Eso es lo que pasa.
Joder, qué
Buenos días. Qué se supone que tengo que hacer cuando un ejemplar del sexo femenino increíblemente atractivo me está mirando.

Me está mirando de forma sostenida y deliberada.
Sonreír
y me está sonriendo mientras yo te prometo que yo no le estoy sonriendo a ella

Ey, Janira

Janira

Janira joder. Es importante
Qué joder, qué.
Y si aparte de todo lo que te he dicho, eso de que me está mirando y me está sonriendo de forma prolongada y deliberada, se le suma el hecho de que se está
Sonríes, David. Sonríes tú también.
pasando un mechón de pelo por detrás de la oreja de esa forma tan jodidamente sexy en que son capaces de hacerlo algunos ejemplares del sexo femenino
jajajajajjajaja
y se está levantando del asiento del tren cuando acabamos de dejar atrás una parada y no hay otra hasta dentro de diez minutos

Y se está moviendo en un vector dirección que no que hay que ser Albert Einstein para deducir que
jajajaja
la va acabar llevando a
–Hola.

¿Janira?

Janira, joder.

Y qué demonios se supone que tengo que hacer si a lo de la mirada y la sonrisa y el pelo detrás de la oreja y el vector dirección a mi asiento se le añade también una palabra pronunciada desde el asiento de enfrente que si no es al taiwanés que está durmiendo a mi lado estoy por jurar que está apelando
–¿Hola?
Me vuelvo a la cama. Me habías asustado.
Janira

Janira,joder

Qué se supone que tengo que hacer, eh. Qué se supone