—David.
—…
—Ey, David.
—…
—Joder, David. Nunca estás cuando eres necesario.
—…
—¿David?
—…
—…
—Ey. Qué quieres.
—¿Ey? ¿Qué quiero? ¿Cómo que qué quiero?
—…
—Que te follen. Eso es lo que quiero.
—Estoy escribiendo, señorita Janira. Ahora mismo me encuentro enfrascado en la escritura de un relato rematadamente obtuso, denso, pero no por ello menos divertido y emocional, y te prometo que ahora mismo no quieres hablar conmigo. Qué quieres.
—Nada. Que te follen. A ti y a tu puto relato.
—Me encuentro ahora mismo en un estado de ansiedad verbal que no desearía compartir con nadie. Todo esto lo estoy haciendo por ti. Qué quieres.
—Que no quiero nada.
—Perfecto.
—…
—…
—Cuando lo acabes y se lo tengas que leer a tu madre ya me contarás.
—Qué quieres, por el amor de Dios.
—Que te he dicho que no quiero nada. Podemos hablar cuando lo acabes. Tú tranquilo.
—Ese escenario ahora mismo se me plantea como mínimo ideal. Este último relato la verdad es que presenta una serie de inconsistencias relacionadas con el simbolismo del final que no tengo la menor idea de cómo resolver. Más que acabándolo me imagino cansándome de él y rompiéndolo en mil pedazos. Este último relato es inusualmente largo, y tengo mucha faena por delante, decida hacer una cosa o decida hacer la otra… así que qué demonios quieres.
—Nada. Es que aquí como mejor amiga al frente se me había ocurrido un plan para que por fin pudieras ligar.
—…
—jajajajjajajajajaj
—Espera. ¿Has dicho ligar?
—He utilizado ese verbo, sí. Aquí presente la que lo ha utilizado. Aunque no lo puedas ver estoy levantando el brazo, bien orgullosa.
—¿Estás hablando de ligar con ejemplares del sexo femenino? ¿De quedar con ellos, y de ir a tomar algo, y de emborracharlos, y de luego hacerles guarrerías y de dejar que ellos, es decir, los ejemplares del sexo femenino, me las hagan a mí? ¿Estás hablando de todo eso?
—Supongo.
—…
—…
—Soy todo oídos.
—Jjajajjajajajajaja.
—….
—Tienes que llevar jerséis de cuello alto. La verdad es que nunca te he dicho nada, pero vistes un poco como un adolescente que se compra la ropa con el dinero que le da su madre el fin de semana. Los jerséis de cuello alto os hacen tremendamente interesantes y misteriosos; eso nos atrae. Particularmente estoy harta de esos hombres que son capaces de recitarme de memoria las cinco formas del imperativo Kantiano en alemán, pero luego visten con camisetas Nike y bambas converse y llevan el mismo flequillo engominado que el resto de adictos a la calistenia o derivados. Y no creo que sólo hable por mí.
—(…)
—Que sepas que te estoy revelando algo que forma parte del inconsciente femenino.
—(…)
—Estaba aquí en la cama, aburrida, viendo una entrevista de La Resistencia a Gerard Piqué, y lo he visto claro: esto es lo que le falta a David, un jersey de cuello alto.
— (¿Cómo? ¿Este era el maldito consejo?)
—En general era eso, jajajajjajaja.
—(¿No estarás insinuando que todo el atractivo del que es uno de los jugadores de fútbol más jodidamente bellos y mediáticos y multimillonarios del panorama mundial recae de forma exclusiva sobre la prenda de ropa que decidió ponerse para una entrevista de mierda, no?)
—Me ha hecho gracia. Por un momento te he imaginado con ese jersey haciendo una entrevista en La Resistencia, diciendo esas cosas que te gusta decir a ti. No podía dormir, y me he dicho pues ya tengo algo que hacer. Seguro que David está despierto.
—(Y a todo esto: ¿A qué tipo de ejemplar del sexo femenino llamaría la atención con esos jerséis de cuello alto? ¿A un tipo de ejemplar del sexo femenino tan superficial y despreciable que es capaz de determinar lo interesante que le parezco y la atención que me presta en función de la ropa que llevo?)
—Tampoco te estoy pidiendo que la veas, eh.
—(Y además: ¿Qué tipo de psique podrida y como con moho tendría que tener yo para que se me pasara por la cabeza, no, es peor, para que deseara que los ejemplares del sexo femenino me vieran más atractivo y como más interesante y misterioso en función de la ropa que llevo, eh? ¿En qué tipo de tarado mental me tendría que convertir yo para que pudiera pensar que eso es deseable, eh? ¿Y en qué tipo de atención estaríamos hablando aquí, eh? ¿En qué tipo de atención, eh?)
—…
—(…)
—Sigues ahí. No te ha gustado la idea ¿no?
—Ya te he dicho que ahora no quieres hablar conmigo.
—En realidad sólo era una forma muy original de abrirte. No puedo dormir.
—…
—Va, háblame sobre tu relato, anda.
—La cosa está en que uno de los problemas que tengo con este último relato es que no sé si me he pasado de simbólico y el lector se va a pensar que me estoy riendo de él.
—A ver.
—La cosa está en que mi personaje principal no sabe o no consigue explicarse los motivos por los cuales ha vuelto fumar. Básicamente estamos hablando de un personaje principal cuya relación consigo mismo es cerebral; de ahí su dolorosa neurosis respecto al tema en cuestión. Digamos que se encuentra en esa edad indeterminada comprendida entre los veinte y treinta años en que volver a fumar constituye una especie de derrota simbólica, y pensar mucho en ello la verdad es que adquiere rápidamente la forma exacta de un dolor de cabeza. En resumidas cuentas, podríamos decir que volver a fumar le trae recuerdos no demasiado esperanzadores/optimistas de su época universitaria.
—Recuerdos de su época Universitaria, ajá.
—Sí. Para mi personaje principal su etapa universitaria estuvo plagada de drogas recreativas y de malas influencias, y en la cafetería de la Universidad, donde se pasaba la mayor parte del tiempo, se respiraba un nihilismo ambiental autodestructivo que lo empujaron a desarrollar relaciones no muy sanas con ejemplares del sexo femenino y con algunas sustancias como la marihuana y la cerveza, unos condicionantes que no es que sean los ingredientes perfectos para conseguir la capacidad de atención y el compromiso que un buen estudiante universitario necesita y que han tenido la consecuencia no poco irónica de llevarle al lugar donde está: un trabajo que no le gusta y en el cual necesita fumar para que no le explote la cabeza.
—Ya empezamos.
—Te prometo que en este no hay centros psiquiátricos ni suicidios ni nada por el estilo.
—Seguro.
—Tú déjame a mí.
—Va.
—La cosa está en que en el transcurso inicial del relato la voz interior de mi personaje, que ya te puedo adelantar que no es una voz interior de uno de esos personajes ñoños de Murakami, le sugiere a mi personaje principal y por extensión al lector que quizás ha vuelto a su dependencia cannábica porque su vida carece de sentido y de propósitos/metas y trabaja en un lugar en el que no le valoran como ser humano ni como nada que se le acerque; y lo gracioso, es que todo esto lo está pensando en plena jornada laboral, mientras sirve patatas fritas a cuatro euros la hora, siente unas ganas atroces de matar a todo el mundo, y a su vez, evidentemente, desea en secreto que termine su jornada laboral para salir a fumar y dejar de pensar en todo este gran problema de no saber por qué demonios ha vuelto a fumar..
—Te he visto plantear situaciones mejores, la verdad.
—El caso es que las terribles ganas que tiene este pobre personaje principal desprovisto de rumbo existencial de salir a fumar se manifiestan en la narración a través de varios fallos de concentración que por desgracia tienen importantes consecuencias para la salud fisiológica de algunos de sus compañeros, los cuales el narrador omnisciente no relatará con mucho detalle pero dejará claro que el más grave de todos tiene que ver con extremidades rotas y una parcela de suelo fregada indispensable para entrar/salir de la zona de trabajo desprovista de las advertencias correspondientes
—Estoy leyendo, eh.
—Sólo voy a decir que la tienda echó la persiana después del accidente. Las personas que presenciaron en directo el accidente no supieron si llamar a la ambulancia o a la policía forense. Todos se preocuparon y se lanzaron de inmediato para conocer el estado de salud de esa pobre empleada mal pagada que se había resbalado en el suelo después de recoger todas esas bandejas de la terraza que el propio negocio de comida rápida invitaba a los clientes a recoger. Menos uno, mi personaje principal, que sabiendo que él había fregado esa parcela (por motivos que ahora no vienen a cuento) decidió esconderse en el cuarto de baño para empleados, donde por supuesto pensó que la única solución sería fumarse un porro para por fin conseguir dejar de pensar en todo el asunto.
—Ahora quiero saberlo.
—¿El qué?
—Los motivos por los cuales estaba fregando el suelo.
—Créeme que no quieres saberlos.
—Quiero.
—No.
—He dicho que quiero.
—Tú misma.
—…
—Uno de los principales motivos por los cuales estaba limpiando el suelo en hora punta es que mi personaje principal no pudo soportar el estrés de servir muchas hamburguesas y patatas fritas a unos clientes que no es que fueran discípulos de Dalai Lama. Se mostraron soeces, arrogantes y estúpidos. Hablaban mucho y se quejaban cuando mi personaje principal en voz de la empresa les informaba de su polémica política respecto a las salsas y el autoservicio del restaurante. Al parecer los clientes no entendían por qué la empresa había decidido cobrar las salsas aparte en vez de introducirlas de algún modo en el precio total de un menú. Hacían este tipo de preguntas. Durante el pedido de los mismos reían muchos entre ellos y hacían muchos chistes, cuando en la cola se habían mostrado apagados, cada uno a lo suyo mirando algo que parecía muy importante en el móvil. Preguntaron por descuentos anunciados en las paradas de los autobuses por los que mi personaje estaba obligado a mentir y a decir que ya estaban caducados. Se mostraron impacientes a la hora de esperar sus pedidos, y se tomaron como una falta de respeto que mi personaje principal atendiera a más clientes mientras cocina preparaba los suyos. Algunos clientes eran exquisitos con los suplementos, algo que aumentaba la ansiedad de mi personaje principal y su necesidad cannábica porque añadía una complejidad brutal a la hora de colocar los pedidos sobre las bandejas, porque a veces cocina se olvidaba de marcarlos; y lo peor de todo es que corría el rumor de que se olvidaban adrede, de que cuando en el monitor de cocina aparecían cinco hamburguesas iguales pero configuradas con diferentes suplementos se escuchaban las risas hasta en la terraza…
—La verdad es que tus personajes principales están hechos unos sufridores.
—Además mi personaje principal tenía el miedo enfermizo de que algún cliente le pidiera cambiar la forma de pago después de haber guardado el pedido en la caja registradora y haber asignado una forma de pago concreta. El narrador omnisciente se tira un buen rato explicando en este punto del relato que una vez mi personaje seleccionaba una forma de pago para un pedido en cuestión y lo guardaba de forma automática quedaba registrado y ya no se podía cambiar ni borrar; el pedido pasaba en forma de número a la base de datos de la cola interactiva y en forma de órdenes desglosadas a cocina y ya no podía hacer nada; el pedido estaba fuera del alcance de acción de mi personaje principal. Esto, como podrás comprender, Janira, suponía un marrón de los grandes para mi personaje principal, así como una fuente incesante de inseguridades y de miedos. Mi personaje principal siempre preguntaba varias veces a los clientes si estaban seguros de verdad de que querían pagar con tarjeta; y si tenían malas pintas era capaz de decirles que el datáfono no funcionaba. Digamos que tuvo una muy mala experiencia con un cliente que decía que su reloj inteligente disponía de una tecnología que le permitía pagar el pedido sin necesidad de una tarjeta física de débito/crédito. Según este cliente bastaba con acercar el reloj inteligente al datáfono y el pago quedaría realizado como por arte de magia, pero el hombre estuvo un buen rato colocando la muñeca sobre diferentes partes del datáfono y nada, y mi personaje principal, que aquel día la verdad se había fumado un buen canelo para empezar la jornada laboral relajado y sin ganas de matar a nadie, empezó a encontrar la situación harto graciosa, el hombre derrotado por la máquina, la tecnología haciendo nuestra vida más complicada de lo que ya es, etcétera, etcétera, y el muy retrasado mental empezó a partirse la caja él solo, y el cliente este se encabritó y le empezaron a caer goterones de sudor por la frente, de la humillación y la incomodidad de no poder pagar, y mi personaje en uno de esos trances cannábicos se imaginó que le pedía a modo de fianza el reloj inteligente hasta que volviera con el dinero en efectivo de su casa, y le pareció una idea tan absurda que empezó a reírse tanto que el cliente se pensó que se estaba mofando de él, de su propia estupidez por haber confiado en un aparato electrónico para llevarse comida al estómago, y se volvió como loco y levantó la mano a mi personaje principal, que no pudo parar de reírse durante todo el tiempo y la situación le parecía cada vez más absurda y kafkiana; y al final la cosa llegó a unos niveles de agresividad y violencia verbal que mi personaje principal tuvo que refugiarse en el interior de la cocina y el encargado tuvo que llamar a los agentes de seguridad del centro comercial para que la sangre no llegara nunca al río, por así decirlo.
—Me estoy partiendo.
—Esa era la idea.
—Era ironía. Ni me he inmutado. Espero que el relato esté mejor escrito.
—…
—…
—Mejor sigo.
—Va.
—Quiero que tengas en cuenta que el miedo enfermizo de mi personaje principal a los cambios de la forma de pago tienen diversas fuentes, señorita Janira. Tal y como explica el narrador omnisciente la única forma posible de cambiar la forma de pago una vez el pedido ha quedado registrado es pidiendo al encargado que se acerque a la máquina registradora, introduzca su usuario maestro y desbloquee un menú secreto cuya única funcionalidad parece ser borrar pedidos registrados. Esto de cara a tu reputación como empleado, como podrás comprender, no es buena idea, señorita Janira; aunque bueno, debido a algunas circunstancias, a veces es la única solución. El problema es que debido a las importantes pero no muy definidas tareas del encargado durante la jornada laboral cuando este ha introducido su usuario en la caja registradora en cocina ya han preparado, no sé, tres hamburguesas de las cinco del pedido, y cuando los de cocina ven que de pronto el pedido ha sido borrado, no dudan y las tiran a la basura, los de cocina son así, unos tipos raros y con los que prefieres no enemistarte bajo ningún concepto; y esas hamburguesas que han sido tiradas a la basura después en el recuento de stock se suman como pérdidas, y si las pérdidas llegan a unos determinados números porcentuales, en el contrato laboral de mi personaje principal hay una pequeña cláusula que permite a los empresarios responsables del restaurante franquiciado de comida rápida pagar a toda la plantilla un 30% menos de lo que estipulan sus contratos laborales. Y aunque los parámetros para medir la responsabilidad individual de estas pérdidas son difusos, los encargados pasan semanalmente unos ránkings donde se ve qué turno está haciendo más esfuerzos por cobrar un 30% menos al mes, y aunque los encargados se empeñan en compartir que esto es un trabajo de equipo y aquí o ganamos o perdemos todos, nadie consigue ver ningún tipo de patrón relacionado con la afluencia de clientes, o con los horas de sueño acumuladas, o yo qué sé, algo que les exhiba de su responsabilidad moral como individuos adultos y responsables de sus propias decisiones. Lo único que reflejan esos ránkings es que el turno donde trabaje mi personaje principal es el que más porcentaje de pérdidas acumula, siempre, casi de forma axiomática, y mi personaje cree que es el único que ha llegado a esta conclusión, y no sabe si mostrarse despreocupado sobre el asunto, compartirlo sin ningún tipo de complejo y como si fuera una feliz casualidad o algún tipo de pensamiento inducido por su inseguridad psicológica cultivada en su etapa Universitaria (cuando se enamoraba de cualquier ejemplar del sexo femenino que le pidiera un cigarro) o callárselo como si fuera un secreto que puede dar motivos a sus compañeros de trabajo para hacerle la vida imposible.
—Aquí está lo obtuso, supongo.
—Aún no he contestado a tu pregunta.
—Ya.
—Estoy en ello. Yo te he advertido.
—Va, pesado.
—…
—…
—De modo que mi personaje principal atiende a un grupo particularmente irritante de adolescentes hormonados acompañados de sus muñecas de porcelana en un día muy difícil para él (es decir, para mi personaje principal). Al parecer acaban de salir del cine, y todos están bastante alterados; no pueden dejar de hablar de la película mientras realizan el pedido a mi personaje principal, algo que agrava la sensación de humillación y su necesidad de salir a fumar. Los hombres parecen empeñados en coger de alguna forma física a las que son sus mujeres, algo de lo que se percata mi personaje principal y que le hace sentir incómodo. Uno de los hombres tiene un cigarro en el pliegue de la oreja. Todas las mujeres parecen haberse comprado los vestiditos florales en la misma tienda de ropa. Se ríen demasiado. Ya sabes, ese tipo de grupos.
—Ya, ese tipo de grupitos.
—Sí, exacto. Normalmente mi personaje principal consigue soportar a este tipo de grupos, pero es que vienen en el peor momento, estaba ya al borde de la taquicardia; necesitaba salir urgentemente a fumar.
—Ya claro.
—Pero lo consigue. Se arma de valor, se concentra mucho en su respiración y consigue procesar los siete pedidos del grupito. Todas las tarjetas son detectadas por el datáfono. Incluso un móvil con la misma tecnología que tenía el reloj ese. Se pasa una mano abstracta por una frente repleta de perlas de sudor. Mi personaje principal está salvado…
—…
—…
— ¿Está Salvado…? ¿Qué significa eso? ¿Qué significan los puntos suspensivos? ¿Me estás vacilando o ni tú sabes lo que pasa?
—Los puntos suspensivos significan tensión, incertidumbre, anuncian un giro dramático de los acontecimientos. Ese tipo de cosas.
—Ah. Bueno, sigue.
—El caso es que mi personaje cree que Está Salvado… Hasta que una mujer del grupo se quita sutilmente el brazo de su novio enroscado alrededor de su cuello como si fuera una anaconda, da un pasito de princesita hacia adelante, apoya los brazos sobre el mostrador como si no llegara del todo, levanta uno de los pies hacia atrás en ángulo recto, y le pide a mi personaje principal una Salsa Barbacoa Hot Limited Edition. Tengo que admitir aquí que a mi personaje principal esta petición le sugiere ternura, afecto y simpatía (a pesar de su problemática relación con los ejemplares del sexo femenino). El problema es que se ve a obligado a informarle de que, efectivamente, la Salsa Hot Limited Edition tiene un coste adicional de cincuenta céntimos. Mi personaje se lo dice sin maldad, pero su novio se lo toma como una especie de ofensa, e interrumpe la conversación que estaba manteniendo con sus compinches sobre los efectos de los anabolizantes y la cafeína sobre nuestro organismo para decirle que el dinero NUNCA es problema, de modo que ya podía estar poniéndole a su novia lo que ella quisiera, que él pagaba lo que hiciera falta; aquí es cuando mi personaje principal se empieza a imaginar el problemón que se le viene encima, más que nada porque le informa de que, por desgracia, el restaurante franquiciado de comida rápida debido a un comunicado extraordinario prohíbe expresamente cualquier cobro por tarjeta inferior a cinco euros, como ese cartel sobre la máquina de helados indica, lo que provoca que el novio este, que tiene un brazo grande y surcado de venas, exija la hoja de reclamaciones y les diga a sus amigos que ANULEN de inmediato todos los pedidos y exijan sus respectivos abonos, una amenaza que de concretarse, piensa mi personaje principal, tendría unas graves consecuencias para las pérdidas porcentuales y el salario de toda la plantilla. Aparte de todo esto, el narrador informa en una especie de paréntesis narrativo que la función de mi personaje principal como dependiente en el restaurante franquiciado de comida rápida no se reduce sólo a atender clientes y a preparar los pedidos, también es el responsable de algunas tareas menores de cocina, como por ejemplo estar al tanto de la freidora. El procedimiento estándar de la cocción de los fritos en un restaurante franquiciado de comida rápida no es que destaque precisamente por su complejidad; está todo el proceso optimizado para que la función del ser humano sea marginal; en teoría lo podría seguir hasta un mono. Es tan sencillo como colocar las patatas en la freidora, meterlas en aceite caliente (es decir, cuando aparezca una luz verde en la freidora tipo industrial) y activar un temporizador que a los cinco minutos y treinta y siete segundos te avisa de que en veinte segundos deberías sacarlas antes de que se empiecen a dorar más de lo que dictamina los protocolos de calidad de la marca en cuestión. Aquí el narrador en un truco narrativo de toda la vida lo que hace es explicarte que a mi personaje principal un día se imaginó qué ocurriría, si por ejemplo, por lo que fuera, se le olvidara poner el temporizador de la freidora, algo que simplemente le hizo gracia (aquel día también iba fumado).
—…
—Supongo que ya sabes lo que pasa.
—Conociendo a tus personajes me puedo llegar a hacer una idea.
—Fue en el proceso de formación. Hubo una contratación masiva para la campaña de navidad. Mi personaje principal se sentía como cuando iba de excursión con el instituto a algún museo. La formadora explicó cómo funcionaba la freidora, y mi personaje se imaginó que se atrevía a realizar la pregunta, es decir, se imaginó con la valentía suficiente como para levantar la mano y preguntar qué demonios podía ocurrir si alguien, por lo que fuera, se olvidaba de activar el temporizador, y comenzó a reírse solo, delante de todos, sin explicación aparente. Aquel día iba muy fumado. Estamos hablando de que un estudiante universitario bastante exitoso en su etapa de bachillerato iba a empezar a trabajar en un restaurante franquiciado de comida rápida; está claro que aquel día de formación tenía muchas cosas que asimilar.
—Qué sutil.
—¿Ironía?
—…
—…
—Sigue anda. Te recuerdo que sólo estabas contestando a mi pregunta.
—Te he dicho que no querías saber por qué demonios mi personaje principal estaba fregando el maldito suelo que provocó la fractura del pilón tibial de una compañera de trabajo que se está empezando a imaginar, en base a las caras pálidas de los enfermeros que la atendieron, la vida desde una silla de ruedas y con una pensión vitalicia por discapacidad física total.
—Pero es que has hecho que fuera interesante saberlo.
—¿Y acaso no lo es?
—¿Tengo que contestar?
—…
—¿Tengo que contestar, eh?
—…
—…
—El caso es que cuando el novio sobreprotector de esta damisela está exigiendo las hojas de reclamaciones del establecimiento y que se abonen los importes de los pedidos de sus compinches y el suyo propio, un olorcillo a quemado empieza a llamar la curiosidad de todos los comensales del restaurante franquiciado de comida rápida, y se empieza a extender la voz de que oye macho aquí parece ser que algo se está quemando, y todo el mundo empieza a hablar de la cantidad exagerada de humo que sale de repente de la cocina, y alguien se asoma al mostrador y le dice por casualidad a un hombrecillo bajito y regordete como un botijo, que resultó ser el encargado de tardes, que a ver a qué tipo de chimpancés contratas, macho, que aquí huele a quemado, y entonces el encargado, que el narrador no se corta en explicarnos que siente una particular aversión hacia mi personaje principal, olfatea el entorno como un Neandertal en el bosque y detecta que el olor a quemado proviene de la zona de freidoras, y corre loco perdido hacia el lugar en cuestión a salvar cinco quilos de patatas carbonizadas, y acto seguido se dirige al tablón de distribución de tareas, coloca un dedo sobre una celda en un calendario repleto de franjas y comprueba que el responsable de la freidora es, adivina, mi apreciado pero lamentablemente muy perdido en la vida personaje principal, y entonces, cuando va a ir a cantarle las cuarenta allá donde quiera que se haya metido esa rata asquerosa, se encuentra que mi personaje principal (es decir, el que el encargado piensa que es una rata asquerosa), también le está buscando a él, que le estaba llamando cuando ese guiri le ha dicho algo sin importancia, porque necesita de nuevo el usuario maestro para borrar unos pedidos…
—Como los pongas de nuevo te bloqueo y no hablamos más.
—¿El qué?
—Los putos puntos suspensivos.
—…
—…
—Y también, de paso, una hoja de reclamaciones…
—Tu puta madre.
—El caso es que después de siete hamburguesas dobles y siete ensaladas bajas en calorías y siete patatas grandes y siete patatas pequeñas (de otra remesa) y tres litros de soda y seis botellines de agua naturales y un nestea sin azúcares añadidos y cinco quilos de patatas carbonizadas directas a la basura, y una hoja de reclamaciones por no informar antes del pago correspondiente de las ofertas y suplementos disponibles (algo de lo que siempre se olvida mi personaje principal), el encargado ve la luz y manda a mi personaje principal a fregar el suelo; allí por lo menos no podrá molestar ni podrá liarla (piensa el encargado). Aquí la narración nos trasladará de nuevo al momento en que la formadora les explicaba a las nuevas incorporaciones el primer día de formación los procedimientos para fregar el suelo correctamente. Tenía algo de ridículo que alguien pudiera enseñarte a fregar. Todo el mundo se rio; incluso la formadora dejó caer que ella era consciente de que era ridículo, pero que era el protocolo estándar, etcétera, etcétera. Mi personaje principal se mantuvo impasible, la verdad es que no entendía de qué se estaban riendo aquellos estudiantes universitarios que no sabían de qué iba la vida (aquel día también iba fumado). Al ser humano dibujado en el cartel de ¡CUIDADO! ¡SUELO MOJADO! No le esperaba un futuro esperanzador. Se estaba cayendo hacia atrás en el suelo como cuando en una serie de dibujos animados alguien resbala con la piel de una banana. Ese tipo de caídas tienen que ser dolorosas, pensó él.
—…
—Y así contesto a tu pregunta, más o menos, señorita Janira.
—¿Era…eso?
—Sí.
—Pues vaya.
—¿Sigo?
—No.
—¿Eh?
—Me está entrando sueño. No sé si voy a poder leerlo.
—Tranquila que ahora se anima la cosa. Recuerda que habíamos dejado a mi personaje principal encerrado en el baño para empleados después de que presenciara en directo como su pobre compañera de trabajo se rompía la tibia y el peroné por no haber colocado la advertencia de ¡CUIDADO ¡SUELO MOJADO! Donde correspondía; otro despiste producto de su necesidad alarmante de fumarse un porrillo
—¿Ahora se anima la cosa?
—Sí.
—¿En qué sentido?
—¿Como que en qué sentido?
—No sé.
—Yo sólo digo que se anima
—Va que llevo ya dos bostezos.
—La historia se anima básicamente porque mientras mi personaje principal está martirizándose dentro del baño para empleados entra el encargado de su turno sospechosamente apresurado y realiza una llamada. Mi personaje principal detiene los árboles de pensamiento relacionados con el sufrimiento por no poder fumar y pone la oreja en la puerta, sigiloso. El encargado le explica a la persona al otro lado del teléfono que no puede más, y empieza a llorar; le explica entre lágrimas que ahora sí que sí, después de lo que acaba de ocurrir los mandamases no le van a dar otra oportunidad y le van a chutar a la calle, y a mi personaje principal le vienen imágenes de la compañera de trabajo vuelta del revés y espachurrada en el suelo como un calcetín de verano y se siente mal por lo ocurrido, y el encargado sigue explicando entre lágrimas que ahora sí que sí todos lo van a descubrir, el secreto, y es explícito en usar lo que a mi personaje principal le parecerá una palabra espeluznante, una palabra que sólo sale en las novelas de Stephen King y en las pelis comerciales de espías, esto es, un secreto mayúsculo e inconfesable, esto es, que ÉL es el primer y último responsable de la exagerada acumulación de pérdidas de comida y que él es el único que lo sabe, por desgracia hasta el día de hoy; y mi personaje principal empieza a llorar también porque la culpa le reconcome por dentro, y el encargado sigue explicando que no puede más que lleva combatiendo contra la depresión y los pensamiento suicidas toda su vida y aunque el trabajo y la terapia cognitiva y ella (es decir, la persona con la que está hablando por teléfono) le han ayudado un montón no puede más y le dice que quiere acabar con todo porque está hasta los cojones de tanto sufrimiento y de tanto estrés y de tanta ansiedad y de tanto qué pensarán los demás de mí, y mi personaje principal con la oreja apoyada contra la puerta se siente terriblemente identificado con el encargado, y le entran unas ganas entrañables de salir del baño y de darle un abrazo y de decirle que las cosas se superan y que eso en lo que estará pensando con esa botella de aceite a 200 grados no es de ningún modo ninguna solución y que seguro que esa mujer con la que está hablando no será como las arpías que se encontró en su etapa Universitaria (es decir, que mi personaje se encontró en su etapa universitaria) y valdrá la pena seguir luchando para construir una vida junto a ella; y lo que creía mi personaje principal que era el contexto idóneo para una catarsis comunicativa sin precedentes, el momento en que por fin se comunica con alguien y le revela entre lágrimas que él también sufre de depresión y de ansiedad y de estrés pero le asegura que la vida merece la pena, se convierte en un momento verdaderamente kafkiano, promesa, te aseguro que esta escena es lo más complejo a nivel psicológico que he escrito en mi vida, con permiso del final, claro, que te va a quitar el sueño para lo que resta de semana y te va a dejar temblando; atenta, por favor; cuando sale mi personaje principal del baño conmovido por el dolor de este encargado con el honorable objetivo de comunicarse/conectar con él, el encargado lo recibe frente al espejo con un susto de muerte, como si se tratase de un fantasma, y se quita las lágrimas rápidamente y se yergue sobre sí mismo en esa especie de dignidad fingida de los depresivos en el cénit de su desesperación más íntima, y aguarda en silencio, a la espera de que mi personaje principal revele sus intenciones, y mi personaje principal, que en absoluto se esperaba esa reacción por parte del encargado ciclotímico, se bloquea y se queda en blanco y se queda sin decir nada, y los segundos pasan como a cámara lenta, y los dos toman conciencia de que el halógeno del techo emite un zumbido eléctrico progresivo que llega a poner los pelos de punta y que culmina con un apagón, clink, zzzzzzzzz, clink, espero que pilles la idea, y uno de los grifos del lavamanos empieza a condensar gotitas cada pocos segundos que impactan contra la porcelana de la pica, y el pomo del baño por un momento se mueve, y la puerta del baño para empleados se abre ligeramente pero al final el empleado que iba a entrar se lo piensa dos veces y la vuelve a cerrar, y a todo esto mi personaje principal y el encargado depresivo no se dejan de mirar ni un sólo segundo, y mi personaje principal es cada vez más consciente de los latidos de su corazón, de su propia mortalidad, del momento presente, del cuarto de baño en el que está, de que el encargado suscrito desde los catorce años al Prozac no lo ha recibido en el estado de receptividad emocional necesario para el contexto de catarsis que él esperaba crear, y la situación se vuelve cada vez más incómoda, y mi personaje principal se da cuenta de que lleva cuarenta segundos sin pestañear, y pestañea, y se da cuenta de que es tan consciente de la situación que tiene que decidir respirar, e inhala aire por la nariz y lo exhala por la boca, y respira, y se da cuenta de que ser tan consciente de todo no puede ser más incómodo, y pestañea y respira de nuevo, e ignora conscientemente el zumbido eléctrico, y las gotitas del lavamanos, y el ruido amortiguado del exterior, pero por desgracia no puede; y la mirada del encargado, que sólo se puede describir como la mirada de un perro cuando su amo le muestra la comida que no le va a dar, permanece imperturbable, una máscara de terror contenido, y mi personaje principal respira, pestañea y cuenta el decimotercer latido desde que ha empezado a contar, y de pronto se ve contando latidos, pestañeos, gotitas e intermitencias del halógeno del techo para no perder la cabeza, y el encargado suicida, que a estas alturas parece una escultura grotesca de carne y hueso, pestañea por primera vez desde que mi personaje principal ha salido del baño con el honorable propósito de decirle a su superior que no está solo en el mundo, y mi personaje principal, decide contar también los pestañeos del encargado suicida, y la situación se prolonga varios minutos de reloj que tienen la forma exacta de una eternidad torturada, y mi personaje principal al final no puede contar tantas cosas y a la vez ser consciente de todo su entorno y de sí mismo y también de la realidad del encargado deprimido, de alguna manera es tan consciente de todo que se imagina el cuarto de baño como si estuviera siendo observado por el ojo con pestaña de una subjetividad más grande que él mismo (gracias a las intermitencias del halógeno), y tiene muchas ganas de ir a fumar y de dejar de pensar tanto en todo lo que está pensando, y le pregunta al fin al encargado con un hilillo de voz si puede ir a tomarse un respiro, y el encargado, que se piensa que mi personaje principal le está haciendo un sutil chantaje para que no divague ese rumor por ahí de que él es el responsable de que este mes absolutamente toda la plantilla cobre un 30% menos, se arrodilla ante él humillado y desprovisto de su dignidad como ser humano y le suplica llorando como un bebé que por favor no diga nada, que le pide perdón por haberlo tratado mal, que ha proyectado todas sus emociones negativas sobre el nuevo de turno, que hará lo que él desee, (es decir, lo que mi personaje principal desee), y si su deseo, es decir el deseo de mi personaje principal, es salir a la terraza a tomarse un respiro, pues bueno, dice entre lágrimas, él ya no es nadie para impedírselo, una respuesta que a nivel psicológico no puede ser más simbólica, señorita Janira; entonces mi personaje principal se marcha del cuarto de baño y deja al encargado chantajeado con una botella de aceite letal a su merced, y el narrador dejará claro que de ese cuarto de baño no entrará ni saldrá nadie más hasta el día de mañana, un mensaje que te puede dar pistas de lo que probablemente le ocurra a ese pobre desgraciado.
—…
—…
—David.
—¿Qué te he parecido,eh?
—David.
—En el relato está mucho más detallado, hay páginas y páginas de hiperconciencia de mi personaje principal. Aquí te lo he resumido.
—David.
—…
—…
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo llevas sin salir de casa?
—Aquí llega el momento crítico del relato, señorita Janira. Necesito que prestes toda tu atención. La voz interior de mi personaje, ayudándose de ciertas teorías relacionadas con el determinismo del yo lo empujará a una reflexión profunda sobre su propia identidad, sobre quién es él de verdad. Esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez.
—Em, ¿Dónde estamos?
—Señorita Janira, creo que he dejado bastante claro que mi personaje principal fumó cantidades industriales de marihuana en su época Universitaria. Es un personaje principal completamente distraído; no se entera de nada y su mente no hace más que divagar. Yo creo que no estás prestando atención.
—…
—…
—¿Tú eres tonto?
—Presta atención por favor porque en este punto del relato es cuando se revela el conflicto interno de mi personaje principal Janira. No me hagas mostrarte con un letrero de Neón qué es lo que ocurre al nivel del subtexto en las escenas que vienen a continuación, porque entonces esto pierde toda la gracia. Aquí no vamos a descubrir quién es el asesino al final, Janira. Aquí hay un conflicto interno latente que lleva haciendo su trabajo todo el tiempo y que, si has prestado atención, te hará empatizar con mi personaje principal.
—El conflicto interno.
—En todas las historias el lector conoce a un personaje principal cuyo conflicto externo lo mueve hacia una meta deseable. Y el conflicto externo ya sabes cuál es; el narrador no ha dejado de restregártelo por toda la cara durante los dos primeros actos. La cosa está en que en esta escena que viene a continuación se revela el conflicto interno de mi personaje y empatizas con él. Si has prestado atención.
—Va, coño.
—Aquí no hay asesino, Janira. Esto no va de saber quién es el maldito asesino al final.
—…
—Te van a dar por culo al final.
—…
—…
—Vale. Atenta, por favor. Lo que ocurre a continuación es que mi personaje principal divagando sobre estas teorías sobre el yo y sobre qué es lo que determina que uno sea lo que es, se encuentra con lo que necesita de verdad. Pasa por una tienda del imperio de Inditex y se encuentra en el escaparate a una mujer preciosa cambiándole la ropa a un maniquí femenino, y por un momento cruzan la mirada, mi personaje principal y la señorita preciosa, y allí el tiempo se congela, pum, la neurosis, el sufrimiento, las ganas de fumar, y las dudas sobre la identidad de uno mismo, ese tipo de dudas que sólo pueden conducir inevitablemente a una ansiedad física, se pierden por un sumidero cerebral, y mi personaje principal empieza flotar sobre las posibilidades de la existencia humana, y así nos lo indica el narrador, que ahora usando una prosa más florida e inspirada deliberada y un poco sarcásticamente en Auster nos anuncia que mi personaje principal se está imaginando que camina junto a esta empleada de Inditex que no conoce de nada y que además tiene novio por un campo de girasoles mientras las mariposas revolotean alrededor, ya sabes, señorita Janira, ese tipo de imágenes; pero de repente, esta mujer preciosa, que está hasta los cojones de ser vista por la mayoría de ejemplares del sexo masculino como un mero objeto de deseo desprovisto de vida interior y de sentimientos, y que está influenciada por un grupo radical de feministas de esas de pelos en los sobacos con las que toma cervezas cada domingo en un centro cultural ocupado, y que además trabaja en un lugar que detesta sólo para poder pagarse una carrera universitaria que tampoco le gusta demasiado, se empodera de su feminidad y se apropia de su derecho a ser contemplada y golpea el cristal del escaparate y le grita a mi personaje principal algo tan feo que no será necesario escribirlo aquí; y entonces, por desgracia, la utopía afectiva de mi personaje principal con esta empleada de Inditex se va al garete, por así decirlo, el embrujo se rompe y mi personaje principal es sutraído literalmente del campo de girasoles, como si fuera tragado por la tierra, y aterriza de nuevo en el centro comercial, vestido con su uniforme circense y martirizado por su adicción cannábica, huyendo de una mujer que le ha pillado in fraganti masturbándose mentalmente con ella y que le ha dicho cosas de verdad muy feas, cosas que pueden hacer daño cualquiera, y mi personaje principal vuelve a los patrones de pensamiento narcisistas y depresivos que cultivó en su etapa universitaria, y se imagina fatalmente en una habitación muy desordenada que resulta ser la suya comiendo cantidades prohibitivas de comida rápida y consumiendo cantidades demenciales de televisión y se imagina cada vez más solo y más deprimido y con la idea de eso que te he prometido que no iba a salir cada vez más presente en su cabeza, pero ahora con una ligera diferencia: en estas imágenes arquítipicas del narcisista deprimido ahora resuenan estas mismas palabras proferidas por esta mujer feminista de la tercera ola como a través de un megáfono, y las palabras cada vez suenan más solemnes, como menos dañinas, como si fueran proferidas por una madre, por una madre que te quiere por lo que eres, y no por lo que haces ni por lo que piensas, que te quiere de forma incondicional y para siempre; y mi personaje principal, entonces, se imagina teniendo una cegadora revelación epifánica en medio de la habitación durante el visionado compulsivo de una de esas series de Netflix donde todos los problemas de los personajes principales parecen tangenciales y/o circunstanciales a su periplo heroico y de superación en la cual se imagina cerrando el portátil y mirándose al espejo por primera vez en semanas y tirando los ochenta euros de marihuana que compra mensualmente a la basura, menos un cogollo de emergencia, por si las cosas se tuercen, claro está; y mi personaje principal se imagina acudiendo a una psicóloga (obvio) al mismo día siguiente a la que le explicará no sin dificultades pero con una fuerza de voluntad admirable todos sus problemas de comunicación, de adicción y de problemas amorosos con ejemplares del sexo femenino, y se imagina retomando la carrera Universitaria que abandonó completamente desmotivado por la vida, y se imagina prestando sus elaborados apuntes a compañeras atractivas pero algo despistadas en lo que se refiere a prestar atención en clase sin pensar ni de rebote en ningún tipo de compensación sexual y/o afectiva por ellos, y se imagina feliz y viviendo en el momento presente, y se imagina incluso llamando a Carla y preguntándole de verdad de corazón cómo le va con aquel hombre alto, exitoso, fortachón, una bestia parda en la cama, inteligente, sensible, fiel, altruista etcétera, por el cual le dejó sin motivo ni explicación aparente, de un día para otro, y se imagina reconciliándose consigo mismo llamando a todas las mujeres con las que interactúa ¡guapa! Sin ningún tipo de miedo de lo que puedan pensar/decir de él, en estos tiempos de paranoia feminista, y se imagina cada mañana despertándose bien temprano con una sonrisa incrustada en el rostro para ir a correr diez kilómetros al campo y fundirse con la naturaleza y darse cuenta de lo insignificante y transitoria que es su existencia en este planeta, y de lo estúpido que es vivir el poco tiempo del que uno dispone sufriendo; y se imagina, al final del día, inmerso en una sesión de meditación donde presta mucha atención a su muerte, como Shakespeare recomendaba; y después de todos estos avances psicológicos gracias a la terapia cognitiva, mi personaje principal, transformado en cuerpo y espíritu, con la composición anatómica exacta de un croissant recién horneado, se imagina abandonando los dulces y las comilonas y la masturbación compulsiva, y, repleto de optimismo, se imagina acudiendo a la psicóloga en un día auténticamente seminal abriéndose en canal sobre el diván, psicológicamente hablando, se imagina encontrando por fin las palabras que describen el problema mayúsculo que lo ha martirizado toda su vida; esto es, que siempre tiene la sensación flotante y como omnipresente de que es imposible saber qué quieren los demás de él, donde Janira te invito a sustituir los demás por ejemplares del sexo femenino, mientras que los demás, sin embargo, siempre parecen saber lo que mi personaje principal quiere de ellos; y mi personaje principal se imagina después de esta sesión seminal tomándose un día de descanso en su apretujada rutina de higiene espiritual, como si fuera una especie de recompensa (ese día fue cuando de facto llamó a Carla), y se imagina a las doce de la noche, el narrador no deja muy claras las razones, la verdad sea dicha, rebuscando por los cajones de su escritorio como un poseso, en busca inconsciente de algo tan obvio que no lo voy a mencionar; y entonces, mi personaje principal se ve de pronto valorando el cogollo de emergencia como un diamante a la luz de la lámpara, y la voz interior narcisista y depresiva de mi personaje principal le dice que va a ser un porro de celebración, que este va a ser el último, y mi personaje principal, que ha mostrado una voluntad de hierro durante estos tres meses proyectados, se ve seducido por la propia tentación que él mismo ha creado, y se imagina con el porro en la boca, algo meditabundo pero buscando con unas manos ciegas el mechero, a un segundo de regresar a los infiernos, y no se sabe muy bien lo que ocurre aquí, Janira, te prometo que esto es también harto complejo a nivel psicológico, con el permiso por supuesto del final, que te prometo que te va a hacer pensar en la posibilidad de que sea el nuevo David Lynch, o algo así; te prometo que cuando se me ocurrió el desenlace de esta escena levité varios centímetros sobre el suelo, por favor presta atención: mi personaje principal, con el porro entre los labios, frunce el ceño y mira a una cámara abstracta y rompe la cuarta pared de la historia que ha construido sobre él de forma automática y sonríe y le empiezan a brillar los ojos y suena en su interior un tema de Hans Zimmer de esos que utiliza Nolan para el final de sus películas, aunque el narrador, en este punto, para no romper con el realismo imperante del relato, dejará claro que en realidad la música proviene del piso de unos vecinos cuyo gusto cinematográfico no está muy refinado, y no propiamente de su interior (es decir, del interior de mi personaje principal), y cuando la narración ha conseguido que nuestra identificación con mi personaje principal sea absoluta y completa, cuando nosotros somos el personaje principal y deseamos que tire el porro, porque nos sentimos identificados con él y sabemos que esas celebraciones siempre son una trampa para regresar a los infiernos, pum, la narración onírica se va al garete, se produce el análogo literario al fundido a negro: se rompe el embrujo y volvemos de repente al centro comercial y a la cabeza narcisista y neurótica y repleta de traumas de mi personaje principal en el momento presente; el muy lerdo ha llegado a la terraza del centro comercial, se ha palpado el bolsillo del pantalón, y adivina de lo que se da cuenta, se ha olvidado el maldito porro en la taquilla de lugar de trabajo, un giro argumentativo quizá un poco forzado pero supongo que coherente a nivel de personaje y más que necesario para el tramo final del relato, y ahí si ve mi personaje principal, en una terraza sorprendemente abarrotada de mujeres despampanantes; al parecer en la terraza del centro comercial donde trabaja mi personaje principal realizan conferencias de múltiples ámbitos y hoy, mira tú qué sorpresa, una catedrática de literatura feminista ha organizado un seminario llamado Releyendo a Angela Davis; y mi personaje se siente observado por este ejército de mujeres Libres e Independientes no sólo porque sea hombre, y sea blanco, sino porque encima va vestido con el uniforme de una empresa que encarna los peores valores del capitalismo, y mi personaje principal no sabe dónde coño meterse, porque a todo esto ve de fondo como el furgón de la ambulancia conduce a su compañera de trabajo al hospital más cercano para lo que han dicho que será con toda probabilidad una amputación de una extremidad desconectada del sistema nervioso central para siempre, y la búsqueda de los motivos por los cuáles ha regresado a su adicción cannábica se vuelve más física que nunca, digamos que no consigue pensar ninguna frase que tenga un mínimo de sentido, y mi personaje principal se empieza a morder las uñas, y a rascarse la nuca, y a desear que le trague la tierra, y sus pensamientos se vuelven tan demenciales que esta búsqueda adopta la forma exacta de una tormenta apocalíptica, y así nos lo anuncia el narrador, las nubes se ciernen sobre el centro comercial como a cámara rápida y empieza a caer una lluvia torrencial sobre la terraza, y todas las mujeres apagan sus cigarrillos y corren apuradas como de puntillas hacia el interior del centro comercial cubriéndose sus elaborados peinados con unas bolsas de cartón reciclables de Primark, hasta que se queda la terraza desierta, excepto por mi personaje principal, que se siente de algún modo identificado emocionalmente con ella (es decir, con la tormenta apocalíptica) y se queda plantado en el centro de la misma, y entonces, en otro giro de guión Lynchiano, mi personaje principal se palpa de nuevo el bolsillo del pantalón y frunce el ceño, extrañado, y acto seguido dirige una sonrisa que sólo puedo catalogar de espeluznante hacia todas esas hijas de puta que se estarán riendo de su desesperante situación mental y emocional, en contraposición al palacio de serenidad desde el cual ellas contemplarán sus vidas, y entonces, el narrador, en un cambio de perspectiva sorprendente abandona a mi personaje principal en el centro de la terraza inundada y traslada la acción de la escena al interior del centro comercial, donde estas mujeres, al parecer, se están preguntando las unas a las otras por qué ese chaval no entra con ellas, y golpean el cristal de las puertas para pedirle por dios que se deje de tonterías, que está cayendo la de Dios, que se va a constipar, que el trabajo precario ese no será para tanto ni tampoco para siempre, que si realiza un poco de ejercicio físico se convertirá en un tipo atractivo y solventará los evidentes vaivenes de autoestima que padece y conseguirá soportar esos impulsos drogodependientes que se están llevando su vida por delante; y ninguna de ellas en el interior del centro comercial entiende la situación, y se extiende un inexplicable sentimiento de tristeza generalizado y femenino imposible de reprimir o describir con palabras, y todas rompen a llorar al unísono mientras miran a través del cristal y ven cómo un pobre hombre en la distancia y empapado se lleva algo tan obvio a la boca que no hay que ser ingeniero aeronáutico para saber de qué se trata, y así acaba el relato señorita Janira, el narrador describe con una prosa más rollo Updike el rostro destrozado de una mujer anónima mirando a través del cristal y se acaba para siempre esta historia, un final tan complejo a nivel psicológico que, evidentemente, después de haberlo escrito, señorita Janira, me vi en la obligación de fumarme un buen porro para celebrar mis progresos en mi carrera literaria.
—…
—Algo así.
—…
—…
—David.
—¿Qué te ha parecido, eh?
—David.
—¿Tú crees que me he pasado de simbólico o qué?
—David.
—Sé que algunas partes del relato son tediosas señorita Janira. Mañana cuando te despiertes te pasaré el borrador de verdad y podrás leerlas con más atención. Recuerda lo que el Mesías dijo sobre prestar atención a cosas que resultan esencialmente aburridas. Yo por el momento me conformo con que me digas si la semilla del supuesto conflicto interno del personaje principal plantada en el primer acto del relato ha dado sus frutos en el segundo y el tercero y te ha hecho empatizar con él.
—¿Me quieres escuchar?
—…
—…
—¿Qué?
—No fumes.
—Tío. Tú definitivamente eres la asesina de esta historia.
—Te lo digo en serio, no fumes.
—Imposible. La escritura es una disciplina demasiado estresante como para que me pueda permitir el lujo de no fumar.
—Eso suena a excusa.
—Eso suena a realidad. Todos los buenos escritores fuman. No fumar y escribir conduce inevitablemente a la autoayuda, o lo que es peor, a la fantasía. Shakespeare fumaba, por ejemplo. Encontraron residuos de cannabis en su pipa.
—Déjate de tonterías. Lo digo por ti. Si fumas, sólo estarás abierto a una sección de la población femenina.
—Ya empezamos.
—Porque hay muchas mujeres que, como yo, no saldríamos con alguien que fuma.
—Pero si con alguien que lleva jerséis de cuello alto.
—David, sólo era una broma. Te lo digo en serio. No fumes.
—…
—…
—Pero es que eso lo dices porque eres una estrecha de miras. Lo de que no saldrías con alguien que fuma.
—Y una mierda. Lo digo con conocimiento de causa. Te recuerdo que he salido y he vivido con un adicto a la marihuana, el cual será mejor no nombrar ni de pasada, y me daba la sensación de que estaba viviendo con Doris, la de Buscando a Nemo. Al principio fue divertido, porque claro, yo también fumaba, pero luego, con el paso del tiempo, me di cuenta de que de divertido no tenía nada. Porque necesitaba fumar para todo. Hasta yo me di cuenta. Si follábamos y lo hacíamos sin el porrito de turno, no apetecía en absoluto; la marihuana no era necesaria para él, llegó un momento en que era necesaria para mantener a flote la relación. Era una mierda. Aparte del problema de la memoria, el muy subnormal no se acordaba de nada. Me llamaba en medio de la jornada laboral y me preguntaba si había apagado el fuego de la cocina, si había cerrado la puerta, si había puesto comida al perro, si había apagado la plancha. Era oficinista y tenía que ir cada mañana impecable al puesto de trabajo, y cada mañana se tenía que planchar el traje, y me despertaba cada mañana con una llamada suya en la cual me pedía por favor que comprobara que no hubiera dejado la plancha encendida sobre el sofá. Me pedía fotografías de cómo había dejado todo, para ver si conseguía acordarse de algo. Un día me encontré a un compañero suyo y me dijo que su oficina estaba plagada de fotografías del lugar en el que había aparcado la moto, y lo peor es que el lugar siempre era el mismo. Eso sí que era estresante, David. Cada día se subía a una moto, entiendes, al final fui yo la que dejé de dormir porque estaba preocupada por él. Vivía acojonada. Un día no me llamaba él, me llamaba el hospital. Y en teoría nuestra relación era madura y adulta y decidí explicárselo, pero el muy subnormal me dijo que cualquier problema relacionado con los nervios y las preocupaciones se podía solucionar con ya sabes qué. Una mierda, en serio. El resumen de todo esto es que no fumes o un gran porcentaje de mujeres te va a rechazar de antemano.
—Quizás el que las rechaza de antemano soy yo. Por ser unas estrechas de miras.
—Tú no estás para rechazar a nadie, alma de cántaro.
—Yo sólo te digo que es probable que una persona que fuma no quisiera salir con una persona que no está dispuesta a priori a salir con una persona que fuma.
—A ver si eres capaz de decirme esa frase en persona.
—Creo que tiene sentido. Yo sería una de esas personas, sin duda. Las rechazaría antes de que ellas me rechazaran a mí.
—A ver, melón. Eso no tiene mucho sentido porque ellas con su primera decisión ya matan todo tu hipotético proceso decisivo posterior.
—…
—No se llega a producir, David. Nace muerto.
—…
—A ver. Tú no quieres nada conmigo porque fumo, pero yo no quiero nada contigo porque tú no quieres saber nada con gente que fuma. Aquí soy yo el que técnicamente mata cualquier proceso decisivo que se precie aquí. Eres tú la que no decide nada. Yo no te dejo.
—Pero a ver: ¿Cómo demonios vas a saber tú que no quieres nada con mujeres que no quieren nada con hombres que fuman si yo no te digo antes que yo no quiero nada con hombres que fuman?
—…
—…
—Por dios, ¿Pero tú no tenías sueño?
—Estás haciendo trampas, campeón. Que no quieres nada con mujeres que rechazan de antemano cualquier relación afectiva con un hombre fumador de cannabis me lo dices después de que yo te diga que no quiero tener ninguna relación afectiva con un hombre fumador de cannabis. Te lo digo antes de que te enciendas el porro, para dejar las cosas claras. Porque lo tengo tan claro que si no lo digo en la primera cita, exploto.
—Por dios.
—jajajajajajajjajajajaja
—…
—…
—Bueno. De todas formas, señorita Janira, de lo que estábamos hablando aquí era sobre este último relato en el que me encuentro enfrascado. No has contestado a mi pregunta original.
—De hecho es cuando te lo digo que se te empieza a poner la cara roja como un tomate, como ese día de mi cumpleaños en que te quise presentar a la moldava, o cuando te quise presentar a mi compañera de clase, o cuando te quise presentar a mi compañera de patinaje, o cuando te quise presentar a mi prima, o cuando te quise presentar a mis dos compañeras de piso ultraliberales en lo que se refiere a la materia sexual, y no hiciste nada. Es ahí cuando me sueltas toda esa mierda de que en realidad el que decides no tener nada conmigo eres tú.
—¿Tú crees, señorita Janira, que he plantado bien la semilla del auténtico conflicto interno de mi personaje principal?
—Pero en realidad sólo te estás engañando.
—¿Tú crees que un lector potencial podría empatizar con él?
—Sólo te estás engañando.
—¿Y tú, señorita Janira, a nivel personal, has empatizado con él? ¿Crees que el mensaje general del relato se puede llegar a entender?
—En realidad tú no decides nada.
—¿Me puedes contestar, señorita Janira?
—…
—…
—Absolutamente nada.
—…
—…
—¿Janira?
—…
—¿Hola?
—…
—Janira
—…
—Ey, Janira. No tiene gracia.
—…
—Janiraaaaaaaaaaaaaaaaaa
—…
—No has contestado.
—…
—Janira, por dios.
—…
—Janiraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.