Yogures y jambas.
(I)
—Ey mira. Tengo una. He encontrado una fotografía de ella. Así la puedes ver.
—…
—Mírala. Es una fotografía profesional. Es una modelo. Tiene ese cuerpo estilizado de las modelos incipientes. Tiene diecinueve años. Todos los fotógrafos sueñan de algún modo con ella. Ni siquiera hace ejercicio. Está buena de nacimiento.
—Es guapa. La verdad es que es guapa.
—Está buenísima, no me jodas. Acabo de entrar en una nueva liga de ejemplares del sexo femenino. Está todo el día mirándose en el espejo, y sólo quiere que la escuche, y su mayor problema es acabar la carrera universitaria, y pensar en el lugar donde quiere tatuarse el nombre de sus padres.
—Ajá.
—…
—…
—¿Qué te pasa? ¿Te pasa algo? Noto tensión. ¿Pedimos algo?
—…
—Es como compacta. Su único problema es que es bajita. Mide 1,60m con tacones.
—…
—Hemos quedado dos o tres veces. La gente se quedaba pasmada.
—Supongo que con tacones.
—Creo que el tamaño de mi miembro viril y mi habilidad sexual ahora mismo han ascendido a la categoría de: mito.
—…
—Espera: ¿Qué?
—Que digo que ella en los encuentros llevaría tacones. Digo yo. Por la diferencia de altura.
—Hm, ya. El caso. Han estado bien. Los encuentros y eso. Una nuevo tipo de ejemplar del sexo femenino que antes era impensable y que sólo podía verlo a través de una pantalla.
—Pues no lo dices como si hubiera estado bien. Qué quieres que te diga.
—…
—…
—Es que dice que no quiere nada. Dice que no está para relaciones. De ningún tipo.
—…
—Dice que cada persona le aporta algo diferente.
—…
—Dice que es una persona libre e independiente.
—Ajá.
—…
—…
—Noto tensión. ¿Quieres que pida algo?
—Es que lo que me da más rabia de todo el punto asunto es que te lo dicen como si tú no lo fueras. Libre e Independiente, ¿sabes?
—Entonces pido algo.
—Una Coca Cola Zero, por favor.
—Hecho. Pagas tú.
—…
—Ahora viene.
—Perfecto.
—¿Era una Coca-Cola Zero, no?
—Sí, sí. Gracias.
—…
—Lo que te decía: lo peor de estos ejemplares del sexo femenino es que me da la sensación de que te dicen lo de su libertad e independencia en oposición a lo que das a entender tú sobre el concepto y la imagen que tienes de ti mismo y lo que puedes llegar a esperar de una relación humana. Es como que se compadecen de ti, ¿sabes? Colocan una mano sobre tu hombro y te dicen que te entienden y te comprenden y todo el rollo, y te dicen que es perfectamente normal que quieras una relación con ellas, porque eres un ser humano infantil y romanticón y sin duda no has dedicado tantas horas de reflexión e introspección como ellas a cultivar su independencia y su libertad espiritual. Valiente puta mierda de argumento.
—…
—…
—Muchas gracias. No, no. Es para él.
—…
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué miras?
—No me has pedido pajita.
—Ostras.
—Joder, tío.
—Se me ha olvidado por completo.
—Joder macho ya.
—Lo siento, lo siento.
—Llevamos dos años viéndonos aquí casi cada semana, y justo hoy que estoy tan estresado, ansioso, y con tantos pensamientos intrusivos borboteando en la cabeza se te ha olvidado pedirme la pajita.
—Lo siento.
—Sabes a la perfección que no me gusta beber directamente desde los botellines. Sabes que desde que leí sobre esas ratas que se mearon en el almacén de una conocida marca de cerveza y todos los machitos que le decían a la camarera que la copa no era necesaria y acabaron con los dientes picados yo no bebo desde el botellín jamás. Esos hombres ahora están con una pensión millonaria, pero están cada vez más gordos y no pueden dejar de jugar a videojuegos. Yo no los veo bien.
—He dicho que lo siento, joder.
—…
—Ya voy yo, anda.
—Hombre, gracias.
—…
—…(tssssssiishh)
—…
—Bien. Agárrate bien en la silla. Porque te voy a decir lo que realmente pienso sobre estos ejemplares del sexo femenino.
—trrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
—Lo que pienso es que ahora mismo y en este mismo contexto social, cultural e histórico la mayoría de ejemplares del sexo femenino son menos conscientes de sí mismas que un puto trozo de bacon.
—jajajajajjajajaja
—Te lo digo en serio. No te rías. No lo digo porque esté cabreado o molesto. Bueno, sí, vale. Estoy cabreado. Pero lo digo completamente en serio. Lo pienso.
—…
—¿Qué? ¿Dices algo o qué? Estamos hablando. Esto es una conversación ¿no? Yo hablo y tú respondes.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—En lo del bacon. Me preguntaba si has dicho bacon y no otra cosa porque trabajas en una pizzería.
—¿Eh?
—Que digo que has comparado con lo que me parece a mí que son grandes connotaciones peyorativas la conciencia de las mujeres con la de un trozo de bacon y me ha parecido que quizás como trabajas en una pizzería dispones de más evidencias empíricas contrastables sobre la vida interior de los trozos de bacon para llegar a lo que me parece a mí una conclusión muy contundente y negativa sobre las mujeres.
—¿Eh? ¿Pero qué coño dices? ¿Qué coño te pasa hoy?
—…
—…
—Tío, estoy de coña. Estás realmente cabreado, eh. No hay rastro de tu sentido del humor.
—Mucho. Me ponen de los nervios. Ni siquiera son originales.
—…
—¿Tú no te pides nada?
—No.
—Puedes beber si quieres.
—…
—No no no no no no no no. Pero no de la…
—jajajajajajja que ya lo sé tonto. Ni rastro de tu sentido del humor. Ni rastro.
—…
—…
—Lo que te decía. Lo que me da más rabia de todo el asunto es que su argumento para tirarte a la basura de los ejemplares del sexo masculino No Deseables, es decir, para evitar cualquier compromiso contigo es en realidad la condición de posibilidad preaxiomática que en circunstancias normales serviría para poder comprometerse contigo. Yo ahí veo una contradicción desproporcionada y muy jodida de resolver. No sé. ¿Tú qué crees?
—Por dios. Bebe anda. Toda para ti. Condición de posibilidad preaxiomática. Tú lo que necesitas es
—Es que estoy seguro de que estos ejemplares del sexo femenino se creen que te lo dicen como si fuera una virtud de la cual tu careces. Es decir, que estos ejemplares del sexo femenino sólo se imaginan teniendo algún tipo de compromiso contigo en un contexto tan específico como que tú fueras tan independiente y libre como se dicen a sí mismas que son ellas. ¿Tú esto te lo puedes llegar a creer? ¿A quién se creen que engañan?
—Yo creo que lo que intentas decirme es que en realidad estas mujeres no son libres e independientes y se están engañando a sí mismas. Perdóname si he entendido mal.
—No exactamente. Yo creo que estos ejemplares del sexo femenino son libres e independientes, porque a efectos prácticos, ¿Quién no lo es? Pero estuvieran hasta los cojones de serlo y tú no hubieras conseguido hacerle olvidar que lo son. Osea, lo que de verdad pienso es que en ningún momento quieren el tipo de relación que podrían tener siendo como se dicen a ellas mismas que son, sino exactamente el tipo de relación que mandaría al contenedor de basura todo ese dispositivo conceptual contemporáneo tan agotador que les han dicho que tienen que asimilar y que ha adquirido la forma exacta de un extintor antisentimientos. Porque lo que necesitan no es una relación adulta entre dos seres humanos Libres e Independientes y que tienen las cosas claras y son plenamente conscientes de sí mismos, de su complejidad emocional, de lo jodidos que pueden llegar a ser los sentimientos borboteando en la cabeza, sino una relación tan especial, inconsciente, infantil, inmadura y proyectada hasta el infinito y más allá que les haga olvidar toda esa palabrería hueca que se dicen pero en la que no creen y las haga tan dependientes y tan poco libres que sólo puedan pensar en la relación. Que su mundo quede reducido a la relación. Eso es.
—Es ambicioso.
—Lo es. Pero es así.
—Quieren sentirse impelidas a hacerlo. A quererte. Quieren que sea como la fuerza de la gravedad. De lo contrario no van a hacer nada.
—Entonces de lo que estás hablando aquí sin duda es del amor romántico. Insinúas que la mayoría de mujeres nos decimos que somos libres e independientes, que apostamos de cara al público por las relaciones abiertas desprovistas de compromiso y sentimentalidad exacerbada, por el poliamor, por las relaciones humanas movidas únicamente por nuestros intereses propios, volátiles y pasajeros, por el feminismo enlatado, de sloganes y cuya única finalidad es institucionalizar el victimismo; pero en realidad secretamente seguimos ansiando el mismo tipo de amor romántico del que nos reímos cuando lo vemos en una película comercial. Un amor que nos transforme por dentro y nos regale un sentido claro por el cual movernos en este Laberinto Existencial. Lo que queremos, en definitiva, es un Hombre que nos quite todas las tonterías de la cabeza, así de claro, vamos.
—Quieren que sea algo necesario. No quieren tener que elegir. Porque ser Libre e Independiente implica elegir todo el tiempo, y es un engorro. Es demasiada presión para ellas. No pueden. Se sienten abrumadas, y no eligen. ¿Me estoy explicando?
—…
—Osea. Osea. Porque elegirme a mí, por ejemplo, elegirme plenamente consciente de que elegirme a mí implica que ella deje de elegir a otros diez candidatos de forma implícita tan o más interesantes que yo, pero seguro que más interesantes que yo a medida que me conoce más y por lo tanto le resulto menos interesante y empieza a convivir con la culpa y con la duda de que a lo mejor se ha equivocado en la elección y ya no puede volver hacia atrás con una máquina del tiempo le peta la puta cabeza. No puede. Le peta la puta cabeza y se raja.
—Te veo realmente cabreado, tío. Será mejor que bebas.
—De hecho me parece una jodida falta de respeto que lo único que importe aquí para quedar conmigo para conocerme para no sé… para follar, y… para quererme, y para pensar en construir algo junto a mí… me parece una falta de respeto muy grande que lo único que importe aquí es que sea interesante. La muy hija de puta me dijo que estaba conociendo a mucha gente interesante, ahora que había conseguido al fin entrar en algunas pasarelas internacionales, donde los controles de peso son más rigurosos y a las anoréxicas se les manda al hospital, no se les pone las prendas más arriesgadas. No te jode. El mayor atributo que puede tener hoy en día un ser humano es que sea interesante. A mí esto me parece una jodida falta de respeto. Porque me da la sensación de que esta puta niñata de mierda me está convirtiendo en una opción más en su inmensa lista de entretenimientos posibles. ¿Es eso lo que soy? ¿Un entretenimiento? ¿Te tengo que entretener o qué? ¿Qué soy, un programa de televisión?
—¿A quién le estás haciendo la pregunta?
—A nadie. Es una pregunta retórica.
—Yo te dije algo muy parecido cuando te dije que no quería nada con nadie.
—He dicho que a nadie.
—…
—Además, me parece un poco bastante fascista esto de acercarte a las personas o no en función de lo interesantes que te resulten. Una persona que se acerca a otras personas en función de lo interesantes que le resultan es una persona que probablemente se vea a sí misma como una persona interesante, lo cual, me parece propio de una persona que es de todo menos una persona que es interesante, ¿no crees?
—Eso que has dicho supongo que tiene algún tipo de sentido.
—Pues sí.
—Entonces: ¿Cuál es, según tú, el principio rector que tendría que guiar nuestros encuentros con otros seres humanos, nuestra voluntad por conocerlos y relacionarnos con ellos, señor?
—…
—¿Eh, señor?
—No sé: ¿Qué tal que sean buenas personas y ya está?
—…
—…
—jajajajajajajjajajajajajajjaja
—…
—jajjajajajajajajajjajajajajajja
—…
—Por dios: ¿Dónde estaba tu sentido del humor y que habías hecho con él?
—Lo digo completamente en serio.
—jajajajajjajajajaja
—Completamente en serio ¿vale?
—…
—Entonces tú aguantas los monosílabos de una aspirante a modelo de diecinueve años porque simplemente crees que es una buena persona ¿no?
—…
—…
—Mejor voy a por una cerveza.
(II)
—El caso: ¿Por dónde íbamos?
—Ibas por dónde me explicabas que los ejemplares del sexo femenino, en este contexto histórico, social y cultural se enfrentan a una elección increíblemente complicada en lo que se refiere a un posible compañero sentimental. Ibas por ahí.
—Exacto. Gracias.
—Por un lado estas mujeres te explican que son libres e independientes, que no se quieren comprometer con nadie porque están en una etapa de autodescubrimiento, de carpe diem, de centrarse en los estudios, cultivar relaciones sanas y no dependientes, etcétera; pero por otro su cerebro está encogiéndose con la cantidad de futuros candidatos que se amontonan día tras día en whatsapp, todos dándoles los buenos días, prometiéndoles de forma implícita o explícita que las amarán para siempre y de forma apasionada, incondicional y genuflexa cuando ni siquiera las conocen, no saben qué tipo de personas son, si son buenas o malas o qué, y aun así les prometen amor para siempre, lo que les lleva a pensar que esos hombres no se conocen a sí mismos, no conocen nada acerca de la naturaleza humana, se están haciendo daño y están huyendo de sí mismos y por lo tanto llegan a la conclusión (es, decir estas mujeres llegan a la conclusión) de que lo mejor que pueden hacer por alguien que no conocen pero que tendrá el mismo tipo de sueño vago e indefinido de verse feliz en un futuro cercano es alejarse de ellos cuanto antes.
—Yo creo que has añadido información y una interpretación un poco sesgada de lo que estaba explicando sobre estos ejemplares del sexo femenino.
—Esos hombres se están haciendo daño, en serio.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué hombres?
—Los que te prometen amor eterno sólo por haberles dedicado una sonrisa formal en el metro. Casi siempre coincides con ellos de casualidad. Es de noche. Suele ser de noche y han salido del trabajo y están agotados y son de esos que guardan una foto de su terapeuta en la cartera. Tienen unos veinticinco años y están solteros, lo que significa que están como desesperados por ser aceptados en sociedad y encontrar algo de propósito en sus vidas. Se les ve repeinados y van al gimnasio, pero en realidad están jodidamente deprimidos. Deprimidos en el sentido de que que si los miro a los ojos durante más de treinta segundos y les pregunto qué les pasa poniéndole una mano sobre el pecho te prometo que se me echan a llorar como bebés y me cuentan toda su vida. ¿Toda su vida, entiendes? Sin saber quién soy. Simplemente porque soy mujer y estoy buena. Pues bien, estos hombres cruzan la mirada contigo, y pum, ya está, ya los has hechizado y ni siquiera sabes cómo: todo el puto trayecto buscándote con la mirada, peleándose consigo mismos por decirte algo o meterse en un caparazón de tortuga abstracto para siempre. Los puedes ver temblando. Yo creo que se imaginan en una película de Woody Allen en la cual ellos son los protagonistas. Yo creo que se imaginan las cámaras, ¿Sabes?, se imaginan que todas las personas de alrededor están pendientes de que realice una buena interpretación de un guión cinematográfico que sólo existe en su cabeza. Es una mierda. No hay que ser un lince para saber que esos hombres se están haciendo daño. Se creen que van al gimnasio para mejorar su imagen y autoestima, pero en realidad van porque quieren bloquear la posibilidad del rechazo. Quieren estar tan buenos que ninguna mujer los pueda rechazar. Quieren reducir el asunto de la seducción a una cuestión hormonal. Es una mierda. Al final te dan su número de teléfono, pero salen corriendo como niños pequeños.
—Yo sí que te dije algo.
—Son diecinueve con treinta y cinco. Eso es lo que me dijiste.
—…
—Técnicamente es lo que me dijiste, chico. Qué quieres.
—Ya, bueno.
—¿Quieres escuchar una historia?
—¿Una historia?
—Sí, una historia.
—Bueno, vale.
—…
—Es una historia sobre por qué ahora prefiero no hacer algunas cosas que sí hacía antes.
—¿Es de las largas?
—No sé a qué viene esa pregunta.
—…
—…
—Mejor voy a por otra cerveza.
*******
Yo antes era una de esas ¿sabes? Una de esas estúpidas niñas malcriadas que hubieran salido del metro con el pecho hinchado hablando a todas sus amigas sobre el tío buenorro que no le había dejado de mirar durante todo el trayecto. Le habría ayudado, incluso. Me hubiera levantado del asiento y se lo habría dado yo. El número. O mejor, le hubiera ayudado a que él fuera el que me lo diera. Era una basura de persona y te voy a explicar por qué. Yo no utilizaba el metro, utilizaba al autobús para ir y venir de Barcelona cada día. Estudiaba un máster en periodismo, me lo pagaban mis padres. En realidad a mí nunca me ha gustado el periodismo.
Depende del día me bajaba en la misma parada que ellos, pero luego les sugería que me acompañaran de todas formas a casa. A veces algunos se bajaban en la primera parada del recorrido del autobús, a la altura de la playa, en la estación, pero al final conseguía que me acompañaran hasta la gasolinera que hay cerca de la montaña, a unos siete kilómetros desde la estación, una puta hora caminando. Muchos de ellos llevaban todo el día en Barcelona, trabajando y estudiando, pero aun así aceptaban y me acompañaban. Yo nunca les decía nada en particular, ninguna petición explícita, constituía una especie de reto el conseguir que fueron ellos los que me propusieran acompañarme, de lo contrario no me valía. Recuerdo que en aquella época llevaba varias chapas y pulseras relacionadas con el feminismo, la igualdad de géneros, la justicia social y el NO ES NO en mi mochila EASTPAK; no era muy difícil conseguir que estos tipos se murieran de ganas por acompañarme a casa. Estamos hablando de que casi todos iban con frecuencia al gimnasio, pero en el fondo los podías ver pelear en sus cabecitas contra una galopante depresión: no era difícil pensar que se morían de ganas por hacer algo que diera significado a sus vidas. A veces cojeaba un poquito, les decía que estaba sufriendo una lesión de tobillo crónica por mi afición al patinaje artístico y me subían a sus espaldas o me llevaban como un bebé gigante en brazos. Esto sólo es un ejemplo, una de la cantidad de cosas que llegué a decirles. Era divertido. Me sentía con mucho poder. Era como si me pudiera meter dentro de sus pequeñas cabezas atrofiadas, ingenuas y desprovistas de propósito. Luego cuando llegábamos a la gasolinera les decía que muchas gracias, pero que ya se podían ir por dónde habíamos venido, que aquí ya estaba a salvo porque me vendría a buscar en cualquier momento mi padre en coche, un padre que era muy sobreprotector con su hija y que no le gustaba nada que fuera por la noche con chicos que él (es decir, mi padre) no conocía de nada. Les decía que se marcharan por su seguridad. ¿Quieres saber a cuántos hombres que no conocía de nada convencí para que me acompañaran durante siete kilómetros a una gasolinera que estaba en la otra punta de la ciudad?
A muchos ¿vale? Casi perdí la cuenta. El máster duraba dos años. A veces me daba por intentarlo con el mismo. Cogía el mismo autobús y casi siempre a la misma hora. No siempre podía realizar el experimento con un hombre diferente.
¿Y quieres saber cuántos de ellos me besaron? Antes de que se fueran. Antes que les dijera lo de mi padre. Muchos ¿sabes? Muchos.
¿Y te gustaría saber cuántos de ellos tenían novia?
Ya te lo digo yo: no te gustaría saberlo.
A fin de cuentas no me gustaba el máster que estaba estudiando, así que ya estaba pensando en el tipo de revelación epifánica que iba a tener dentro de dos años para cambiar por completo mis intereses universitarios de cara a mis padres y a la opinión pública. Estaba ya barajando algún tipo de bajón psíquico de esos que legitiman viajes impulsivos y catárticos a la India, la dieta vegetariana, la rastas y todo el rollo; y además mis amigas cada vez me producían más asco, en serio, estaban todas amargadas por la meta que habían alcanzado o por la meta que deseaban alcanzar. Además mis padres me iban a mantener hasta los cincuenta mientras siguiera haciéndoles creer que me gustaba estudiar y mientras siguiera diciéndoles la hora a la que iba a llegar a casa cada sábado, así que por ese lado no había ningún problema. Lo único que me divertía por aquel entonces era el pequeño experimento social que realizaba al volver de la universidad. Era mi pequeño hobby. Cada día podía ser diferente. El experimento social era lo único que rompía una rutina que desembocaba a su vez en más rutina; era lo único que me permitía escapar de mi vida de mierda.
En realidad no venía a buscarme nadie. Vivía una calle arriba de la misma gasolinera a la que me acompañaban. Técnicamente me estaban acompañando a casa.
Ya sabes que soy una mujer exigente, autodidacta y quisquillosa, pero muy orgullosa. Pronto no tuve suficiente con que me acompañaran. Cuando conseguí un método para conseguir que me besaran, decidí subir el listón. Supongo que experimenté en mi carnes lo que significa eso de que el poder puede llegar a corromper. Quería saber hasta dónde podía llegar. Aquí es donde todo se empieza a complicar. Una noche al volver de la Universidad, pasé por un edificio en obras. En el portal había un contenedor de esos metálicos repletos de ladrillos, yeso y restos de esos alambres pesados que hay en el interior de las vigas, y decidí cargar mi bandolera de estudiante de máster con un montón de esas cosas. Esa noche conseguí que un hombre que ni siquiera cogía el autobús y ni siquiera vivía en Mataró me acompañara hasta la gasolinera que hay al lado de la montaña no sólo cargando con mi bandolera repleta de ladrillos, sino también con su mochila de montañero. Iba vestido de montañero sabes. Luego le dije que se fuera, porque si le veía mi padre le iba a matar. Me dijo que me quería, me besó, y se fue. Creo que no era de aquí, venía de viaje desde Bilbao, tenía ese porte inmenso y ese chorro de voz de los norteños, y me dijo que había dejado la carrera de derecho para dar la vuelta al mundo. Estaba en las últimas antes de cortarse las arterias radiales y me acompañó desde Barcelona cargando con un montón de esas cosas. Me contó que había probado el Prozac, la Sertralina, el Litio, la terapia electroconvulsiva, la meditación, y varias permutaciones conjuntivas de todos esos medicamentos y terapias alternativas, pero las ideas de quitarse de en medio seguían siendo una constante. Yo le dije que era una estudiante alternativa de bellas artes, que me dedicaba a la creación de proyectos arquitectónicos vanguardistas a partir de escombros, y cuando me venía una idea a la cabeza, mi vida cobraba sentido. Era como si de pronto mi mente visualizara una meta y la vida fuera tan fácil como alcanzarla. En la visualización no había nadie; sólo estábamos la meta y yo, les decía. Si te fijas, yo en las conversaciones metía sutilmente términos como sentido, propósito y meta para que estos hombres conectaran todos los elementos narrativos en su cabeza por sí mismos. Yo no les forzaba en ningún momento a hacer nada que no quisieran, simplemente dejaba caer palabras claves y ellos mismos eran los que se empezaban a contar la historia que su cabecita deprimida, atrofiada y desprovista de propósito necesitaba escuchar para que la historia cobrara fuerza e inercia propia. Se la empezaban a contar ellos mismos y toda la tontería se les iba de la cabeza. Al día siguiente, por muy cruel y arrogante que hubiera estado la noche anterior, estos hombres me estaban hablando de nuevo, me preguntaban si mi padre me había pegado o me había castigado dos meses en el desván sin ver la luz del sol. Era bastante dramática con las historias que me montaba. Era de las cosas que más me sorprendía. Que no había forma de achantarlos. Lo que más me mantenía enganchada al experimento social es que parecía no haber límite en las posibilidades para conseguir que estos hombres se olvidaran de sí mismos por un día y me acompañaran a una gasolinera que estaba en la otra punta de una ciudad en la que ni siquiera vivían.
Por desgracia, tampoco fue todo un paseo por el campo. Estamos hablando de que no estaba pasando por el mejor momento de mi vida y hubo algunas pruebas que no salieron como debían. El máster cada vez me daba más asco. En dos meses ya se habían formado diez parejas heterosexuales que tenían pinta de durar toda la vida. En clase, digo. Se dicen que quieren progresar en su carrera laboral, seguir formándose, pero en el fondo todos sabemos que es una puta mentira, todos sabemos a lo que va la gente y por qué hace la cosas que hace. Supongo que uno de los problemas a los que me enfrenté es que en mi estado de evasión latente y mi depresión larvaria comencé a beber alcohol y a fumar marihuana en cantidades industriales, lo cual tuvo la fatal consecuencia de atraer a los peores sujetos a brindarme la supuesta compañía, ayuda y soporte emocional que necesitaba para acercarme a la gasolinera de la montaña, donde me recogería mi feroz padre y me llevaría a casa y no me haría pasar ninguna noche cerrada en la alacena, si él decidía que me había portado bien y había llegado lo suficientemente puntual a la gasolinera. Al año o así me vi realizando mi pequeño experimento social con tipos definitivamente acabados, los que consiguen que nos cambiemos de acera cuando nos cruzamos con ellos por la calle a altas hora de la madrugada. Es curioso porque los acabados, los que nosotros denominaríamos inadaptados sociales, los que acaban durmiendo en los bancos y acumulan miles de deudas con compañías de telecomunicaciones y casas de apuestas fueron los únicos que cuestionaron el argumento central de la historia que les contaba. ¿No te parece curioso? Es como si los deprimidos de antaño, los del gimnasio y los que soñaban con ser artistas fueran terriblemente ingenuos, se les pudiera contar cualquier historia que se la creían, mientras que los esquizofrénicos, los psicóticos, los enfermos mentales que acabarían en un psiquiátrico tarde o temprano pusieran un montón de impedimentos para que la rueda de la narrativa comenzara a dar vueltas de una vez dentro de su cabecita enferma. Y eso los condenaba a estar locos. ¿No te parece curioso? Por ejemplo, recuerdo que un esquizofrénico con tintes suicidas, loco de atar, con los ojos salidos de las cuencas, con una lata de cerveza siempre en la mano, maloliente, raquítico, con esa cara pálida característica de los animales disecados y una habilidad peculiar para el dibujo fue el primero que me dijo, oye, ¿Y por qué tu padre no viene a buscarte a la estación? Había pasado algo más de un año desde que empecé con el experimento social y fue el primero que se lo planteó en voz alta. Los estudiantes de derecho, los proyectos de artistas, los ciclotímicos adictos a los ejercicios de alta intensidad para que no se les pudrieran algunas funciones neurológicas, todos esos, henchidos de su propia inteligencia, con conciencia de su propia identidad, sin embargo, se la tragaron con patatas. Aquella noche había apostado por traerme las jambas de unas puertas de interior muy bonitas que encontré en el portal de un edificio en construcción. Eran unas jambas como muy grandes, eran alargadas y tenían una rara forma de arco, cierto aspecto barroco. Le dije al esquizofrénico que me dedicaba al diseño de interiores, y que mi padre, el cual estaba muy enfermo a causa de un enfisema pulmonar, me había pedido que reformara su casa como última voluntad, ahora que tras muchos años de esfuerzo, sacrificio y compromiso, había conseguido (es decir, yo había conseguido) ser una importante decoradora de interiores para un renombrado estudio en Barcelona. Mi padre había sido un trabajador incansable en el campo, se había dedicado al cultivo local de la patata, la zanahoria y el tomate desde los once años, no había tenido la oportunidad para estudiar ni siquiera las letras del alfabeto, y su última voluntad era que su hijita del alma reformara la casa en la que iba echar el último aliento. Las jambas pesaban bastante y la idea de llevarlas hasta la gasolinera, al lado de la montaña, me dolía hasta mí. Las cargó como si fuera una mochila gigante y se le dobló un poco la espalda; el pobre estaba muy delgado debido a sus problemas de alimentación y el consumo de estupefacientes duros. Tenía ese aspecto chupado de los que se han pasado de la raya, han dejado la marihuana y han probado cosas más fuertes, como la heroína y la cocaína. Fue ahí cuando me habló de repente y a gritos su verdadero problema.
—¡Tengo impotencia! —gritó.
El esquizofrénico me explicó que la única mujer que le había visto el pene se lo había visto tan pequeño, encogido y arrugado que desde ese traumático momento decidió que no quería nunca más exponerse a un ridículo semejante. Dijo que aquella noche había conseguido poner cachonda a una mujer, que había sufrido mucho durante su adolescencia porque siempre había temido que no podría (es decir, que no podría poner cachonda a una mujer) debido a sus problemas de inseguridad, pero el embrujo endocrino se rompió cuando esta mujer le vio el pene. Dijo que aquella noche estaba bloqueado, que llevaba mucho tiempo deseando follar, y que la mera idea de hacerlo para él tenía demasiado significado y no podía estar en el momento. Dijo que no podía estar en el momento, no dijo que no podía disfrutarlo, o algo así, dijo que no podía estar en el momento; y acto seguido se corrigió y dijo que no, mentira, lo que pasó en realidad es que ni siquiera pudo vivirlo. Esto me lo dijo un esquizofrénico con varios intentos de suicidio a sus espaldas y que ahora sé que está ingresado de forma indefinida en un psiquiátrico, al lado de individuos tan cerrados en sí mismos que se pueden llegar a quedar mirando una pared un día entero, esos individuos a los que se sonríe como si fueran niños pequeños. ¿Tú te puedes creer? ¿Por qué me lo dijo a gritos? ¿Y por qué de repente? Aún loco, era como si una parte inconsciente de él supiera la razón por la cual estaba subiendo las jambas hacia la gasolinera, aunque fuera a costa de su espalda. En un momento del trayecto, cuando el pobre me estaba pidiendo por favor que nos sentáramos en un parque para descansar un poco, le expliqué que mi padre estaba emocionalmente muy apegado a mí, de hecho yo ya había asimilado que desde la muerte de mi madre en un truculento accidente de tractor agrícola mi padre se había enamorado de la viva imagen en movimiento de su cariñosa, fiel y bondadosa esposa, es decir, de su hija; y le dije que no sería buena idea que nos viera juntos, ahora que se encontraba a las puertas de la muerte y le quedaban dos días contados para que ahuecara el ala, de modo que sería mejor que una vez llegáramos a la gasolinera se fuera cuanto antes, ya que no podría controlar la reacción de mi primo segundo el granjero cuando le viera, un primo que también estaba enamorado de mí pero que nunca me había puesto la mano encima, en parte por respeto a mi padre, un primo muy agresivo que siempre iba con un mondadientes en la boca y una escopeta de caza colgada a la espalda, incluso cuando por lo que sea abandona la casa familiar y va algún mitin de los partidos políticos de ultraderecha.
La actitud del esquizofrénico entonces cambió. Ya no mostraba la misma predisposición a completar el trayecto hacia la gasolinera cargando con las jambas. Este tipo estaba tan enfermo que todos los elementos narrativos estaban funcionando en una esfera muy diferente a la de la conciencia. Lo podías ver peleando contra otro tipos de fuerzas, en contraposición a las resistencias a las que se enfrentaban los proyectos de artistas, los adictos a la calistenia, los que habían apostado por las dietas cetogénicas para hacer frente a su depresión unipolar. Le animé a ponernos en marcha de nuevo, antes de que nos enfriáramos y nos quedáramos allí plantados en aquel parque para siempre, pero me dijo que estaba realmente cansado y que no podía seguir. Me explicó que la mujer en realidad se portó bien con él. A la que puso cachonda. Me dijo que se mostró comprensiva, atenta, y empática y apagó la luz cuando las cosas se pusieron tensas, sexualmente hablando. Ella parecía saber en aquella habitación cómo funcionaban algunos entresijos del miedo que sólo estaba (al parecer) experimentando él. El esquizofrénico me dijo que esta mujer le explicó el procedimiento para masturbarla un poco como si fuera barrio sésamo, lo cual, era un poco ridículo, pero con perspectiva, en realidad le parecía entrañable. Primero un dedo, luego dos dedos, ahora más fuerte. Ahora más rápido. Así.
El pobrecillo me dijo que estuvo una semana sin dormir, de los nervios, y que en algunos momentos del día lo podías ver con varios cigarrillos en la boca. Cuando esta mujer le dijo de quedar para ver una película en su casa y todos sus amigos sanos, no esquizofrénicos y con una seguridad sexual a prueba de bombas se abalanzaron sobre él en el bar donde se emborrachaban y le dieron la enhorabuena por adelantado y por algo que no sabía si sería capaz de hacer.
En aquel entonces, tenía 23 años, y aún conservaba los amigos, antes de que le dieran de lado porque no dejaba de hablar todo el rato de lo mismo. Aquella noche, sin embargo, la noche de las jambas, parecía que tenía como treinta. El tío se estaba poniendo muy pesado con su historia y cada vez era más tarde. Estamos hablando de que era el único que me lo estaba poniendo realmente difícil en lo que se refiere a mi experimento social, y era el único que no era capaz de entregarse a la historia que le estaba brindando en bandeja. No sabía qué hacer. El tipo era como si no pudiera dejar de bucear en esos recuerdos, buscando reflexiones, imágenes y voces que por momentos sentía que podía olvidar; tenía esa mirada fija y abstraída de los que se quedan contemplando un fenómeno que sólo se está produciendo en su cabeza. Supongo que en el fondo es lógico: nos contamos todo el rato las mismas historias para que no las podamos olvidar. Me dijo que por aquel entonces estaba leyendo mucho a Edouard Levé, cuando aún no se había enganchado a la cocaína, allá cuando él estaba lo suficientemente sano como para leer, un escritorzuelo que publicó dos pequeños libros de culto y se suicidó a los cuarenta y cuatro años. Por aquel entonces no podía dejar de leerlo, me dijo, se lo recomendaba a todo el mundo, tienes que leer este libro, les decía a las bibliotecarias que veía un poco alicaídas, se sentía pletórico, henchido de energía, él estaba leyendo libros de culto, libros que alzaban la vida y el espíritu y condenaban el materialismo y el conformismo en el que se había criado mientras su entorno se estaba marchitando consumiendo series de televisión sin criterio ninguno; este libro, según él, autorreferente, autobiográfico, provocador, a veces obsceno y a veces sublime, formalmente rompedor, con la larga y tenebrosa sombra que proyecta una obra cuyo autor se ha suicidado, consiguió hacerle entender para qué servía la literatura, o el arte en general, si es que el arte podía servir para algo, porque él nunca había querido ser escritor, sino dibujante. Estaba en el tren dirigiéndose a la Universidad, cuando aún la esquizofrenia le permitía llevar una vida normal, y estaba leyendo por primera vez este libro de Edouard Levé. Una chica que se sentaba en frente no dejaba de mirarle (me dijo que por aquel entonces muchas de sus amigas le decían que era un chico atractivo, aunque él nunca llegó a creérselo). Llegó a la última página, a la última frase, la mejor frase que podía acabar aquel libro, la única que podía hacerlo, una frase enigmática, profunda, impensable para nosotros, jóvenes universitarios con muchas esperanzas puestas en el futuro, aplastados por un sistema económico que nos convierte en extraños conectados por la tecnología, el deseo mamífero y el interés propio, repletos de miedos y esperanzas; y entonces el esquizofrénico lo supo. Miró a la chica, que era increíblemente guapa, pero tímida, y que le escondía la mirada siempre que él se la buscaba y llegó a su parada y se levantó sin decirle nada, pero con esa última frase de la novela dando vueltas a su cabeza, y supo entonces y para siempre que la única función del arte es prepararnos para la acción: tenía veintitrés años, y era la primera vez que había conseguido mantener la mirada a una mujer. Antes jamás pudo hacerlo.
Dos meses después se encontraba en aquella habitación desconocida, la primera mujer a la que había visto desnuda se estaba poniendo las bragas, él estaba tumbado sobre el colchón, no podía dejar de mirarla; el primer encuentro sexual había sido un desastre, no había sido capaz, o no del todo, me decía, había sido una experiencia traumática, había conseguido masturbarla, pero ella en algún momento quiso más, y no pudo saciarla, recuerdo muy bien que utilizó aquella expresión. El encuentro sexual acabó de una forma catastrófica, los gemidos progresivamente cesaron y la forma en que ella se agarraba a su espalda también, dios, decía, esa forma como si yo (es decir, él) fuera el que la estuviera abocando a un precipicio insondable, pero a su vez, también fuera el que la estuviera salvando de ese mismo precipicio al que la estaba abocando; los peores pronósticos sobre cómo podía ser su primer encuentro sexual se cumplieron, y fue terrible, traumático, humillante, y ridículo…, pero estaba ahí, su cabeza durante toda su vida le había dicho que cualquier mujer lo reduciría a una cosa de la que se podía reír y a la que podía humillar, y se había imaginado que no lo podría soportar, que sería la muerte en vivo para él, a partir de ese instante en su cabeza se producía el análogo al ruido analógico que emiten las televisiones antiguas; pero había descubierto que su cabeza estaba equivocada, que por lo menos existía una mujer en el mundo que lo había tratado con dignidad y respeto, a él y sus miedos, y le había brindado la oportunidad incluso de darle placer y compartir un pequeño rato de intimidad junto a él.
Estaba sobre la cama con ella vistiéndose de espaldas, me dijo, ella le preguntaba con algo de indiferencia si quería cenar algo; y entonces lo que el esquizofrénico me contó es que se vio a sí mismo en una abstracción espectacular con treinta años, recordando este momento que estaba viviendo en aquella habitación, sentado al escritorio de una especie de estudio, recordando a su vez la última frase de la novela de Edouard Levé en Autorretrato; en la abstracción lloraba de pura felicidad, miraba a través de un ventanal ese movimiento frenético de los pasos de cebra que puede llegar a sintetizar la naturaleza entera de una ciudad, desprovisto de preocupaciones innecesarias, miedos y en general todas las formas en que se manifiesta el sufrimiento humano, y en un momento determinado, se encontraba en el reflejo del cristal su propia cara, la cara que tendría cuando tuviera treinta años, y se veía en paz consigo mismo, se miraba durante unos segundos, y luego finalmente cogía el lápiz y comenzaba a dibujar alguna idea que tuviera en la cabeza, como iba a hacer el resto de su vida, hasta el día de su muerte.
El esquizofrénico parecía atrapado en su propia historia y no había forma humana de hacerlo volver al mundo real. Estábamos a dos kilómetros aproximadamente de la gasolinera a la que los solía llevar, pero el tipo no parecía muy predispuesto a moverse del banco en el que estábamos sentados. Yo le intenté dar ánimos de esa forma vaga con la que se le da ánimos a la gente que está acabada, pero nada, no había manera. Hasta yo se puede decir que estaba enganchada. Me explicó, por ejemplo, que durante los tres meses en los que estuvo hablando con la mujer antes de que se produjera el encuentro sexual le dejó claro de todas las formas posibles que estaba completamente loco, que tenía graves problemas de autoestima y varios intentos de suicidio a sus espaldas, que se había estado medicando con Sertralina durante dos años y que se conocía toda la literatura médica relacionada con la esquizofrenia, la depresión y la adicción gracias a los libros de Gabor Maté; él me dijo que no era lo que se puede decir un don Juan en lo que se refiere a la seducción de ejemplares del sexo femenino, que siempre se acababan alejando de él, aunque él no supiera por qué; pero es que esta mujer parecía realmente interesado en conocerlo; y cuando se produjo el encuentro sexual, y él se dirigió al baño para limpiarse las manos y se encontró encerrado debido a que él siempre cierra la puerta de los baños para que nadie pueda verle su arrugado y pequeño pene y empezó a golpear la puerta gritando ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ayuda! Se acordó de que, sí, vale, a esta mujer le había comentado hasta la saciedad que padecía de depresión, esquizofrenia, trastorno de déficit de atención, graves problemas de autoestima, varios casos demostrables de propensión a la adicción al alcohol, al trabajo y a los videojuegos, etcétera; pero no le había dicho por desgracia que también era claustrofóbico, porque si le decía también que era claustrofóbico seguro que la mujer se hartaría de tantos problemas y tantos obstáculos y no querría conocerlo a fondo y él perdería una de las pocas oportunidades de ser desflorado de forma significativa y no solitaria (cuando utilizó esta expresión le pregunté y se refirió a irse de putas); y en aquel cuarto de baño encerrado se arrepentía de habérselo ocultado, entre lágrimas y pidiendo auxilio; el esquizofrénico se lamentaba de no haber sido completamente sincero con la única mujer que se había mostrado predispuesta física y emocionalmente a desflorarlo y no haberle comentado la terrible claustrofobia que sentía en los lugares pequeños y cerrados y sin ventanas desde que su madre, que tampoco es que fuera el paradigma de la comprensión y el amor maternal, lo hubiera obligado a pasar una noche entera en un sótano repleto de polvo cuando él no se comió las lentejas que con tanto amor le preparó, un trauma que tenía enterrado en las profundidades tumultuosas del subconsciente. Y en aquel momento de claustrofobia paralizante se arrepintió de no haber sido completamente sincero con ella, porque se vio pidiendo ayuda como un condenado, golpeando la puerta del baño con el puño cerrado y dejando escapar coletillas inconscientes como:
—¡No me gustan las lentejas, Mamá!
Unas frases que, según él, seguro que dejaron volar la imaginación de la única mujer que había intentado desflorarlo gratis, cuando él siempre había sido muy discreto en sus manifestaciones esquizofrénicas, algo que para él era muy importante, un distintivo de identidad y autenticidad.
La puerta del baño, sin embargo, no la abrió esta mujer, que estaba al parecer en el salón, pidiendo algo de comida a domicilio por teléfono, sino su compañera de piso, una joven morena, bajita y con unos pechos exuberantes, también muy atractiva, que dio por supuesto que el esquizofrénico, depresivo y preadicto a muchas cosas había sufrido un evidente episodio de claustrofobia y se mostró, quizá, demasiado comprensiva con las manifestaciones inconscientes del trauma de las lentejas y demasiado predispuesta a ayudarlo. La mujer con la que se había intentado acostar (sin éxito) le había explicado en varias ocasiones al esquizofrénico que compartía piso con una ninfómana desesperada que se llevaba todo lo que tuviera pene a la cama, una bicharraca que se había pasado por la piedra ya a media ciudad, y que si no se la presentaba era porque seguro desearía entonces follárselo, con todos los problemas emocionales y de convivencia que se pueden derivar cuando dos compañeras de piso desean a un mismo hombre, porque él (es decir, el esquizofrénico) era realmente atractivo e interesante, aunque él no se lo acabara de creer, y además se le sumaba el hecho de que esta mujer ninfómana tenía una adicción clínica por desflorar a jóvenes inseguros, de alguna manera esta mujer decía que tenía un sexto sentido para detectar rasgos virginales en los hombres con sólo mirarlos a los ojos, y escribía cosas en su diario personal rollo Sylvia Plath como que le encantaba pasear por la ciudad con las manos en la espalda, tranquilamente, silbando y feliz, detectarlos entre multitud anónima de la ciudad, invitarlos a dar una vuelta, y llevarlos finalmente a su habitación, aunque ellos al principio no quisieran, se mostraran reticentes y miraran hacia los lados como buscando alguna cámara oculta; entonces, cuando esta ninfómana había convencido al esquizofrénico para que pasara a su habitación con el objetivo de relajarse, y le estaba aplicando un paño caliente sobre la frente y haciendo un masaje vietnamita y le estaba explicando que la obra de Linklater no le parecía tan profunda, arriesgada y vanguardista a un nivel artístico y narrativo como la de Gus Van Sant y estaba diciendo que el gusto cinematográfico de su compañera de piso y amiga del alma no estaba tan refinado como el suyo, y el esquizofrénico abrió un ojillo y notó atisbos de comparación celosa, y vio que en la puerta de la habitación en la que se había metido había como ocho candados en batería; entonces el esquizofrénico me explicó que en uno de esos instantes de lucidez en los que no reconocemos la torpeza normal con la que vivimos, decidió (es decir, el esquizofrénico decidió) con sangre fría gemir de placer, osea, dijo el esquizofrénico, fingió que se corría de placer, y a medida que gemía más y más fuerte, la ninfómana comenzó a intensificar los movimientos del masaje vietnamita y a validar su rol de ninfómana en el sentido de que nunca acaban de ser saciadas; y cuando la otra mujer acabó de pedir comida a un mexicano y escuchó unos gemidos de placer un poco extraños, a la vez que exagerados y amortiguados por las paredes del piso, así como una risa ávida de poder como villana de Disney, y los ubicó en la habitación de su compañera ninfómana, ató mentalmente cabos (porque su compañera de piso, según sabía ella, se encontraba en un de esos períodos ninfomaníacos de hibernación en los cuales estaba leyendo a Schopenhauer y Lucía Etxebarria compulsivamente), recorrió el pasillo mientras en el interior de su cabeza resonaba los violines torturados de una película de thriller y dio una patada karateka en la puerta y supo entonces, cuando entabló contacto visual con el depresivo, claustrófobico, y virginal esquizofrénico tumbado boca abajo sobre el colchón pero con los ojos en lo alto, supo entonces esta mujer que su pobre amante había estado pidiéndole ayuda en un código imposible de descifrar para la ninfómana de su compañera de piso, y le pareció (a ella, a la mujer con la que se había intentado acostar) entrañable, gracioso y señal de que entre ellos dos se había forjado una conexión espiritual a raíz de lo que había ocurrido en su habitación que perduraría para el resto de sus vidas, de una manera u otra.
No voy a negar que aquella noche me vi por primera vez subdividida en partes emocionales y no tan emocionales. Una parte de mí quería seguir escuchando la historia del esquizofrénico, porque me estaba costando horrores no empatizar con las diferentes manifestaciones narrativas de su locura; y otra, sin embargo, quería seguir con mi experimento social a toda costa, conseguir que el tipo llevara las jambas de las puertas de interior a la gasolinera, me besara o lo que fuera, y luego cogiera el camino de vuelta por su cuenta. También sabía que después de aquel episodio había llegado a un límite fronterizo del experimento, me vi obligada a cambiar algunos elementos importante del mismo, aunque esto lo supe después, y supongo que te lo debería contar más tarde, cuando la cosa se complicó de verdad.
También cabe informar aquí que en aquella etapa de autodestrucción drogodependiente y denegación psicológica en lo que se refiere a la elección de mi master Universitario la subdivisión de mí en partes emocionales y no tan emocionales era más metafórica que otra cosa. En retrospectiva a mí en realidad lo único que me importaba era que el esquizofrénico, virginal y depresivo claustrofóbico me acompañara a casa, porque con la tontería era jodidamente tarde y de noche, el tipo se había enrollado como una persiana, y ya sabes que Mataró es una ciudad muy peligrosa de noche, y más para una mujer como yo; y bueno, ya sabes, si me acompañaba con las jambas cargando en la espalda, pues mucho mejor. Para el experimento social, quiero decir. Estaba fatal en aquella época. Todavía lo recuerdo.
El esquizofrénico después de contarme esta última experiencia que tuvo con la ninfómana en su habitación, se quedó en blanco y no salió nada con sentido de su boca. . Yo pensé que ya se habría desahogado, que básicamente le hice de psicóloga, y ya está; pero en realidad una vez contó estas experiencias jamás volvió a reaccionar a mis peticiones para volver a la marcha con las jambas. Se quedó en el banco mirando al vacío en una posición defecatoria que insuflaba dignidad, como si estuviera pensando. Aunque yo sabía que no estaba pensando. Fue extraño. Sabía que él en aquel momento era la personificación de lo que fuera contrario a un hombre pensando. Eso lo sabía.
Fíjate en una cosa. Es lo que te he dicho antes: los locos, los dementes, por paradójico que pueda sonar, son los más escépticos a la hora de creerse e interiorizar cualquier historia, y parte de su enfermedad consiste en que su circuito neuronal para contárselas está completamente frito; de modo que lo único que pueden hacer es dar vueltas y vueltas, una y otra vez, a la misma, a la única que les queda, a la última que han vivido, hasta que ya no quedan más reflexiones, más imágenes, más sentimientos que sacar de allí y la historia muta a un largo pitido ensordecedor de esos que emiten las máquinas de los hospitales cuando se te para el corazón, y entonces lo único que deseas es salir de tu puñetera cabeza. A mí en aquel banco me dio aquella sensación. De que en realidad lo único que deseaba este tipo era salir de su puñetera cabeza que no le dejaba de contar la misma historia todo el tiempo. Ese pitido, imagínatelo por un momento todo el tiempo en tu cabeza. Recuerdo que intenté ponerme rollo madre: le di ánimos, le dije que las cosas mejorarían, pero sólo si él quería, y una de las cosas que podía hacer para que las cosas mejoraran, aunque fuera de forma simbólica, era cargar con esas jambas tan pesadas con las que yo no podía hasta la gasolinera de al lado de la montaña. Ya te he dicho que yo en aquella época no estaba muy fina. Él me dijo que estaba cansado. Yo le contesté que quedaba realmente poco para llegar a la gasolinera, que ya habíamos completado gran parte del trayecto, y para enfatizar psicológicamente lo que le estaba diciendo puse una mano sobre uno de sus hombros como si fuera su mejor amiga. Él me dijo entonces que aquello era mentira, que faltaba más de la mitad; y que eso era exactamente lo que le cansaba y lo que le impedía seguir hacia adelante, la abstracción de lo que aún faltaba por llegar, decía que su cerebro se encogía cuando veía lo que faltaba por llegar, lo cual me pareció aparte de una observación acertada, una reflexión profunda sobre los motivos por los cuales los seres humanos parecemos jodidamente incapaces de comprometernos con metas a largo plazo, con el futuro que queremos, con los sueños que no nos dejan en paz ¿no? ¿No te lo parece a ti también?
En mi estado de de denegación psicológica y mi obsesión por conseguir que los participantes en mi experimento social llevaran lo que yo quisiera a la gasolinera que había al lado de la montaña y de mi casa, sin embargo, me vi obligada en el banco de aquel parque a improvisar una actitud pedagógica que un día puse en práctica con mi sobrina de tres años. Básicamente me dejé de tonterías, tiré a la basura todo este rollo de la comprensión y de la tolerancia y di un giro autoritario. Estaba desesperada y no iba a permitir que un maldito enfermo mental tirara por la borda un año entero de trabajo e investigación, me daba igual el tema de su virginidad no resuelta.
Como te he dicho lo que hice fue básicamente adoptar la misma actitud que adopté cuando mi sobrina de tres años un día no se quería comer la tortilla que le había preparado. Le dejé de sonreír como una imbécil, me dolían hasta los músculos circumorales de tanto fingir una sonrisa que no sentía, me levanté del banco y me puse en frente de él. Le dije que se levantara conmigo de una puñetera vez y cargara con las jambas. No se lo propuse. Se lo ordené. Le dije que me importaba tres cojones su historia, que no era para tanto, que la suya no era tan diferente a las del resto. Que todos somos los protagonistas absolutos de las historias que nos contamos. Que aunque se viera en su historia absolutamente central e imprescindible y eterno, en el mundo real seguía siendo insignificante, accesorio y transitorio; y que lo único que podía hacer al respecto era aceptarlo, como acabamos haciendo el resto de mortales de carne y hueso, y seguir hacia adelante. Lo mejor de todo es que funcionó. El tipo se resistió un poco al principio, pero al final acabó entrando al trapo, como hizo mi sobrina de tres años cuando me puse realmente seria y le ordené que se comiera la puta tortilla que le había preparado antes de irse al colegio. El motivo principal por el cual mi sobrina no quería comerse la tortilla era que no le gustaba. Yo le decía que necesitaba comerse la tortilla para mantenerse fuerte y poder ir al colegio a aprender cosas nuevas y jugar con sus amiguitos, pero ella decía que no se la quería comer porque no le gustaba la tortilla. No había forma: no le gustaba y no había vuelta de hoja. Yo le dije entonces que comiera un poquito, una porción, y con eso estaría bien si no le gustaba, pero fue imposible convencerla de que comerse la tortilla era bueno para ella. Como puedes imaginar la discusión con una niña de tres años adoptó rápidamente la forma exacta de varios cabezazos contra la pared. Yo quería que se la comiera porque era bueno para ella, aunque no le gustara, pero ella no quería comérsela, aunque fuera bueno para ella, porque no le gustaba. Te prometo que analizar la lógica que utilizan los niños para tomar sus decisiones da para una tesis doctoral sobre por qué fracasan y por qué son infelices los adultos. Por suerte mi hermana se ha ido a vivir lejos de aquí y a esa niña no la he vuelto a ver el pelo, ni ganas tengo. Aunque tengo que decir que después de esa experiencia mi hermana me prometió que nunca más me dejaría cuidar de su niñita, la cual según ella, era especial y muy sensible y le contó todo lo que le había hecho de una forma muy poco objetiva y descontextualizada. Durante lo que restaba de trayecto hasta la gasolinera que había al lado de mi casa, en la Mataró nocturna de las dos de la madrugada, fui por delante del esquizoide, como separados por una correa entre perro y dueño abstracta, y cada vez que me volvía y lo veía relajando el ritmo, me acercaba y le pegaba un buen bofetón; eso lo espabilaba.
—¡Va! —le decía, a gritos— ¡Más rápidoMe sentía increíblemente poderosa. Cuando llegamos a la gasolinera le ordené que colocara las jambas al lado de contenedor de basura. Le pregunté si conocía la historia de Sísifo, y me reí sola. Te prometo que estaba en la puta mierda. En realidad no sabía qué demonios estaba haciendo con mi vida y lo peor es admitir que quizás yo estaba peor que él.
Después de unos segundos de silencio, el esquizofrénico me preguntó si podía marcharse, ya que vivía un poco lejos y estaba agotado. Yo sonreí de verdad. Estaba por fin en casa.
Entonces fue cuando me vino a la cabeza toda la experiencia de mi sobrina, la que según mi hermana le había dejado graves secuelas para la posteridad.
Después de mucho discutir con aquella niña endiablada, lo que decidí fue meterle toda la tortilla en la boca y obligarle a masticar y a tragar hasta que no quedara nada en el plato. Me aseguré de ello.
Media hora después nos encontrábamos en la puerta del colegio, ella no se separaba de mí, y me preguntó si podía marcharse junto a sus amiguitos, que estaban jugando a la pelotita, antes de entrar en clase. Me lo dijo mirando al suelo. Me lo pidió por favor. Me lo suplicó. Había aprendido la lección.
Recuerdo que le dije lo mismo que le dije al esquizofrénico cuando me me preguntó si se podía marchar ya. Tenía la misma cara de sumisión. Se lo vi hacer un día a mi hermana al despedirse de su hija. Me pareció entrañable.
—No sin antes darme un beso.
********
Evidentemente después de la traumática experiencia junto al esquizofrénico no estaba lo que se dice preparada para procesar toda la mierda que se me vino encima. Mi experimento social sufrió un parón antes de que subiera al siguiente nivel, que es donde las cosas se pusieron realmente complicadas y empecé a pasar miedo de verdad, aunque aún faltara mucho para llegar al último nivel, donde aprendí la lección que trato de explicarte aquí ahora mismo.
Estuve como dos semanas metida en la cama, me vi de forma compulsiva todas las series disponibles en Netflix, engordé tres kilos, me masturbaba hasta con los cantos de las mesas, soñaba por las noches con todo lo que acabara en forma de punta, no dejaba de comer golosinas e hidratos de carbono, tenía ganas de matar a todo el mundo, no podía dejar de leer poemas de Emily Dickinson, una autora que sólo se lee durante períodos depresivos, siempre que me dirigía al salón era para discutir con mis padres, que parecían momias frente al televisor. Era una mierda. Todo lo veía a través de un pátina gris y parecía preparado y diseñado para morir, si no es que estaba ya muerto de antemano.
Me preguntaba constantemente si yo también me vería así viendo series de Netflix. Como mis padres, quiero decir. Era repugnante, esa flacidez tonta en el rostro; ese deje en la postura; esa mano que no deja de ir por sí sola al cuenco de las palomitas. Aun así no podía dejar de verlas.
Por suerte noté una leve mejoría en mi estado de ánimo cuando por sorpresa mis compañeras de máster me invitaron a una despedida de soltera. Una de ellas se casaba. Estaba embarazada. Me sentí mejor de esa forma en la que te sientes mejor cuando te enteras de que a alguien le va mucho peor que a ti, pero sabe poner mejor cara. Al día siguiente de la despedida de soltera, fue la primera vez en dos semanas que tuve la suficiente fuerza de voluntad como para no masturbarme de buena mañana ni pensar en la idea del suicidio mientras meaba ni de ver tropecientos episodios seguidos de una serie de Netflix que ya había visto unas cuantas veces y con la cual me había sentido terriblemente identificada. Me sentí orgullosa y me senté a escribir sobre el significado de lo que estaba ocurriendo conmigo. Escribí como treinta páginas intelectualoides a bolígrafo. No llegué a ninguna conclusión, pero la verdad es que me sentí mucho mejor.
A la semana siguiente ya estaba de vuelta a la universidad, y por lo tanto, también al autobús. Estuve varios días sin cazar y sin pensar en la caza, pero sabía que de algún modo volvería a mi pequeño experimento social, tarde o temprano. Aunque en el momento no fuera capaz de entender lo que estaba ocurriendo conmigo a muchos niveles, en realidad, ahora que lo pienso con más calma, de forma inconsciente sólo estaba buscando nuevas perspectivas, aunque los acontecimientos no me dejaran ponerlas en práctica.
A raíz de una serie de manifestaciones sindicales en favor de los derechos de los conductores de autobús, una noche yo y otras tantas personas nos vimos sin quererlo ni beberlo plantados en Barcelona, sin saber cómo demonios podríamos llegar a Mataró, una cola en la estación que parecía las afueras de un concierto multitudinario. Nos dijeron que nos olvidáramos de coger el autobús, que los conductores se habían plantado en la estación con saco de dormir y un termo de esos de tamaño gigante y no iban a salir de allí hasta que les aumentaran el sueldo y en general les mejoraran las condiciones laborales. Aquella noche me vi tentada a volver a las andadas, hacía mucho frío y quería llegar a casa, aunque no sabía si estaba psicológicamente preparada para volver a la acción. Por suerte no hizo falta, porque en la inmensa cola que se formó en la parada un tipo alto y encorbatado se acercó y comenzó a hablar conmigo; al parecer, los dos teníamos algo en común, los dos estábamos cabreados por lo ocurrido y eso nos hizo tener un tema de conversación. El tipo me dijo que en realidad tenía que ir a Mataró para ir a ver a su novia al hospital, pero dado el panorama llamaría a sus padres (es decir, a los padres de ella) para decirles que dadas las circunstancias, sería mejor que se acercara otro día. Supongo que no lo vi venir de cerca. Él tenía un apartamento en Barcelona, un ático tipo loft de esos que se supone que tiene la gente que viste con traje y corbata y lleva un maletín de cuero, y me invitó a pasar la noche en su casa, con la condición de que evitáramos la discusión sobre quién tenía que dormir en el sofá, ya que él, si tenía alguna convicción en la vida sobre cómo le gustaría ser, esa era la de ser un caballero.
En ningún momento sospeché nada de lo que estaba ocurriendo. El tipo estuvo todo el rato hablando sobre su novia. Me explicó durante la caminata a su casa que la pobre había sufrido un terrible accidente de coche en plena autopista mientras conducía a doscientos por hora dirección Barcelona, porque su relación era tan especial y se sentían tan unidos el uno del otro que si pasaban más de un día separados literalmente se morían allí donde estuvieran; y su mujer tenía un trabajo muy exigente que a veces le obligaba a viajar a otras ciudades, y eso para ella tenía importantes consecuencias psicológicas, ya que iba siempre muy estresada porque sabía que a la que se cumplieran diez, doce horas sin ver físicamente a su novio y futuro marido empezaba a sentir una preocupante taquicardia, y le empezaban a caer goterones por la frente, y a este síntoma se le sumaba el hecho de que en el fondo se avergonzaba de sentir una atracción tan fatal e infantil hacia una persona, y tenía que fingir ante la plantilla de trabajo de la que estaba a cargo que era una de esas jefas histéricas y bipolares con las que no se podía contar para nada y parecían que siempre tenían la regla; y aun así, pese a todos estos inconvenientes habían conseguido durar diez años, lo cual ya era de por sí estresante y agotador, y daban ganas de ir al psicólogo a contarlo todo o de tirar la relación entera por la borda, o ambas cosas a la vez, dependiendo el día y la distancia a la que un día pudieran estar el uno del otro.
No había que ser una iluminada para deducir lo que había pasado. Aun así me lo contó media hora después, mientras me preparaba una ensalada césar, ya en su casa.
Al parecer su novia un día tuvo que quedarse hasta las tantas en las oficinas de Mataró, completamente atrapada por finalizar un proyecto muy importante para el futuro de su empresa, y cuando se quiso dar cuenta, se miró en el espejo del baño durante un breve descanso, vio que estaba roja como un tomate, miró el reloj de pulsera y supo que habían pasado trece horas sin ver a su novio y comenzó a sudar como un pollo; entonces corrió hacia el móvil y vio las evidentes cuarenta y siete llamadas perdidas que le había realizado, intentó llamarlo, no contestaba, ella se lo imaginó con una mano en el pecho y la otra sujetando el teléfono móvil experimentando una especie de infarto, y cogió el coche de inmediato, les dijo a su plantilla que ahora volvía, que no la miraran así, que no se fuera nadie, que eran las tres y media de la madrugada, pero que el proyecto tenía que salir fuera como fuera, y que apuntaran todas las horas extras que hicieran, que dejaran de quejarse, que la empresa que dirigía siempre iba a pagar las horas extra y que el que no quisiera hacerlas ya sabía dónde estaba la maldita puerta.
No volvió. Preocupada por la salud de su novio, y a su vez experimentando los primeros síntomas de abstinencia (taquicardia, sudores fríos y mareos) cogió la autopista y puso su Mercedez Benz a doscientos por hora. El coche después del accidente quedó reducido a una gran bola de papel metálica. Los investigadores pensaron que se había tratado de un intento de suicidio. Le hicieron un análisis de sangre a lo que quedaba de ella y los índices de cafeína podían hacer saltar a la comba a un elefante. Su empresa gastaba cuarenta y siete mil euros en café. Los investigadores eran de esos de película que ven conspiraciones por todas partes e iban a investigar a fondo las cuentas de la empresa. No se creían la versión que les contaba él (es decir, la versión de la necesidad de estar juntos y etcétera).
Ahora su novia se encontraba postrada en una cama de hospital, me dijo, estaba consciente, pero tenía todas las extremidades rotas. Estaba toda cubierta de yeso y sólo se le veían los ojos, curiosamente lo único que necesitaba para que pudiera verlo a él. Parecía una momia. Era una pena, debieron hacer algo al respecto, su situación antes del accidente era insostenible, él un día tuvo que alquilar un helicóptero… pero en definitiva, no se puede volver hacia atrás en el tiempo ¿no? Ahora estaba obligado a ir cada noche a verla al hospital, cuando salía del trabajo, porque la necesidad de verla era igual de urgente que siempre. En este punto del relato comenzó a llorar, y dijo que si las cosas fueran de otra manera, todo sería más fácil. Él se prometió después del accidente que no cometería el mismo error que ella, porque si cogía un coche y tenía un accidente no se podrían ver y entonces los dos morirían de la pena de no poder verse.
El tipo me ofreció sábanas y mantas y un pijama de franela para que no pasara frío por la noche. Me enseñó todo el piso, me dijo que podía coger cualquier libro de la estantería del salón, una estantería donde tenía libros de esos conseguir el éxito y no rendirse nunca, me dejó unas zapatillas para que no fuera descalza por casa, me invitó a comer cualquier cosa de la nevera, me dejó el mando de una televisión gigante sobre la mesita de noche por si me aburría o no podía dormir, me tapó él mismo y finalmente, después de un largo recorrido por toda la casa, me dijo que si necesitaba cualquier cosa él estaría en el salón. Yo le di las gracias por lo que estaba haciendo por mí. Él las rechazó y me dijo que el que tenía que darme las gracias era él, ya que estaba pasando por un momento muy difícil de su vida, y que le estaba ayudando, aunque yo no lo creyera, a hacer algo que nunca se había atrevido a hacer. Me dio un beso en la frente y se fue hacia el sofá del salón, me dijo que si me despertaba y él no estaba, que me podía marchar cuando quisiera, que esa casa era como si fuera mía.
Como podrás comprender no fue fácil pegar ojo en aquella habitación. Había algo en lo que no podía dejar pensar. Algo que no encajaba. Toda la historia tenía una matiz tétrico. Durante toda la noche tuve una pregunta que no me atreví a hacerle.
Hacia las tres de la madrugada me puse las zapatillas y me dirigí al salón. Asomé la cabeza por la parte detrás del sofá y me encontré al tipo con los ojos abiertos como platos. Estaba temblando y tenía goterones de sudor por toda la frente. Cuando me contó la historia de necesidad que tenía con su novia pensé que estaba exagerando. No era una exageración. El tipo estaba temblando y sudando, te lo prometo.
La pregunta fue la siguiente. El resto vino solo.
¿Ibas…? ¿Ibas al hospital a verla, no?
El tipo me miró.
Yo lo miré.
Nos miramos.
Corrí hacia la habitación, él rompió a llorar como un loco, me siguió por todo el loft, me pedía por favor que no me fuera en el momento más duro de su vida, me lo suplicó, se arrodilló frente a mí mientras me ponía las botas y enfilaba hacia la puerta. Yo estaba aturdida por el miedo que sentí de repente en aquel piso dejado de la mano de Dios, le dije que lo sentía mucho pero no quería ser virtualmente la cómplice emocional de un asesinato en toda regla, o de un asesinato conjunto (en el caso de que saliera terriblemente mal), y me fui sin pensármelo demasiado. No me importó mucho que no tuviera forma práctica de volver a Mataró, lo único que quería era salir de aquel piso cuanto antes. Eran las tres de la madrugada, y tuve que coger un bus nocturno. Ni se me pasó por la cabeza lo del experimento. Iba en un pijama de franela con motivos de conejitos contra un fondo rosa chicle, pero con unas botas de cuero que me llegaban hasta las rodillas; no estaba para tonterías. En el autobús la gente a la que acostumbramos a mirar por encima del hombro era la gente que me miraba a mí.
Ya en Mataró, cuando estaba llegando a mi casa, a la altura del contenedor de basura donde le dije hacía dos semanas al esquizofrénico que dejara las jambas y se fuera por dónde había venido en un giro autoritario, encontré algo que me llamó poderosamente la atención. En el mismo contenedor había un montón de jambas de puertas de interior, del mismo tipo que le obligué a cargar al enfermo mental. No podía ser casualidad. Cuando me quise dar la vuelta, ahí estaba él, temblando de frío bajo un portal, oculto bajo una sombra tenebrosa, en un estado psicofísico que me hizo pensar que debía estar inmersa en una película de terror o algo así. Parecía un zombi. Llevaba una lata de cerveza en la mano izquierda y tenía un montón de rozaduras por los brazos, supongo que de cargarlas. Sonrió al verme, se acercó con paso tambaleante y me dijo Hola.
El esquizofrénico me dijo que iba muy guapa, que me había echado de menos, y que había sido increíblemente dura la espera, pero que la había podido soportar gracias al propósito existencial que le regalé aquella noche. Me dijo que unas vocecitas de su cabeza (muy típico de los esquizoides) le susurraban que yo le había abandonado, que yo le había utilizado para mis metas sin tenerle en ningún momento en cuenta a él, como le había pasado en definitiva toda su vida con todas las mujeres, y me dijo que unas de las vocecitas le decía que tenía que vengarse e ir por ahí matando a mujeres o algo así, pero que consiguió silenciarlas, o ignorarlas, a estas voces, buscando cada día jambas de puertas de interior por la ciudad y cargándolas hasta el mismo contenedor donde las había llevado el último día que estuvimos juntos. De esa manera, él sabía que una noche u otra aparecería y podría mandar las vocecitas a tomar por culo. Me dijo que desde que aquella noche él tenía esperanzas por primera vez en mucho tiempo de mostrar de nuevo su arrugado, blando y pequeño pene a alguien. Y que ese alguien era yo. Supongo que me pilló en un estado de desorientación anímica sin precedentes. En otro contexto no le hubiera dado importancia, le hubiera mandado a la mierda de alguna forma. Pero aquella noche le dije que aquellas rozaduras tenían muy mala pinta, y le invité a subir a casa. Se duchó, le ofrecí un pijama, le curé las heridas y dormimos juntos. Le temblaban las manos del frío y del alcohol. Antes de apagar la luz, me dijo que me quería.
No sé muy bien cómo ocurrió, ya te he dicho que en aquella época iba como fumada todo el tiempo, pero a los dos meses se podía considerar que estábamos juntos. Hacíamos vida de pareja. Mejoró muchísimo su estado de ánimo, dejó la medicación, comenzó a dibujar de forma compulsiva cada mañana, se apuntó a natación y meditación mindfulness, encontró un trabajo, ganó algo de peso, etcétera; parecía literalmente otra persona. También comenzamos a tener relaciones sexuales bastante satisfactorias. Tener relaciones sexuales con hombres inseguros tiene ciertas ventajas, más que nada porque dejan el ego a un lado y lo dan todo, no se dejan nada en el tintero, porque siempre se piensan que podría ser la última vez. Yo no lo quería, era evidente que no sentía lo mismo que él sentía por mí, él haría todo lo que yo le pidiera sin dudarlo un maldito segundo, pero me permitió seguir hacia adelante. Acabé el máster en periodismo y encontré trabajo de reportera donde estoy ahora, me hizo olvidar mi pequeño experimento social, y además me regalaba un buen orgasmo cada noche. ¿Tú dirías que yo lo estaba utilizando?
Estamos hablando de que haría cualquier cosa por mí. Cualquier cosa.
Algunas mujeres te dirán que no les gusta los tipos sin personalidad, te dirán que huyen de los denominados pánfilos como de la peste porque no es lo que buscan en la vida y blablablá, y te intentarán demostrar que es un rasgo distintivo de su personalidad. Es mentira. Yo durante aquellos meses descubrí el motivo principal por el cual tendemos a huir de este tipo de personas, de los que darían una pierna por nosotros sin saber si nosotros daríamos una pierna por ellos. Lo descubrí con él. Los que están dispuestos a amar a cualquier precio. Huimos de estas personas porque nos enseñan una versión de nosotros mismos que no queremos conocer, una versión de nosotros que maquina, manipula, chantajea, y se siente increíblemente poderosa haciéndolo, y lo hace sin ningún remordimiento y lo hace a cualquier precio. Por culpa de estas personas conocemos una parte maligna de nosotros que no sólo no tiene suficiente con salirse con la suya, sino que además quiere sentirse bien respecto a ello. Durante aquellos tres meses, no sólo quería que el esquizofrénico hiciera lo que yo quisiera en cualquier momento, además quería que lo deseara. Si una persona tiene dignidad y siente respeto por sí misma, pondrá límites y la sangre no llegará al río, pero si esa persona te quiere, te ama, te necesita y sabes que haría todo por tenerte contenta, y si encima tú no sientes lo mismo por esa persona, y si encima tú sientes esa especie de superioridad emocional que te hace creer que eres la única persona que tiene, entonces estarás todo el tiempo tentada a descubrir una parte de ti que sólo está dispuesta a recibir amor, pero no a darlo…, porque en definitiva: no es necesario. Entonces lo que ocurre es que después de haberte convertido en la peor versión de ti misma, en una persona que es capaz de manipular a otra persona que te quiere sólo para tener razón, que es en definitiva la forma más antigua del poder, la abandonas, pero no lo haces exactamente por él; no lo haces porque seas buena, no lo haces porque prefieras los tipos con personalidad como puedes preferir un postre u otro, lo abandonas porque ese tipo de amor, el amor que tiene que ver con sólo recibir y recibir y recibir hasta que te empachas te ha convertido en una persona terrible.
Estaba volviendo de Barcelona en el mismo autobús de siempre, eran las tantas de la noche, había empezado las prácticas en una redacción y básicamente mi redactor jefe me tenía secuestrada llevando los cafés a los que normalmente llevan los cafés al personal importante de la empresa, me dijo que así aprendería en qué consiste el oficio del periodismo, ya sabes, era ese tipo de Jefes; y le estaba explicando por teléfono al esquizofrénico lo difícil, estresante y agotador que era para mí este trabajo de mierda, le decía que sin duda me había equivocado de carrera y tendría que haber optado por una vida mucho más significativa, como la escritura de ficción, la dirección de cine, o algo así, ya que veía que me vida se había ralentizado, cuando podría ir a toda marcha -todos los días la misma rutina, las mismas caras, los mismos pensamientos, los mismos sentimientos asociados a esos pensamientos-. No podía parar de quejarme. Él me escuchaba.
Le expliqué que todos mis compañeros me habían preguntado de una manera u otra si tenía novio o estaba comprometida, que todos mis superiores, los que de algún modo tendrían que servirme como ejemplo e inspiración estaban al borde de tirarse desde una azotea, todos divorciados, amargados, con hijos que no les hablaban, con mujeres que les ponían los cuernos, con regueros de saliva al ver a sus compañeras desfilar por la redacción; le expliqué que al parecer había siete variantes de cafés en la máquina expendedora de cafés y que no sólo cada persona quería uno distinto y había que aprénderselo de memoria (es decir, aprenderse de memoria el café que quería), sino que encima la misma persona podía querer diferentes cafés en función del momento del día y el estado de ánimo en que lo pidiera, lo cual aumentaba el estrés y la ansiedad y las ganas de enseñarle el dedo y marcharme de allí para siempre; y todo esto lo tenía que aprender sobre la marcha, aguantando humillaciones, chistes y rapapolvos, esperando una oportunidad de mierda para demostrar mi supuesta valía como persona en un trabajo que ni siquiera me gustaba. Y a todas estas quejas le metía sutilmente de vez cuando el añadido de la pereza que me daba subir ahora desde la estación hasta la casa de la montaña porque él y su puta afición de mierda al dibujo le habia condenado a un trabajo precario hasta como mínimo los treinta y cinco, y me obligaba a mí a vivir con mis padres. Entonces él me decía que aunque estuviera cansado, más que nada porque se despertaba a las cinco de la madrugada para dibujar de forma compulsiva y estar sano con su esquizofrenia, luego ir a realizar una sesión de ejercicio de alta intensidad para mantener a raya el estrés y la ansiedad, y luego irse a trabajar diez horas a un bar muy concurrido de Mataró, podría bajar a buscarme a la estación para subirme a casa de mis padres. Yo le decía que si no quería que no bajara, que no importaba, de verdad, que ese no era el problema, le decía que yo también sabía que estaba cansado. Pero estaba hecho, vendría a buscarme a la estación.
Cuando colgué, el autobús estaba en silencio. No estaba vacío, pero tampoco estaba a rebosar. Era un bus nocturno. Sólo se escuchaba el ruido del motor y un programa de radio que tenía puesto el conductor para que no se durmiera sobre la marcha. Algunas personas estaban espatarradas sobre los asientos, durmiendo de esa manera en la que duermes cuando te encuentra el sueño en un autobús, y otras simplemente tenían la mirada clavada en el ventanal. Yo fui una de esas. De repente me encontré en el reflejo del ventanal y creo que pensé por primera vez en mucho tiempo en todo lo que había pasado durante esos meses con el esquizofrénico y conmigo en general.
No era un experimento social, no era una forma de pasar el rato. No hubo una abstracción espectacular, como en el sueño del esquizofrénico. Yo me había convertido en aquella persona. Yo era aquella persona.
Cuando el esquizofrénico me llamó de nuevo al teléfono, supongo que para preguntarme dónde demonios estaba, no le contesté. Yo ya estaba en mi casa. Llamé a mi padre para que viniera a recogerme. Aquella noche no pude dejar de llorar. Nunca más he hablado con él. Me enteré por terceros que acabó en un psiquiátrico, ingresado para siempre, encogido en una especie de posición fetal muy dolorosa y comiendo con una cucharilla de plástico puré de patata por miedo a que se cortara las arterias radiales. Una pena.
¿Entiendes ahora por qué ahora prefiero no hacer algunas cosas que antes sí me atrevía a hacer?
(III)
—Me puedo hacer una idea.
—Necesito algo de beber. Tengo la garganta seca.
—Pídeme algo a mí también.
—¿Coca-Cola Zero, cerveza, qué?
—¿Tú que crees?
—…
—…
—¿Pero entiendes ahora por qué…
—He dicho que me puedo hacer una idea.
—Te veo tenso. Noto tensión en esta mesa. Yo creo que no has entendido la historia. ¿Sabes que estuve como cuatro meses sin salir de la cama?
—Ya, bueno. Pero el problema sigue siendo el mismo. Exactamente el mismo. ¿Qué crees que hubiera hecho que hubieras sido algo más consciente de la situación objetiva del esquizofrénico?
—No sé, que lo hubiera querido, por ejemplo. No lo quería. Sólo lo estaba utilizando.
—Ya estamos. Es que es lo de siempre.
—Creo que lo había convertido en mi confesionario portátil.
—Lo de siempre, joder.
—¿Sabes esos reality shows en los que los concursantes tienen una salita donde se pueden desahogar de sus penas?
—Puta mierda ya.
—Una vocecita les pregunta cosas y ellos se desahogan, pero en ningún momento estos concursantes son capaces de salir de esos problemas y le preguntan a la vocecita qué tal le va a ella, con sus problemas y sus cosas. Mi relación con el esquizofrénico era exactamente así.
—Más inconscientes que un puto trozo de bacon. Que un trozo de bacon, joder.
—No es cuestión de que el amor que sintiera por mí lo estuviera salvando de sus enfermedades y de sus traumas, sino que el tipo de amor que yo sentía por él me estaba matando a mí. Me estaba convirtiendo en una persona insoportable, iracunda y con derecho a quejarse de todo lo que le ocurría.
—…
—¿A qué te refieres? ¿De quién hablas ahora mismo?
—De nadie. De todas en general, no sé.
—Sigo notando tensión en esta mesa. Voy a pedir dos pintas. Creo que necesitas relajarte. ¿Te pasa algo o soy yo?
—No me pasa nada. Sólo creo que la solución de eliminar por completo la conciencia de la elección a la espera de un príncipe azul que elija por vosotras no es una solución en absoluto. Elaborar una rara ecuación en la que no elección puede llegar a equivaler a libertad me parece vuestro último disparate. Tú dices que lo abandonaste porque no lo querías, yo te pregunto a ti, entonces: ¿A qué estabas esperando para quererlo? En serio: ¿A qué estabas
—Yo creo que el problema era que ese tipo de amor me hacía sentir en una especie de cárcel. El que el esquizofrénico sentía por mí, quiero decir. No me podía imaginar en ningún contexto en que ese hombre que me escuchaba y hacía todo lo que le pidiera me abandonara por otra, o incluso me abandonara sin más; no podía. Iba a estar conmigo de todas formas y en todas las circunstancias, no importara en la persona que me convirtiera. Al principio puede funcionar, y puede ser divertido y significativo, una persona que te ama y te escucha de forma incondicional, pero el problema viene después, cuando ya te has convertido en esa persona insoportable, iracunda y que sólo puede hablar de sus problemas, porque ha mamado que sus problemas son lo único que existe, y ya no puedes cambiar, y ahora la que no puede abandonarlo eres tú, porque nadie te aguanta, ni siquiera tú misma, sólo te aguanta él. Es una cárcel ¿Entiendes? Yo sentía que si seguía dos años más con él acabaría en la Cárcel.
—Mi pregunta sigue siendo la misma: ¿A qué estabas esperando para quererlo?
—¿A quién?
—Al esquizofrénico, claro.
—Yo creo que tenemos que definir aquí lo que entendemos cada uno por querer.
—Los dos a la vez. En una palabra.
—Vale.
—¿Lista? ¿La tienes?
—…
—Uno, dos, y
—…
—…
—…
—Tramposa. Eres una tramposa. Querías hacer trampas.
—Qué te follen, jajjajajajaja. Déjame en paz.
—…
—…
—¿De verdad crees que la modelo de diecinueve años esta que me dice que es Libre e Independiente siente temor por verse dentro de la Cárcel y no poder salir nunca más de ella?
—No sé, yo hablo sólo por mí.
—Porque lo que yo creo que es que está dispuesta a entrar en al cárcel, pero sólo si un príncipe azul aparece por el horizonte subido en su esplendoroso caballo y le hace sentir tantas cosas que le hace olvidar cómo la celda se va a hacer más más estrecha y asfixiante a medida que lo ame más y más. No sé si me explico. Lo que yo creo que es que necesita invocar al sentimiento. Porque de lo contrario se va a quedar espatarrada en su poltrona leyendo sus libros sobre lo Libre e Independiente que es. Sin embargo, lo que de verdad quiere es que sólo exista ese príncipe azul como posibilidad. Lo que quiere es que el príncipe azul le haga sentir un amor tan profundo e inexplicable que le haga olvidar eso que has dicho sobre la cárcel. Así no se siente culpable, y así en definitiva va a elegir. Seguro. ¿Me estoy explicando?
—La verdad es que me estoy preguntando qué pasaría si contestara a tu pregunta.
—¿Eh?
—Que no te estás explicando.
—¿Es coña?
—…
—…
—¿Tú qué crees? Yo creo que vemos el problema desde sitios muy diferentes.
—…
—…
—A ver. Tienes que comer un postre porque sigues hambriento después de comer o porque llevas comiendo postre desde que usabas chupete, y ahora tienes la imperiosa necesidad de abrir la nevera y comerte un buen yogur de fresa; pero la abres y te encuentras una nevera donde se podrían pasear los ratones, pum, ni siquiera te lo esperas, no quedan yogures, y tu cara retrocede asustada, encogida, y arrugada en un plano facial sobredramatizado. No queda ningún yogur, te los has comido todos. Entonces te ves de repente vistiéndote y acercándote al supermercado más cercano a comprarte yogures. En el supermercado se despliegan ante ti una increíble variedad de yogures, de todos los sabores, texturas e índices de azúcares añadidos posibles. Todos se pueden convertir en tu postre, pero sólo puedes elegir uno. Esto del pasillo repleto de yogures en un primer momento puede hacerte creer que complica tremendamente la elección. Tu elección. Pero piénsalo bien. Si no hubiera tantos yogures, nunca experimentarías en toda su dimensión lo que significa tu elección. Tu elección. Elegir. Eliges uno, pierdes la posibilidad de elegir todos los demás. Por ejemplo: elegir el yogur de fresa implica no elegir el yogur de limón. Y a su vez decantarte por el yogur de limón implica que no puedas elegir el de frutos del bosque. No es poca la presión que tienes que soportar sobre tus hombros. Tu necesidad arraigada en un hábito inocuo convirtiendo todos esos yogures en suculentos objetos de deseo. Todos igual de deseables y deseados. Pero no te decides por ninguno. No puedes. En tu cabeza no puedes soportar la idea de que elegir uno implique la posibilidad de perder la posibilidad de probar los otros. Temes elegir un yogur en concreto porque sabes que una vez elegido tu cabeza te torturará con el pensamiento de que quizás con otro estarías experimentando una mayor cuota de placer, o directamente un placer tan grande que silenciaría cualquier pregunta sobre si ha sido buena idea decantarte por ejemplo por el yogur de fresa. En vez de disfrutar de ese yogur que has elegido Tú, y que está buenísimo, lo que haces es pensar en la cantidad de yogures que por culpa del que has elegido no podrás probar jamás.
— …
—¿No es de locos?
—Yo creo es que ese ejemplo hace aguas por todos lados.
—Joder, ya lo sé. Es simplista y absurdo. Pero a lo que me refiero cuando digo que la mayoría de ejemplares del sexo femenino de hoy en día tienen menos conciencia que los trozos de bacon que coloco en la pizzas cada noche es a este ejemplo mismo de los yogures. Se me ha ocurrido ahora mismo. A este mismo. Lo que me imagino es exactamente esto: que la mujer compacta y de 1,60 metros de altura lleva media hora frente la infinita colección de yogures, y no se decide. No puede decidirse. Y es normal. Hay demasiados. Entonces lo que ocurre es que se acerca un amable empleado del supermercado y le pregunta si le puede ayudar en algo, porque a todas luces parece necesitar ayuda, a lo que ella responde que no Pasa Absolutamente Nada, que lleva media ahora allí plantada como una retrasada mental con la boca entreabierta porque es Libre e Independiente y está en pleno derecho de quedarse allí mirando los yogures el tiempo que quiera; y a todo esto, se toma la licencia de mostrar una visible afectación ofendida si al empleado se le ocurre plantearle, ejem, la posibilidad de que esté ahí por una razón que a ella se le haya pasado desapercibida o directamente no quiera admitir porque destrozaría el concepto y la imagen que tiene de sí misma. No sé, tío. ¿A ti te parece eso de Mujer Libre e Independiente? Porque a mí me parece propio de un ejemplar del sexo femenino que es libre e Independiente pero está hasta los cojones de serlo. Lo cual no quita que lo sea. Yo no he dicho nunca lo contrario. Pero a lo mejor ella debería ser consciente de sí misma. De por qué está ahí. De por qué no puede elegir. Porque quizás la reacción más empática y humana de este ejemplar del sexo femenino no es cambiar la pierna de apoyo y mascar un chicle abstracto, sino llorar de la pena y de la frustración, al fin y al cabo lleva media hora intentando comprar un puto yogur de mierda, y tiene hambre, pero no puede decidirse por ninguno porque hay demasiados. Y aunque se diga lo que quiera sobre sí misma y llene el problema de variables superficiales, como que en realidad quiere cuidar de su línea, o no debería comprar los más caros, o el que han dicho que es malísimo para la salud, en realidad no puede elegir porque es no es capaz de asumir las consecuencias de su elección. Que está eligiendo, joder. Y que elegir te convierte en responsable de las consecuencias de la decisión. Y por extensión de tu vida. ¿Me explico?
—Admito que te ha quedado: bonito.
—Tan simple como eso.
—Pero yo de ti no haría otra vez la pregunta.
—Es un recurso retórico. Insufla humildad al interlocutor.
—…
—…
—A ver, lo que he entendido. Que no estoy diciendo que el ejemplo sea del todo malo, que conste, pero quizás, y sólo quizás, y sólo si nos ponemos terriblemente quisquillosos, como creo que va a ser el caso, quizás, no sé, y recordando mientras hablabas del tema que la pasión que ejerce un interlocutor para reafirmar su posición sobre un tema es inversamente proporcional a la convicción a la que se aferra a sus argumentos, quizás, hubieras tenido que añadir algunas premisas que considero necesarias para que este ejemplo de los yogures no sea intelectualmente inocuo y falaz, como por ejemplo, no sé, teniendo en cuenta que estamos hablando de relaciones formales y proyectadas en el tiempo de forma indefinida, quizás, hubieras tenido que añadir una premisa un poco arbitraria en la cual se dejara constancia de que en el momento en que la mujer esta que has puesto de ejemplo de poca altura se decantara por un yogur en particular, en ese momento no estaría decidiendo en exclusiva comprar ese yogur ese mismo día, en ese mismo momento, su decisión es más importante que eso: ahora va a tener que elegirlo de nuevo durante toda su vida, lo cual no nos engañemos, añade complejidad al asunto de la elección. Por no hablar de otros factores que gracias a Dios he podido apuntar en esta servilleta (!) según me pasaban por la cabeza.
—…
—Por ejemplo, la posibilidad de que esta mujer como compacta y de 1,60m de altura no se decante por un yogur en particular porque su precio es absurdamente alto y no pueda permitírselo o pueda permitírselo pero no crea que ese yogur valga tanto dinero para lo que podría suponer como postre impulsivo; y también, claro, tenemos el caso contrario, el caso de que esta mujer no se decante por otro yogur porque es insultantemente barato, tan barato que a uno le cuesta imaginar los márgenes de beneficio hinchando la cuenta bancaria del empresario que lo ha puesto allí para que ella lo compre, por no hablar de que si es tan barato algo malo y turbio tiene que tener el yogur, que los ingredientes sean de mala calidad, que la empresa responsable de ese yogur no invierta lo suficiente en controles de calidad, etcétera; aparte de que si el yogur es insultantemente barato significa que se lo puede permitir todo el mundo, y si se lo puede permitir todo el mundo significa a fin de cuentas que es menos deseable que otro que pudiera ser más caro y fuera más exclusivo y por lo tanto más deseable en relación a otros que fueran más baratos y más asequibles para las anodinas masas que de forma inercial todo individuo se quiere alejar; aparte, claro, este punto es importante, mira, lo he subrayado y todo, de que la repentina aparición del empleado del supermercado en el pasillo de yogures me parece a mí que se carga la bondad socrática de tu ejemplo, lo siento pero es así.
—Era sólo un ejemplo.
—No si ya, pero… Lo siento si te molesta, te prometo que de verdad lo último que me he propuesto en la vida es herir las sensibilidades de una persona u ofender a alguien, pero tengo que decirte que todo esto del empleado me ha dado la sensación, mira, mira, te prometo que está apuntado, no es nada personal, no está tan subrayado como el punto del precio del yogur, pero es igual o más importante, mira, al lado de amable empleado, tal y como lo llamas tú: pone petito principii, una falacia de primero de Falacias Aristótelicas de toda la vida consistente en incluir la proposición que quieres validar en las mismas premisas. De verdad te digo sin ánimo de ofender que ese amable ahí es una maldita bomba de destrucción masiva para cualquier razonamiento lógico. Hasta un alumno de primero de filosofía es capaz de tirártelo a la basura. Deberías tener cuidado. Porque dejas más claras tus intenciones hacia el interlocutor que quieres convencer que tu convicción sobre el argumento que estás exponiendo.
—¿Desde cuándo eres experta en lógica, falacias, y eso?
—Leo en mis ratos libres. Ya te he dicho que no me gusta el trabajo en el que estoy.
—…
—Pero bueno, lo que te decía, que este petito principii de manual básico de falacias me ha sugerido que, y repito, y lo siento por ser tan pesada en lo de no querer herirte, pero me ha dado la sensación de que Tú te has querido presentar en el ejemplo de los yogures como ese amable empleado que ofrece ayuda de forma completamente desinteresada a la mujer compacta y como de 1,60m altura a la hora de escoger un yogur de entre todas las posibilidades que tiene. Me ha dado la impresión de que ese amable cumplía la función de dejarnos claro que el empleado no tenía ningún interés en particular en que la mujer escogiera un yogur u otro. Que estaba allí exclusivamente para ella. Que sólo importaba lo que ella quería y necesitaba. Con todos mis respetos te lo digo, eh, pero no creo que tú estés dispuesto a ayudarla de forma desinteresada. Tú estás interesado en que compre un yogur: el tuyo. De modo que lo que pienso, y te lo repito ya creo por enésima vez, disculpa si te molesta, pero creo sinceramente que si quieres que el ejemplo tenga algún tipo de validez intelectual tendríamos que convertir a ese amable empleado en un comercial Danone que se lleva una suculenta comisión si consigue endosarle un yogur concreto a la mujer como compacta y de 1.60m de altura, que es el yogur por el cual él sale beneficiado, ya sea por una comisión o por ganarse el sueldo que le permite comer cada día algo caliente.
—…
—De hecho. Espera. Estoy pensando. De hecho, si lo piensas bien, que ojo, no estoy poniendo en duda en ningún momento la bondad socrática detrás del ejemplo que has puesto, pero si lo piensas bien, y con pensar bien no me estoy refiriendo a que tú con el ejemplo que has puesto hayas pensado mal, al menos no de un modo absoluto, sino en todo caso a que has pensado, digámoslo así, y sin intención alguna de ofenderte, te lo prometo, ni a tu persona ni a tu capacidad de abstracción, de un modo superficial o con poca profundidad o simplemente de forma interesada; pero si lo piensas bien, el ejemplo de los yogures funcionaría mucho mejor si presentaras al amable empleado del supermercado como una especie de comercial Danone, de esos que tienen el logotipo de la marca cosido en el bolsillo de la pechera, que viven de endosarle yogures a la gente que pasa por allí, que su plato de comida literalmente depende de que consiga vender esos yogures concretos que está promocionando en el supermercado. Para que tu ejemplo no desborde por todos lados, yo llevaría al amable empleado hasta ese extremo.
—…
—Aparte de. ¡Claro! Jo-der. Cómo no he caído antes: Aparte de que con todo el énfasis que le estamos dando a la altura, o mejor dicho, a la no altura de la pobre mujer, estoy pensando en la posibilidad de que por intrincados motivos de Orgullo Femenino, a lo mejor, y sólo a lo mejor, la mujer compacta y de 1,60m altura tiene que renegar de los yogures que están en el último estante de la nevera industrial de yogures, básicamente porque 1) no llega, por mucho que estire sus bracitos no llega al último estante, donde se encuentran por esa primera ley de la naturaleza humana consistente en hacer más deseable lo que no se puede tener, los mejores yogures (los mejores yogures según ella, quiero decir), y 2) se ve incapaz de pedir a alguien ayuda y exponerse de esa forma tan vulnerable ante un desconocido, en este caso compartiendo abiertamente ante ese comercial Danone que vivir en un cuerpo compacto y de 1,60m de altura conlleva una serie de limitaciones humanas insuperables, como por ejemplo que ser compacta y de 1,60m la condena a llevar todo el tiempo unas botas cuya base de polibutireno de unos 12 centímetros son super incómodas y le confieren una rara y estrambótica apariencia circense y de muy mal gusto, que ser una mujer de tan poca altura le supone una suerte de discapacidad simbólica y no reconocida socialmente y por ende más frustrante y limitante que cualquier otro tipo de discapacidad reconocida en sociedad, esto es, que no puede acceder a los yogures situados en el último estante ni inclinándose de puntillas y estirando las puntas de los dedos y nadie de entrada lo sabe, nadie se puede acercar ni de rebote a la idea de lo que significa convivir en un cuerpo tan compacto y de tan poca altura. Nadie siente empatía de forma automática como cuando ven a una persona con síndrome de Down realizando una operación matemática con los dedos de las manos o un anciano necrótico doliéndose de artrosis de pie en el tren, mientras todos los demás pasajeros están sentados con los ojos en forma de espirales viendo una serie de Netflix en el móvil.
—…
—Aparte de todo esto, que ya te lo he dicho como once veces, pero te lo vuelvo a repetir por si acaso, que todo esto que te he dicho no está dirigido a desmontar tu ejemplo, sino en todo caso a enriquecerlo; aparte de todo esto, me parece que lo que me has querido decir es que lo que te da más rabia de todo el asunto es que la mujer compacta y de 1,60m de altura que no llega a los yogures situados en el último estante de la nevera industrial de yogures es que se ha mostrado cínica contigo porque te ha dicho a ti, el comercial Danone, que no está interesada en ningún yogur cuando es evidente que lo está. Porque lleva media hora frente la nevera industrial de yogures mordiéndose el labio y no cuela, o eso entendido yo, y disculpa una vez más las molestias si te ofende o estoy de algún modo infravalorando tus capacidades perceptivas, que no esté interesada en ningún yogur y te mienta. Lo que te duele es que ella te diga que está ahí porque es Libre e Independiente y no porque es Libre e independiente pero está hasta los cojones de serlo. Eso es lo que te duele, según he podido entender.
—…
—…
—¿Ya?
—Se había acabado la servilleta. Sí.
—Hm.
—¿Has entendido todos los puntos o quieres que te los vuelva a explicar?
—Los he entendido todos. Creo que estamos más cerca del entendimiento que del no entendimiento.
—¿Estás seguro? Mira que no tengo ningún problema en volver a explicártelos.
—Tranquila, los he entendido todos.
—¿Seguro?
—De todas formas lo que a mí me da más rabia de todo es que estos ejemplares del sexo femenino te lo dicen como si el hecho de que fueran libres e independientes fuera la causa de que estuvieran media hora indecisas frente a la nevera industrial de yogures. ¿A ti te parece la causa, tío?
—Yo creo que no me estás escuchando.
—¿A ti te lo parece?
—¿De verdad tengo que contestar? ¿De qué sirve contestar? ¿Hay alguien ahí hablándome y escuchando lo que le digo o estás utilizándome como coletilla para completar tu monólogo sobre lo injusta que es tu vida?
—Porque a mí me parece que no es la causa. Ni de rebote. No sé cómo lo ves tú, pero a mí no me parece que la mujer compacta y de 1,60m de altura esté allí media hora plantada a causa de que sea Libre e Independiente. Yo sinceramente lo veo más como una consecuencia tangencial de su inconsciencia femenina muy mal gestionada. ¿Me explico?
—Tú sigue con la preguntita de los cojones.
—Es un recurso retórico, ya te lo he dicho.
—Consecuencia tangencial. Tú llevas décadas sin follar, macho.
—Es como… Mira: es más como un… Yo lo veo como un a pesar ¿Me explico?
—Te pido ya en serio que pares con la preguntita retórica.
—¡A pesar de que soy Libre e Independiente llevo media hora aquí frente a la nevera y no me decanto por ninguno!
—¿Me estás montando una escenita de hombre celoso?
—¡Lo siento, soy humana! ¡Ayúdame!
—Baja la voz, nos están mirando.
—¡Ayúdame por favor! ¡Hay demasiados!
—Esto en toda regla es una escenita de hombre celoso. Estás borracho.
—Osea. Ojalá me dijera eso. Ojalá me encontrara hoy en día un ejemplar del sexo femenino que fuera capaz de decirme algo tan honesto, empático y humano como eso.
—…
—…
—Entonces, según tú y según lo que he entendido lo que te gustaría es que esta mujer compacta y como de 1,60m de altura te pidiera ayuda y se deshiciera de sus corazas abstractas e impuestas por el contexto social, intelectual e ideológico en el que vivimos y se mostrara tal y cómo es. Lo que te gustaría es que esta mujer se desnudara ante ti. Se desnudara consigo misma, con el mundo y contigo. Eso es lo que te gustaría.
—Ex-…. Exacto.
—Lo que te gustaría es que se comunicara.
—Exacto.
—Comunicación real.
—Exacto.
—No superflua e inocua en ambos sentidos.
—Exacto.
—Somos animales comunicativos. No somos conceptos, ni historias empaquetadas. No somos máquinas con las piezas rotas. Necesitamos explicarnos nuestras vidas. Lo necesitamos.
—Exacto. Por Dios, ¿Tan difícil era?
—Lo que te gustaría, entonces, es que cuando se comunicara contigo se apoyara sobre tu hombro y comenzara a llorar.
—Por fin alguien me entiende.
—Lo que te gustaría es que se mostrara tal y cómo es.
—…
—¿Estás llorando?
—…
—Lo que te gustaría es que se desnudara y te mostrara sus miedos más profundos. Que te mirara a los ojos y te dijera entre lágrimas: soy un ser humano.
—Por dios… hagámoslo de una vez…
—Lo que te gustaría es que te diera el poder. Que te diera el poder y se mostrara indefensa y vulnerable ante ti.
—…
—…
—¿Qué? ¿Cómo? ¿El poder? ¿De qué demonios estamos hablando aquí?
—Ey, qué has hecho.
—¿Yo? ¿Qué? ¿Cuándo?
—Ahora mismo. ¿Qué has hecho?
—Yo nada. No te escuchaba bien.
—Digamos que te has acercado un poco modo garrapata.
—Estás delirando.
—¿Me has intentado besar?
—¿Qué? Estás completamente loca.
—Estás borracho y me has intentado besar. Siempre te pasa igual. Tu inconsciente está podrido y el alcohol abre esa caja de pandora que está mejor cerrada. He visto esa lengua allí dentro de tu boca moverse como una especie de largatija.
—Estás majara. Yo no te he intentado besar en ningún momento.
—Si me has intentado besar, quiero que quede claro aquí que te he hecho la cobra.
—¿Me hubieras hecho la cobra?
—Me has intentado besar.
—Que no, joder.
—…
—…
—Bueno, haya paz. Aquí lo que te jode, en definitiva y en resumen, es que esta mujer compacta y de 1,60m de altura que no se decide por ningún yogur te mienta.
—…
—…
—¿Me hubieras hecho la cobra?
—Te he hecho la cobra. Ya te he dicho lo que hay un montón de veces.
—…
—…
—Bueno, tienes razón. Lo que más me jode de todo el asunto es que este ejemplar del sexo femenino me mienta. ¿Por qué me miente?
—Por fin una pregunta que puedo contestar.
—¿Realmente me hubieras hecho la cobra?
—Quizás te miente porque vas disfrazado de amable empleado cuando en realidad eres un vil comercial Danone. Y ya sabes lo que pienso yo sobre los comerciales Danone.
—No has contestado.
—Que te hecho la cobra. Esa pregunta no tiene sentido.
—Yo parto de la base de que no te he intentado besar. Entonces: ¿Me hubieras hecho la cobra?
—Eso no tiene sentido porque sí que me has intentado besar.
—¿Qué piensas tú sobre los comerciales Danone?
—Has visto como no habías entendido todos los puntos. Eres un orgulloso.
—Es más: ¿Por qué piensas que el empleado del supermercado es un vil comercial Danone?
—Es la naturaleza intrínseca de un comercial, no sé.
—Espera.
—…¿Qué?
—Espera, espera, espera, espera, espera, espera. Yo aquí veo una contradicción desproporcionada y muy jodida de resolver.
—¿Qué, joder?
—¿Dónde está la servilleta? ¡¿Dónde está la servilleta!?
—Estás gritando. Estás borracho, cálmate.
—¿Dónde la has puesto?
—Se la ha llevado el viento.
—…
—…
—Es mentira, he visto cómo te la guardabas en el bolsillo del pantalón.
—Que no, que no, que yo no me he guardado nada en ningún lado. La servilleta ha volado. ¿Dónde está la contradicción?
—¿Me hubieras hecho la cobra, en serio?
—Estás borracho.
—…
—…
—¿Sabes lo peor del ejemplo de los yogures? ¿Sabes cuando la cosa adquiere la textura y la banda sonora de una película de terror? Cuando el sueño de este ejemplar del sexo femenino se hace realidad, y el supermercado sólo oferta un yogur y por fin se siente aliviada y elige uno, que es por casualidad el mío. Ahí es cuando empieza la película de terror. Porque: ¿Cómo yo puedo saber que está siendo consciente de la cantidad virtualmente infinita de yogures que existen en el mundo? ¿Cómo yo puedo estar seguro de que es consciente de la cantidad enorme de yogures que se está perdiendo por haberse decantado por el mío? ¿Cómo puedo saber si lo escoge porque quiere o porque no tiene más remedio? Y lo más terrorífico de todo, la escena en que el espectador descubre que el protagonista de la película de terror va a morir de la peor forma posible y el director le tortura durante ocho minutos de reloj: ¿Cómo puedo estar seguro de que cuando el supermercado decida cambiar su único yogur ofertado ella no va a venir a decirme lo mismo que me dijo a mí cuando eligió el mío? Que era el único, que sólo existía yo.
—Esto se puede considerar un ataque intelectual al amor romántico en toda regla.
—¿Me hubieras hecho la cobra, joder? ¿En serio?
—¿Por qué te duele tanto? Sabes lo que hay. Te la he hecho.
—Ya te he dicho que yo parto de la base de que no te he intentado besar en ningún momento.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no me has intentado besar en ningún momento? Llevamos dos años quedando aquí cada semana, y siempre lo intentas, de un modo u otro.
—…
—…
—Ayer te vi con el pizzero de la Piccola. Ale, ya lo he dicho. Te vi tomando algo con él en una terraza, y me dolió un montón. Te pregunté si podías quedar ayer y me dijiste que andabas liada. Pensé que tendrías trabajo o algo así, y cuando te vi me entró la taquicardia y estuve todo el día metido en la cama, pensando en cosas muy feas sobre ti y sobre la humanidad en general.
—Eso es porque supones que me estoy comiendo tu yogur. Y tuviste miedo de que pudiera estar probando otro que pudiera estar mucho mejor. De ahí la taquicardia. Eras el protagonista de la película de terror.
—Es el pizzero de la Piccola, joder.
—…
—¿De qué te ríes?
—Quizás la mujer de 1,60m es mucho más consciente de lo que tú te crees, quizás no es simplemente como un puto trozo de bacon, y sabe que el escenario ese en que el supermercado sólo oferta un yogur sólo existe en la imaginación de un unicornio. Pero sabe que tiene que elegir. Ella es la primera que sabe que tiene que elegir. Y la única manera de poder elegir es probando los diferentes yogures que hay en el supermercado hasta que encuentre el que más le gusta para poder elegirlo el resto de su vida.
—¿Entonces? ¿Lo estabas probando? ¿El mío?
—…
—…
—¿Sabes esa ley de la naturaleza humana que dice que sólo valoramos aquello que tenemos cuando ya lo hemos perdido?
—¿Pero por qué tiene que ser así?
—Es una ley de la naturaleza humana, no podemos hacer nada con ella. Sólo podemos aceptarla.
—¿Entonces? ¿Cuál es la conclusión de todo esto?
—Que intentes besarme ahora.
—Vale.
—…
—Por dios. Qué difícil es todo. Por qué tiene que ser así.
—Ya está, ya está. Ya pasó. Vamos a casa.
—…
—¿Estás llorando?
—…
—¿Por qué lloras?
—Porque ahora es cuando recordamos el principio de esta conversación.
—¿Cómo?
—…
—…
—¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?
—¿Qué te pasa? Ya está, ya está…
—…
—Ahora en serio. Estás llorando. ¿Por qué lloras?
—…
—…
—Déjame explicarte. Déjame contarte algo sobre la modelo de 1,60m de altura.
—Bésame. No importa lo que hayas hecho con ella.
—Déjame explicarte, por favor.