DÍDAC, HE TENIDO UN SUEÑO.


—Ey, Dídac. 

—…

—Ey, ¿Estás ahí?

—Sí, supongo.

—¿Supones?

—Qué quieres, tío. 

—Es que he tenido un sueño. En este período de duelo, catarsis, y transición emocional hacia la independencia del espíritu, he tenido un sueño de esos cuyo significado resulta imposible de ignorar. Es un sueño de esos con los que te quedas un rato meditando, reflexionando y buscando significados ocultos.

—De modo que un sueño.

—Sí, un sueño de esos arquetípicos que quieren decir algo sobre ti, pero de alguna manera eso que te quieren decir sobre ti es tan profundo que no pueden hacerlo mediante palabras; y la lógica interna del sueño se ve obligada de algún modo a comunicártelo mediante imágenes en movimiento. Son de esos sueños que te colocan en una historia cuyo protagonista eres tú. Ese tipo de sueños.

    —Estoy seguro que me lo vas a querer contar. 

    —Es que si no te lo cuento, exploto.

    —…

    —A ver. Como en todos los sueños, es imposible conocer el principio. No me acuerdo de ningún contexto coherente. Sólo sé que estamos en la playa; escucho las olas que rompen a la altura misma de mis pies; me puedo imaginar los niños correteando por la arena húmeda con cachivaches de plástico en lo alto, el olor de la sal,  etcétera. Veo a un hombre esplendoroso de más o menos mi edad de pie en la orilla, allí donde las olas rompen, volviéndose con una sonrisa expansiva y natural hacia las sombrillas y hacia las toallas, una especie de pálpito le ha hecho volverse. Tiene el cuerpo de alguien que no le da mucha importancia a su físico, pero que sin duda lo cuida y está a gusto consigo mismo. Su cara es la de alguien que ha aceptado que a los treinta años uno siempre tiene la cara que se merece, no importan las circunstancias ni la suerte.  Aún no tiene treinta años. Se parece mucho a mí.

    —¿Se parece mucho a ti?

    —Digamos que a estas alturas del sueño no podía asegurar que esa persona fuera yo. Mi identificación con él no era completa. Me faltaba información contextual.

    —Ajá. Te faltaba información contextual. 

    —¿Prosigo?

    —Prosigue, prosigue.

    —Ahora en el sueño vemos a una mujer dirigiéndose con paso dubitativo al agua. Es una mujer que fue guapa en un pasado remoto, pero que por diversas circunstancias ya no lo es. Digamos que algunas fuentes de ansiedad desconocidas se le manifiestan en la cara. Es una mujer joven físicamente descuidada que se encuentra tan acomplejada de su deterioro físico que a sus 26 años ha decidido abandonar el bikini adolescente y apostar por un bañador de una sola pieza de esos que llevan nuestras madres cuando tuvieron a nuestro hermano pequeño; ese tipo de bañadores, ya sabes. En este momento del sueño es cuando descubro que esta mujer que fue atractiva en algún momento de su vida, pero que por desgracia ya no lo es, es, en efecto, Ángela. 

    —Oh dios: ¿Ángela?

    —Sí, tío.

    —Ahora definitivamente es cuando se está produciendo la cicatrización de las heridas. Ahora sí. Explícame con todo lujo de detalles. ¿Tan mal la viste? En el sueño digo.

    —Estaba horrorosa, tío. Su piel era de ese blanco cadavérico de aquellas personas para las que enfrentarse al sol un día de verano adquiere la forma exacta de una especie de pesadilla. Tenía varices del tamaño de las venas del brazo de un adicto a la calistenia. Estaba tan embadurnada en crema solar protectora que podías hundir los dedos, como si fuera mantequilla. Tenía unas ojeras de no pegar ojo en bastante tiempo. Se acercaba al agua como alguien que sabe perfectamente la excusa que se le va a ocurrir para no tener que mojarse más allá de los pies. Estaba básicamente para que le enterraran. Había venido con el espectacular novio por el cual me dejó de un día para otro sin razón aparente. Él estaba tumbado en la toalla. 

    —¿El espectacular novio?

    —Sí, tío. Aquel ingeniero físico alto, atractivo y atento con el que daba asco pasar un rato. El que no podía tener amigos porque todos los demás tendían a odiarlo. Era demasiado perfecto 

    —Por dios. Alto, atractivo y atento. La triple A. Un hombre con la triple A. ¿Yo lo conozco?

    —No lo sé. No sé si nunca has coincidido con él. Yo creo que no porque si hubieras coincidido con él ahora mismo tendrías claro que odias a una persona sobre la faz de la tierra; lo tendrías claro. Sería un pensamiento automático y se te presentaría como una verdad absoluta. Te dirías: Lo odio. 

    —Joder.

—Era uno de esos hombres tan atractivos que te obligan a cuestionar tu propia sexualidad.

    —Joder.

    —Era uno de esos hombres tan altos que cuando te abraza parece que te está regalando una entrada a escuchar los latidos de su corazón.

    —Por dios. ¿Las rodeaba como una especie de oso o qué?

    —Es peor: Las escuchaba. Era uno de esos hombres tan atentos que te hace preguntarte si tú alguna vez has mostrado tanto interés en algo que no tuviera que ver contigo mismo y te hace preguntarte si eso de que estás solo es en realidad porque te lo mereces. 

    —Me cago en la puta. 

    —Era en definitiva uno de esos hombres que te hace sentir como una persona influenciada, superficial y egoísta, en contraposición a la bondad, el altruismo y la profundidad espiritual que insuflaba este tipo por todos los poros de su cuerpo. Cuando se presentaba en algún evento social todo el mundo se preguntaba quién demonios le había invitado a la fiesta. Digamos que cuando aparecía este tipo en alguna discoteca las posibilidades de llevarte a alguna mujer a la cama se iban al garete; este tipo captaba la atención de todos los ejemplares del sexo femenino a diez kilómetros a la redonda. 

    —Para.

    —Espera: ¿Te he dicho que jugaba al LoL? ¿Que llegó a Master  en trescientas míseras partidas? ¿Y que cuando llegó no se lo dijo a nadie y borró el juego y dijo que jugar no era para tanto y se fue a una aldea de Senegal a dar de comer a niños hambrientos durante cuatro meses? 

    —Qué me dices. ¿De dónde coño ha salido este tío? 

    —Como lo escuchas. Una puta locura, tío. 

    —¿Y cómo sabes que era el novio? ¿Tú lo has visto alguna vez?

    —Muy poca gente lo ha visto. De alguna manera cuando se presenta por ejemplo en alguna discoteca empieza a correr el rumor de que el triple A Debe Estar Por Aquí. Los ejemplares del sexo femenino se muestran muy poco receptivas, sexualmente hablando, y la voz de alarma empieza a correr por todos lados. Los tíos directamente tiran la toalla; ni siquiera lo intentan con ninguna. Saben que si ese ejemplar del sexo femenino ha interactuado o ha visto o le han hablado del triple A. aquella noche será imposible llevársela a la cama. Las noches en que aparece la discoteca suele ingresar un 40% menos en bebidas alcohólicas, espero que entiendas los motivos, de modo que el triple A ya no puede entrar en casi ninguna discoteca. Los porteros tienen su rostro fotografiado rollo presidiario tachado con una cruz en la sala de descanso. Siempre la miran antes de empezar la jornada laboral. Tienen una especie de reunión. Es un ritual. 

    —Pero mi pregunta sigue siendo la misma:   ¿Cómo sabes que el hombre que estabas viendo en el sueño era él?

    —Ejem, la propia lógica interna del sueño dejó claro que el espectacular novio por el cual me dejó sin motivo aparente y de un día para otro, según ella por un flechazo que justificó y legitimó moralmente la abrupta decisión de abandonarme y de echar por tierra todo lo que habíamos construido juntos, era ese hombre tumbado en la toalla de la playa en una actitud que podía denotar cierto hastío y cierta desesperación existencial que se le manifestaba en forma de ansiedad y pensamientos intrusivos de mandarlo todo a freír espárragos. 

    —Por dios. Pero si tú nunca lo habías visto. Para ti sólo era un nombre.

    —Ya. Eso es lo extraño. ¿Tú crees que habérmelo imaginado de una determinada manera puede llegar a significar algo en lo que se refiere a la aceptación y superación del abandono por parte de Ángela?

    —No sé, tío. Depende. Descríbelo de forma específica. ¿Cómo te lo imaginaste?

    —Pff. No sé.  Como alguien misteriosamente triste…, alguien cuya tristeza no se correspondía con las circunstancias objetivas en las que vivía.  Parecía un personaje sacado de Hamlet o algo así. Irradiaba ese tipo de melancolía shakespereana. Tenía la composición anatómica de alguien que ha practicado mucho deporte en el pasado. Estaba fumándose el tercer porro del día. Se lo había liado a regañadientes cuando se acordó de que el único día que tenía libre después de seis jornadas laborales extenuantes trabajando para la empresa multinacional de su padre había quedado con su novia para ir a la playa. Su hermana estaba revisionando lo que para él es la mejor saga de One Piece, la que ha visto cuatro veces y ha comentado infinidad de veces con sus amigos virtuales en un foro, (espero que entiendas los motivos por los cuales este hombre sólo tiene amigos virtuales; la saga es tan buena e intensa y asquerosamente larga que uno se llega olvidar de los problemas de la vida adulta); pues bien, su hermana pequeña millenial, sobreprotegida por sus padres  y desprovista de responsabilidades estaba viendo esta saga de buena mañana y él paró en el salón de casualidad, Ey, enana, qué estás viendo,  y se sentó y empezó a disfrutar con ella de la saga mientras esperaba,  y se olvidó de todos sus problemas y preocupaciones y entonces Ángela le llamó al teléfono diciéndole que ya estaba abajo con el coche preparada para ir a la playa. Digamos que la única manera que encontró este Hamlet de levantarse mientras su hermana engullía su serie favorita (la serie que él mismo le recomendó cuando un día se presentó en su habitación y le dijo que se sentía sola y abandonada y que estaba harta de ser tan guapa y que tenía ideas suicidas) fue diciéndose que por lo menos tendría un buen motivo para liarse el tercer porro del día. 

    —Hm, entiendo. El tercer porro del día. 

    —Ya sabes, el tercer porro del día siempre cuesta un montón de justificar. Aunque seas el hijo psicótico, incomunicado y nihilista de una familia adinerada. 

    —Ya.

—Tienes que decirte que estás cargando con una infinidad de problemas imposible de soportar en circunstancias normales.

    —He dicho que ya. 

    —Tienes que decirte que es una ocasión excepcional y que no tiene por qué repetirse mañana ni de hacer de ello un hábito potencial.

    —…

    —Tienes que planteártelo como un dicotomía entre la vida o algo que se va a parecer mucho a la muerte. 

    —…

    —Dídac tienes que decirte que para fumarte tres porros al día es necesario previamente haberse fumado dos; algo que, efectivamente, no ocurre todos los días.

    —…

    —Tienes que decirte que a partir del día siguiente pondrás tanto empeño en resolver tus problemas que nunca más llegarás ni siquiera a la cifra de dos porros/día. 

    —He dicho que vale, joder.

    —…

    —… 

    —En definitiva: tienes que decirte muchas cosas. 

    —…

    —¿Dídac?

    —¿Qué?

    —¿Sigo? 

    —…

    —No me hagas contestar. Sigue.

    —¿Te he dicho ya que el novio este perfecto pero hamletiano  pertenece a ese subgrupo de seres humanos genéticamente bendecidos con un miembro viril desproporcionado?

    —Ya empezamos. 

    —¿Y te he dicho que tiene una familia aristócrata forrada de dinero, pero no al estilo conservador, ya sabes, una familia exigente con la educación de sus hijos, consciente de que el dinero es un arma de doble filo, sino al estilo contemporáneo y tolerante; una familia forrada de dinero que es incapaz de ponerse en serio con sus hijos y que le han financiado todos sus caprichos y que les permiten cualquier estupidez con tal de no hacerles daño y pinchar la burbuja de confort afectivo y existencial en la que se han espatarrado de forma indefinida? 

    —Bueno me he podido imaginar algo cuando has comentado que el padre tiene una multinacional. No todos los padres del mundo tienen una multinacional, sabes.

    —¿Y te he dicho que este novio hamletiano tiene el cuerpo repleto de tatuajes motivacionales y que en el contexto de hastío y desesperación existencial en el que le vi en el sueño parecían más caricaturas de un bufón que otra cosa?

    —Y todo esto con el tercer porro del día en la mano e imaginándose a su hermana en el salón de su casa viendo su saga de One Piece favorita. Siempre acaban igual tus personajes. 

    —Exacto. La tensión emocional en la que vivía este novio perfecto hamletiano sin amigos y adicto al cannabis se podía mascar. 

    —Me lo puedo imaginar.

    —…

    —…

    —¿El qué?

    —El novio. La tensión. Lo que ocurre a continuación. 

—Equiliquá.

—…

—Entonces: ¿Te he dicho todo esto sobre el novio hamletiano o no?

—Bueno, supongo que sí. ¿No?

—Lo digo porque es importante. Estas características tienen algunas consecuencias sobre la frágil psique de la pobre Ángela embadurnada en crema protectora solar y baja en autoestima y embutida en un bañador de una sola pieza y traumatizada de algún modo por las kafkianas relaciones sexuales que tiene con este novio perfecto por el cual me abandonó de un día para otro y sin razón aparente. Aunque de todo esto la propia lógica del sueño me informó después, claro.

    —Joder con la lógica interna del sueño. 

    —En este momento del sueño regresamos de nuevo a la orilla de la playa y descubro que ese hombre que se parecía mucho a mí, pero que no lo podía identificar conmigo, con mi persona, es, o mejor dicho: soy…, soy yo. El tipo que estaba dedicando una sonrisa expansiva hacia el infinito soy yo. Antes no lo sabía; ahora simplemente lo descubro. Se me revela, y lo sé: soy yo. Estoy rapado. Tengo tanta personalidad que no me hace falta uno de esas aletas de tiburón Lynchianas para hacerles creer a los demás que dispongo de una. La sonrisa digamos que es natural, de alguien de acuerdo con los términos contractuales en los que se le ha presentado la vida. En el sueño soy de esos tipos tan sanos consigo mismos que no necesitan quedarse dormidos viendo alguna serie Netflix o escuchando algún audiolibro; la propia lógica interna del sueño deja claro que encarno ese tipo de serenidad mental que me permite apagar la luz de la lamparita por las noches sin que tenga la idea de que no voy a poder dormir en toda la noche por algún problema irresoluble al que no le voy a poder dejar de dar vueltas hasta que la única solución posible se me presente como cortarme las arterias radiales o saltar por la azotea o algo así. Ojo, en el sueño no aparezco como alguien transformado; las imágenes nunca adquieren la textura y el ritmo y los ángulos y la iluminación de un anuncio publicitario, simplemente aparezco como alguien que ha reflexionado profundamente sobre el significado de la vida;  algunas experiencias traumáticas me han obligado a reorganizar las prioridades de mi vida y ahora tengo claro lo que quiero, una pregunta que en el pasado tenía múltiples árboles de respuesta y al final conducía a un quebradero de cabeza que me impedía, ejem, digámoslo así, apagar la maldita lamparita de mi habitación. En el sueño he metabolizado el dolor que me causó el sorprendente e inesperado abandono de Ángela y ahora soy el tipo de persona que agradece y da la bienvenida a cualquier evento doloroso de la vida porque he llegado perversamente a la conclusión de que por lo menos el sufrimiento me enseñará algo. Mi vida rebosa de tanto significado en aquella orilla que me brillan los ojos y los segundos transcurren como a cámara lenta. Me despierto cada mañana a las cuatro mañana y escribo treinta páginas de literatura Knausgärdiana sin ningún tipo de pretensión literaria; utilizo la literatura como terapia, no como arma; luego medito y pienso en la muerte y me siento misteriosamente la persona más feliz sobre la faz de la tierra. Estoy tan abierto a la experiencia que cierro los ojos y me puedo imaginar concentrándome en lo que quiera. Es como si fuera el protagonista y el director y el cámara de una película de Terrence Malick. Unas estudiantes universitarias extranjeras en este cálido clima de España con unos bonitos senos  llevan mirándome desde sus toallas más de veinte minutos, pero yo soy un tipo tan sano que no se me ocurre hacer lo que a la mayoría de hombres se le presentaría como una poderosa erección. El sufrimiento me ha enseñado tanto sobre la naturaleza humana que ya no necesito utilizar a nadie. No me seduce la idea; simplemente la dejo pasar de largo. Descarto la idea de seducir a esas dos estudiantes de Erasmus increíblemente atractivas que parecen dispuestas a hacer todo lo que les pida si me lo propongo en serio. Poseo ese tipo de control sobre mis pensamientos e impulsos automáticos, submamíferos y básicamente narcisistas. Me siento orgulloso de mí mismo y consigo ver a dos seres humanos que no saben que la mirilla por la cual se asoman al mundo será la mirilla por la cual el mundo las vea a ellas. El sueño dispone de esa especie de elasticidad narrativa que me permite transportar la cámara de un sitio a otro sin ningún tipo de justificación. La falta tan explícita de justificación para los cambios espaciales parece una forma de reafirmar el carácter onírico del sueño, valga la redundancia. 

—…

—En este momento del sueño es cuando Ángela supera a estos dos bellezones y volvemos a ella. Los bellezones de Erasmus se le quedan mirando con una condescendencia y superioridad que mejor no analizaremos y una Ángela desmejorada y traumatizada y muy preocupada por las extrañas dinámicas sexuales que ha desarrollado con su pareja perfecta se dirige al agua con ese aire fatalista estilo Virginia Woolf, aunque sin las piedras y en agua salada. 

—Parece evidente lo que está a punto de ocurrir.

    —Exacto; recuerda que yo estaba en la orilla de la playa contemplando el panorama con una amplia sonrisa en expansión aunque el sol me impedía ver prácticamente nada. 

    —Tú aún no la habías podido ver a ella…, ¿Pero ella a ti sí?

    —Si consiguiera describirte la cara de la pobre Ángela creo que respondería a tu pregunta. Tenía la cara de los cadáveres cuando llevan dos días en paradero desconocido. 

    —Se había echado mucha crema. Estaba muy pálida.

    —Digamos que la propia lógica del sueño dejó claro que la pobre Ángela desmejorada y alicaída tenía muchas cosas en la cabeza; lo de irse al agua sin la compañia de su Hamlet adicto a la marihuana tuvo la forma exacta de un botón nuclear; no hay nada más peligroso en una relación afectiva que compartir la ansiedad. 

    —Ese silencio con forma de motosierra. 

    —Esas terribles ganas de convertir toda la incomodidad en algo más que una sensación física.

    —Pero ser incapaz de ello.

    —Y que ser incapaz de ello aumente la incomodidad y a su vez la necesidad de explicarte lo que está ocurriendo en tu vida. 

    —Por dios, pobre Ángela. ¿Qué le ocurría?

    —Pff. A ver cómo te lo explico. Uno de los hándicaps más jodidos con los que te encuentras cuando tu compañero sentimental dispone de un miembro viril desproporcionado y una técnica de penetración vaginal tan depurada es que te regala cantidades industriales de placer, la pobre Ángela disfruta como una enana, pero lamentablemente todo este placer es unidireccional, no es recíproco. Aunque los encuentros sexuales entre Ángela y su pareja perfecta son extremadamente largos, sofisticados, pero no por ellos menos intensos, y aunque Ángela disfrute de unos orgasmos que son los típicos que deben despertar a los vecinos de alrededor a las tantas de la noche, este Hamlet, en efecto, no llega, no se corre. Nunca. Puede estar como horas penetrándola a un ritmo que le quitaría el hipo a más de uno(a), pero el tipo este no se corre nunca y el encuentro sexual siempre termina cuando es Ángela la que llega. Después de que Ángela se corra y llegue a un orgasmo legendario el tipo este siempre la manda a lavarse y cuando vuelve del baño se lo encuentra haciendo otra cosa sin ningún tipo de transición romanticona consensuada. La sensación primaria de Ángela es que su novio se la folla con espíritu burocrático, como cuando tu madre te pide que subas la ropa al terrado, y tú no quieres, porque subir al terrado es una mierda, pero bueno, no te queda más remedio, es tu deber y subes asqueado y la tiendes, sin más; ya sabes; el acercamiento del tipo este hamletiano hacia al sexo parece tener más con el deber que con el placer, lo cual hace sentir a la pobre Ángela culpable, porque piensa secretamente que quizás hace algo mal, o que quizás debería intentar prolongar más su llegada al orgasmo, aunque eso sea muy difícil porque su novio perfecto es de verdad muy bueno…; pero en definitiva,  lo que realmente desea Ángela es que sea su novio perfecto le comunique cualquier tipo de problema relacionado con el sexo, porque según Ángela, el sexo si no disfrutan los dos no es sexo; y ella disfruta, claro, porque su novio es una bestia indomable cuando le toca hacer su trabajo, pero Ángela siente que podría disfrutar más, si el novio disfrutara tanto como disfruta ella. 

    —Por dios, pobre Ángela. Qué lío.

    —El problema de Ángela es que tiene miedo de que cuando le comunique todas estas impresiones  a su novio quede como una sucia egoísta que sólo piensa en su propio placer. El problema de Ángela es que su novio se piense que ella está interesada en que él se corra únicamente para que ella logre una mayor cuota de placer, y no porque esté interesada en que su novio disfrute tanto de las relaciones sexuales como disfruta ella.Ese es el auténtico problema, lo que está reconcomiendo la conciencia de Ángela.

    —Joder…

    —Aparte del incomodísimo rato que Ángela experimenta después del acto sexual.

    —Después de que vea las estrellas, sexualmente hablando, quieres decir. 

    —Cuando él le da un cachetazo y le quita la mano de la polla y la manda a lavarse sin opción a ningún tipo de  compensación oral por la cantidad de placer que ha experimentado gracias a su miembro viril elefantiásico y su técnica de estimulación clitoriana. 

    —La manda a lavarse, pero no sabe exactamente de qué. Porque no se ha corrido. 

    —Exacto. Ángela vive en aquel baño un momento verdaderamente Kafkiano. 

    —Extrañísimo. Uno de esos momentos en que es mejor ignorar todos los pensamientos que se le pasen a uno por la cabeza.   

    —Del tipo: ¿Entonces, si él no ha disfrutado, significa de algún modo que lo he utilizado? 

    —Por dios, para. Pobre Ángela.

    —Todas esas preguntas mientras se mira al espejo desnuda y mancillada, sexualmente hablando. Con cuchillas de afeitar en los cajones y esas cosas.   

    —Madre del amor hermoso.

    —Pero espera porque lo más terrorífico de todo es cuando Ángela sale del baño. Se arma de valor y decisión y sale dispuesta a abrazarse a su novio perfecto y a hablar de esas cosas que hablan los novios después de un encuentro sexual y se encuentra con una espalda repleta de arañazos (los suyos mientras su novio perfecto le embestía). Su novio se está liando un porro y ha colocado el portátil sobre la cama enchufado a la corriente para hacerse una maratón de una serie de anime y olvidarse de que aún queda mucha tarde por delante.  Está en una posición allí en la cama que tampoco hay que ser aquí un portento conocedor de la naturaleza humana para pensar que no quiere hablar con nadie en tres semanas. Ángela se ve obligada a hacer lo mismo, pero en sentido opuesto y sin portátil y encogida en una posición fetal y el tiempo parece congelarse allí mismo. Lo que queda de día al lado de una persona que has utilizado y que no se quiere comunicar contigo. No quieras meterte en la cabeza de Ángela. No quieras compartir ni queriendo ese silencio. El sueño en un truco narrativo que utilizaría cualquier director salido de Bande a Parte muestra en un plano cenital la distancia que existe entre los dos personajes. El novio viendo un capítulo de su serie favorita, en un extremo de la cama, con unos auriculares con cancelación de ruido activa y fumándose un buen canelo,  y ella en el otro extremo de la cama, tan pequeña como una niña castigada y deprimida, encogida en una posición fetal, desnuda y sexualmente mancillada. El director se regodea en el plano hasta que dan ganas de taparse los ojos. Es una escena demasiado íntima. ¿Por qué no podemos dejar de mirar? El Director parece que quiere de forma desesperada que nos hagamos esa pregunta, y justo cuando ya está comparándose con el masoquismo de Haneke, o con el experimentalismo neorrealista de Gus Van Sant en Elephant, porque ha mantenido el mismo plano como dos incomodisimos minutos largos  de reloj, cambiamos de escena y volvemos a la playa. Allí de nuevo reconocemos todos los elementos que hemos visto antes (la ola, mi pie, las estudiantes alemanas de Erasmus, mi mirada expansiva, el dispositivo de sombrillas que hay instalado alrededor del novio hamletiano para que ninguna mujer le pueda ver y enamorarse fatalmente de él, etcétera) pero el silencio de motosierra es el mismo.

—Qué transición, por el amor de Dios. 

—Sí, la verdad es que es muy buena. Porque aunque estemos en la playa el silencio como de apocalipsis inminente es el mismo. Ahora parece que el sueño quiere mostrarnos el motivo por el cual Ángela se está dirigiendo sola al agua de la playa. Ahora lo descubrimos. 

—Va, por favor.

—Por lo que se ve Ángela para romper con la monotonía torturada de los últimos meses de la relación [una suposición que desde la ignorancia me parece bastante razonable, dado el estado de tensión latente en el que viven estos dos] y el silencio de motosierra que estaba viviendo en la playa y del cual se estaba sintiendo bastante culpable, decide preguntarle a su novio perfecto, hamletiano, y cannábicamente deprimido y adicto a series de anime,  si le apetece bañarse, a lo cual el novio contesta que evidentemente no le apetece (parece muy concentrado en una serie del móvil), y entonces Ángela saca un poco del carácter que le queda y le dice que a ella de verdad le encantaría ir al agua con él, a lo que el novio perfecto contesta sin mirarle en ningún momento a los ojos que en ese caso: ¿Quién vigilaría las cosas? [aquí por cierto, la lógica interna del sueño nos muestra un plano general del enorme dispositivo de sombrillas y toallas que necesitan para que este novio perfecto pueda ir a la playa sin que a su vez sea visto por ninguna mujer y se arme la De Dios, el resultado era una especie de iglú ideado por un artista muy original, o algo así, uno de esos raros proyectos realizados por artistas hijo de otros artistas aplastados por el dinero que se exponen en los museos contemporáneos y se le considera arte]  Una pregunta que canta la traviata que es una excusa barata y completamente improvisada para no asumir la responsabilidad de no querer ir a bañarse con su novia, y una vez la ha formulado él es consciente de que ha sonado a excusa, y para arreglarlo añade un pequeño corolario en el cual dice básicamente que ella puede ir al agua si quiere, que él hará el esfuerzo y contendrá todas su ganas de ir al agua para que ella (es decir, Ángela) pueda disfrutar como ella se merece de lo que ella quiere; entonces una Ángela cada vez más deprimida replica que ella sólo podría disfrutar del agua si él (es decir, su novio Hamletiano, indescifrable y enigmático) decide ir al agua con ella, porque sabe en el fondo que él (es decir, Ángela sabe que él) sólo disfrutaría del agua del todo si la experimentara por sí mismo, la experiencia de ir al agua y eso, a lo que él responde que esa afirmación no es necesariamente cierta, porque él puede disfrutar viendo cómo ella se baña en el agua; y en este punto de la conversación es cuando la pobre Ángela comienza a llorar, no a moco tendido, la verdad, pero sí que a la pobre se le caen unas pocas lágrimas, porque aunque no hayamos prestado mucha atención, la conversación no puede ser más simbólica, piénsalo bien; y entonces Ángela llorando desconsolada le pregunta de verdad de corazón si quiere disfrutar de cómo ella se baña en el agua, y ahora es que no puede contener las lágrimas y se cubre la cara, porque a Ángela le cuesta mucho bañarse en el agua de la playa ya que está muy fría, pero sabe que por él lo haría, aunque ella sepa que eso no es suficiente para que él (es decir, su novio) disfrute tanto como disfruta ella, y no puede dejar de llorar porque la conversación en realidad rebosa de significado, y le vuelve hacer la pregunta entre lágrimas, y el novio no contesta sino que le endosa una calada al porro y se le queda mirando fijamente, y se propaga de nuevo ese silencio como de cementerio hasta que a uno le va a estallar la cabeza; entonces la lógica interna del sueño se apiada de nosotros y se produce un fundido a negro para que por fin podamos respirar, y volvemos a las mirillas, a las Universitarias calientes y a mi sonrisa expansiva desde la orilla de la playa al infinito y a la procesión suicida de Ángela rumbo al agua. Ahora entendemos por qué Ángela se estaba dirigiendo sola al agua de la playa. 

    —Y entonces te ve. La lógica interna del sueño te ha llevado a comprender la complejidad emocional de este momento. 

    —No. Soy yo el que la veo. Estoy sonriendo al infinito y la veo dirigiéndose hacia la orilla, en esa actitud confundida y melancólica, inspirada en Virginia Woolf. No evito el encuentro. He madurado y doy la bienvenida al evento de reencontrarme con la mujer que más daño me ha inflingido en la vida. No lo evito. Es más; lo busco.

—En el sueño lo tienes completamente superado.   

—Exacto. Lo tengo superado y no tengo ningún problema en interesarme genuinamente por ella. Hablamos. En el fondo hemos compartido muchas cosas. No puedo odiarla. Hay un momento en que me pregunta algo mientras yo le animo a bañarse. El final del sueño está muy cerca. Lo noto. 

—Qué simbólico todo.

    —Tú espérate al final.

—Me cago en todo.

—Escucha:  Yo le estoy tirando agua, porque sé lo que le cuesta a ella bañarse, y ella me pregunta: ¿Sigues escribiendo? Me pregunta eso, y yo no le hago mucho caso, estoy completamente sanado y no me doy mucha importancia y no tengo mucha prisa por hablar de mí mismo y ella cada vez está más cerca de lo que conceptualmente se podría considerar encontrarse dentro del agua, y se vuelve hacia la toalla, pero no ve nada porque su novio sigue cubierto por un dispositivo de sombrillas para que ninguna mujer lo pueda ver y se pueda enamorar loca y fatalmente de él, y ella vuelve a hacer la pregunta, Eh, sigues escribiendo, y yo, sanado, no le doy mucha importancia y no le contesto con sinceridad ni tampoco con ironía sino que se me ocurre hacerle otra pregunta.

    —Otra pregunta.

    —Otra pregunta. En vez de contestarle la verdad, que estoy escribiendo como un cabrón y que soy la persona más feliz sobre la faz de la tierra, algo que sé que le puede hacer mucho daño, le pregunto: ¿Y tú, Ángela, sigues enamorada?

    —Por dios. 

    —Sonrío, le tiro agua, y le pregunto: ¿Y tú, Ángela, sigues enamorada?

    —Me cago en la puta.    Nuestro subconsciente es increíblemente sabio. 

    —Ya. Y ella sigue dubitativa, porque el agua está fría, pero yo no dejo de animarla a que se bañe. Le digo que después de un rato te acostumbras al agua fría, pero ella no se decide; le tiembla un poco el pulso. Se toca los pliegues de su barriga. Tiene miedo. Vuelve a mirar al increíble dispositivo de sombrillas, y me vuelve a preguntar: ¿Sigues escribiendo? Casi parece honesta la pregunta. 

    —¿Lo es?

    —La cosa está en que empiezo a planteármelo. En el sueño. Que sea una pregunta honesta.  Lo que me descoloca de todo es que ella sigue mirando al dispositivo de sombrillas, y cada vez como más apresurada. Lo mira y me pregunta. Lo mira y me pregunta. Al final me pongo de los nervios. Y justo cuando me decido y le voy a contestar sinceramente que la verdad que me está yendo bien que estoy escribiendo bastante y que me siento bien conmigo mismo etcétera, etcétera, se produce un ligero movimiento en el iglú confeccionado a base de sombrillas y toallas. Alguien sale del interior. 

    —Oh no. 

    —El tiempo se para.

    —Me cago en la puta de oros ya joder. Justo en el mejor momento.

    —Las estudiantes de Erasmus sienten la curiosidad, pero luego la tentación, y finalmente la imperiosa necesidad, de girar sus cuellos en un ángulo jodidamente antinatural. Ya está: perdidas

    —Ángela lo ha visto mientras yo le estoy explicando todo esto. Su novio ha salido fuera, y ella empieza  a llorar.

    —Quieres decir que empieza a llorar de nuevo. 

    —Sí, claro.

    —Entonces yo le estoy contando la biblia [ya sabes lo que me gusta hablar] pero ella ya no puede escuchar. Su novio la está mirando desde el iglú con el rostro imperturbable de las personas que no se andan con tonterías en la vida. Las dos chicas de Erasmus ya están sólo pensando en él. Ángela es consciente de que esas dos mujercitas son más atractivas que ella. El novio ha salido y se ha puesto de pie en frente del iglú en una pose militar. Ángela sabe por la cara de su novio que la última serie de anime que ha visto no le ha gustado del todo. Yo le estoy contando incluso que he conocido a alguien, y que parece una buena persona, y que parece que saca lo mejor de mí, pero Ángela ya no puede escuchar. Llorando a moco tendido camina a lo Virginia Woolf en el agua como por una escalera submarina hasta que el agua se la traga y el novio finalmente sonríe. 

    —¿Has pensado en ir al psicólogo? 

    —El novio sonríe y Ángela queda de manera indefinida bajo el agua y yo me quedo hablando solo y entonces me despierto en el tren. Me he saltado varias paradas y siento mi cabeza como un traje nuevo que estoy estrenando. Es como si supiera algo sobre el amor que antes desconocía ¿entiendes?

    —Por dios, qué final tan simbólico. 

    —Joder, es que todavía se me ponen los putos pelos de punta. ¿Por qué Ángela decide bañarse justo cuando el novio sale del iglú de toallas y sombrillas?

    —Sabemos más de lo que creemos.

    —¿Por qué la lógica interna del sueño me muestra a las despampanantes chicas alemanas antes de que Ángela decida que es el momento de meterse definitivamente en el agua? 

    —…

    —¿Y por qué la sonrisa del novio justo antes de mostrarme a Ángela bajo el agua, impasible, hinchada, con los ojos abiertos como platos? 

    —Vale, ya. 

    —Sólo le faltaban las piedras, joder. Podría haberse pasado allí años. Años. 

    —¿Y por qué se estaba dando tanta prisa en que contestara la maldita pregunta, eh? ¿Por qué no dejaba de mirar hacia el iglú de toallas, como si estuviera… como si estuviera asustada? 

    —…

    —¿Por qué, eh? ¿Por qué? 

    —…

    —Dídac

    —…

    —Ey, Dídac.

    —…

    —¿De qué tenía miedo, eh? ¿De qué? 

    —Me duele la cabeza. Ve al psicólogo.

    —Ahora sé algo sobre el amor que no sabía antes, macho. 

    —Ve al psicólogo, David. En serio.

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